Martin Heidegger

MARTIN HEIDEGGER, HANNAH ARENDT Y KARL JASPERS: EL TRÍO DE HEIDELBERG

Heidegger en su intensa búsqueda por el “ser” se perdió a sí mismo, demostrando que su obra es colosalmente superior a él, pero que también es una obra de él, una obra que no pudo ser escrita por nadie más: confusa, difusa, poco clara; compleja, reveladora, audaz.

Ciudad de México, 5 de agosto (MaremotoM).- Martin Heidegger no fue un antisemita, propiamente, pero se benefició del régimen nazi, sin lugar a dudas. Luego, guardó silencio. Se recluyó como un viejo amargado que si por él hubiera sido, jamás habría vuelto a salir; así que a través de su esposa, Elfride, le manda cartas a su antigua alumna/amante, Hannah Arendt, para que interceda internacionalmente en su nombre.

Karl Jaspers le llegó a escribir buscando respuestas a su conducta y recibió de Heidegger la más contundente: el silencio. Quiso salvar la amistad, aunque no confiaba demasiado en él. Extrañaba, en todo caso, no al amigo: al interlocutor.

Si Heidegger se arrepintió o no de todo lo que hizo, es algo que jamas dijo, que jamás hizo público. Eso lo retrata de cuerpo entero: un hombrecito cobarde incapaz de hacer frente a su propia conciencia. Hizo bien en quedarse encerrado.

Karl Jaspers
Karl Jaspers le llegó a escribir buscando respuestas a su conducta. Foto: Cortesía

Heidegger en su intensa búsqueda por el “ser” se perdió a sí mismo, demostrando que su obra es colosalmente superior a él, pero que también es una obra de él, una obra que no pudo ser escrita por nadie más: confusa, difusa, poco clara; compleja, reveladora, audaz.

Jaspers entre tanto mantuvo una correspondencia frecuente, ya que el contacto era imposible, con Hannah Arendt. Discutían dudas, ideas, libros. Ellos mismos distantes y cercanos, confesores, hablaban del tercero: uno desde el escepticismo y la otra desde la reconciliación.

Los filósofos, como todos los intelectuales, viven vidas paralelas a la realidad que los ciñe. Viven no aislados: ausentes. Están sin estar: son y no son. Heidegger es una muestra de esto. Un tipo que se recarga en una política antisemita para beneficiarse, mientras está enamorado de una mujer considerablemente menor, judía, que luego de darse cuenta de que lo que ella entendía por “sionismo” no era tal y dejó de serlo. Un antisemita que ama a una judía que ama a un antisemita.

Hannah Arendt
Si Hannah Arendt amó o no hasta el final, sólo lo sabe ella. Foto: Cortesía

La vida es más compleja que un puñado de prejuicios. Si Hannah Arendt amó o no hasta el final, sólo lo sabe ella, pero su respeto y admiración sí fueron públicos. Lo visitó en un par de ocasiones y en los momentos de penurias económicas, arregló la compra de los originales de Heidegger.

Eran los años de la madurez, los años en que la misma Arendt era señalada y juzgada por sus obras: polémicas, valientes, disidentes. Hannah era una judía liberal que se veía constantemente seducida por el intelecto. Era ella misma una intelectual de tiempo completo que encontraba fascinantes las ideas de Walter Benjamin, de Gershom Scholem, de Franz Kafka y sí, de Martin Heidegger. ¿Qué quedó de aquel trío intelectual formado en 1928 en Heidelberg? Quedan las ideas que regularmente suelen ser más duraderas que la amistad y que el amor. Quedó cierto respeto: quedó una obra.

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