Daniel Mesino

Querido Daniel Mesino

Traté de recordar el momento en que alguien nos retratara y sólo me viene a la mente aquella presentación de tu libro Buenos días, Avril, estás en Dehli, en Coyoacán. Quizás las fotos de ese día se perdieron, pues tampoco aparecen en tu galería de imágenes en Facebook.  

Ciudad de México, 18 de noviembre (MaremotoM).- Querido Daniel: He revuelto mis archivos en busca de fotos contigo. Busqué por las redes, en los correos, en la nube. Cómo es posible que no tengamos una foto donde posemos, felices, ante cualquiera de nuestros proyectos editoriales; ya sea con algún autor, en medio de nuestros desayunos, en la FIL de Guadalajara o en la Cineteca Nacional, a donde nos gustaba ir. Traté de recordar el momento en que alguien nos retratara y sólo me viene a la mente aquella presentación de tu libro Buenos días, Avril, estás en Dehli, en Coyoacán. Quizás las fotos de ese día se perdieron, pues tampoco aparecen en tu galería de imágenes en Facebook. 

Nos conocimos hace aproximadamente dieciséis años. Necesitabas a una persona de confianza para trabajar en los proyectos de Grupo Planeta, la empresa donde tuviste dos periodos. El primero de diez años, aproximadamente y para tu segunda vuelta, ya como gerente del área de no ficción. Comenzaste pidiéndome correcciones de pruebas finas, la última oportunidad para detectar erratas. Recuerdo que mis primeras tareas se centraron en la colección de libros for dummies, donde se ofrecía al lector información básica y certera sobre cualquier tema: fútbol, budismo, cómo cultivar un huerto, el kama-sutra, hablar el alemán o conocer lo más destacado de la historia del antiguo Egipto. Yo buscaba palabras mal escritas, errores de “dedazo”, e incluso problemas con el diseño. Mi trabajo consistía en reportar esos errores y alguien más en la cadena de producción los corregía.

Conforme pusiste a prueba mi ojo –se necesitaba cultivar una mirada de lince y un temperamento obsesivo para pulir los textos– ibas dándome cada vez más responsabilidades. Así que pronto pasé de lector de pruebas finas a editor. Yo tenía experiencia, gracias a algún curso que había tomado y al estar al frente, por años, de un proyecto personal, pero fue la práctica en una empresa grande lo que verdaderamente me entrenó. Y esa práctica la obtuve gracias a ti. No eras un maestro dictando cátedra, más bien me dejabas libre, confiabas en mí y procurabas estar disponible si me surgía alguna duda. Aunque yo no iba a la oficina, pasaba los días redactando textos de “cuarta de forros”, creando equipos de diseño, vigilando el calendario, llevando la relación con los autores, como un paladín silencioso. En los últimos años de mis colaboraciones contigo me encargaba de coordinar cada libro por salir. Me confiabas un manuscrito en Word y yo debía entregarte el archivo final para la imprenta, con un buen diseño que garantizara la atención de los lectores. Gracias a ti conocí todos los engranes de la cadena de producción del libro, asistí a juntas donde supiste torear los ataques y absurdos que se gestan en la vida oficinesca. Me contabas los malentendidos, pero también los logros que celebraban; disfrutabas mucho tu trabajo. Y así fuimos construyendo la confianza mutua.

Un día me llamaste para decirme que habías renunciado a Grupo Planeta, pues había otros horizontes que te entusiasmaban y ya no tenían tanto que ver con la ardua labor de publicar libros sino con esa otra disciplina que desarrollaste: el yoga. Querías impulsar esta práctica en las empresas, como una prestación que permitiera hacer una pausa en las labores de los oficinistas, regresarlos a su centro, aliviar las tensiones lumbares y ayudarlos a ver el trabajo en su justa dimensión. Comenzaste a escribir tus experiencias en el yoga y la meditación, que dieron como resultado Date un break, cuyo subtítulo resumía tus nuevos intereses: “Una guía para el bienestar, la productividad y la creatividad laboral”. Yo estaba muy inquieto con aquella decisión tuya, pues el trabajo que hacía para ti representaba la mayor parte de mis ingresos. Te lo hice saber y me dijiste: “Chiquitín, me inspiré en ti para ir por la libre, te las arreglas muy bien como freelance porque lo tuyo es escribir”. Aquel año me habían otorgado por segunda vez la beca Jóvenes Creadores del Fonca y poco después comenzaste a trabajar en la trilogía que tiene a Avril como protagonista. El lazo de la escritura nos uniría aún más.

Estoy convencido de que tu verdadera vocación la encontraste cuando te decidiste a ir por el camino de las letras. Me llamabas para comentarme lo que iba ocurriendo en la trama de tu libro con la emoción de quien descubre un tesoro. Avril viajaba con espíritu inquieto, igual que tu vida amorosa. Me invitabas a tus reuniones donde solías cocinar unas paellas exquisitas; todo a la luz de la ilusión por publicar tu primera novela. Te resultaba difícil mantener el tren de vida al que estabas acostumbrado, no podías renunciar a viajar, comer bien, deleitarte con los amigos, pero siempre admiré tu ingenio: te las arreglabas para cruzar los mares.

Daniel Mesino
Estarás presente, amigo, pues recordarte no será difícil. Foto: Cortesía Facebook

Luego encontraste algunos trabajos en la industria editorial que te decepcionaron. Conocí todas tus luchas laborales, lo pedregoso del camino freelance, lo tarde que llegaban tus pagos. Sin embargo, seguías escribiendo, muy comprometido con la difusión de tu novela, asistiendo a presentaciones, ferias o cualquier espacio donde te permitieran conquistar lectores. En México casi ningún escritor puede vivir de su pluma, pero tu recompensa era la propia escritura; confié que el gran faro que te alumbraba era ese, aunque pasaras las clásicas vicisitudes económicas de quienes vamos por la libre. Cuando peor nos sentíamos respecto a la incertidumbre, nos escuchábamos; una llamada tuya era como un bálsamo. Si uno caía al agujero, el otro estaba ahí para infundir el buen ánimo.

Este año las circunstancias nos alejaron un poco. Intentaste seguir el camino de la política y aunque siempre supiste mi opinión al respecto, las cuestiones ideológicas no minaron nuestra amistad. Respeté tu decisión de convertirte en diputado y empezamos a dejar a un lado los temas políticos, pues nuestras opiniones no congeniaban en ese terreno. Me cuesta aceptar que poco a poco nos fuimos distanciando. Y son estos últimos meses los que me reprocho por no haberte procurado. La inercia de la propia vida y la confianza ciega en que estabas bien, con aquel gran faro de la escritura siempre encendido, me hicieron soltarte. Te embarcaste en una nueva aventura laboral, esta vez en León, Guanajuato, donde prometí ir a visitarte. Nuestra última comunicación fue en agosto. Me compartiste un reel con la bonita noticia de que se publicaría, en septiembre, la última entrega de tu trilogía. Te imaginaba muy contento y lleno de ilusión preparando la llegada de tu nuevo libro.

Qué desconcertante fue enterarme de tu muerte. Algo incomprensible. Me obligaron a ponerle un punto final a nuestra historia, que tan libre y cándida se escribía. Yo confiaba en que las palabras seguían hilándose entre nosotros; secretas o silenciosas, continuaban escribiéndose. Habíamos sido tan unidos por temporadas, depositando tantas confidencias el uno en el otro, que era cosa de coger el celular y llamarte para volver a urdir los caminos; al fin y al cabo siempre habían corrido paralelos. Te reproché no haberme buscado en los últimos tres meses, me dolió saberte enfermo, lejos y enfrentando solo la oscuridad, pero ahora que he buscado sin éxito una fotografía donde salgamos juntos, algo que simbolice tantos años de cariño y complicidad, te agradezco, en cierta manera, que te hayas despedido de mí con ese video anunciando tu nuevo libro. Fue un buen final para nuestra historia, uno esperanzador. Ahora sé que en realidad no me hace falta esa foto que quizás nunca nos tomamos, pues escucharé tus risas y confidencias tan nítidas como si estuvieras frente a mí. Estarás presente, amigo, pues recordarte no será difícil.

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