Alana S.Portero

LECTURAS | La mala costumbre, de Alana S. Portero

El desgarrador viaje vital de una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar. Una novela deslumbrante que no se parece a nada que hayas leído. Un fenómeno literario internacional antes de su publicación.

Ciudad de México, 22 de mayo (MaremotoM).-Narrada desde una singular y desgarradora voz en primera persona, La mala costumbre recorre la adolescencia de una niña atrapada en un cuerpo que no sabe habitar, que intenta comprenderse a sí misma y al mundo en el que vive, desde su infancia en una familia de clase obrera en el barrio de San Blas, arrasado por la heroína en los años ochenta, hasta las noches clandestinas en el centro de Madrid de los noventa.

Como en una versión bastarda del viaje del héroe, yonquis, divas pop y ángeles caídos la acompañan en un viaje vital en el que, al final, serán otras mujeres quienes le ayuden a superar la violencia que encuentra a cada paso.

Alana S.Portero
Editó Planeta / Seix Barral. Foto: Cortesía

La mala costumbre es una novela cruda y feroz, pero también poética y conmovedora, en la que los extremos se tocan para mostrarnos por qué el resentimiento y la rabia contra el sistema son completamente válidos para sobrevivir en una sociedad que no acepta a los que son diferentes.

Dueña de un universo creativo único en el que conviven el teatro, la historia clásica y el activismo, Alana S. Portero debuta en la ficción con esta novela deslumbrante que se ha convertido en un fenómeno editorial internacional antes de su publicación.

Fragmento de La mala costumbre, de Alana S.Portero, con autorización de Planeta

 A María Cardona, que es Τύχη

EL ÁNGEL CAÍDO

Vi caer como ángeles terminales a una gene-ración entera de muchachos. Adolescentes con la piel gris a los que les faltaban dientes, que olían a amoniaco y a orina. Flanqueaban con sus escorzos la salida del metro de San Blas en la calle Amposta y las praderitas del parque El Paraíso como cristos de Mantegna. Cubiertos de agujas como san Sebastián. Sentados o tendidos de cualquier manera. Moviéndose apenas, lentos y sincopados como muñecos rotos. Con la sonrisa elevada de los crucificados. Indefensos pero ya flotando en lugares donde nada podía tocarlos. Los vi brotar y hacerse cada vez más lentos hasta alcanzar la quietud final y descomponerse en el fango que se acumulaba en nuestro barrio con nombre de santo pero dejado de la mano de Dios.

La primera vez que me enamoré fue de uno de aquellos ángeles. Se precipitó desde la ventana de casa de sus padres, que quedaba encima de nuestro bajo de treinta y cinco metros cuadrados, con una jeringuilla clavada en el pie. Mi vecino Efrén apareció muerto en la calle, medio desnudo, delante de mi puerta. Yo aún no había cumplido los seis años, llevaba un parche en un ojo y tartamudeaba. Creo que fueron los lamentos de su madre los que alertaron a los habitantes del bloque de tres pisos sin portal, con escalera exterior, en el que vivíamos. Llegamos antes que la policía, que se tomaba su tiempo para hacer su trabajo cuando se trataba de San Blas. Para ellos, para toda autoridad, solo era otro yonqui muerto, el hijo de alguna obrera deslomada por fregar escaleras a la que, probablemente, su niño del alma ya le habría desvalijado varias veces la casa para meterse caballo.

El caso es que no recuerdo a Efrén vivo. Solo tengo la imagen que pude rescatar de entre las piernas de mi madre y mi vecina Lola, con el único ojo del que disponía, como si estuviese mirando por una cerradura. Las madres de mi barrio no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando. Cubriendo a sus criaturas como podían, arropándoles como bestias desesperadas, llamándoles hasta dejarse la voz en la acera, clavándoles las uñas en la carne, yéndose con ellos de alguna manera.

Esos «¡ay, hijo mío!», si los has escuchado alguna vez, no te abandonan nunca. Permanecen en el archivo sonoro de la memoria como campanadas fúnebres que te obligan a agitar la cabeza para exorcizarlas.

Efrén era guapísimo  y el vacío les sentaba bien a esos rasgos suaves de quien no ha llegado a ser un hombre. Una sobredosis le había llevado al lado frío. Llevaba poco tiempo enganchado y la heroína apenas había moldeado sus facciones, solo había intervenido en el color de su piel con la cualidad de la ceniza. Fue la primera vez que quise besar a alguien. Su cuerpo había quedado tendido delante de un jardín raquítico que había frente a nuestras casas, justo bajo uno de los arcos de entrada mal cubierto por flores medio secas y venas de hiedra que apenas daban para tapizar la tosca estructura de enrejado de alambre. Con todo, la muerte había escogido para Efrén un marco vegetal de cierta y sucia belleza art nouveau. Tenía la boca entreabierta y los labios carnosos, aún sin retraer, el pelo revuelto y los párpados a medio camino entre la vigilia y el sueño. Si a los cinco años una tiene la capacidad de enamorarse, la mía se derramó completa sobre aquel pobre desgraciado. Mi vida interior se desplegó sobre aquel fotograma de dolor y miseria imaginándome ligera y traslúcida encima de aquel cuerpo muerto, besándolo con la liviandad de las cosas que no existen, no para despertarlo de su letargo, no para ser correspondida, solo deseaba con toda mi alma besar algo tan hermoso e indefenso. Algo que parecía caído del cielo y dejado como exvoto en mi umbral. Algo que entre el ruido y la furia de madres babeantes y padres que se tapaban la boca para no dejar salir el llanto, entendí que me pertenecía.

LA BRUJA DEL FINAL DE LA CALLE

La Peluca era bajísima, flaca como un perchero y estaba arrugada de tal forma que cuando se movía parecía estar interrumpiendo un inexorable proceso de momificación. Siempre fue vieja. Iba maquillada como una caricatura de mujer mayor maquillada, con sombra azul, línea de ojos negra, labios rojos y una base perfectamente cuarteada color piel de patata monalisa. Olía a flores muertas abandona- das en un cajón y siempre iba musitando en voz baja alguna retahíla de palabras ininteligibles, como una oración secreta con cierta dosis de veneno. Lo del veneno tenía que ver con su forma de mirar, esqui- nada y burlona. Su seriedad no era de esas que juzgan, más bien era la que precede a la carcajada, como si cada vez que mirase a alguien le fuese revelado algún secreto vergonzoso de quien tenía delante.

Vivía sola al final de la calle, que era una hilera de bloques de tres alturas de ladrillo rojo y escaleras exteriores de cemento. Este paisaje arquitectónico, que se repetía por todo el barrio, en ocasiones se veía interrumpido por algún solar maltrecho, lleno de vidrios rotos, restos de papel de aluminio, jeringuillas y materiales de construcción inservibles. Estas mellas en las hileras de viviendas, si hubiéramos podido mirarlas desde lo alto, le daban al pavimento un aspecto de encía enferma, como si enormes dientes hubieran sido arrancados aquí y allá, sin lógica alguna, y solo dejasen detrás una infección incurable y un vacío grumoso. Excepto el parque y las propias casas, aquellos basurales, aquellas nadas, eran los patios de recreo de los niños del barrio y sus propios morideros cuando se ha- cían lo suficientemente mayores para meterse caballo. Varias generaciones de criaturas de clase obrera crecimos así, imaginando mundos enteros en las mismas nadas que podían terminar siendo nuestros lechos de muerte.

Hasta la esquina de la Peluca no llegaba el jardín. La vista desde su piso bajo, si alguna vez hubiera levantado la persiana verde de cuerda que tapiaba día y noche su ventana, eran los cubos de basura.

Nuestros edificios eran parte de un gran proyecto franquista de construcción de viviendas de los años cincuenta bautizado como «El Gran San Blas», que antes se llamaba el Cerro de la Vaca, nombre que debía de olerles a sudor y mierda a las autoridades fascistas. Los cobradores a domicilio lo llamaban «el barrio sin madres» porque solían abrirles las puertas de las casas niños sin escolarizar; a las luminarias del régimen no se les ocurrió que las más de treinta mil familias que fueran a parar allí necesitarían colegios cerca para sus hijos y tardaron años en cubrir esa necesidad, también la del agua corriente o la de los mercados en los que abastecerse, que fueron llegando con la lentitud y la dejadez de las cosas que no le importan a quien es responsable de ellas. Los obreros nunca fueron vistos por el franquismo de otra forma que como bestias de carga que estabular en la periferia. Ese abandono generó una conciencia de clase en el barrio que las autoridades de la Transición democrática decidieron atajar a finales de los setenta y durante toda la década de los ochenta con jeringazos de heroína casi regalados. La droga fue la última forma de ejecución sumarísima de disidentes de un régimen que había encontrado la forma de perpetuarse.

Cuatro cosas se decían de la Peluca en el barrio: que había sido estraperlista en las cuevas del cerro, que era una bruja más que competente, que la hechicería la había dejado calva y que era mejor evitarla o tratarla con extrema amabilidad si no quedaba más remedio que compartir un rellano o una espera en la frutería con ella. Costaba no mirar el postizo sintético, rizadísimo y mal rematado que le cubría la cabeza. Pero era vital no hacerlo o no prestarle atención. Del mismo modo que le daba nombre, era el disparador de su mala entraña y no convenía provocarla.

Me enloquecía cruzarme con ella y respirar hondísimo su olor, era como esnifar polillas. Se suponía que debía darme miedo, pero me enternecía su aspecto, el trazo irregular y temblón de su línea de ojos y sus labios mal pintados, me recordaban a mis maquillajes clandestinos de por entonces, los que me hacía a toda prisa en el baño de mi abuela con la habilidad de una criatura de cinco años no especialmente dotada para la pincelada limpia.

Mis primeros pasos como travesti fueron los de una transformista de metro veinte que imitaba a una anciana bruja y chamarilera que olía a tanatorio.

Le tenían un miedo real. Los hombres del barrio, más bien rudos, trabajadores industriales, de la construcción, camareros, vendedores ambulantes, buscadores de chatarra o buscavidas en general, le bajaban la mirada y le daban las buenas tardes como niños de posguerra saludando al párroco. Era cómico verlos con sus camisas a medio desabrochar, a pelo, camino al bar después de jornadas de trabajo esclavas, cruzarse con ella y amedrentarse ante una mujer de apariencia tan frágil.

Casi nadie se acordaba de su nombre, y su mote, aunque lo conocía todo el mundo, era algo que no se pronunciaba en su presencia, no solo por cruel y malintencionado, sobre todo por miedo a su reacción. Para dirigirse a ella, con un “señora” se apañaba todo el mundo.

En una ocasión, dos mujeres que vivían en la misma calle que la Peluca, criadas en el barrio, las dos embarazadas, salieron a dar un paseo para calmar las hinchazones propias de gestar durante un verano que estaba siendo especialmente caluroso. A una de ellas, que desde niña había tenido problemas circulatorios muy visibles en las piernas, le sentaba bien salir a caminar, le ayudaba a que los flotadores púrpura que se le formaban sobre los tobillos se aliviasen un poco. Habían tomado la costumbre de pasear juntas por las tardes, a última hora, compartían las novedades y las rutinas de sus embarazos, sus miedos, sus ilusiones y algún cotilleo de última hora que nunca faltaba en un barrio en el que todo el mundo se conocía y había público agradecido para la lengua larga.

La de las piernas amoratadas soñaba con un hijo torero que le comprase un chalet, «como dicen en la radio que el Cordobés ha hecho con su madre», solía argumentar. La otra, algo más joven, quería un hijo muy guapo, «así, rubito de ojos claros», decía.

Apenas comenzaron su andadura vieron a la Peluca aproximarse desde el final de la calle, y como estaba aún lejos, se apresuraron a sacar brillo al arsenal del cachondeo y la mala lengua riéndose del aspecto de la vieja.

—Calla, que me meo —decía la de los pies hinchados a las barbaridades que soltaba por la boca la más joven, a la que no le faltaba imaginación para el oprobio. Eran dos chicas que apenas habían cumplido los veinte años desplegando toda la crueldad de la que la juventud es capaz, que es mucha. Los remordimientos y la contención llegan con la decrepitud, como el egoísmo, cuando se habita el reverso de la vida y se entiende que casi nada feo existe que no nos termine por alcanzar.

Mucho antes de llegar a cruzarse con ella consiguieron controlar las risas y callarse las ferocidades. Cuando ya pasaban casi por su lado, ambas empezaban a sonreír sumisas a modo de saludo y de buen gesto con una vecina de mayor edad. No llegaron a hacerlo. La Peluca se paró delante de ellas apañándoselas para que no pareciese haber más espacio en la calle que el que ocupaba su cuerpecillo de arbusto muerto. Las chicas intentaron dar las buenas tardes pero las palabras se les quedaron en la boca como un reflujo. Probablemente se echaron una mano inconsciente al vientre. De la mirada presente y ausente de la anciana se intuía una emanación que podía pudrirlo todo en su curso, así fuesen flores, alegrías o placentas. Despacio, la Peluca levantó la mano izquierda y se llevó el pulgar al agujero blando y pastoso que tenía por boca, lo chupó con ganas, moviéndolo, emitiendo sonidos de succión y saboreándolo sin dejar de mirar a las dos mujeres para las que el tiempo no estaba pasando; todo en ellas era miedo de baja frecuencia pero paralizante, una enorme incomodidad e indefensión. Bien pringado de saliva el dedo, con calma, lo llevó a la mejilla de una de las dos mujeres. La que había llevado más lejos la burla. La que soñaba con un hijo muy guapo, guapísimo. Así, rubito y de ojos claros.

Ni pudo esquivar el dedo ni le dio tiempo a reaccionar de forma alguna. La vieja trazó una línea recta de saliva desde el pómulo de la cara joven y bien llena por el embarazo hasta casi la barbilla mientras pronunciaba a buen volumen con voz seca de lagarto: “MONO”.

Apenas llegué a conocer al niño Damián. Su madre y él casi no salían de casa y cuando lo hacían lo llevaba completamente cubierto y con la capota del coche de bebé echada, se decía que no podía caminar y que tenía alguna dolencia en la piel para la que la exposición al sol era letal. No hablaba. Murió de un infarto a los seis años, acostado en el sofá de su casa mirando la televisión. Cuando fueron a recoger su cadáver, la madre colocó un pañuelo blanco sobre la carita peluda de su hijo para que le dejaran tranquilo camino a la morgue.

A mi madre, con los años, se le solucionaron los problemas circulatorios y en lugar de un hijo torero parió una hija trans que nunca llegó a comprarle un chalet.

Alana S. Portero (Madrid, 1978) es medievalista de formación (UAM); escritora, dramaturga, directora escénica y cofundadora de la compañía de teatro STRIGA por vocación, y de clase obrera. Escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTB con un enfoque concreto en la realidad de las mujeres trans para varios medios, como Agente Provocador, Eldiario.esEl Salto DiarioSModa y Vogue, además de en su propio Patreon. La mala costumbre es su primera novela.

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