¿Cómo se forma una lectora? ¿Cómo se convierte esa lectora en escritora? Enriquez responde con una sinceridad que rompe jerarquías y cuestiona cánones. “Pensé Archipiélago como fragmentos de formación lectora que tienen, justamente, la forma de un conjunto de islas conectadas. Una lleva a la otra con conexiones no siempre literarias, a veces casuales, pero siempre de exploración”, explica.
Ciudad de México, 12 de septiembre (MaremotoM).- Si usted fuera a alguna editorial a hablar de los libros que nos han marcado y por los que está estampada contra la pared habiendo entendido algo o eso creemos, por supuesto que la echarían a patadas.
Los libros nuevos tienen que hablar de la maternidad, matar a las mujeres y convertirse en defensoras, propiciar alguna ideología e ir tras ella o asesinar a un niño, hablar mal de los victimarios y etcétera etcétera.
Sin embargo, el mercado, siempre se las ingenia para convertir a una escritora en estrella literaria y hacerla en una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea en español. Por eso, debe publicar un libro por año, que todas sus letras sean magníficas, los artículos periodísticos, por ejemplo, en un libro que se llamó El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones (Anagrama), editado por Leila Guerriero.
¿Esa autora de novelas y cuentos de terror hablará ahora de sus libros en un volumen llamado Archipiélago, publicado por la Colección Lectores de Ampersand?
Pues bien, lejos de un manual solemne o un ensayo académico, el libro se lee como un diario íntimo de lecturas, un mapa fragmentado de islas conectadas por la pasión, la curiosidad y también por el rechazo y si tienen mucho tiempo, a leerlo.
¿Cómo se forma una lectora? ¿Cómo se convierte esa lectora en escritora? Enriquez responde con una sinceridad que rompe jerarquías y cuestiona cánones. “Pensé Archipiélago como fragmentos de formación lectora que tienen, justamente, la forma de un conjunto de islas conectadas. Una lleva a la otra con conexiones no siempre literarias, a veces casuales, pero siempre de exploración”, explica.
De ese modo, su relato recupera entornos domésticos y azarosos: el regalo de su primer libro, La historia interminable, de Michael Ende, que le entregó su tía Chela; las colecciones populares compradas por su padre —la Biblioteca Básica Salvat y el Club Bruguera— o las revistas de rock que competían en su mesa de luz con los clásicos literarios.
Enriquez reconstruye con detalle la geografía de su casa en Lanús, que fue creciendo sin plan ni orden, “como una isla aluvional”, dice. Esa imagen se convierte en metáfora de la propia lectura: un espacio formado por sedimentos que dejan libros, discos, revistas y conversaciones.
“Cada vez que releo La historia interminable me doy cuenta de cuánto influyó en mi educación estética, y me sorprende que lo leído en la infancia deje semejante cicatriz”, confiesa. Para Enriquez, el libro de Ende se transformó en un texto fundacional, “una especie de texto sagrado”, que abrió la explosión de las posibilidades.

Uno de los rasgos más poderosos de Archipiélago es la ausencia de solemnidad. La autora lee contra lo establecido, se deja llevar por entrevistas a músicos que mencionan a Poe o por las páginas de revistas como Cerdos & Peces. Al mismo tiempo, admite pasiones y rechazos: la veneración por Ernesto Sabato, la incomodidad con Lewis Carroll, el amor temprano por los libros de terror.
Ese gesto desafía los mandatos pedagógicos que insisten en un canon moral de “buenas lecturas” y abre el juego a lo que de verdad forma a un lector: la mezcla caótica de textos que dialogan con los deseos y los miedos de cada etapa vital.
El volumen, de 279 páginas, incluye anécdotas que muestran la literatura como territorio vital. Una de las más intensas ocurre cuando Enriquez debe entrevistar al escritor José Sbarra en sus últimos días: un encuentro atravesado por la enfermedad y el silencio, que terminó sin entrevista y con la tensión de regresar a la redacción con las manos vacías.
También hay momentos de humor. En un pasaje titulado “Los remolinos”, Enriquez ironiza sobre los hábitos de lectura en el baño: “Ya no llevo libros al baño y me asombro cuando veo pilas cerca del inodoro en alguna casa chic”.

Archipiélago no es un catálogo de lecturas ordenadas ni un canon alternativo. Es, más bien, una cartografía íntima: veinte islas donde conviven la infancia, el rock, los clásicos, las revistas marginales, las amistades, los miedos y los amores literarios.
Enriquez abre así su intimidad de lectora para mostrar que los libros que nos marcan no siempre son los que dicta el prestigio, sino aquellos que llegan en el momento justo y dejan cicatrices duraderas.
Con este título, la autora de Nuestra parte de noche y Las cosas que perdimos en el fuego vuelve a confirmar que su literatura —ya sea de ficción o de memoria— se sostiene en una mirada lúcida, irreverente y profundamente personal sobre el poder de los libros.











