Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL: RADIOGRAFÍA DE LOS LOBBIES SUPREMACIStaS

Quizás algunos de esos homínidos eran por naturaleza más fuertes que la especie “vencedora” (los autonombrados sapiens, ¿”nuestra” especie actual, a pesar de la estela de ADN con genética mixta?), por lo que estos últimos desarrollaron abstracciones y otras truculencias que los demás grupos no podían codificar del todo, hasta conseguir confundirlos, engañarlos, imponérseles para así desterrarlos o eliminarlos de la faz de los terrenos conocidos hasta aquel momento.

Ciudad de México, 14 de julio (MaremotoM).- Todo supremacismo (la creencia de que un grupo de personas es ontológicamente superior a los demás, ya sea por raza, etnia, religión, género, edad, orientación sexual, clase socioeconómica, nacionalidad, nivel de cultura, etc.) parte de una misma premisa y consigna: la existencia de un conflicto que implica un ellos contra nosotros, un conflicto irreconciliable que exige medidas radicales y la configuración de un emergente código moral con miras a instaurar un orden que, por su carácter imperioso, suele devenir violento, despótico y con tendencia al totalitarismo.

Si bien dicha “creencia vital” pudiera justificarse en el grupo que aspira al control como una estrategia de supervivencia, en la que se argumenten excusas del tipo “tenemos derecho a defendernos”, germina como un trastorno colectivo al que hay que forrar de armamento y de tecnología –de defensa y, acaso, de destrucción masiva, por si los “salvajes” fueran muchos– para mantener la burbuja de la élite a flote.

Al parecer, las pulsiones del supremacismo, en sus profundidades, nacen del miedo. Quizás en épocas prehistóricas, en donde convivían varias especies de homínidos con necesidades semejantes, las diferentes especies de humanos arcaicos (neandertales, denisovanos, heidelbergenses, floresienses, etc) tuvieron que –a falta de no poder plenamente identificarse como una misma especie– erradicarse recíprocamente en batallas o maquinar genocidios, a fin de “consagrar” a la especie dominante como pretendida entidad superior. Se sabe que estas especies ancestrales llegaron a fornicar entre sí, pero a saber si habría enamoramientos o familias híbridas; quizás, además del exterminio, solamente se establecieran entre tales grupos relaciones de esclavitud y apropiación de “cobayas rituales o experimentales”.

Quizás algunos de esos homínidos eran por naturaleza más fuertes que la especie “vencedora” (los autonombrados sapiens, ¿”nuestra” especie actual, a pesar de la estela de ADN con genética mixta?), por lo que estos últimos desarrollaron abstracciones y otras truculencias que los demás grupos no podían codificar del todo, hasta conseguir confundirlos, engañarlos, imponérseles para así desterrarlos o eliminarlos de la faz de los terrenos conocidos hasta aquel momento.

Del pasado todas son especulaciones, pero en lo que respecta a nuestras problemáticas actuales, de unos siglos a la fecha el grupo que pareciera haber incorporado a su linaje el manejo de tales “truculencias hegemónicas” –que compensan la menor fortaleza o ventaja adaptativa– son los identificados como “lraza blanca” (o “el hombre blanco heterosexual anglosajón”, pues otro tanto podría replicarse respecto del rol hegemónico del patriarcado o de ciertas creencias religiosas); no es de extrañar que, al intuirse como los más naturalmente vulnerables, los WASP (acrónimo del inglés “White, Anglo-Saxon and Protestant”) y demás competidores en las cruzadas monoteístas –¿un solo Dios ya implica una agenda supremacista– conspiraran desde el pedestal de su temor y replicaran las añejas estrategias genocidas para mantenerse relevantes en los roles de organización en la “repartición (o acaparamiento) de los recursos”.

Para ser justos, tampoco se ha de escatimar la crueldad que podrían de manera semejante ejercer –o haber ejercido en algún turno histórico– las otras “razas” (o etnias, o nacionalidades, o géneros) –por más espiritual o naturalmente sabias que pudieran parecer en contraste con los “demonios hombres blancos”– una vez que el miedo o el rencor las hiciera atiborrarse de armamentos y reglamentos para remedar un nuevo capítulo del guión supremacista. (En una de esas, milenios atrás, quizás las otras especies de antropoides, razas o etnias llegaron a tratar de exterminar a cierto grupo, que pudo escapar y se recluyó en cuevas o túneles para rumiar su venganza y esperar la ocasión de arrebatar la hegemonía –ante el equivalente de los “malvados moros, indios u hordas mongolas” de aquella prehistoria– en su regreso estratégico a la intemperie, si bien ya con facha de vampiros sifilíticos de pieles palidecidas por la falta de sol).

¿Y los demás seres de la naturaleza?

En tanto averigüemos si tenemos remedio o no, cabe preguntarse: ¿Hay alguna conducta parecida al supremacismo en otras especies (sobre todo no homínidas o mamíferas)? Las bacterias, por ejemplo, podrían asumir que ellas “son la medida de todas las cosas”, que en ellas está la primera y la última palabra; otro tanto podría ocurrir con la inevitable trama del micelio en el reino Fungi. Allí tenemos también a las hormigas con su fatídica monarquía y organización vertical tan eficaz. Bajo cierta perspectiva, estos seres incluso tendrían un programa más totalitario que cualquier dictador humano, león o tiranosaurio, si bien, por otro lado, calzarían con aquel gesto divino de “trabajar de maneras misteriosas” por la preservación de un equilibrio ecosistémico, además de que no buscarían tan dolosamente su beneficio personal en detrimento de otras especies o de su entorno (lo cual sí parecieran hacer esas otras entidades denominadas virus –corolario: “¿el supremacismo es un virus?”–, o, a nivel de perturbación o anomalía, esas dinámicas celulares que, a partir de algún extraño algoritmo genético, desarrollan el cáncer en un organismo).

Claro que, a final de cuentas, el ecosistema no va a tener preferencia por qué entidad humana encabece el orden mundial en turno (incluso si llegase a ser multipolar) en tanto de todos modos dicho “orden” se empeñe de manera supremacista en entronizar a la –unificada, reconciliada o no– especie humana y subyugue a los demás seres, relegándolos al papel de esclavos, cobayas, alimento, entretenimiento, plagas enemigas, estorbos al progreso, etc.

Alien vs. Depredador vs. Matrix vs. Illumitatenorden

En la ciencia ficción y el terror hay guiños que muestran el miedo latente, para las sociedades organizadas, de enfrentar antagónicas entidades supremacistas no humanas que llegan a reclamar –pero sobre todo a imponer, obviamente arrasando– su derecho de existencia sobre los demás seres. Tenemos así el caso de argumentos como el de Alien o Depredador, en el que alguna especie extraterrestre realiza lo que le es propio sin necesidad de negociar o de dar explicaciones. O en la película El incidente (de Night Shyamalan), que muestra cómo las plantas se hartan de la raza humana y generan toxinas para destruirla. En la serie Last of Us, toma el control el reino fungi y los humanos mueren o son automatizados parasitariamente. La ficción también baraja seres como los sádicos cenobitas de las películas Hellraiser, las tecnologías neuro-totalitarias de Matrix o, en variantes más tétricamente cuasidocumentales, todas esas series, novelas o teorías de la conspiración relacionadas con cónclaves poderosos de procedencias difusas (seres extraterrestres, sobrenaturales, linajes oscuros mixtos o grupos de simples humanos pero regenteados por gandallas macizos).

Cómo identificar un síndrome supremacista

En psicología hay una conducta identificada como “narcisismo”, cuyos rasgos son parecidos a los que muestran, ya como colectividad, los grupos supremacistas: las irracionales e injustificadas ínfulas de superioridad, el uso de mentiras patológicas, la falta de empatía, los delirios megalomaníacos, la doble moral (o doble racero para juzgar), la sobrevaloración de habilidades propias, la intimidación de quienes los confrontan, así como los chantajes y amenazas, entre otros.

Otra característica que suele presentarse en toda narrativa supremacista es el respaldo de un ideal supremo, casi siempre configurado en el código de una “religión verdadera” (opuesta a las “creencias paganas” de los grupos a erradicar), la cual se utiliza como el eje de un “destino manifiesto” con el cual justificar las acciones de expansión, colonización, depredación y de “purificación” (un eufemismo para la limpieza étnica, la deportación, el genocidio, el feminicidio o cualquier otra agenda violenta).

¿Y cómo desarticular un síndrome supremacista? Al igual que para neutralizar a un narcisista, se debe oponer resistencia a sus imposiciones, amenazas, distracciones, protagonismos, presiones, manipulaciones, para lo cual se ha de cultivar el pensamiento crítico, la inteligencia emocional (ni la pasividad ni la agresividad en las reacciones, sino la asertividad), el poner límites a la red de “prospectivas mediáticas” del discurso del poder y diluir el miedo o la angustia a las amenazas de supuestos “escenarios adversos”; asimismo, es indispensable apoyarse en una estrategia fundamental: gestar una red de apoyo comunitario. Asimismo, las diferentes luchas por los derechos civiles –de las supuestas minorías pero que, ya sumadas, resultan ser casi todas las personas– han de oponer un frente común (cada libertad obtenida para un grupo libera a la humanidad en conjunto) ante el aparente multifacético lobby de un mismo búnker supremacista.

Con los índices demográficos que ha alcanzado la humanidad, el supremacismo como fenómeno social, a la par de requerir el control del armamento y de las huestes (soldados, adictos o animales: conciencias que sólo obedezcan), también se apodera de los códigos que reglamentan la convivencia: especialmente el lenguaje, las leyes, las cifras, las tecnologías, las ergonomías, las estadísticas, las finanzas y demás regulaciones. La élite supremacista se blinda para conservar y perpetuar los privilegios y el poder, además de controlar la narrativa y los símbolos que se establecen como “oficiales”.

Para liberar dichos espacios y dinámicas, los controles sobre los códigos mencionados son los que han de ser delimitados y puestos en jaque, con el fin de desarticular la inercia y las cadenas, al parecer históricas, que replican tal virus colonizador supremacista.

En la encrucijada tecnológica actual, hay que vigilar los planes supremacistas relacionados con las ciencias genómicas (recordemos los sueños monstruosos de la racionalidad nazi sobre la “raza aria”, o imaginemos lo que puedan estar tramando ahora sus compadres los sionistas o los cristianos extremistas).

Tampoco hay que confiar que la neutralidad de herramientas supuestamente autómatas y no tendenciosas como la “Intelligencia Artificial” libere a la humanidad de las dinámicas supremacistas. En una de esas, podrían estar destinadas a instaurarse –de allí la pugna por su control– como algoritmos de un orden supremacista con alcances más totalitarios aún o, si acaso, cual escenario distópico de ciencia ficción, descuidadamente permitamos que otra entidad –por más artificiosa que resulte– tome el guión supremacista y, en su tablero de control, nos integre al rol de esclavitud junto a las demás especies y al ecosistema (o al menos hasta que las bacterias o los hongos decidan otro rumbo).

Para terminar, dejo aquí el enlace del tráiler de una miniserie documental (HBO, 2021) de título Exterminate All the Brutes (“Extermina a todos los salvajes”), la cual expone las barbaries de las que son capaces algunas culturas rapaces que buscan imponer su “mayor civilización” a otras, a las que tarde o temprano terminan segregando brutalmente, a veces con ansiosas dinámicas genocidas:

 

 

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