¿Qué país es Israel? ¿Cuál es su catadura moral? ¿Debemos aceptar tantas mentiras y sangre para permitir que ellos vivan como Estado y todos los de alrededor mueran?
Ciudad de México, 8 de octubre (MaremotoM).- Israel es, formalmente, un Estado fundado en 1948, concebido como refugio para los sobrevivientes del Holocausto y como realización política del sionismo. Sin embargo, desde su nacimiento, su existencia ha estado ligada a la expulsión, ocupación y negación del pueblo palestino, que también tenía derecho a esa misma tierra.
En cuanto a su catadura moral, lo que hoy vemos —bombardeos sistemáticos sobre población civil, uso desproporcionado de la fuerza, hambruna que mata a las mujeres y los niños, bloqueo humanitario, desplazamientos masivos y un discurso estatal que deshumaniza al enemigo— coloca a Israel en una situación de grave deterioro moral ante el mundo. No se trata ya de una guerra entre dos pueblos con reclamos históricos: es una política de exterminio y apartheid que viola todos los principios del derecho internacional.
Aceptar las mentiras que justifican ese horror —“defensa propia”, “lucha contra el terrorismo”, “derecho a existir”— sin mirar el contexto histórico y el precio humano que conllevan, sería aceptar la naturalización del crimen y la impunidad. Ningún Estado puede reclamar su supervivencia a costa del aniquilamiento de otro pueblo.
Ningún Estado puede reclamar su supervivencia a costa del aniquilamiento de otro pueblo.
La pregunta que deja flotando esta reflexión no es solo sobre Israel: es sobre el silencio del mundo. ¿Qué clase de civilización estamos construyendo si aceptamos el genocidio como política legítima y el dolor ajeno como ruido de fondo?
Preguntar a las personas judías —no al Estado de Israel, sino a quienes conforman la diversidad del pueblo judío— es, de hecho, una de las formas más honestas de romper la simplificación que el poder impone. Porque no todos los judíos son israelíes y no todos los israelíes apoyan al Estado ni al sionismo como doctrina política.

En todo el mundo hay judíos profundamente críticos del genocidio, de la ocupación y del uso del trauma histórico del Holocausto como legitimación del crimen. Voces como Ilan Pappé, Judith Butler, Noam Chomsky, Gideon Levy o Amira Hass, entre muchas otras, son judías y han denunciado abiertamente que el proyecto israelí actual no es de defensa, sino de colonización, despojo y supremacía étnica.
También existen movimientos judíos antisionistas —como Jewish Voice for Peace o Neturei Karta— que hoy marchan junto a palestinos y activistas de derechos humanos en las calles de Nueva York, Londres, París, Buenos Aires o Ciudad de México.
Preguntarles a ellos es esencial porque permite recuperar la humanidad que el Estado ha perdido, la voz de quienes no aceptan que su identidad sea usada como escudo moral del horror.
Respecto a qué será de Israel después del genocidio, es probable que enfrente una fractura interna profunda, tanto ética como política. Su supervivencia como Estado dependerá de su capacidad de reconocer lo que ha hecho y de renunciar a la idea mesiánica de que puede existir solo oprimiendo a otro pueblo.
En algún momento —quizás no inmediato, pero inevitable— habrá que hablar de justicia, reparación y convivencia real, no de dominación ni de venganza.
Entonces el centro de la pregunta cambiará: ya no será si Israel puede vivir, sino si el mundo puede volver a creer en la justicia después de haber permitido tanto horror.











