Mario Santiago

Mario Santiago Papasquiaro, poeta fundador del infrarrealismo

Mario Santiago Papasquiaro el poeta infrarrealista era, no Ulises Lima, sino un enfermo de peste negra, un tuberculoso al que la mayoría de la gente le daba la vuelta porque pocos soportaban su oscura densidad translúcida.

Ciudad de México, 20 de octubre (MaremotoM).- Conocí a Mario Santiago Papasquiaro en 1991 en su casa, en un departamento que rentaba en la colonia Guerrero cerca de la calle Luna. Lo recuerdo porque en esas calles jugaba futbol en la infancia con un amigo de la primaria que vivía en una vecindad de esa selenita calle, casi esquina con el eje Guerrero.

Fue un sábado cuando se apersonó con su bastón y su gabardina de clochard existencialista, cojeando, en el tianguis del Chopo.  El no era en ese entonces Ulises Lima, el personaje de la novela auotobiográfica sobre el infrarrealismo escrita por Roberto Bolaño. No, no era Ulises Lima, era Mario Santiago Papasquiaro, Mario SanTrago, “El vate que abate”, como le decía el poeta José Francisco Zapata.

Nadie imaginaba que el espectro de Mario Santiago iba a convertirse en ese seductor personaje de una de las novelas más importantes de finales del siglo XX escritas en lengua española. En 1991 imposible imaginar que la sombra de José Alfredo Zendejas Pineda, Mario Santiago Papasquiaro, estaba siendo procesada en la mente del escritor chileno, su mejor amigo, para crear al héroe que junto con Arturo Belano (el mismísimo Roberto Bolaño), formó a la postre esa dupla fascinante (Arturo Belano- Ulises Lima) que, a la manera de Dante Alighieri que viaja con Virgilio al infierno, ellos dos, los “detectives salvajes”, viajaron al inframundo “realvisceralista” del México de los 70 de la “Guerra Sucia”, en el contexto de una Latinoamérica plagada de miseria, dictaduras, torturas y desapariciones forzadas.

Mario Santiago Papasquiaro el poeta infrarrealista era, no Ulises Lima, sino un enfermo de peste negra, un tuberculoso al que la mayoría de la gente le daba la vuelta porque pocos soportaban su oscura densidad translúcida.

Papasquiaro no era Ulises Lima, el héroe literario de los “enfants terribles” que todos hubieran querido conocer. Mario Santiago era el lado oscuro del herórico Ulises Lima. Llegó con su gabardina porque era un día lluvioso, gris, hacía frío. Llegó con Pedro Damián, el único poeta infrarrealista que yo conocía. Yo estaba con Pancho Zapata, estaba terminando el tianguis y armé un gallo con el bueno para perdernos en el atardecer. Había vendido unos libros previamente expropiados en la Gandhi y en el Sótano. Tenía un buen camarón y ganas de pelea, así que cuando vi al Zapa lo invité a beber. En eso llegaron los “infras”, Pedro Damián y Mario Santiago.

Mario Santiago
Mario Santiago. Foto: Cortesía

Yo había oído del Papasquiaro porque era un personaje del underground literario mexicano. En esos días tenía 19 años, tenía un año de haberme quedado huérfano, estaba emputadísimo con el mundo y quería ser poeta. Tenía un año dando el rol, sin casa, a salto de mata, expropiando para vivir, bebiendo como energúmeno y fumando mota como desesperado (siempre fumé así aunque más bien tranquilamente). Supe de los infrarrealistas en el taller de poesía de Alfredo Giles que les tenía admiración, miedo y cierto resentimiento. Pues ahí estaba el mismísimo Mario Santiago Papasquiaro. Y sí, no es lo mismo hablar del diablo que verlo llegar.

Nos instalamos en una esquina afuera del tianguis y el traía una pacha y nos invitó a todos un trago. Luego dijo ordenando: “Vamos a mi chante a leer poesía”. Así que fuimos el Pedro, Pancho y un cuate que yo no conocía detrás del Mario Santrago. Caminamos solo unas seis calles y llegamos a su jaula. Compramos dos pomos de ron en la viñata del barrio y nos encerramos en su casa.

Mario tenía un rostro duro, lleno de cicatrices, con la nariz chueca como de bofe, expresión triste y mirada de loco. Se reía de todo con una fuerza devastadora. Su voz grave decía frases lapidarias, llenas de ironía. Su humor cáustico no dejaba títere con cabeza. Pancho estaba discutiendo con ellos, con Pedro y Mario Santiago sobre poesía y ellos le estaban dando una zarandeada y el Zapa estaba como siempre de necio, con sus imperativos categóricos en la punta de la lengua lanzando sendos gritos. Mario Santiago le daba estocadas breves pero mortales con pequeñas frases cargadas de sarcasmo. Y Pedro lo provocaba de vez en cuando diciendole “ya, cálmate, obrerito”. Pancho se encendía y gritaba furioso. Yo todo el tiempo estuve callado, escuchando. Cada frase que enunciaban ellos,  los tres, me parecía densa y luminosa, todas las palabras tenían sentido y estaban llenas de una salvaje belleza. Estaba con los poetas más gruesos y locos de la ciudad  y eso era para mí era un momento de gloria.  De pronto Papasquiaro se fue al baño y regresó con un cuaderno y comenzó a leer su poemas. Nunca había escuchado tanta rabia y tanta violencia en un poema. Luego el Zapata le siguió y luego Pedro. Ambos leyeron sus escritos de la semana o qué se yo. Cuando terminaron Mario Santiago se me quedó mirando y me preguntó con cierta dulzura: “¿Y tú también eres poeta o te vienes a hacer pendejo?”. El Pancho que por entonces me tenía en alta estima dijo “este chavo está empezando apenas, no lo despedaces”.

-Saca tus poemas. -Ordenó Mario arrogante como siempre-. A ver de que lado masca la iguana contigo.

Saqué mi cuaderno y leí algunas versos que había escrito para el taller de poesía. No terminaba aún y Pedro Damián se orinaba de la risa y yo me sentí totalmente desarmado.

-Cállate Pedro, ordenó Mario y me hizo repetir algunos versos. Entre las risas de Zapata, Pedro Damián y el otro cuate que nunca habló y estaba como choqueado o poseído,  tras un largo y dramático silencio me dijo “el vate que abate”: “Yo te voy a hacer poeta”

Me lo dijo con la misma ironía que lo caracterizaba, consciente de su papel de sumo sacerdote de la noche y del infrarrealismo. Yo me sentí muy extraño porque no sabía si estaba burlándose de mí o hablaba en serio. Y súbitamente cambió de estado de ánimo y se puso eléctrico:

-Pero antes tienes que vencerme en el box pinche escuincle-  y de pronto tiró el bastón, se puso en guardia y comenzó a lanzar sendos jabs y golpes rectos mientras cojeaba ridículamente como el Macetón Cabrera cuando se desplazaba en medio del ring.

Me lanzó varios jabs cerca del rostro y yo sentía la cercanía de sus puños sin inmutarme, con la guardia baja. –Ándale, pinche putito, defiéndete o te parto tu madre-. Y seguía lanzando jabs acompañados con sonoros pujidos en cada golpe. Repentinamente uno de los golpes me tocó violentamente la nariz y yo le advertí que no lo volviera a hacer porque sino le partiría la madre. Y… lo volvió a hacer. Me dio un golpe pleno en la nariz y yo inmediatamente le barrí la pierna lo tiré al piso y le brinqué encima montándolo. Te lo advertí. Pero Pancho me ordenó que no le pegara al poeta y me detuve a tiempo. En todo momento Mario Santiago se reía a carcajadas como si estuviera estuviera jugando con nosotros en un terreno oscuro, en una cancha que él conocía perfectamente.

-Yo te voy a hacer poeta, cabrón-… Me dijo con esa risa macabra que tenía que le llegaba de un lugar extraño que no era de este mundo. Mucho tiempo pensé en sus palabras. Pero años después entendí que nadie tiene el don de hacer poeta a nadie.

Así conocí a Mario Santiago Papasquiaro, poeta fundador del infrarrealismo.

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