Persiguieron sus sueños a orillas del Misisipi. Sus vidas fueron más grandes que el río. Una novela magistral y un gran fresco histórico sobre la aventura de España en el corazón de Norteamérica. Premio Planeta 2022.
Ciudad de México, 16 de diciembre (MaremotoM).- Después de años de colonización, la familia Girard acepta la controvertida decisión de su país, Francia, de ceder a España en 1763 parte de las indómitas tierras del Misisipi; sin embargo, sufrirá las consecuencias de las rebeliones de sus compatriotas contra los españoles, la guerra de norteamericanos contra ingleses por la independencia de los Estados Unidos y la lucha desesperada de los nativos indios por la supervivencia de sus pueblos.
En unos tiempos tan convulsos, Suzette Girard e Ishcate, indio de la tribu kaskaskia, librarán su propia batalla: preservar su amor de las amenazas del mundo que les ha tocado vivir. Todo ello conforma una novela cautivadora y monumental que atraviesa las cuatro décadas en las que España poseyó las legendarias tierras de Luisiana.

Fragmento de Lejos de Luisiana, de Luz Gabás, con autorización de Planeta
1 Nueva Orleans, agosto de 1763 En la calle Dauphine —en el quinto distrito, el penúltimo más alejado del Misisipi—, el ambiente era demasiado festivo para una despedida; y eso que, a diferencia de otras veces en que la casa de Suzette se llenaba de comerciantes, dueños de plantaciones, oficiales del gobierno y militares, esa tarde solo estaban los Girard y los Leroux-Dubois.
Se habían reunido con motivo de la marcha de Benoît Leroux y su hijastro de catorce años Étienne Dubois hacia las peligrosas tierras de los indios del norte, a casi doscientas leguas de distancia. Partían en busca de un buen lugar donde asentarse y abrir un puesto comercial para tratar con las tribus indias del oeste del Misisipi y lo hacían sin fecha fija de regreso. No podía ser un viaje más arriesgado, pero, en lugar de tristeza o nerviosismo, Suzette Girard solo percibía excitación y alegría. Echaría muchísimo de menos a Étienne, a quien la pequeña de siete años veía como a un hermano. Ambas familias vivían en la misma calle, a doce casas de distancia, y el chico había formado parte de su vida desde que tenía memoria.
Las voces de los mayores se pisaban unas a otras.
Jérôme Girard —de treinta y seis años, alto, enérgico, de facciones rotundas y patillas a media oreja, cuando la moda imponía el afeitado total— tan pronto recordaba su viaje inicial desde Francia hasta Luisiana, como repasaba la lista de las mercancías cargadas en el barco en el que Benoît Leroux —delgado, de cabello oscuro y sonrisa pícara, cinco años más joven y más intrépido— y el adolescente Étienne remontarían el Misisipi hacia el norte.
Los adultos ocupaban coquetos canapés y butacas de la misma seda rosa que tapizaba las paredes, frente a una chimenea sin fuego de mármol blanco. De cuando en cuando, Girard elevaba su copa de fino cristal francés llena de brandy hacia los valientes aventureros y repetía:
—Sin duda, hoy es un gran día. En esa enorme extensión de terreno encontraremos la riqueza con la que siempre hemos soñado. —¡Por la compañía Girard y Leroux! —celebraba su amigo.
Jérôme Girard poseía tres cuartas partes del negocio dedicado al comercio de pieles, un gran olfato comercial y una innata habilidad para las relaciones sociales; Benoît Leroux, la parte restante de las acciones y el espíritu inquieto imprescindible para aceptar una propuesta como la que le había hecho su socio. Su amistad había comenzado hacía una década. Congeniaron nada más verse, quizá porque sus historias vitales tenían algunos elementos en común: ambos provenían de pequeñas poblaciones en Francia y en algún momento de la veintena, impulsados por la energía de la juventud, habían cruzado el Atlántico hacia el sur de América del Norte.
Sentada junto a los demás niños de ambas familias en una exquisita alfombra a los pies de los mayores, Suzette intercambió una mirada con Margaux: su hermana mayor llevaba todo el día de un humor sombrío, y cuando negó con la cabeza, su largo cabello oscuro osciló de lado a lado. Habían escuchado decenas de veces las anécdotas de 26 ese viaje transoceánico. La dureza de las largas semanas a bordo del barco, las náuseas, la comida y la bebida en malas condiciones y los estrechos habitáculos. La emoción al rodear la punta de Florida, cruzar el golfo de México y aproximarse a la desembocadura del río Misisipi. El trayecto desde allí hasta Nueva Orleans en los años cincuenta, cuando empezaban a construirse las plantaciones y haciendas de arroz, tabaco, índigo, azúcar, algodón y madera a ambos lados del río. La nostalgia de la tierra y de la familia cuando atravesaban los misteriosos pantanos infestados de caimanes y de cipreses, de los que colgaban gigantescas redes de musgo, y los mosquitos los atacaban sin piedad, la humedad los calaba hasta los huesos y el calor agobiante los aturdía.
En este punto de la narración, Leroux siempre comentaba:
—Me hubiera dado la vuelta, arrepentido por haber escuchado la llamada de la ambición. ¿Cómo demonios había terminado yo, un francés bien educado del Pirineo, en las tierras pantanosas del otro lado del mundo?
Y Girard soltaba una carcajada.
—¡Eso mismo me preguntaba yo! ¿Por qué no me había dejado la armada francesa en La Habana en lugar de traerme a Luisiana como soldado?
Pero el destino final —la bulliciosa población de Nueva Orleans, en la ribera este del Misisipi— había logrado acallar sus lamentos. Ambos habían coincidido en su primera impresión sobre la ciudad: como si hubieran viajado en círculo, les había parecido que estaban de nuevo en una Francia que hubiera sido repoblada por negros, mulatos e indios. Y pronto habían comprendido que Luisiana —un inmenso territorio que se extendía de sur a norte desde el golfo de México siguiendo el curso del Misisipi hasta la frontera con Canadá, y cuyos lejanos límites hacia el oeste nadie sabía marcar con precisión— era la tierra de las oportunidades.
Girard no era el primer militar que emprendía negocios. En su caso, la fortuna había querido que se cruzase en su camino una mujer excepcional: Blanche, hija de un acaudalado empresario que la dotó con cinco mil libras francesas, con las que su marido, ocho años mayor que ella, pudo abrir su primer negocio de pieles. Desde su matrimonio, tanto la parte militar como la comercial habían ido sobre ruedas. Como capitán del regimiento de Luisiana, Girard había combatido en la última guerra contra los ingleses que pretendían quedarse con los territorios franceses en América del Norte. Por desgracia, Francia había perdido la guerra, por lo que —a excepción de la ciudad de Nueva Orleans— sus posesiones en Canadá y en el territorio entre el este del Misisipi y los Apalaches pasaban ahora a ser de los ingleses.
En cualquier caso, como recompensa por sus servicios, el gobierno francés había concedido a Jérôme Girard una patente para comerciar con las tribus indias de la parte alta del río Misisipi, en la zona del río Misuri, en el país de los illinois.
—¡La primera compañía con derechos exclusivos para comerciar en la Alta Luisiana! —exclamó orgulloso Girard, chocando la copa con la de su socio—. ¡Por el éxito de nuestro nuevo puesto comercial del norte!
Benoît Leroux respondió al enésimo brindis con una sonrisa que trataba de ocultar cierto nerviosismo. Le gustaba la aventura y confiaba en sacar buenos réditos de la nueva que iba a emprender para ofrecerle una vida mejor a su amada Cécile, pero echaría mucho de menos a la mujer con la que había formado una familia muy poco convencional, hasta el punto de que le había costado que la esposa de Girard —un referente del decoro en Nueva Orleans, cono28 cida por su elegancia y distinción— la aceptara en su círculo de amistades. Finalmente lo había hecho, como demostraba la naturalidad y simpatía con que la trataba ahora.
A los quince años, el padre de Cécile la había obligado a casarse con un panadero de apellido Dubois, que le había dado un hijo, Étienne, antes de abandonarlos a ambos para regresar él solo a su país natal, Francia. Para cuando Leroux la conoció y se enamoró de ella, la vida de Cécile seguía congelada en un compás de espera: no se podía divorciar de un marido ausente ni volver a casarse hasta su muerte. Sin embargo, ella no era mujer de vías muertas. ¿Por qué tenía que renunciar al amor? ¡Todo el mundo tenía derecho a una segunda oportunidad! Al igual que Benoît Leroux, era una mujer apasionada, emprendedora y amante de los libros. El transcurso del tiempo había confirmado que la suya era una relación seria y no un capricho pasajero. Leroux se había comportado como un buen padre para el joven Étienne, contagiándole su pasión por la lectura e introduciéndolo en los negocios compartidos con Girard. Y Cécile y él habían tenido tres hijos en común, bautizados con el apellido Dubois para que nadie pudiera tacharlos de bastardos y que por ello perdieran en un futuro buenas oportunidades laborales y sociales.
—¡Que se cumplan nuestras expectativas! —añadió Jérôme Girard antes de dirigir un guiño cómplice a su socio—. Ojalá pronto podamos trasladarnos a una casa mejor en el tercer distrito.
—¡Yo no quiero vivir en otro sitio!
—Suzette se alarmó al oírlo.
Girard bajó la mirada hacia ella.
—En esta ciudad, cuanto más cerca se está del río, más rico se es. Recuerda, hija mía, que la vida es una sucesión de movimientos. Sin duda, el azar juega su papel, pero uno también tiene que ir haciendo sus cálculos. Conviene marcarse objetivos. —Se secó el sudor de la frente con un pañuelo que sacó del bolsillo de su chaleco—. ¡Lo siguiente será una plantación en las afueras, cerca del lago Pontchartrain, para librarnos del calor horroroso de la ciudad en verano!
Pronto la conversación comenzó a girar en torno a los preparativos del viaje y, al apreciar el aburrimiento en los rostros de los niños más mayores y la inquietud de los pequeños, Blanche dio permiso a los primeros para que se fueran a jugar al patio e indicó a dos jóvenes doncellas que se hicieran cargo de los segundos.
Suzette miró a Étienne, confiando en que saliera con ellos, pero el muchacho no se movió: de repente se había convertido en un adulto, pensó. Hasta físicamente parecía distinto y mayor: llevaba sus rizos rebeldes recogidos con un lazo y un gesto serio había reemplazado la sonrisa traviesa de su rostro. Debía comentar los últimos detalles del viaje con los hombres, y seguro que las conversaciones con una niña ya no le parecerían interesantes.
En ese momento, como en tantos otros, Suzette habría preferido ser varón y tener más edad. Aunque escaparan a su entendimiento, las discusiones sobre viajes y negocios siempre le resultaban más amenas que aquellas sobre telas, guisos y vidas ajenas.
A la mañana siguiente, muchos curiosos se acercaron al muelle del río para despedir la expedición liderada por Benoît Leroux.
Suzette y su hermana Margaux pronto formaron grupo con las hijas de las familias conocidas de sus padres. Maravilladas por el espectáculo desplegado ante sus ojos y situadas en primera fila junto a monsieur Girard, proferían exclamaciones y grititos por cada nuevo descubrimiento. Era la primera vez que presenciaban un acontecimiento semejante.
Varios barcos de quilla, de entre cuarenta y cinco y setenta y cinco pies de largo, de poco calado y puntiagudos en ambos extremos, se balanceaban con suavidad sobre las aguas del ancho Misisipi, como si fueran conscientes de que cargaban mercancías valiosas. En la primera nave del convoy, en medio de una veintena de hombres que trajinaban con cuerdas, Étienne cotejaba en un papel los datos que su padrastro le gritaba moviéndose entre barricas, barriles y cajas. Cuando terminaron, Leroux le dio una palmada en el hombro a Étienne y se dirigió a voces a Girard mientras bajaba a tierra por una pasarela:
—¡Ahora sí! ¡Todo listo! Suzette tiró de la manga de la casaca de su padre: —¿Podemos subir antes de que se vayan?
El hombre dudó unos instantes, pero al cabo asintió con un gesto. En fila y ayudadas en el primer tramo por Girard, ascendieron por la rampa entre risas; en la parte final Étienne les dio la mano una por una hasta que las cinco estuvieron a bordo con sus vestidos ligeros, frescos, de colores claros y lazos rosa, dispuestas a acribillarlo a preguntas.
—¿Qué hay en los barriles? —preguntó Margaux Girard mientras jugueteaba con un tirabuzón de su larga melena oscura.
—Harina de arroz, de maíz y de trigo, azúcar, sal, café, carne de cerdo salada, grasa, cerveza, tafia, brandy y vino…
—¿Y en las cajas? —quiso saber la pizpireta Louise Le Sénéchal, de trece años, siempre con una sonrisa en su rostro redondo.
—Telas, mantas, ropa, cuerdas, utensilios de cocina y de costura, herramientas de construcción y de labranza, algún libro, jabón, pólvora, fusiles…
—¿Para qué?
Étienne se rascó la cabeza ante la pregunta de Marie de la Ronde, que con su altura y el rictus firme de sus labios finos no aparentaba solo cinco años.
—Pues para construir allí, para vivir y para comerciar.
—¿Y las armas? —insistió Marie. —Para defendernos de los animales salvajes y de los indios. —¡Indios! —exclamó Jeanne Fournier, de diez años, mirando río arriba con un escalofrío—.
Dicen que, cuando muere alguien de su tribu, atacan para conseguir cabelleras enemigas que sirven de compañía al espíritu en su último viaje.
—¡Puaj! —se limitó a replicar la pequeña Marie con cara de asco.
—¡Ten mucho cuidado, Étienne! —dijo Margaux con una dramática preocupación que sorprendió a Suzette.
El hermano de Jeanne, Belmont Fournier, se unió al grupo. Era alto y tenía el mismo cabello color café y las mismas facciones bien proporcionadas que su hermana. A Suzette le resultaba muy atractivo y se ponía nerviosa en su presencia, pero este era un secreto que no había compartido con nadie.
—¿No tienes miedo? —le preguntaba Jeanne a Étienne en ese instante.
El joven se encogió de hombros.
—Van a hacer negocios, no a la guerra —intervino Belmont, poco dispuesto a elevar a la categoría de héroe a un chico que apenas era un año mayor que él mismo.
—Ya, pero un viaje tan largo y a unas tierras tan lejanas…
—Margaux no apartaba la mirada de Étienne—. ¿Cuándo volverás?
—Si todo va bien, el año que viene. Nuestros cálculos son tres meses de navegación río arriba; luego hay que elegir el lugar para asentarnos, construir y establecer relaciones comerciales.
Girard les gritó que bajaran ya del barco: se acercaba el momento de zarpar. Suzette, ágil como ninguna otra de las chicas, fue la primera en pisar tierra. Desde allí observó que Margaux remoloneaba para ser la última en acceder a la pasarela y poder aceptar la mano que le tendió Étienne para ayudarla.
La familia Leroux-Dubois se reunió para despedirse. Cécile, con su hija de un año en brazos, acarició con una mano el rostro de Étienne conteniendo las lágrimas para no mostrar debilidad. Leroux se agachó, conversó unos instantes con sus dos hijos pequeños y luego los abrazó brevemente pero con fuerza. Ya incorporado, compartió murmullos con Cécile durante un largo rato, sin dejar ambos de mirarse a los ojos, mientras Étienne entretenía a sus hermanastros.
Por fin se acercó a Girard y se aclaró la voz para controlar la emoción.
—Te pido que veles por mi familia.
—Puedes estar seguro de ello, aunque Cécile es una mujer fuerte. Y tú, ten cuidado de que no le pase nada a Étienne. Sabes que le tengo mucho aprecio al chico.
Leroux sonrió. Los hijos de las mejores familias de la colonia comenzaban apenas siendo unos niños sus carreras militares o mercantiles. Gracias a su socio, Étienne llevaba desde los ocho años preparando su futuro. Girard le había enseñado la diplomacia de tratar tanto con gobernadores del rey como con jefes indios.
—Creo que sabrá valerse por sí mismo. Ha tenido un buen maestro, gracias.
Girard barrió el aire con una mano, como quitando importancia al comentario.
—Salimos adelante cuando llegamos desde Francia sin nada y durante siete años hemos soportado una guerra contra los ingleses. Y, a pesar de la derrota, aquí estamos, con nuevas ilusiones: todavía queda mucho por descubrir al norte y al oeste. Eres un hombre valiente, Benoît. Con la ayuda de Dios, esta aventura tendrá un buen final. —Le palmeó la espalda.
Por supuesto que rezaría por ello, pues Girard había invertido en esa empresa gran parte de sus ahorros.
Desde el barco, Étienne llamó a su padrastro. Benoît Leroux estrechó la mano de su socio, hizo una leve reverencia ante Blanche, se despidió de nuevo de Cécile y de sus hijos y ascendió por la pasarela con la mezcla de elegancia, agilidad y seguridad que lo caracterizaba.
Las tripulaciones, compuestas por hombres blancos, negros y mulatos, ocuparon sus puestos.
Al grito de «¡En marcha!» de Leroux, varios hombres situados en la proa del barco hundieron un poste largo y grueso en el fondo cenagoso del río. Luego se dirigieron a la popa y repitieron la acción. Poco a poco, la nave se fue alejando del muelle y, entre la fuerza de los remeros y la de los postes, palmo a palmo, la comitiva comenzó a desplazarse río arriba.
A medida que un barco se alejaba, iba menguando el número de parientes, amigos y vecinos que habían acudido para despedirse. Al final solo quedaron los familiares de los socios de la compañía Girard y Leroux frente al río.
El convoy sobre el Misisipi le pareció a Suzette una serpiente gorda y pesada tras la ingesta de un enorme mamífero. Reptaría por el río durante tres meses. Una eternidad. La de cosas que podían pasar en su mundo en ese espacio de tiempo, pensó. No se le ocurría ahora ninguna en concreto y apenas recordaba lo sucedido hacía más de una semana, pero la excitación por lo observado le produjo una novedosa sensación de cambio y celeridad que permanecería en ella mucho tiempo, hasta mucho más allá de que las aguas hubiesen borrado la huella de la última estela.
Cuando el barco de Leroux se perdió de vista, Cécile Dubois dejó al fin que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Blanche se acercó para consolarla. Alta y rubia la primera, menuda y de cabello oscuro la segunda, por fuera no podían ser más distintas, pero ambas compartían una personalidad resuelta e inteligente que las había convertido en buenas amigas. Blanche tomó a la pequeña de brazos de Cécile y se la entregó a Suzette, para que se hiciera cargo de ella mientras la mujer se recomponía, inspirando y espirando al ritmo suave de las ondas de agua contra las maderas del puerto.
Suzette pensó que pocas veces sostenía su madre a los niños en brazos. Siempre había una doncella cerca que lo hacía. En casa de los Girard había muchos sirvientes: tenían veinte esclavos africanos —diez hombres adultos, tres muchachos y siete muchachas— y cuatro mulatos libres contratados. Por lo que había oído, a partir de catorce esclavos ya eras rico, así que su padre era el hombre más rico del quinto distrito, lleno de casas de comerciantes, donde ella vivía. Las familias de sus amigas Louise, Jeanne y Marie tenían muchos más y también vivían más cerca del río, de modo que eran más ricas aún. Y cuanto más ricas las familias, más hijos tenían; quizá porque disponían de muchas criadas para hacerse cargo de ellos.
—Todo irá bien —le dijo Blanche a Cécile mientras su hija, curiosa como siempre, acunaba a la pequeña sin quitar oído.
—Dios te oiga, porque estoy embarazada de nuevo. —Cécile suspiró—. No se lo he dicho a Benoît para no preocuparlo.
Suzette no comprendió por qué habría de preocuparse monsieur Leroux. Ella tenía cuatro hermanos y sus padres siempre decían que les gustaría tener más hijos, que eran la bendición de una familia y las herramientas de su prosperidad. El propio Belmont Fournier era el mayor de siete hermanos, y en su plantación tenían casi cien esclavos.
—El tiempo pasa deprisa —dijo Blanche—. El próximo año será uno de bienvenidas. Mientras tanto, puedes contar con nuestra ayuda. Los criollos debemos cuidarnos entre nosotros.
Seguida de los niños Dubois y con el bebé en brazos, Suzette corrió hacia sus hermanos pequeños, que jugaban con unos sacos y unas cuerdas vigilados por Margaux mientras su padre hablaba con unos hombres. Girard hablaba siempre con mucha gente. Eso debía de ser parte de su trabajo. Decía que hablar era muy importante. Que nunca se sabía dónde podía surgir un buen trato.
Iba a pedirle a su padre que le aclarase una duda acerca de lo que había escuchado a su madre y a Cécile —él siempre le explicaba las cosas sin rodeos—, pero la expresión en su rostro la detuvo. Visiblemente contrariado, repetía:
—¡Eso no es posible! Después de lo que hemos pasado en la última guerra luchando por este territorio contra los ingleses. ¡Me niego a creerlo! Y ustedes tampoco deberían hacer caso a los chismes…
Suzette se acercó a su hermana.
—¿Por qué discuten?
—No lo sé. —Margaux se encogió de hombros—. Ya sabes que padre siempre habla así de fuerte.
Los casi cuatro años que le sacaba su hermana la convertían en toda una autoridad para ella, y al ver que restaba importancia al asunto, Suzette regresó a la verdadera preocupación que la había llevado allí. Su madre había empleado una palabra que le había sonado fatal, como si ocultara algún misterio.
—¿Somos criollos, Margaux? ¡Creía que éramos católicos!
Margaux no pudo evitar una sonrisa.
—De religión, tontorrona; criollos de procedencia. Quiere decir que somos nacidos en América, pero de origen europeo. En nuestro caso, de Francia.
Suzette suspiró aliviada. Se percató entonces de que su hermana tenía los ojos enrojecidos. —¿Estás triste porque se ha marchado Étienne?
Margaux asintió.
—Yo también —admitió Suzette, aunque pensó que no tanto como si hubiera sido Belmont quien se hubiera ido y comprendió vagamente esa tristeza—. ¿Qué le has dicho mientras bajabais del barco?
—Que me escriba.
—También le puedes escribir tú.
—Lo haré. Prométeme que me guardarás el secreto.
—Prometido. Suzette quería mucho a su hermana. Parecía seria y excesivamente responsable para sus once años, pero era muy dulce. Apenas discutían como sabía que hacían otras hermanas.
—Sus cartas llegarán antes que las tuyas —dijo con intención de animarla—. He escuchado que los barcos tardan tres meses en subir río arriba a la Alta Luisiana, pero solo tres semanas en bajar.
El comentario le arrancó una sonrisa más amplia a Margaux.
Suzette cerró los ojos y respiró el frescor que surgía del agua cercana. En apenas una hora el calor sería insoportable. En sus brazos, la pequeña Dubois comenzó a impacientarse. La llevó de vuelta con su madre, sin poder sacudirse de encima el presentimiento de que ese era un día de grandes cambios. Además del adiós a su amigo Étienne y la percepción del ambiente de despedida del que había sido su mundo hasta entonces, burbujeaba en su interior una revelación difícil de explicar.
Podría haber nacido en cualquier otro lugar, más frío o más pequeño; o en otra familia, con menos miembros o menos medios; o en un cuerpo de hombre, o en otra piel más oscura; o con otra personalidad, menos reflexiva, impaciente o compasiva.
Pero era Suzette, de la familia Girard de Nueva Orleans: un nombre y rango que le pertenecían única y exclusivamente a ella, convirtiéndola por ello en el ser más especial del mundo, aunque tuviera todavía la forma de una niña de siete años con un corazón que latía al compás del aleteo de garzas, mirlos o pelícanos, y con unos grandes ojos curiosos, abiertos a las novedades que la vida le trajera.











