La historia, aparentemente sencilla, se hunde en el corazón oscuro de una mujer joven, Grace (Jennifer Lawrence), que abandona Nueva York para vivir con su marido Jackson (Robert Pattinson) y su bebé en una casa heredada en el campo. Lo que comienza como una promesa de amor se convierte pronto en un descenso a la desesperación y la rebeldía.
Ciudad de México, 4 de noviembre (MaremotoM).- Hay películas que nacen del silencio y hay otras que nacen del grito. Mátate, amor, dirigida por Lynne Ramsay y basada en la novela homónima de Ariana Harwicz, pertenece a esta última especie: un estallido. No una adaptación fiel, sino una reinvención cinematográfica del deseo, la locura y la maternidad.
Después de su estreno mundial en Cannes y su reciente presentación en Nueva York —con la presencia de su elenco y del propio Martin Scorsese, quien la describió como “una de las películas más valientes y sensuales que he visto en años”—, el filme llega a los cines de México el 6 de noviembre, distribuido por MUBI.
La historia, aparentemente sencilla, se hunde en el corazón oscuro de una mujer joven, Grace (Jennifer Lawrence), que abandona Nueva York para vivir con su marido Jackson (Robert Pattinson) y su bebé en una casa heredada en el campo. Lo que comienza como una promesa de amor se convierte pronto en un descenso a la desesperación y la rebeldía.

—“En el corazón de esta historia está la complejidad del amor y cómo puede transformarse con el tiempo”, explica Lynne Ramsay. “Quise mantener la película con los pies en la tierra, humana, espontánea y en ocasiones divertida, capturando esos momentos que parecen pequeños pero que tienen un enorme peso.”
El texto de Ariana Harwicz —publicado originalmente en 2012— irrumpió en la literatura latinoamericana como un manifiesto salvaje. Su protagonista, una mujer anónima que habla desde un espacio rural y opresivo, encarna la furia y la ternura de quien no encaja en la normalidad.
Ramsay, conocida por su poética de la fragmentación (Ratcatcher, Morvern Callar, We Need to Talk About Kevin), transforma la prosa torrencial de Harwicz en un lenguaje visual de respiración y textura. La cámara no juzga: sigue los movimientos de la mente, el temblor del cuerpo, el deseo que se confunde con la destrucción.
“Ver cómo Lynne tradujo el caos interior de mi personaje fue una experiencia poderosa”, confesó Ariana Harwicz en una entrevista con El País. “No quería una película que ‘respetara’ el libro, sino una que lo traicionara con arte. Mátate, amor no es una historia, es un estado mental. Ramsay entendió eso mejor que nadie.”
El tema de la maternidad atraviesa tanto la obra literaria de Harwicz como el cine de Ramsay. En We Need to Talk About Kevin, la directora exploraba la culpa y la incomodidad de la madre frente al hijo. En Mátate, amor, ese conflicto se vuelve físico, casi animal.
Jennifer Lawrence —que regresa a un papel de riesgo después de Causeway— interpreta a Grace con una energía contenida, brutal y sensible al mismo tiempo. Su actuación ha sido descrita como “la más valiente de su carrera” por la crítica europea.
“La maternidad suele retratarse como una experiencia idealizada”, ha dicho Harwicz. “Yo quería mostrar lo contrario: el deseo de huir, el cuerpo que se resiste, la mente que no soporta el mandato de ser madre perfecta.”
La presencia de Robert Pattinson, LaKeith Stanfield, Nick Nolte y Sissy Spacek refuerza la dimensión coral del filme. Ramsay filma los espacios rurales estadounidenses con la sensibilidad de un Bergman sumergido en la América profunda, con planos largos, naturales, que revelan la belleza y la amenaza del entorno.
Las influencias son evidentes pero no miméticas: el aislamiento de Malick, la violencia contenida de Cassavetes, el realismo poético de Andrea Arnold y sobre todo la obsesión rítmica y corporal que Ramsay ha desarrollado en toda su filmografía.
Mátate, amor, sin embargo, no busca el esteticismo. Es una película que respira el barro y el sudor, que deja ver las grietas de lo humano sin alzar la voz.

La escritura como detonante
Desde su publicación, la novela de Ariana Harwicz ha sido traducida a más de quince idiomas y adaptada al teatro en París, Buenos Aires y Berlín. Su escritura, entre lo poético y lo visceral, ha sido comparada con la de Clarice Lispector, Marguerite Duras y Sylvia Plath, aunque Harwicz prefiere no establecer genealogías.
“Lo que me interesa es el punto de quiebre, ese instante en que una mujer se convierte en otra cosa —ha dicho—. Escribir, para mí, siempre fue una forma de matar algo y de revivirlo después.”
Lynne Ramsay parece haber leído esa frase entre líneas. Su película no busca la redención sino el temblor, el ruido del deseo cuando se desborda.

—“El cine y la literatura no tienen que ser fieles entre sí. Lo que importa es que se mantenga el pulso, la fiebre. Mátate, amor —la película— es otro cuerpo, pero late con el mismo corazón.”
Mátate, amor se sitúa en la frontera entre lo íntimo y lo universal. Es una película sobre el deseo, la culpa, la maternidad y la imposibilidad del amor como refugio. Ramsay filma ese abismo con una sensibilidad brutal: sin discursos, sin moral, solo con imágenes que se incrustan.











