Vicente Alfonso

LECTURAS | La noche de las reinas, de Vicente Alfonso

El elenco de esta noche incluye una reina de belleza que enfrenta amenazas de muerte, un gobernador que —siguiendo a Maquiavelo— prefiere ser temido que ser amado, un periodista en busca de su mejor reportaje y una viuda decidida a hacer justicia por propia mano. Sobre un Pacífico en calma, oscuros nubarrones pronostican tormenta.

Ciudad de México, 23 de junio (MaremotoM).- “Tuve la suerte de salir viva luego de casi dos años de estar encerrada en el Campo Militar. Aunque, viendo lo que ocurrió después, hubiera preferido que me mataran.”

Amanece el lunes 24 de julio de 1978 y los ojos del mundo están puestos en Mazatlán : el puerto es la sede de un concurso de belleza que será transmitido a todo el planeta, con una audiencia de novecientos millones de personas . Atraídos por el brillo del certamen llegan turistas, estrellas de cine, reporteros, empresarios y políticos.

Lo que comienza como una fiesta pronto cobra matices de tragedia : cientos de activistas radicales convergen en las calles para echar luz sobre las más variadas causas, desde denunciar las atrocidades cometidas por el apartheid en Sudáfrica hasta exigir la presentación con vida de estudiantes desaparecidos. Otros exigen la cancelación del certamen , reclamo que crece cuando varios concursantes se quejan por el trato recibido.

Así, el elenco de esta noche incluye una reina de belleza que enfrenta amenazas de muerte, un gobernador que —siguiendo a Maquiavelo— prefiere ser temido que ser amado, un periodista en busca de su mejor reportaje y una viuda decidida a hacer justicia por propia mano. Sobre un Pacífico en calma, oscuros nubarrones pronostican tormenta.

Adelanto de La noche de las reinas, de Vicente Alfonso, con autorización de Alfaguara

Vicente Alfonso
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

6:00 horas, Melinda

Desde el piso del baño, Melinda Farmer se mira por un segundo en el espejo: una rubia a gatas frente al excusado, despeinada y en camisón de dormir. Dios, qué ojeras. Otra arcada le hace vomitar un jugo agrio, mezcla de chocolate y bilis. Toma un poco de papel higiénico, se limpia la boca y lo arroja en la taza donde flotan las envolturas de los tres Cadbury que acaba de comerse y devolver. Ha dormido poco y mal: no por los envíos de chocolates y flores, sino por los otros. Sentada sobre los mosaicos fríos, sus dedos indecisos rasgan el sobre que alguien ha deslizado por debajo de la puerta de su habitación, en el penúltimo piso del Hotel Camino Real. Palidece con solo leer la tarjeta que, entre amenazas, le exige retirarse del certamen o asumir las consecuencias. ¿Qué debe hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Reportar los anónimos ante los organizadores del concurso? Rompe la tarjeta, arroja los pedazos en la taza y jala la palanca. Se levanta, se pasa los dedos por el cabello. Esta vez sus ojos evitan el espejo. ¿De verdad las creen tan vanidosas? ¿Suponen que les gusta verse mientras orinan, cagan, vomitan? Al parecer sí: hace una semana, cuando las 75 concursantes llegaron al puerto, el gerente del Camino Real aclaró que había encargado a los mejores artesanos del estado que hicieran 75 espejos enmarcados en carey con incrustaciones de plata.

—Las mujeres más hermosas del mundo no pueden confiarle su reflejo a cualquier vidrio —dijo el hombre calvo y chaparrito mientras se comía con los ojos a Cecilia, la sueca. Aunque llevaban ya dos semanas en México y se habían acostumbrado a los excesos de este país, Melinda memorizó la frase para apuntarla en su diario.

Se cepilla los dientes para quitarse los restos de chocolate y la acidez del vómito. No te mires al espejo, Melinda, porque no te va gustar lo que verás. Dios, no importa cuántas abdominales y sentadillas haga, la maldita grasa se aferra a sus muslos, a sus brazos, le forma esa pancita que provoca que odie cada una de las 135 libras que pesa. ¡Ciento treinta y cinco! Y lo peor es que esta misma noche tendrá que exhibir sus muslos de potranca frente a novecientos millones de telespectadores en la prueba de traje de baño.

—Piénsenlo de esta manera, chicas —les dijo ayer Nicole durante el ensayo—: novecientos millones de personas son muchísima más gente de la que verán durante el resto de su vida. El mundo las recordará siempre por lo que hagan y digan mañana, así que asegúrense de dar su mejor cara.

Melinda hace cálculos: estadísticamente, su probabilidad de ganar es una en 75. Pero en realidad sus posibilidades son mucho menores y lo sabe. Como representante de Sudáfrica, compite en desventaja. El solo hecho de participar en el certamen es un triunfo, pues su país lleva años sin contender en Olimpiadas, Mundiales de Futbol y otros concursos internacionales. Sin ir más lejos, hace tres años el gobierno mexicano se negó a emitir visas de ingreso para el equipo sudafricano de tenis que jugaría en la Copa Davis en la capital. En aquellas actividades en las que su país sí toma parte no faltan críticas, abucheos, airados reclamos y, por supuesto, boicots. El año pasado nueve de las participantes de Miss Mundo se retiraron en protesta por la participación de Sudáfrica, que hasta hace poco celebraba un certamen para muchachas blancas y otro para muchachas de color. Cómo olvidar que en 1976, Sudáfrica envió dos representantes al concurso: mientras la rubia Lynn Massyn portaba la banda de Sudáfrica, Verónica Motsepe, negra, portaba una banda que la identificaba como delegada de un país inexistente: África del Sur.

Al menos a Melinda le queda el consuelo de que en unas horas la pesadilla habrá terminado. Porque eso ha sido esto, una pesadilla. Los problemas comenzaron hace un mes, justo antes de venir a México. Como este país y Sudáfrica no tienen relaciones diplomáticas, su pasaporte fue desconocido por las autoridades. Nicole tuvo que hacer llamadas y mover influencias para que, de último minuto, el gobierno mexicano le expidiera a Melinda un documento especial para ingresar al país. Le dejaron muy claro, eso sí, que no podría haber banderas sudafricanas en ninguna de las fases del certamen, ni siquiera entre el público. Días después, al llegar a la capital mexicana, se dio cuenta de que las trabas y los problemas no habían hecho sino empezar: en la aduana retuvieron su vestido típico, ese hermoso traje color turquesa diseñado por los vestuaristas de la Compañía Nacional de Teatro. El pretexto fue que las plumas de avestruz implicaban riesgo sanitario. Lo grave, lo muy grave, comenzó una semana después, cuando recibió la primera nota: Señorita Farmer, su designación es una afrenta contra toda la gente de color y una señal de los tiempos que vivimos. Retírese de la competencia o aténgase a los hechos.

No hacía falta una firma al pie para saber quién mandaba el mensaje. Eran esos malditos activistas. De nada sirve que Melinda haya dicho frente a los reporteros una y otra vez que las cosas están cambiando allá, que es la primera representante de Sudáfrica elegida en un certamen interracial. Para esos kaffir cambiar el concurso no elimina el problema: mientras Sudáfrica sea un Estado que promueva la segregación, seguirán en lucha. Aunque a la muchacha no le gusta hablar de eso, los últimos meses han sido para ella una cátedra de realidad. Ha aprendido que las protestas dentro y fuera de Sudáfrica se radicalizaron desde que en Soweto, hace dos años, la policía disolvió a tiros una manifestación de estudiantes que protestaban contra la imposición del afrikaans como lengua oficial para las escuelas. También ha aprendido que como consecuencia de aquel operativo policial murieron cientos de muchachas y muchachos, algunos de ellos niños de apenas doce, trece años. Esa había sido la chispa que encendió nuevas protestas en todo el país: en Johannesburgo, miles de trabajadores se declararon en huelga por la matanza, y más de cuatrocientos estudiantes universitarios marcharon por las calles.

Ay, Melinda, ¿qué cuernos tiene que ver la política con un certamen de belleza? Ni qué decir de la forma en que te tratan algunas concursantes, quienes no te hablan o lo hacen solo cuando hay periodistas o fotógrafos presentes. Los reporteros no se quedan atrás, sobre todo ese bigotón de ojos verde agua que insiste en preguntar que si Mandela esto, que si Mandela aquello…

—Mire, señor: yo no soy responsable de lo que pasa allá —le dijiste ayer cuando las abordó en pleno ensayo.

Un crujido ¡trac! rompe la madrugada. Melinda guarda silencio, aguza el oído. Un vistazo a la habitación bastaría para adivinar lo que la chica ha hecho en la última semana: sobre un sofá se acumulan rizadores de cabello, aretes, estuches de cosméticos, zapatos de tacón, barnices de uñas, tarros de crema humectante y de aceite de coco. Junto a la cama, en un perchero, cuelgan vestidos de noche, blusas, trajes de baño, shorts…

¡Trac!

De nuevo ese ruido. Tranquila, Melinda, puede ser la brisa, un pájaro, una rama arrastrada por el viento, cosas muy naturales en una habitación con vista al mar, se dice mientras se acurruca entre las sábanas. De lejos, como en sordina, el rumor del océano la tranquiliza. Nomás esto te faltaba, llegar desmañanada al gran día. Trata de dormir un ratito más para sacarte esas ojeras, se dice cuando ¡trac!, allí está ese ruido otra vez. Si no estuviera en el piso diecinueve juraría que hay alguien en el balcón, pero a esta altura… ¡Trac!, vuelve a escuchar afuera, como si alguien intentara forzar el ventanal. Ya no tiene dudas. Hay alguien en el balcón, quizá la misma persona que ha deslizado todas esas amenazas por debajo de su puerta. ¿Qué hacer? ¿Salir al pasillo, llamar a recepción, pedir auxilio?

Los ruidos en el balcón se han convertido en forcejeos. Sea quien sea, ahora tira de la manija. Sé valiente, Melinda, piensa mientras busca con qué defenderse. La plancha. Sí, con eso puedes dar un buen golpe.

—¡Mindy! —grita desde afuera una voz femenina que la muchacha conoce.

Al correr la cortina descubre a Nicole, la mujer bajita y pelirroja que ostenta el título de coordinadora general del certamen, y que en realidad se encarga de casi todos los detalles relativos a las participantes.

—¡Nicole, casi me matas del susto! ¿Qué haces aquí? —Melinda abre la puerta y sale al balcón.

—Perdóname, Mindy. Te traje tu vestido —la mujer señala una maleta.

—Quiero decir ¿qué haces aquí, en el balcón?

—Ah, eso. Como no quería despertarte usé mi llave para entrar, pero vi que estabas en el baño y no aguanté la tentación de mirar el amanecer, con la mala suerte de que se me cerró la puer… ¿Qué es esto?

La pelirroja señala una mancha en el camisón de Melinda, justo entre sus pechos. Un rastro pardo, aún fresco. Chocolate. Sin pedir permiso, la señora toca la tela y se lleva los dedos a la nariz. Sus ojos hierven de preguntas.

7:00 horas, Higareda

—¿Cuántos son? —pregunta el gobernador sin dejar de bracear en la piscina.

—No más de cincuenta, jefe. Desde ayer secuestraron cuatro camiones y tienen bloqueada la carretera a Mazatlán a la altura de El Salado y El Habal.

—¿Camiones? ¿De los míos?

—No, don Román, autobuses de pasajeros —contesta nervioso el hombre alto y moreno, vigoroso, vestido con uniforme verde olivo.

—¿Y qué quieren?

—Exigen la liberación de sus compañeros desaparecidos.

—¿Exigen? ¿Quiénes son esos muchachos pendejos para exigir?

El gobernador Román Higareda cierra los ojos mientras un trío de músicos —bajosexto, tololoche y tarola— desgranan los acordes de «El Sinaloense». Vestidos con camisas a cuadros, botas y sombrero, son tres de los cuatro integrantes de Los Filosos, músicos de cabecera del gobernador. Su trabajo es seguir a todas partes a Higareda para que la música siga sonando mientras el gobernador se baña, mientras desayuna, mientras recorre los caminos en giras de trabajo, a veces incluso mientras duerme. Tocan lo mismo corridos que boleros, polkas y, cuando la ocasión lo amerita, una que otra balada. Al ruido de fondo se agrega el sonsonete de un noticiero televisivo. …sidente José López Portillo inauguró el XI Pleno agrario de la Central Campesina Independi… Así, sumergido hasta los hombros, es como el gobernador Higareda recibe a quienes vienen con asuntos pendientes a verlo en su finca de Culiacán. Su base de operaciones no es, por supuesto, una finca cualquiera, sino un rancho de casi doscientas hectáreas en donde se cultivan hortalizas. Hace unos meses un reportaje en la prensa capitalina publicó que en ese sitio decenas de niños menores de catorce años trabajan sembrando tomate y preparando tierras de cultivo por unos pesos al día, sin prestaciones ni pago de horas extras. Una situación similar ocurre en su empresa pesquera: se habla de que los buzos que extraen del fondo del océano moluscos como ostiones y callo de hacha lo hacen sin prestaciones de ningún tipo, trabajando a destajo. La cereza del pastel entre las propiedades del empresario y político es un zoológico privado con iguanas, guacamayas, venados, jaguares, leones, panteras, cocodrilos, osos e incluso una pareja de jirafas.

Se sabe que el gobernador Román Higareda es un hábil nadador. No por casualidad le apodan «el Tiburón de Escuinapa», pues así, nadando, trata lo mismo asuntos personales que oficiales: mientras juguetea en la piscina festeja sus propios chistes al tiempo que sus funcionarios, vestidos de lino y sentados alrededor de la alberca, se miran unos a otros sin saber qué hacer o qué decir. Afuera, una valla de hombres con fusiles de asalto y ametralladoras custodia el recinto.

—¡Pendejos! A mí nadie me exige nada y menos esos mocosos. ¿Traen armas?

—Sí, don Román, pero hasta donde sabemos no es gran cosa. Un par de escopet…

—¡Shhh! —Higareda calla a los músicos, señala la TV—. Y súbanle a esa cosa.

El conductor del noticiero informa que hoy por la noche se celebrará en el Puerto de Mazatlán el certamen internacional de belleza Miss Universo. Aderezada con los acordes de «La Bikina», la pantalla muestra a las muchachas en la Isla de la Piedra. Mientras flota, el gobernador siente una cosquilla en la entrepierna. Por dos, tres segundos sale a cuadro esa güera caballona que, no sabe bien por qué, es la que más le llena el ojo de entre las concursantes. No te hagas, Román, claro que sabes por qué tu favorita es miss Sudáfrica: no puedes sacártela de la cabeza desde que en los periódicos viste una foto suya sentada en la cabina de una tanqueta Scorpion durante un evento para reunir fondos de caridad. En persona, durante la cena que les ofreciste anoche, no te pareció tan bonita como en aquella foto, pero algo tiene que la hace destacar entre las concursantes. Y mira que la sueca y la gringuita tampoco están mal. Tras dos minutos de imágenes, la nota termina. Carajo, ¿para qué pagar tanta publicidad en ese canal si ni siquiera te mencionan? Ya verán esos infelices la próxima vez que toquen a tu puerta en busca de contratos. Pero no hagas corajes, Román. Hoy no. Mejor concéntrate en lo que vale la pena: 75 de las chamacas más hermosas del mundo están hoy aquí, al alcance de tu mano. Claro, no puedes conquistarlas a todas, pero a una… a una…

—¡Lola!

Al borde de la alberca llega una mujer morena y bajita, de cabello corto y anteojos gruesos. Es Lola, su secretaria particular.

—Dígame, jefe.

—¿Por qué no mandaste los chocolates que te pedí?

—Claro que los mandé, jefe —asiente la mujer—: Alfredo llevó la caja desde el sábado. No pudo dárselos en persona, pero en la recepción le dijeron que la señorita los encontraría en su cuarto cuando llegara de sus actividades.

—¡Mentiras! Ayer yo mismo le pregunté y me dijo que no recibió nada. Por culpa de ustedes quedé como estúpido. Así que localízame a Alfredo y dile que si la chamaca no recibe hoy esos chocolates, yo mismo lo voy a capar. Así díselo.

—Claro, don Román. Por cierto, desde ayer quería decirle que llamó la señorita Irene…

—Ahorita no, Lola.

—Es que dijo que era muy urgente…

—¡Que no! Dile que me busque en la oficina la semana que entra.

A una señal del gobernador, Los Filosos se arrancan con los acordes de «El Muchacho Alegre». Irritado, vuelve a bracear en la piscina. Mírate, Román, hace cuatro años te daban por muerto, hoy gobiernas esta tierra first class. Los gringos desean hacer tratos contigo, las mujeres más hermosas del planeta acuden a tu llamado. Nada mal para un muchacho que empezó pescando ostiones, sin más patrimonio que lo que llevaba encima.

En ese momento, un repique distinto rompe el aire. Los Filosos callan. Tan pronto escucha el timbre, el gobernador endurece su gesto y se apresura a salir del agua mientras sus auxiliares se miran entre sí, luego se vuelven a ver un aparato de teléfono. Además de Higareda, nomás su asistente está autorizada para levantar esa bocina. Y Lola así lo hace, pero solo para colocarla en la mano del gobernador. Un subordinado se acerca con una bata y la coloca sobre los hombros del político como si fuese un boxeador. El agua escurre por sus piernas largas y huesudas que contrastan con su vientre abultado.

—Señor presidente, muy buenos días —la ronca voz del gobernador se tensa, él mismo parece un poco más erguido que hace un momento.

—Sí, señor, justo estaba analizando ese…

—Claro que no, señor.

—Yo personalmente veré que el asunto se resuelva, señor. No se preocupe. Hoy mismo queda eso, le doy mi palabra.

Cuando Higareda cuelga, un silencio absoluto llena el recinto: Los Filosos, callados, observan el piso, mientras sus dedos descansan, inmóviles, sobre sus instrumentos. Alguien ha bajado el volumen a la televisión.

—¡Alvarado!

El hombrón con uniforme verde olivo se abre paso entre los empleados y se cuadra otra vez frente al gobernador. Hace un saludo militar y choca los talones. Se trata del general Joaquín Alvarado Sepúlveda. Graduado en guerra irregular en la academia militar de Fort Bragg, en Carolina del Norte, este hombre se ganó la confianza y el aprecio de Higareda hace cuatro años: disfrazado con huaraches, morral y cabello largo, se infiltró en el movimiento universitario encabezado por Flavio Corrales. Sus informes fueron clave para la localización y ejecución del líder, al que el gobierno federal y el ejército mexicano llevaban meses buscando sin éxito por la sierra. Por tales acciones fue condecorado y ascendido a mayor de Infantería, y desde entonces es uno de los hombres de confianza para el gobernador, quien le ha nombrado jefe de policía en todo Sinaloa.

—El señor presidente pide que aplaquemos hoy mismo a esos cabrones. Sin balazos. Dice que tenemos demasiados ojos encima, así que pícale.

Silencioso, el militar vuelve a cuadrarse, baja la vista y desaparece entre el montón de colaboradores que, inmóviles y callados, aguardan alrededor de la piscina.

El gobernador también desaparece por el lado opuesto del pasillo. Veinte minutos después regresa vestido con camisa a cuadros, chaleco de piel, pantalón de casimir, cinto piteado y un par de botas vaqueras con sus iniciales bordadas en hilo dorado. Apenas cruza el vano de la puerta, uno de los guaruras le entrega su sombrero y su pistola, mientras Los Filosos se arrancan con «Un Puño de Tierra». Vagando voy por la vida, nomás recorriendo el mundo… En el comedor, sobre la mesa, espera un plato de bollitos y un vaso de atole, como la madre de Higareda se los preparaba allá en Escuinapa. En el patio, al pie de una fuente, aguardan ya veinte o treinta personas. Algunos llevan cartas y expedientes, otros cargan huacales con fruta, bolsas de coricos, mangos, tomates, incluso chivos y gallinas que le llevan como regalo.

—Lolita, localíceme al general Alvarado y dígale que cambié de parecer. Alístenme el camión, que terminando el desayuno iré yo mismo a aplacar a esos mugrosos.

—Señor —la asistente bajita da un paso, se encorva un poco más—: le recuerdo que a las diez tiene cita con el periodista del Corriere della Sera.

—¡De veras, se me había olvidado!

—Si a usted le parece bien, puedo llamarle para reagendar…

—No hace falta, Lolita, mejor dígale al italiano que lleve su cámara porque le voy a dar una exclusiva: me va a acompañar a quitar a esos facinerosos.

Vicente Alfonso (Torreón, 1977) Proveniente de una familia de mineros y educada por jesuitas, es autor de las novelas Huesos de San Lorenzo (traducida al alemán, italiano, griego y turco), Partitura para mujer muerta y La sangre desconocida, así como del libro de crónicas A la orilla de la carretera. Ha recibido múltiples premios nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor, el Premio Iberoamericano de Periodismo Ciudades de Paz, el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza y el Premio Nacional de Novela Negra Una Vuelta de Tuerca. En 2021 obtuvo mención honorífica en el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, de la Casa-Estudio Cien años de Soledad y del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Tuitea en @vicente_alfonso.

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