Recorremos las ciudades para ir de la casa a nuestros espacios de trabajo y ponemos poca o nula atención en ese transitar diario, en la gente que va a nuestro lado en el embotellamiento, en la naturaleza que sobrevive en los camellones, en los que esperan para tomar el transporte público y en toda la mano de obra que se mueve kilómetros y kilómetros para mantener a las ciudades funcionando.
Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- Hace poco tuve un sueño sobre todo lo que alcanzaban mis ojos, en él entendía que a través de la mirada podía llegar a lugares lejanos o incluso inexistentes, tan sólo con ver una imagen, fotografía o ilustración de ese sitio y creo que lo mismo sucede con la literatura.
A través de las palabras en total sinergia con la imaginación, podemos entrar a mundos nuevos, fantásticos y oníricos y eso lo experimenté con mi última lectura. Las ciudades invisibles de Italo Calvino (Editorial Siruela), este es un libro de crónicas de viajes, pero también una reflexión profunda sobre lo poco que percibimos los espacios citadinos que solemos habitar.

Recorremos las ciudades para ir de la casa a nuestros espacios de trabajo y ponemos poca o nula atención en ese transitar diario, en la gente que va a nuestro lado en el embotellamiento, en la naturaleza que sobrevive en los camellones, en los que esperan para tomar el transporte público y en toda la mano de obra que se mueve kilómetros y kilómetros para mantener a las ciudades funcionando.
Esta obra es una oda a las ciudades que habitamos y la belleza escondida en ellas, es un libro sobre viajes increíbles y lugares únicos que desafían las leyes de nuestra realidad. Son los relatos que Marco Polo le cuenta a Kublai Kan, emperador de los Tártaros sobre espacios surreales, descritos con una prosa poética. Lo irracional toma forma en ciudades construidas sobre telarañas gigantes o en ciudades que se duplican en el subsuelo para guardar a sus muertos, torres, escaleras, edificios y puentes colgantes son recorridos por Marco Polo y por el lector. Ciudades que se cierran y otras que se dilatan, despiertan tus deseos y se alimentan de ellos mientras las recorres, te dan la bienvenida según si vienes de la tierra o vienes del mar y sólo porque saben que estás de paso. Te dejan admirarlas, apreciarlas, pero no habitarlas.
Gracias al viajero sabes cómo huelen, a qué saben, cómo se sienten en la piel, que deleite son para los ojos, por sus colores, sus formas, la geometría sagrada contenida en ellas, no sólo en su arquitectura, también en su naturaleza, sus habitantes e incluso en los animales. Son ciudades que requieren de cierta capacidad y atención para ser percibidas y apreciadas en su composición estética: “De parte a parte parece que la ciudad continuara en perspectiva multiplicando su repertorio de imágenes: en cambio no tiene espesor, consiste sólo en un anverso y un reverso, como una hoja de papel, con una figura de lado y otra del otro, que no pueden despegarse ni mirarse.”
El libro lo pueden encontrar en diversas librerías del país en su versión física y en digital.











