Si existe un cielo para los editores, Pablo se lo ganó con la amabilidad, dedicación e inteligencia que le dio a cada volumen que pasó por sus manos. Era consciente como pocas personas que he conocido del privilegio inmenso que significa participar en la creación de un objeto hecho para leerse, de la belleza que se puede generar sobre el papel en blanco y de la responsabilidad que eso implica.
Ciudad de México, 22 de abril (MaremotoM).- Horas antes del Día Mundial del Libro se fue mi querido amigo Pablo Martínez Lozada: uno de los editores más jóvenes y con mayor futuro en el medio literario. Vaya que amaba a la literatura, las tipografías, el milagro de una buena impresión y un libro bien escrito y formado.
Si existe un cielo para los editores, Pablo se lo ganó con la amabilidad, dedicación e inteligencia que le dio a cada volumen que pasó por sus manos. Era consciente como pocas personas que he conocido del privilegio inmenso que significa participar en la creación de un objeto hecho para leerse, de la belleza que se puede generar sobre el papel en blanco y de la responsabilidad que eso implica.

Estoy convencido de que ambos compartimos el mismo sueño: trabajar en la creación de más libros literarios.
Durante cinco años nos hablamos a diario para discutir sobre alguno de los trabajos que teníamos entre manos, para reírnos y hablar de otros textos y de otras lecturas. Tuvimos que volvernos expertos en ciencia ficción para editar a George R. R. Martin y al discutir sobre nuestros respectivos criterios de corrección cada quien le atribuía al otro distintos problemas mentales que sólo aquejaban a los mutantes de esas historias.
Nos encantaba la chica invisible de uno de esos cuentos y sus paseos por Manhattan, pero lo que más le gustaba a él era reservar todo su tiempo libre para estar con su esposa y su hija.
Hicimos muchos libros a carcajadas. Lo que terminaba uno de los dos la revisaba el otro y viceversa. Me acuerdo de sus preguntas retóricas, calculadas para jactarse de haber advertido alguna de mis distracciones: ¿En el asteroide en que vives cómo se separa tal apellido?
Casi estoy oyendo su carcajada y la educada carrilla correspondiente. Cuando podíamos, íbamos por una pizza y un par de cervezas a medio camino entre ambas casas. La noticia de su muerte empaña este día y aunque estoy acá, en Guadalajara, mis abrazos están allá, en ciudad de México, con Luna y Aurora y todas las amistades que Pablo y un servidor compartimos. Se va un gran guardián de los libros. Descansa en paz, Pablo.
Te regreso la pregunta que me hiciste alguna vez: Ay carnal, ¿y ahora quién va a cuidar de los libros?











