Los acontecimientos se suceden vertiginosamente en un relato que leemos con el corazón en un puño, sin tregua, de la mano maestra de Dolores Redondo. Con unos secundarios inolvidables, asomándonos al abismo de la crueldad y en una atmósfera de presagios e intuiciones, parte esencial de su envolvente mundo literario.
Ciudad de México, 14 de marzo (MaremotoM).-La psicóloga forense Nash Elizondo documenta el origen de una leyenda sobre brujería en la sima de Legarrea, en uno de los Valles Tranquilos de Navarra, pero cuando desciende a la sima lo que halla es el cadáver de una joven desaparecida tres años atrás, Andrea Dancur; un caso que conmocionó al país entero y por cuyo crimen una mujer cumple prisión. Estamos en marzo de 2020 y el hallazgo y las nuevas pistas obligan a reabrir una investigación que esta vez se desarrollará en dos planos distintos: por una parte, a través del método científico y por otra, mediante la profundización en la psicología de los implicados y el conocimiento de los misterios ancestrales.
Nash Elizondo, que se adentra en un territorio mítico y por momentos hostil, contará con ayudas inesperadas, y se pondrá al frente de una estirpe de mujeres que no se doblegan ni siquiera cuando son las víctimas.
Parte de la trama encuentra su inspiración en un caso real. En 2014, un grupo de espeleólogos exploró la sima de Gaztelu, en el valle de Malerreka, en un intento de esclarecer la leyenda de una madre y sus seis hijos arrojados al vacío durante la Guerra Civil. Para sorpresa de muchos, los restos de Josefa Sagardía Goñi y sus hijos fueron hallados, corroborando un crimen que, según la autora, no respondía a motivaciones ideológicas, sino a un odio personal. “Hace unos años, un grupo de espeleólogos bajaron con la intención de desmentir esta historia, porque era demasiado increíble para darle crédito y se encontraron con un cadáver reciente”, ha dicho Redondo. “Es cierto que no está vinculado a un crimen de odio por pertenencia a bandos, sino a un odio personal contra ella por lo diferente que era. No iba a misa, practicaba la antigua religión y los rumores aseguraban que era bruja”, ha añadido a la Cadena SER.

Las que no duermen NASH forma parte del cuarteto literario Los Valles Tranquilos, que arrancó con Esperando al diluvio y seguirá desarrollándose en las dos próximas novelas. Se publica adelanto mediante editorial Destino, una empresa del grupo Planeta.
El trabajo de un psicólogo forense no es siempre necesario, pero en ocasiones se vuelve indispensable. Interviene en aquellos escenarios en los que la autopsia médico-legal resulta insuficiente para determinar la etiología de una muerte, ya sea por el tiempo transcurrido, el estado del cadáver o la ausencia de este. Su objetivo principal está ligado a la posibilidad de aplicar el código NASH, que determina si el fallecimiento se debió a causas naturales, accidentales, suicidio u homicidio. Las iniciales de estas causas componen las siglas del código.
Una antigua leyenda del País Vasco afirma que las grutas más profundas de la Tierra están habitadas por infernales toros rojos, diabólicos guardianes que custodian con su fiereza los tesoros que esta alberga, los secretos allí sepultados y el acceso al inframundo. Se dice que son los legítimos dueños de aquellos lugares, las almas de los que allí han quedado confinados o espíritus guardianes gobernados por la madre Tierra.
La oscuridad acogió a la mujer mientras se precipitaba al abismo, hasta creyó oír los poderosos mugidos de una de aquellas bestias rojas desde las profundidades. Fue sólo un segundo, justo en el instante en que dejó de sentir las manos que la empujaban y antes de que su rostro chocara con la barriga granítica que formaban las paredes del pozo cerca de su boca de entrada. Después cayó. Su cuerpo se despeñó desmadejado entre las estrechas paredes, golpeándose contra la roca viva y arrancándose jirones de piel que quedaron instantáneamente cauterizados por el roce. El descenso se convirtió en un suplicio interminable, consciente de cómo sus huesos se iban fracturando mientras caía. No tenía aire en los pulmones y ni siquiera podía gritar. El dolor se sumaba al dolor y, a pesar de la absoluta oscuridad, vio cómo una inmensa luz roja explotaba ante sus ojos cuando su cuerpo impactó en el suelo.
En el fondo de la gruta todo era silencio y negrura. Le costó discernir si había quedado bocarriba o bocabajo y, aunque lo intentó, un zumbido creciente le impidió escuchar otra cosa que no fuese el latido de su propio corazón, desacompasado, sonando en su oído interno. Sentía que el frío escalaba sus miembros como una manta mojada, muy pesada y comprendió que se estaba muriendo. Se concentró de nuevo venciendo al miedo y tratando de escuchar. Silencio, total silencio. Dio las gracias a la madre Tierra por lo que aquello significaba y, mientras abrazaba la muerte, empleó sus últimas energías en levantar la mano para elevar por encima de aquellas paredes, que serían su tumba, una maldición cargada con todo su dolor, con todo su odio, con todas sus fuerzas.

29 de febrero de 2020 Sábado
La doctora Nash Elizondo se ajustó el arnés integral y se volvió para permitir que Gabriel la sujetase al mosquetón después de comprobar el suyo. Observó la boca abierta de la sima. Un corte sepultado en el suelo, de forma alargada, de poco más de dos metros de ancho y unos tres de largo. Desde cierta distancia podría haber pasado desapercibida en la ladera inclinada a un lado del camino. La atención se la llevaba un haya majestuosa que se alzaba al borde del precipicio elevando sus ramas al cielo e internando sus raíces en la propia sima. Levantó la mirada para verla y se colocó tras la oreja el auricular de la radio y un mechón de cabello rojizo que había escapado de la coleta con la que se había recogido la melena. En las últimas horas, la suave brisa del inicio de la mañana había comenzado a transformarse en un viento moderado y cargado de agua, que cabalgaba sobre los montes desde el mar Cantábrico, trayendo una promesa de lluvia y oscureciendo los cielos sobre el valle de Malerreka.
Dedicó una mirada pensativa a sus botas de trekking y a la trasera abierta del vehículo detenido en el sendero. Había aparcado su Ford Mustang a kilómetros de allí. Sabía, cuando lo sacó por la mañana del garaje, que terminaría por arrepentirse de llevarlo al campo; aquella preciosidad no estaba hecha para pistas y caminos. Aun así, últimamente había tenido tan pocas oportunidades de conducir grandes distancias que ir desde Donostia hasta Gaztelu le había parecido una ocasión imperdible. Lo había dejado en la explanada, junto a la fuente del pueblo y los antiguos lavaderos.
Hizo el trayecto hasta donde terminaba la pista acompañando al equipo en el Land Rover, indispensable en el último tramo sin asfaltar que llegaba hasta la boca de la sima. Miró hacia la trasera abierta del vehículo, rebosante de cuerdas, andamios, poleas y trócolas, y hasta una carpa plegable que solían llevar por si comenzaba a llover de improviso. Alzó los ojos a un cielo de nubes revueltas, quizá hoy terminaran utilizándola. Eso la hizo dudar de nuevo sobre lo idóneo de su calzado. Los demás sí que llevaban las botas de goma que usaban habitualmente cuando entraban a cuevas o a grutas desconocidas. Volvió a mirar pensativa las suyas, de trekking, y, casi a la vez, captó un furtivo movimiento entre la maleza, colina arriba.
Uno de sus compañeros se plantó frente a ella sonriendo. Hacía un mes que se había unido a Kondairak y era todo un hallazgo. Estudiante de Antropología de último año, no tan buen escalador, pero un experto en telecomunicaciones. Esta era su primera salida con el grupo completo y las mejoras en el equipo de radio ya eran más que evidentes. Nash tenía reservas. Se le notaba un poco forzado, como si se afanara demasiado en agradar. Vio cómo le miraban los otros dos compañeros, y estuvo segura de que le harían pagar la novatada en algún momento.
—Cuenta hasta diez, doctora Elizondo, vamos a probar el micro.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¿me oyes, Mikel?
—Te oigo perfectamente —sonrió.
Los otros dos eran Julio y Xabier. Julio era el mayor, a punto de cumplir cincuenta años, historiador, etnólogo y lingüista, además de propietario del Land Rover. Xabier era, junto con ella, el más veterano en el grupo: arqueólogo y reconocido en su ámbito. Nash había leído un par de trabajos suyos bastante brillantes. Llevaban más de dos años saliendo al monte, Nash le conocía muy bien, sólo hablaba de arqueología y de equipo técnico, y era un obseso de la seguridad. Pensó que parecía un poco molesto, quizá porque, de no haber estado ella, hoy habría sido el elegido para bajar a la sima con Gabriel.
Gabriel enganchó a su cinturón un viejo candil Fisma de carburo, que llevaba más por tradición que por seguridad, un taladro Hilti y la bolsa que contenía las brocas y los tornillos Parabolt, que utilizarían para asegurar la ruta. Ambos se ajustaron los cascos y comprobaron inclinando la cabeza que la luz frontal funcionaba.
—¿Lista? —preguntó Gabriel.
—Vamos allá.
Gabriel tardó apenas dos minutos en asegurar el primer tornillo en la boca de la sima. Ella se arrodilló junto a la entrada y, antes de deslizarse dentro, comprobó con un suave tirón las cuerdas que pendían de la trócola su- jeta a un trípode abierto sobre la boca de la cueva.
Le pareció sentir una gota de agua en el rostro, alzó la cara al cielo y, por segunda vez, creyó ver a alguien entre los matorrales que crecían cerca del pozo, pero sólo eran las ramas movidas por aquel viento que iba en aumento. De modo involuntario frunció el ceño.
Suponiendo que su inquietud tuviera que ver con las cuerdas que pendían sobre su cabeza, Xabier quiso tranquilizarla.
—He comprobado todo el material tres veces, deja de preocuparte, doctora Elizondo.
—Estoy segura, gracias, Xabier.
—Yo también he comprobado todo el equipo, no habrá ningún fallo, doctora Nash —dijo Mikel.
Ella le miró alzando una ceja, pero no dijo nada. Se deslizó en la oscura boca de la gruta siguiendo a Gabriel. Xabier guiñó un ojo a Julio, que asintió, disimulando la sonrisa; esperó a que Nash hubiera desaparecido de su vista y, dirigiéndose al antropólogo, le preguntó:
—¿Tú eres gilipollas o qué te pasa?
—¿Qué he hecho? —preguntó Mikel extrañado.
—Llamarla Nash —respondió Julio, que fumaba apoyado en el haya.
—Todo el mundo la llama así. Es su nombre, ¿no? Nash Elizondo, eso pone en su ficha —contestó confuso.
Xabier negó incrédulo.
—Pone doctora N. Elizondo. Nash es una especie de mote.
—Pero yo os he oído llamarla así… —rebatió Mikel nervioso.
—Nunca delante de ella —explicó Julio mientras Xabier asentía.
—No lo entiendo. ¿Es un insulto? ¿Una coña?…
—dijo encogiéndose de hombros—. Se lo he oído a más gente…
—Créeme, no sois tan amigos como para permitirte llamarla así.
—¿Y cuál es su nombre?
—Para ti, doctora Elizondo.
—Se me hace raro tanta formalidad. ¿Qué tiene, treinta? Y encima, está buena… Ya sé que es profesora, pero doctora Elizondo…
—Ya te hemos advertido, nada de llamarla Nash
—concluyó Xabier.
—Pero ¿qué significa?
—Digamos que es un código…
—Y no me lo vais a explicar, ¿verdad?
—Venga —pareció ceder Julio, volviéndose mientras intentaba contener la risa—, díselo tú, antes de que vuelva a meter la pata y la doctora lo eche.
Mikel palideció.
—Tú eres antropólogo forense, ¿no? —le preguntó Xabier.
—Estudiante de último año, pero de Biología, no forense.
—Aun así, deberías saberlo.
—NASH es el código forense, la forma de marcar la causa de la muerte en los informes médico-forenses. Las siglas NASH corresponden a las iniciales de muerte Na- tural, Accidental, Suicida u Homicida. ¿Crees en serio que alguien se llamaría así?
El tipo sopló preocupado mientras negaba.
Nash dejó de oírlos en cuanto rebasó la boca de la sima y el sonido del taladro lo ocupó todo.
Se inclinó hacia delante y vio que Gabriel descendía a buen ritmo. Excelente escalador, historiador y antropólogo, era además su amigo. Hacía un año que daba clases como profesor suplente en la Universidad del País Vasco, la misma en la que ella impartía su especialidad en Psicología Forense. Cuando se conocieron lo reclutó para el grupo en sus salidas por todo el País Vasco y Navarra, buscando huellas de asentamientos humanos, pero sobre todo desentrañando la raíz antropológica y social que se escondía tras los mitos más extendidos de cada zona.
Gabriel estaba especialmente emocionado con aquella sima porque, en las excavaciones previas alrededor del acceso al pozo, habían hallado una escudilla de cobre, aún sin datar, y varias monedas de poco valor de la época romana. Nash había evitado discutir intentando no ser aguafiestas, pero encontrar monedas, escudillas, restos de frascos con nueces, harina o semillas de manzana era bastante frecuente en la zona. La antigua religión dominante en aquellos valles, antes de la llegada del cristianismo, sostenía que la diosa superior, Mari, moraba entre los riscos de las montañas y en las simas que alcanzaban el corazón de la tierra. Varios antropólogos, como José Miguel de Barandiaran o Julio Caro Baroja, ya mencionaban estas prácticas, y habían llegado a documentar fotográficamente hallazgos de ofrendas, tributos de cosecha, ánforas de sidra, cantos y piedras. Ofrendas y regalos traídos desde muy lejos para ser depositados en la boca de la cueva, y en ocasiones en su interior, como tributo a la diosa madre.
Nash descartó los pensamientos que copaban su mente y se concentró en el descenso agradeciendo que las paredes estuviesen secas, probablemente debido a una especie de panza granítica que la pared formaba a escasos dos metros de la entrada y que habría obstaculizado que el agua de lluvia penetrase en el interior. La falta de humedad no impidió, sin embargo, que el nauseabundo y familiar olor de la muerte reciente llegara hasta su nariz.
—¿Notas el hedor? —preguntó Nash alzando la voz para hacerse oír sobre el sonido del taladro.
Gabriel se detuvo para contestar.
—Un pastor de la zona me dijo que en ocasiones también se usa la grieta para tirar ganado muerto en la montaña, sin ir más lejos hace un par de semanas tiraron una oveja.
Nash lo pensó mientras arrugaba la nariz.
—Dos semanas… ¿Tú qué dices? ¿Huele como un cadáver de dos semanas?
La voz de Gabriel resonó ascendiendo por las paredes como en el interior de un tambor.
—Bueno, todo depende de cuánta humedad haya ahí abajo. En dos semanas puede tener sus partes blandas completamente descompuestas o, por el contrario, más bien resecas. Calculo que en el fondo habrá como poco diez grados menos que en el exterior.
Pasado el resalte rocoso, las paredes eran bastante rectas, una grieta natural, como si la montaña se hubiera desgajado durante una glaciación partiéndose en dos la- jas irregulares, cincuenta metros en caída libre, como un edificio de dieciséis pisos. El olor se hacía más intenso a medida que descendían, pero a la vez fue perdiendo las facetas estridentes de la primera putrefacción, sustituidas por un tufo más mohoso, a pelo sucio y lugar cerrado. Nash apuntó la luz de su casco hacia abajo y vio el cadáver de la oveja. La zona del vientre y el ojo que eran visibles desde allí aparecían hundidos y resecos. Una gran rama, casi un árbol pequeño, asomaba atravesada de lado. Gabriel alcanzó el suelo y la ayudó a descender los dos últimos metros. Miraron alrededor alumbrando el espacio y evitando pisar el pelo apelmazado de la oveja.
—No te sueltes aún del mosquetón, no podemos estar seguros de que el suelo que pisamos sea el fondo de la sima. Toda la mierda que han arrojado durante siglos ha podido formar una especie de falso entrepiso.
Gabriel dio un salto para comprobar la firmeza y después clavó en el suelo una especie de punzón junto a la roca que formaba la pared.
—Está blando bajo los pies, es extraño —dijo Nash.
—Ya lo he notado; sin embargo, parece firme —dijo Gabriel mientras comprobaba su altímetro—. Se corres- ponde con los datos de la cata más fiable, que es de los años ochenta, pero vete a saber…
Nash tanteó el suelo mullido con las botas. Se agachó para coger un mechón suelto de lana que se había com- pactado y sobresalía amontonado en lo que podía ser el centro de la estancia.
—Hubo una gran crisis de la lana en los ochenta, apenas la pagaban y deshacerse de ella era un problema. Puede que los ganaderos de la zona lo solucionasen así
—dijo Nash.
Gabriel habló al micro.
—Mikel, estamos abajo. Enviad la sonda con la lin- terna grande. El suelo parece compacto bajo nuestros pies, una mezcla de tierra tupida y piedras sueltas, que no creo que se hayan desprendido de las paredes. Apostaría a que las arrojaron, como los troncos, y hay también una ingente cantidad de lana. —Ajustó la llama del candil que tradicionalmente habían llevado todos los mi- neros del mundo para comprobar la calidad del aire. Apuntando con la linterna de su casco miró alrededor—. El aire es respirable y podemos permanecer erguidos. El espacio forma un rectángulo irregular de unos cuatro por seis metros. No hay rastro de agua, pero lo de la oveja era verdad, el cadáver no está muy podrido, más bien seco.
La doctora Elizondo elevó la mirada. Su aliento ascendió formando una voluta de vaho que fue visible frente a la luz de su casco. Hacía frío allí abajo, y eso al menos amortiguaba el olor del animal muerto. Entre las ramas y la yesca alcanzó a vislumbrar pegotes de escayola y azulejos rotos, un par de latas de cerveza y la vistosa funda rayada de un viejo colchón.
—Por lo visto los restos de animales no son lo único que tienen por costumbre tirar aquí —dijo ella.
—Sí, joder, qué guarra es la gente, ¿qué es eso?, ¿escombros de obra?
—¿Qué veis? —les llegó la voz de Julio a través de la radio.
Nash pasó el pie derecho por encima de la oveja y, agarrándose al tronco atravesado, cruzó al otro lado.
—Sí, escombros, paja quebradiza, mantillo, basura, y esto es un colchón —dijo hundiendo un dedo en la superficie esponjada.
Oyeron como, allá arriba, la parte metálica de la linterna grande golpeaba contra la panza granítica de la cueva.
—Despacio, chicos, os la vais a cargar —advirtió Gabriel apuntando su luz hacia la oscuridad sobre sus cabezas.
Nash sacó el teléfono móvil y comenzó a fotografiar la basura, las paredes e, inclinándose entre las gruesas ramas, apartó un poco la capa de lana con intención de captar la composición del suelo. Había pelos negros y castaños, probablemente restos de la descomposición de otros animales, heno, pequeñas ramitas secas, un polvo blanquecino que podía ser ceniza, y lo que le resultó más curioso: una guirnalda de flores con rosas diminutas de aspecto quebradizo. No era la primera vez que hallaban ofrendas florales en las grutas, pero aquella parecía reciente. Se agachó para verla mejor, tomó entre sus dedos una de las flores, que se descompuso nada más tocarla. La luz del casco era insuficiente, pero consiguió hacer unas cuantas fotos decentes con el móvil. Odiaba usar el flash en espacios tan oscuros y pequeños. El fogonazo la dejaba ciega un instante y una sombra bailaba ante sus ojos durante un buen rato. Apuntó para sacar una nueva foto y, en el momento en que saltó el flash, vio que bajo el colchón había algo.
—Gabriel, ayúdame a mover esto.
Él se balanceó, como había hecho ella, por encima del pelaje de la oveja, aunque tuvo menos suerte y terminó por pisar parte de la lana del lomo. Puso un gesto de asco al sentir que la carne del animal resbalaba bajo la piel como si estuviese rellena de gelatina.
El colchón debía de llevar allí bastante tiempo y, aun- que, tal y como había dicho Gabriel, no había agua a la vista, la estructura porosa de su superficie había absorbido muchísima humedad. No era muy grande, pero les costó moverlo tanto como si hubiera estado mojado. Lo empujaron lo suficiente para que por su propio peso venciese sobre la oveja muerta.
Las deportivas eran blancas, y los vaqueros le habían quedado ajustados antes de que los músculos de las piernas se resecasen en su interior. Una sudadera blanca adornada en cada manga con una gruesa liana verde con hojas del mismo color. El cabello oscuro y largo, extendido como una corona flamígera alrededor del cráneo, estaba en parte sobre el rostro, cubriéndolo como un velo ligero. Un atisbo de la mandíbula dibujaba una línea suave. Los brazos aparecían cruzados sobre el cuerpo, casi como si tuviera frío y hubiera muerto intentando procurarse algo de calor. Los únicos huesos visibles eran los de las manos: secos, esqueléticos y amarronados. Entre los dedos de la mano derecha sujetaba un trozo alargado de papel sucio.
—¡Hostia puta! —exclamó Gabriel.
—¿Qué pasa? ¿Estáis bien? —preguntó Mikel desde arriba.
—Mikel, necesitamos esa linterna ya.
—Tiene que estar llegando —respondió Xabier. Gabriel alumbró hacia la oscuridad y vio que, en efecto, amarrada a una soga descendía la gruesa linterna de ocho pilas que usaban para trabajar en el interior de las cuevas.
Nash sólo tenía ojos para el cadáver.
La voz de Gabriel sonó ahogada, en un susurro.
—Parece…
—Una chica —terminó ella la frase—, o un chico con el pelo muy largo, tendría que verle la pelvis para estar segura.
Gabriel se llevó una mano a la boca, consternado, casi como si temiera que ella fuese a bajarle los pantalones al cadáver.
Nash continuaba absorta.
—El arco de la mandíbula también apunta a una chica, aunque podría ser un chico muy joven… ¿Qué te pa- rece a ti? —dijo volviéndose a mirarlo.
Gabriel estaba pálido, boqueó un par de veces sin decir nada y la voz de Mikel a través de la radio pareció traerlo de vuelta a la realidad.
—¿Queréis decirme qué coño está pasando?
Nash miró a su compañero asintiendo y animándole a responder. Gabriel lo hizo.
—Hay un cadáver. —La voz le salió estrangulada y muy baja.
A través del micro les llegó la algarabía de arriba.
—Es estupendo. ¿Es muy antiguo? ¿Hay algo que per- mita aventurar una data aproximada para los huesos?
—No son huesos, Mikel —dijo Gabriel sin apartar la mirada del cadáver—. Es un cuerpo, un cuerpo entero, aunque está seco, como momificado.
—Pero eso es muy bueno… —Incluso a través de la radio percibieron la duda en la voz de Mikel.
Nash intervino.
—No es lo que buscábamos, este cadáver tiene poco tiempo. No soy una experta, aquí abajo hace bastante frío, y eso puede alterar mucho las cosas. Se ha desecado, casi momificado, pero creo que es una chica. Una chica muy joven, una adolescente, podría ser una adulta me- nuda, pero viste como una adolescente.
—Pero eso es imposible —replicó Xabier desde arriba.
—¡Lo estamos viendo, joder! —respondió Gabriel enfadado.
La voz de Xabier les llegó resolutiva desde el exterior de la sima.
—Llevo semanas viniendo a la zona para la primera prospección, para los permisos, si una adolescente hubie- ra desaparecido por la comarca nos habríamos enterado. Son apenas tres mil vecinos en todo el valle. No es algo que pueda pasar desapercibido.
La voz de Julio les llegó preocupada:
—Siempre ha habido rumores sobre esta sima, críme- nes de guerra y cosas así, bastante increíbles, a mi juicio.
Asegurándose al lado del cuerpo, Nash se acuclilló y se tomó unos segundos para quitarse los guantes de escalada y sustituirlos por unos quirúrgicos que llevaba en la riñonera. Tomó varias fotografías desde todos los ángulos que le permitía su postura. Dejó el teléfono un instan- te en el suelo y, poniendo el mismo cuidado que si levantase el velo de una novia, apartó los largos cabellos y los dispuso a los lados del rostro. Los párpados cerrados y hundidos cubrían los ojos. La piel, de un beige acartonado, le recordó a las alas de una polilla. Los labios se habían contraído dejando los dientes a la vista en lo que para unos podría ser una macabra sonrisa, pero para Nash era un gesto de contención del dolor.
El cabello se veía oscuro y mate, cubierto de polvo. Imaginó que habría sido castaño. Al colocarlo a los lados de la cabeza quedaron a la vista dos gruesos mechones canos. Iban desde la raíz hasta las puntas y eran tan blancos que sólo podían haberse logrado en un salón de peluquería. Junto a la zona del calvarium y escondido entre los cabellos, Nash vio algo que al principio le pareció una astilla, o una piedra pequeña y afilada como un hacha de sílex. Apartó un poco más los cabellos y comprobó que no estaba en la cabeza: salía de la tierra, bajo el cráneo, aunque sin tocarlo. Al ver de qué se trataba, lo arrancó del suelo con un suave tirón y lo deslizó en su riñonera.
—Quizá… Creo… que no deberías tocar nada —musitó Gabriel a su espalda.
Nash cogió de nuevo el teléfono.
—Dirige la luz hacia aquí, por favor.
Gabriel bajó la mirada hacia la linterna que sujetaba en las manos, todavía atada a la cuerda con la que la habían descendido. Asintió y encendió el foco.
La luz permitió que lo que podía haber sido un sueño tomase todo el cuerpo de realidad.
Nash se irguió retrocediendo un paso, y sintió a su espalda la roca fría. Inclinó la cabeza a un lado y miró fijamente el cadáver.
Nash ya no estaba allí. Gabriel la conocía lo suficiente y la había observado muchas veces mientras cavilaba: dejaba caer la cabeza a un lado en un gesto ambiguo que podía parecer desidia, o desinterés, pero nada más lejos. Estaba pensando.
Los ojos de la doctora Elizondo saltaban de las deportivas a la sudadera, de los vaqueros a los brazos cruzados sobre el pecho, casi como si se abrigase. Y aquellos mechones blancos a los lados del rostro. Respiró profundamente conteniendo el aliento mientras imágenes de la chica que durante meses habían estado pasando en televisión volvían con fuerza. Aquella sudadera, la que llevaba en la última foto que alguien le había tomado el día en que desapareció, las inconfundibles plantas carnívoras que adornaban las mangas, y las dos guedejas de cabello decolorado que enmarcaban su rostro.
—Sé quién es —susurró.
—¿En serio? ¿Cómo es posible? ¿La conocías? —preguntó Gabriel asombrado.
Ella se volvió para mirarle y asintió entristecida.
—Sí, y tú también, todo el país la conoce por la foto que ponían en televisión cuando desapareció. Aparecía a diario en los informativos con su sudadera blanca con plantas carnívoras trepando por las mangas.
La voz de Julio llegó a través de la radio.
—Joder, me acuerdo. La mató la novia de su madre, encontraron la cazadora ensangrentada de la chica en su coche. Fue hace un par de años, puede que tres. Y la tipa lleva todo este tiempo en prisión sin decir dónde está el cadáver.
Nash se acercó la pértiga del micrófono a la boca para asegurarse de que la oyesen con claridad.
—Señores, avisad en casa de que llegaréis tarde. Y ahora sacadnos de aquí y llamad a la policía, decidles que hemos hallado el cadáver de Andrea Dancur.
Veinte minutos más tarde llegaron dos patrullas de la Guardia Civil de Elizondo. Tras tomarles una breve declaración sobre lo que habían visto abajo, los conminaron a esperar junto al Land Rover. El resto del día lo pasaron así, repitiendo su declaración y esperando a que los especialistas fueran llegando a la boca de la gruta. Primero aparecieron los bomberos de Baztán, encargados de bajar y comprobar que, en efecto, había un cadáver. Después, los del Grupo de Montaña de la Guardia Civil, los del Seprona, la Policía Judicial de la Guardia Civil desde Pamplona y, a última hora de la tarde, «alguien» que, se rumoreaba, venía asignado desde Madrid.
De modo unánime habían pactado ceder el equipo que ya estaba instalado, por lo menos para la primera comprobación. Los bomberos lo utilizaron, pero los del GREIM lo rechazaron, mantuvieron sólo parte del andamio, pero sustituyeron las cuerdas por dos de seis milímetros. Aceptaron, sin embargo, la carpa cuando, sobre las cinco de la tarde, la lluvia comenzó a caer suave y helada contribuyendo a entristecer un poco más el escenario y relegándolos al interior del Land Rover.
Nash pasó una mano por el cristal de la ventanilla empañada de vaho y miró hacia fuera. En un mes cambiarían la hora, pero aquella tarde de febrero, y aunque sólo eran las siete y media, ya había anochecido por completo. Además de las luces que los guardias civiles habían instalado alrededor de la boca de la sima y de los faros encendidos de los Citroën C4, había un coche policial con los luminosos azules reflectando al extremo del sendero para evitar el paso. Desde donde estaban, Nash no alcanzaba a ver las grandes furgonetas de las televisiones que desplegaban sus equipos al pie de la ladera, en el lugar donde terminaba la pista asfaltada y aparecía la cinta policial.
Se volvió para mirar al asiento trasero. Gabriel, sentado entre Xabier y Mikel, sostenía sobre las rodillas su ordenador portátil con la pantalla abierta. Nash identificó la música de cabecera de un informativo.
—¿Han dicho algo? Hay bastante movimiento de cámaras y focos en el acceso al camino.
—Han informado de la aparición de un cuerpo en Navarra, aunque dicen que aún está por confirmar que sea el de Andrea Dancur. Y han anunciado una conexión en directo, pero de momento están con lo de la mierda del virus chino, por lo visto se ha contagiado un montón de gente en el norte de Italia.
—Mi padre dice que es un arma química de los americanos para hundir la economía china —dijo Mikel.
—Pues ha errado un poco el tiro, eso viene de China y será una pandemia mundial y, si está en Italia, no tardará en llegar aquí —opinó Gabriel.
Xabier chascó la lengua antes de hablar.
—¡No seáis alarmistas! Y tú, dile a tu padre que no se preocupe —dijo Xabier dirigiéndose a Mikel—. Es poco más que una gripe común, si no está entre los grupos de riesgo habituales no tiene por qué alarmarse. Aquí está controlado. Sólo hay un caso en Canarias, y es un médico extranjero que vino de vacaciones. Han aislado a la gente en el hotel y están todos bien.
Pareció que Gabriel iba a contestarle, pero en ese momento comenzó una conexión en directo con los informativos.
Gabriel giró la pantalla para permitirles ver imágenes de archivo de tres años atrás. La madre de Andrea Dancur, con el rostro demudado pidiendo que no cesase la búsqueda de su hija, y Salomé Aduriz, de pie a su lado con el rostro serio. Salomé Aduriz entrando en el coche patrulla esposada tras su detención. Andrea Dancur con su sudadera con plantas carnívoras, sonriendo serena en aquella última foto que su novio le había tomado el mismo día de su desaparición, y que llegó a convertirse en la imagen más difundida en las televisiones de todo el país. Salomé Aduriz derrumbándose al escuchar la sentencia que la condenó a quince años y un día por la muerte y desaparición de Andrea Dancur. Y, mientras, por la ventanilla veían un revuelo de guardias civiles corriendo en dirección a la ladera para custodiar el avance de un coche policial. Las imágenes se interrumpieron para dar paso a la reportera que, a pie de camino, anunciaba que el coche que traía a la madre de Andrea estaba llegando a la sima. Nash se volvió hacia la ventanilla del Land Rover justo a tiempo de verla salir del vehículo de la Guardia Civil. Se diría que ni un solo día había pasado por ella desde las imágenes de hacía tres años. El pelo claro recogido en un moño bajo. Ni una gota de maquillaje en aquel rostro deslavazado de santa del Medievo. Prendas de excelente calidad, botas de tacón grueso y bajo y un bolso caro. La acompañaba un hombre que la cubrió protector con un paraguas y se mantuvo a su lado, aunque en un discreto segundo plano, mientras el capitán de la Guardia Civil le explicaba los pasos que darían a continuación.
Las palabras de Gabriel la sacaron de su ensimismamiento.
—¡Joder, mira a quién tenemos aquí!
Reconoció inmediatamente el coche que pasó junto al Land Rover y se detuvo tras el vehículo que había traído a la madre de Andrea. Y fue muy curioso oír cómo la reportera que retransmitía desde el acceso al camino se adelantaba a Gabriel para responder a la pregunta que flotaba en el aire.
«Fuentes de la Guardia Civil nos confirman que acaba de llegar a la sima de Legarrea el prestigioso forense Laurent Herzog. La presencia del reputado antropólogo nos lleva a pensar que se le ha requerido para identificar los restos que aparecieron esta mañana y que podrían ser los de Andrea Dancur, la joven desaparecida hace ahora tres años y por cuyo asesinato fue condenada y cumple pena la que fuera pareja sentimental de su madre, Salomé Aduriz. El doctor Herzog es profesor de Paleontología y Antropología en la Universidad del País Vasco. Alcanzó gran notoriedad al identificar los restos muy deteriorados de las dos mujeres halladas en un incendio intencionado en Asturias y por ser asiduo colaborador del Gobierno de Israel en la identificación de víctimas del Holocausto nazi.»
—¡Entonemos alabanzas, ha llegado el mesías! —se mofó Xabier.
—¿Herzog? Es imposible, hoy es su cumpleaños, cumple cincuenta.
Nash se dio cuenta de inmediato de hasta qué punto había sonado íntimo y trató de corregirlo.
—Lo contó el jueves en la sala de profesores, nos dijo que iba a celebrarlo con toda su familia en Biarritz, que venía gente de muy lejos.
—Pues habrá olido a la prensa, tiene buen olfato para eso… —apuntó Xabier.
Nash se puso la capucha de su chubasquero, accionó la manija de la puerta y, escurriéndose hacia fuera, cerró a su espalda y se quedó inmóvil junto al coche, mirando a Herzog a distancia. Vestía un traje azul marino, zapatos y un abrigo de lana, del todo inadecuados para aquel lugar, aunque Nash vio que sacaba del maletero un macuto de monte con el equipo.
Los mandos de la Guardia Civil lo rodeaban. Ella habría matado por esa clase de respeto, el que lleva a unos hombres a reconocer a otro por su inteligencia y su valía. Quizá en cien años más una mujer científica podría obtener un trato así.
Nash esperó mientras los policías le informaban, como a un general, y, aunque ni una sola vez sus miradas se cruzaron, estaba segura de que él la había visto, de que habría sabido que ella estaba allí, incluso sin que los agentes le hubieran informado, que lo habían hecho; aunque ella misma no le hubiera contado que pasaría ese fin de semana con Kondairak, buscando una cueva de brujas. Era el tipo de explicación que no le debía, pero le daba: qué libro estaba leyendo, qué había comido, qué haría el fin de semana mientras él lo pasaba con su esposa y sus hijos. Su corazón perdió un latido cuando Herzog salió de entre el grupo de hombres y, rechazando un paraguas, se dirigió decidido hacia ella.
—Así que vienes a buscar a una bruja y encuentras a una princesa perdida —dijo deteniéndose muy cerca.
Nash apreció la oscuridad de sus ojos, que contrastaban con la piel que, aun bronceada, se veía pálida junto a su cabello y su barba.
—Has venido… —musitó ella a modo de saludo con un atisbo de sonrisa que comenzaba a aflorar—. Y estás muy guapo. Felicidades, no imaginaba que terminaría viéndote hoy.
Él bajó la mirada sólo un segundo y Nash supo que su presencia allí no tenía nada que ver con ella.
—Bueno, menos mal que siempre llevo en el maletero ropa para cambiarme. Hace años que conozco a Lisardo Murrieta, es el abuelo de Andrea. Me ha llamado y he venido como un favor personal.
—Así que estás aquí por tu amigo…
—No somos amigos exactamente, Murrieta es un famoso hombre de negocios, muy influyente, le conozco desde hace años. Me ha pedido ayuda y no he podido negarme.
Después, como si se sintiese en la obligación de decir- le algo bonito, añadió sonriendo:
—Pero que tú estés aquí le quita la mitad de horror al hecho.
El intento por contentarla le pareció torpe y oportunista.
—Gabriel y el resto del equipo están en el coche —le advirtió haciendo un leve gesto hacia el vehículo de cris- tales empañados y tirando de su capucha para que le cubriera por completo el rostro.
Él no contestó, pero la sonrisa se esfumó y ladeó el cuerpo de modo imperceptible, pero suficiente para que su cara fuese invisible desde el interior del coche.
Dolores Redondo
A la trilogía le siguió Todo esto te daré (Premio Planeta 2016), la novela ganadora de dicho galardón más vendida de los últimos tiempos. En 2019 publicó La cara norte del corazón y regresó al universo del Baztán, cuya adaptación está en vías de desarrollo como serie televisiva en Hollywood, lo que constituye un hito de la ficción española contemporánea.
En 2021 se reeditó Los privilegios del ángel, su primera novela. Hoy son ya 38 los idiomas a los que se han traducido sus obras en todo el mundo.











