El público del London Film Festival aplaudió de pie durante varios minutos. Algunos espectadores lloraban. Otros miraban en silencio. En tiempos donde la guerra en Gaza sigue estremeciendo al mundo, Palestine 36 llega como un espejo que nadie puede evitar mirar.
Ciudad de México, 19 de octubre (MaremotoM).– En una alfombra roja más tensa que festiva, donde la elegancia no consigue borrar la gravedad del momento histórico, la cineasta palestina Annemarie Jacir presentó Palestine 36 en el London Film Festival. A su lado, el actor británico Jeremy Irons y un elenco internacional que, bajo los reflectores, parecía compartir una misma certeza: hay historias que no pueden seguir siendo silenciadas.
Jacir —quien ya había conmovido con Wajib y Salt of This Sea— regresa con una película que atraviesa el tiempo. Ambientada en 1936, durante el levantamiento palestino contra el mandato británico, Palestine 36 es un retrato de la insurrección campesina y de la violencia colonial que definiría, sin saberlo, todo lo que vendría después, pero, como toda gran obra política, su escenario histórico funciona como un espejo. Lo que cuenta pertenece tanto al pasado como al presente.
Una historia de rebelión y pertenencia
La película abre con la llegada de un joven palestino a Jerusalén, un estudiante que vuelve a su aldea cuando su padre es arrestado por las fuerzas británicas. El relato avanza entre desiertos, aldeas incendiadas, huelgas y redadas nocturnas. Los británicos, representados con un realismo brutal, aparecen no solo como los dominadores externos, sino como los arquitectos de una maquinaria que todavía hoy persiste bajo otras banderas.
Jeremy Irons interpreta al Alto Comisionado Wauchope, un diplomático entre la arrogancia y la culpa, testigo de una violencia que su gobierno perpetúa mientras pretende civilizar. Irons, que ha trabajado en papeles tan introspectivos como los de Reversal of Fortune o The Mission, entrega aquí un personaje sombrío, contenido, que encarna la contradicción del imperio frente a su propia ruina moral.
Jacir, sin embargo, no se detiene en la historia oficial. Su mirada se posa en las mujeres: campesinas que esconden armas, madres que protegen a los hijos, jóvenes que cruzan fronteras con mensajes de resistencia. “Ellas sostienen la historia cuando todo se derrumba”, dijo la directora en Londres. Esa idea atraviesa cada plano.
El eco del presente
Aunque transcurre en 1936, Palestine 36 no parece una película de época. Rodada íntegramente en locaciones palestinas, la textura del desierto y las ruinas otorgan al film una contemporaneidad dolorosa. Hay escenas que podrían confundirse con imágenes recientes de Gaza o de Cisjordania: niños que huyen, cuerpos en los escombros, soldados que gritan en un idioma extranjero.
“Filmar en Palestina no es un gesto romántico”, explicó Jacir. “Es una necesidad política. Filmamos bajo ocupación. Filmar allí es una forma de resistencia.”
Durante el rodaje, varios miembros del equipo fueron detenidos temporalmente y algunas locaciones tuvieron que trasladarse por razones de seguridad. La producción se suspendió durante semanas por los bombardeos en la región, pero la directora insistió en volver. “No quería que los decorados se construyeran en otro país. Jerusalén debía ser Jerusalén. Si no, el alma de la película se perdería.”
El guion, escrito por Jacir y el dramaturgo palestino Karim Saleh, se inspira en testimonios reales recogidos en archivos británicos y relatos orales de sobrevivientes. La película evita el didactismo: no hay fechas ni lecciones. Todo se cuenta desde la piel de los personajes, desde el miedo, la rabia y la ternura.
En una secuencia clave, un soldado británico ata a un campesino al frente de su camión como escudo humano. Esa imagen, filmada con un silencio abrumador, provoca una sensación de déjà vu: el pasado vuelve porque nunca se fue. Jacir no necesita subrayarlo. Su cine es más sutil que el discurso. Es una cámara que mira, con dignidad, a quienes la historia decidió no mirar.

Jeremy Irons y la dignidad del actor
Para Jeremy Irons, participar en Palestine 36 fue más que un desafío artístico. En la rueda de prensa del festival dijo: “He trabajado en muchas películas sobre el poder y la culpa, pero nunca había sentido una responsabilidad tan concreta. Esta historia no es un recuerdo: es una advertencia.”
El actor elogió la visión de Jacir y la describió como “una de las voces más valientes del cine contemporáneo”.
Su interpretación —medida, elegante, contenida— encarna la mirada incómoda del antiguo colonizador que comprende demasiado tarde el alcance de sus actos. En más de una escena, la cámara lo muestra frente a los palestinos, incapaz de responder. Esa impotencia resume todo un siglo.
Palestine 36 no busca complacer. Su ritmo es pausado, poético, lleno de silencios. Pero en esos silencios hay más verdad que en mil discursos. Jacir filma la dignidad de los cuerpos, la persistencia de una nación que no se rinde. Su cine no trata solo de recordar, sino de volver a nombrar lo que otros quisieron borrar.
El público del London Film Festival aplaudió de pie durante varios minutos. Algunos espectadores lloraban. Otros miraban en silencio. En tiempos donde la guerra en Gaza sigue estremeciendo al mundo, Palestine 36 llega como un espejo que nadie puede evitar mirar.

Más que una película, un acto de memoria
Annemarie Jacir ha dicho que su trabajo no es hacer propaganda, sino “restaurar la humanidad a quienes fueron deshumanizados”. Ese propósito se cumple en cada fotograma de Palestine 36, una obra que devuelve voz a los campesinos, las mujeres y los niños del levantamiento de 1936, pero que también habla a las víctimas de hoy.
Mientras los créditos finales desfilan sobre una melodía palestina grabada en vivo, una frase se queda flotando: “Los muertos nos miran. Lo mínimo que podemos hacer es mirar de vuelta.”
Esa es, quizá, la verdadera esencia del cine de Annemarie Jacir: mirar de frente, sin miedo, cuando el mundo prefiere mirar hacia otro lado.











