Su papel como rockstar no solo se mide en música. También en escándalos. En 2010 fue detenido por conducir ebrio. Ha insultado en redes al expresidente Enrique Peña Nieto, a su entonces candidato Andrés Manuel López Obrador —a quien primero apoyó y luego criticó con virulencia— y ha despotricado contra la Ciudad de México, Televisa y Beto Cuevas. Algunos lo llaman incoherente, otros simplemente humano.
Ciudad de México, 7 de agosto (MaremotoM).- El 31 de julio León Larregui volvió a estar en el ojo del huracán. Desde sus redes sociales, el cantante informó —a su manera, arrebatada y poética— que fue bajado de un avión tras un altercado con una sobrecargo. Presuntamente en estado de ebriedad, denunció en un tuit ya borrado: “Me bajaron del avión solo por quejarme… una mesera del aire me dice esto. Le dije mi amor, con tal de no ver tu horrible cara, acepto”. La publicación encendió las redes, generando comentarios a favor y en contra, mientras se difundían capturas del post, que luego desapareció de su perfil.
El episodio no es nuevo ni aislado. Larregui, nacido en 1973 en Ciudad de México, ha sido desde siempre un artista de extremos: líder carismático de Zoé, figura de culto, autor de letras que se mueven entre lo cósmico y lo sentimental y un tipo que no teme decir lo que piensa, así eso lo convierta en blanco fácil de críticas. ¿Pero qué hacemos con un personaje como él? ¿Lo rechazamos por no ajustarse a las formas o lo celebramos por su autenticidad inquebrantable?

El rockstar que no pide permiso
México ha tenido pocos frontman tan influyentes como León Larregui. Desde 1995, cuando Zoé apareció en la escena con un sonido heredero de la psicodelia latinoamericana, el britpop y las atmósferas de Cerati, Larregui ha sido el rostro, la pluma y el alma del grupo. Con discos como Aztlán y Prográmaton, Zoé ha consolidado una de las trayectorias más sólidas del rock mexicano contemporáneo. Su sonido, pulcro y emocional, ha acompañado a una generación desencantada, idealista, a ratos cínica, que encontró en Larregui un reflejo de sí misma.
Su papel como rockstar no solo se mide en música. También en escándalos. En 2010 fue detenido por conducir ebrio. Ha insultado en redes al expresidente Enrique Peña Nieto, a su entonces candidato Andrés Manuel López Obrador —a quien primero apoyó y luego criticó con virulencia— y ha despotricado contra la Ciudad de México, Televisa y Beto Cuevas. Algunos lo llaman incoherente, otros simplemente humano.
“León es un tipo sincero que dice muchas de las cosas que pensamos”, reflexiona el editor y periodista Ismael Frausto. “Lo que aplaudimos en figuras extranjeras como Jim Morrison o Kurt Cobain, lo condenamos en Larregui”.
¿Merece México a Larregui?
En un país que venera el éxito extranjero y castiga el local, la figura de Larregui es incómoda. Se le acusa de “pacheco”, se le minimiza como frontman “cursi” o “místico”, se duda de su talento vocal, pero, como afirma el periodista y escritor Alejandro Mancilla: “Es el último rockstar mexicano. Tiene la actitud, el carisma, el liderazgo. Lo que juega en su contra es que vivimos una época en la que las redes sociales destruyen cualquier desliz”.
Zoé ha sido subestimada, quizás porque nunca fue lo suficientemente urbana para los puristas, ni lo bastante punk para los radicales. Sin embargo, es una de las pocas bandas mexicanas que llenan auditorios, que hacen giras internacionales, que construyen un imaginario estético consistente. Larregui, en solitario, ha demostrado con discos como Solstis, Voluma y su reciente lanzamiento —aún sin título oficial al cierre de esta nota— que no necesita de la banda para sostener su identidad musical.
Su propuesta como solista transita entre lo romántico, lo onírico y lo electrónico. “Brillas”, “Como tú” o “Souvenir” muestran una voz que no pretende ser virtuosa, pero sí única. Como dice la periodista Michelle Solano: “No hay que ser un privilegiado vocal para hacer rock-pop, basta con tener personalidad y coherencia artística”.
¿Y si León hubiera nacido en otra parte? “Quizás se hubiera perdido entre miles de talentos en Reino Unido o Argentina”, dice David Cortés, autor de El otro rock mexicano. “Pero aquí, donde el éxito propio incomoda, ha logrado convertirse en símbolo de algo más profundo”.
Su figura polariza, incomoda y fascina. Para algunos, como José Antonio Monterrosa Figueras, es un “souvenir”, un producto de la nostalgia millennial. Para otros, como Natalia Cano, es un artista que aprovecha su fama para señalar los males del país: “¡Qué bueno que lo haga! De eso se tratan las redes sociales”.
Alejandro González Castillo lo resume con lucidez: “A Zoé nadie les regaló nada. Larregui es un rockstar, sin duda, quizás el último. Y su licencia para el exceso, para decir lo que piensa, se la ha ganado con creces”.
Larregui es excesivo, lírico, a veces violento en sus opiniones. Tiene una dicción peculiar y una sensibilidad exacerbada. Sus letras pueden parecer ingenuas, sus declaraciones, peligrosas, pero su impacto es innegable. Ha marcado una época y sigue escribiendo la banda sonora de muchos. Como él mismo se describe: una “anémona de luz”.
En un país donde se castiga el desacato y se venera la discreción, León Larregui es todavía ese ser que se atreve a alzar la voz, a mostrarse vulnerable, contradictorio, iracundo. Un artista que encarna, para bien o para mal, muchas de las tensiones que vivimos. Por eso incomoda. Por eso permanece.
Pese al escándalo, Larregui lanza nuevo material como solista. El álbum, cuyo nombre aún no ha sido revelado oficialmente, promete una continuación del universo etéreo y romántico que lo caracteriza. Producido con el mismo esmero de sus trabajos anteriores, este nuevo disco busca reafirmar su lugar fuera de Zoé, sin perder esa aura que lo hizo ídolo.











