Mi veredicto es que ese manojo de buenas –y algunas incluso grandiosas– canciones de Los Beatles no hubieran conectado con el público actual de la misma manera, ya que ni siquiera hubieran podido generarse a rajatabla como lo hicieron en ese entonces.
Ciudad de México, 11 de ,noviembre (MaremotoM).- Hace poco vi, en la plataforma de Netflix, la agradable película Yesterday (director: Danny Boyle, de 2019), cuyo tema central, a pesar de ser ficción y no documental, radica en sopesar la importancia de la música de Los Beatles en la cultura de masas de la aldea global.
( En tanto va a ser inevitable que haga un espoíler del argumento –aunque esto no es una reseña de la película–, quizás guste usted verla antes de leer la columna)
Aquí le dejo el tráiler)
En este filme, un apagón global hace que, por alguna misteriosa razón, el mundo “brinque” a una versión paralela de su historia en la cual algunos fenómenos culturales o productos de fama internacional no existieron o no fructiferaron; la película versa sobre uno de ellos, el relativo a que, en tal mundo paralelo, nunca se hubiera formado la icónica banda inglesa Los Beatles.
La trama se centra en un joven músico, aspirante a componer alguna canción de éxito que impulsara su incipiente carrera, el cual, por un accidente que lo mantuvo inconsciente en el hospital durante dicho apagón global, no sufriría dicho “reseteo de memoria o desfase de fenómenos históricos”; así, más adelante, a punto de abandonar sus aspiraciones de cantautor, advertiría con gran extrañamiento que –en “esa versión del mundo”– nadie había escuchado las canciones de Los Beatles y aún más: que la banda nunca se había formado y mucho menos grabado canciones.
El músico empieza, pues, a interpretar varias de esas canciones –inevitablemente, en la inercia, las tuvo que hacer pasar por suyas–, confrontando la reacción de las personas cercanas (que, obviamente, eran en general favorables) y ampliando la exposición de las mismas hasta llegar a oídos de actuales compositores afamados (entre ellos, el no ficticio Ed Sheeran, que aparece en la película como él mismo), productores, promotores, representantes y otros eslabones de la industria musical actual.
El punto medular y lo más interesante del planteamiento de esta película es la siguiente premisa curiosa: si bien es irrefutable que las canciones de Los Beatles están bien hechas, de inspirada composición y que marcaron huella en su generación, se volvieron referentes de la música popular en inglés y repercutieron en la cultura de masas a nivel mundial… ¿ello garantizaría que, en los tiempos actuales, dos generaciones después, las mismas canciones se catapultaran de nuevo como un fenómeno musical y cultural?
No es necesario aquí que mencione ya lo que ocurre después en la película; tan sólo usaremos la premisa anterior para sacar nuestras propias prospectivas.
Así pues: ¿cómo sería la recepción del público actual a las composiciones y letras de Los Beatles?
Mi veredicto es que ese manojo de buenas –y algunas incluso grandiosas– canciones no hubieran conectado con el público actual de la misma manera, ya que ni siquiera hubieran podido generarse a rajatabla como lo hicieron en ese entonces.
Cabe decir que, igualmente, tampoco se hubieran desarrollado actualmente canciones tan importantes como las hechas por grupos o artistas de esa época y de tales latitudes (esto por la ausencia actual del zeitgeist de esos años), como The Doors, Led Zeppelin, Pink Floyd, Rolling Stones, Velvet Underground, Miles Davis, Hendrix, The Soft Machine, Roxy Music, Can, King Crimson, Frank Zappa, David Bowie, Bob Dylan, Santana, Fania All Stars, etc.
Y no lo digo por el talento. Los músicos de las generaciones actuales pueden ser igual de talentosos, varios incluso son técnicamente más virtuosos, pero hay una diferencia palpable en los tiempos, en la fermentación de los procesos creativos y, específicamente, en la manera en el que el público se involucra con las bandas y las expectativas hacia los nuevos álbumes y en toda la retroalimentación correspondiente.
Ahora, dicho involucramiento y expectativas llevan a desarrollar magistralmente no la música sino otras producciones: por ejemplo, las series, los videojuegos, las apps, los gadgets, … Sus creadores o desarrolladores saben que el público está atento a los lanzamientos, que tiene grandes expectativas y su interés será minucioso y crítico debido al grado de involucramiento al respecto; ello explica que este tipo de creaciones se preocupen en su repercusión –por razones comerciales, quizás, si bien con los artistas nunca han de menospreciarse las motivaciones intrínsecas de sus procesos creativos– y que por ello alcancen hoy día un gran nivel.
Por su parte, la música, a pesar de su inherente importancia para el ser humano, en tiempos recientes ha sido rezagada a un segundo plano, en calidad de ambiente, ornamento hedonista, soundtrack para otros asuntos o actividades. Si el público llega a conectar con una pieza, suele haber ocurrido a partir de una serie, una película, una animación, un videojuego, un anuncio, etc., difícilmente por haber confrontado la “transfusión mágica” del sonido por sí mismo.
(Los de generaciones menos jóvenes todavía recordamos gratamente cómo, en lo que respecta a ciertas bandas o artistas, se llegaban a hacer reuniones para escuchar y degustar algún nuevo álbum –que algún afortunado podía comprar o conseguir, o que algún melómano pariente mayor compartía, o incluso se compraba colectivamente para el acervo del colectivo de amigos “clavados”–, la manera en que atendíamos cada sonido –así como las letras, la portada, los interiores, las fotografías, los créditos– y la manera en que dicho material repercutía en nuestras conversaciones durante semanas, meses, años…)
¿Qué ocurrió con la atención e involucramiento con la música?
Se sabe que las personas ya no están expuestas tan intensamente a algo como la radio, medio con el cual, décadas atrás, un melómano podía sumergirse a oscuras en su habitación para enfrentar el universo sonoro. Seguramente también fomentaban los hábitos de consumo musical las tiendas físicas de discos, los vendedores erúditos, las secciones por géneros musicales, las portadas de los álbumes, las revistas especializadas, los fanzines… incluso los videos musicales en los años ochenta (aunque quizás resultara un arma de doble filo, pues si bien servían para la promoción de artistas, empezaban a desfasar la importancia del sonido y la relevancia y autosuficiencia de la propia música).
Más tarde llegaron las computadoras, el internet y los dispositivos móviles, que absorbieron y fragmentaron la atención, modificando los hábitos de consumo en diferentes ámbitos, algunos de manera drástica como fue el caso de la música.
Medios muertos, medios trasladados, medios resucitados
Supuestamente la era digital permite generar sucedáneos de cualquier industria del pasado. Los libros de consulta decaen pero surgen los ebooks; las revistas mueren pero nacen los blogs, los portales periodísticos o temáticos; las salas de cine se complican pero florece el streaming; el teatro, la danza y los museos se resisten (por su inherente carácter presencial) pero, aunque baja el público, se posibilitan prácticas híbridas o estrategias interactivas que involucran lo digital (video, realidad aumentada, la perspectiva curatorial “turística” para renovar la afluencia a recintos culturales, entre otras). Caso especial –aunque no necesariamente artístico– es, como suele ocurrir en el devenir humano, lo relacionado con las pulsiones eróticas o pornográficas, que siempre se cuelan en medios y tecnologías nacientes y buscan sus nuevas posibilidades expresivas o sucedáneas, tanto presenciales como virtuales.
Hoy, en lo referente al ámbito musical, un equivalente a la radio en los medios digitales sería la sintonización digital de las estaciones radiofónicas que siguen transmitiendo en todo el mundo, o también la actividad de sumergirse en algún canal digital confiable y dejarse sorprender por los hallazgos y las sugerencias de los programadores de contenido sonoro. Y, apoyados en video, también han sido exitosos los canales de mini conciertos o showcases para streaming (tipo Tiny Concerts, Live on KEXP at Home, entre otros), si bien hacen consumir lo musical en un conglomerado audiovisual (asunto que, al parecer, llegó para quedarse).
En resumen: que para apostar de nuevo por una industria musical palpitante, los hábitos para el consumo de alto involucramiento con la música deben instaurarse de nuevo. Pareciera viable, dado que hoy día hay tantas posibilidades, ¡pero es que también hay tanta distracción! (pues es un asunto de atención).
El “Pop” (como el de Rosalía) al rescate
En años recientes –incluso hace pocos días lo hemos comprobado–, al menos en nuestras latitudes y en lo que se percibe en redes sociales (que incluyen amigos o conocidos de diferentes generaciones, algunos músicos, periodistas culturales, pero también una gama de profesionales en ámbitos diversos y algunos no tan espirituales), hay una artista musical cuyo público notoriamente ha exaltado comentarios a favor o en contra y que, sobre todo, ha hecho recordar el nivel de expectativa y atención masiva ante un nuevo lanzamiento: es el caso de la española Rosalía.
Quién hubiera pensado que, en tiempos actuales, algo que se asume y se consume como pop fuera lo que promoviera la atención musical y el alto involucramiento de las audiencias. ¿Será porque la dinámica de tal género nació con la intención de formar productos musicales y no puede dejar morir a la industria? Tal vez pudiera sugerirse que lo “pop” es un formato de expresión (un envoltorio mediático, si se quiere ver así) más que un género musical, pero está claro que los otros géneros ya arraigados musicalmente –salvo el hip hop, al parecer– quizás han confiado mucho en la “seriedad” de sus expresiones y se durmieron en sus laureles ante la industria (lo que los invisibilizó como producto e incluso como presencia ante los nuevos públicos), obligándolos a perder la retroalimentación y la relevancia de épocas pasadas.

Rosalía, por su juventud, hace uso de los recursos primordiales del género o formato musical en el que se desenvuelve, así como los canales propios de las personas de su generación: videos intensos, sencillos cada pocos meses, colaboraciones con artistas diversos –incluso algunos mercenarios–, gran despliegue de recursos expresivos y estrategias en los conciertos y presentaciones, asistencia a premios o galas, entrevistas de toda índole, etcétera); sin embargo, con una madurez y lucidez inusuales, a la vez se preocupa por los aspectos que he mencionado sobre el involucramiento serio con la música, no sólo de su parte (en el proceso creativo y la concentración en la composición y elaboración de sus álbumes) sino que propicia estrategias e instancias para que su público se involucre con su obra atendiendo y conversando sobre el propio aspecto musical. Para hacer “pop”, se preocupa por tener claras sus motivaciones musicales ante los entrevistadores, explica la conceptualización de sus discos y promueve eventos para escucharlos (entre el hervidero de selfies, a pesar y a favor suyo).

Ojo, inversionistas: además de favorecer al involucramiento de los consumidores con la música, prácticas como las de Rosalía y otras estrellas del pop abonan al marketing y promoción de los lanzamientos y del catálogo de obras. Sería saludable para el ecosistema musical que estos hábitos en torno a los lanzamientos se extendieran a otros géneros musicales: rock, jazz, clásico, electrónica, folclor, tropical, géneros tradicionales (y también experimentales), las fusiones, así como fomentar que cada región desarrollara un circuito de involucramiento serio –no mera divulgación mercadológica– con sus artistas (musicales pero también escritores, pintores, historietistas, bailarines, actores de teatro, diseñadores y demás profesiones descuidadas por la industria cultural), para así dimensionar y valorar la importancia y relevancia de sus prácticas; todo lo cual, además, sirviera para retroalimentar el nivel de calidad de sus producciones y la intensidad del involucramiento del público con las mismas.











