Matías Néspolo

RESEÑA | A propósito de una fábula sencilla, de Matías Néspolo

Una fábula sencilla es de todo menos fácil o sencilla. Los numerosos animales que protagonizan el relato son, en su mayoría, salvajes, y pueblan una selva ambigua en donde cualquier traspié puede costar muy caro.

Ciudad de México, 18 de septiembre (MaremotoM).- Polifónica y poliédrica, estamos ante una novela fresca y dinámica que nos revela una Barcelona multicultural que se expresa a través de una multitud de voces.

Escuchamos aquí el habla popular chilena, argentina y mexicana, con sus peculiares acentos y nuevas palabras, mezclándose en un mismo crisol con el habla popular española de los extrarradios y con el idioma catalán autóctono de la ciudad condal.

Valiéndose de una estructura original en donde cada capítulo representa un animal, se configura un mosaico colorido y un conjunto armónico para una historia que fluye utilizando elementos narrativos de diferentes géneros, hasta convertirse en una fábula urbana de pleno siglo 21.

Como toda obra de esta naturaleza, Una fábula sencilla, de Matías Néspolo (Buenos Aires, 1975), se puede leer de varias maneras, según la perspectiva de los animales que protagonizan las historias y según la enseñanza o moraleja que extraiga el lector.

En este sentido, Una fábula sencilla es de todo menos fácil o sencilla. Los numerosos animales que protagonizan el relato son, en su mayoría, salvajes, y pueblan una selva ambigua en donde cualquier traspié puede costar muy caro.

Matías Néspolo
Editó Candaya. Foto: Cortesía

Nos referimos a toda una bulliciosa Arca de Noé, en donde reconocemos a cerdos inteligentes, sapos en su cueva, gatos enjaulados, hormigas laboriosas, avispas que aguijonean, cucarachas sinceras, vacas multicolores, perros sueltos, escorpiones con púas, ajolotes negros, cotorras alharacas, pollos desangrados, caballos de hielo, ovejas sin rebaño, entre muchas otras especies, sin que falten, por descontado, temibles depredadores, lobos y coyotes.

Esta obra de múltiples caras, se puede leer también como un chiste. Imitando la forma de hablar del gran Eugenio, podríamos contarlo así: “Había una vez, un argentino, un chileno, un cubano y un uruguayo que emigraron a Barcelona y que eran tan, pero tan ilusos, que creían que iban a atrapar el pájaro de fuego de la Poesía. Y en eso vino un catalán adinerado, hijito de su papá y un argentino porteño, canchero, de esos que creen que se las saben todas y se embarcaron juntos en un viaje improvisado que se convirtió en pesadilla cuando aparecieron unos mexicanos y unos tíos del Este y hubo balaceras y degüellos…”

Sin ánimo de agotar el repertorio de maneras posibles de leer esta fábula, podríamos sugerir una tercera -y hasta una cuarta, si se nos permite-. Podríamos leer esta fábula nada sencilla como otra novela más de inmigrantes latinoamericanos en Europa. Un thriller en donde resuenen los ecos de obras anteriores de Cortázar y Bolaño, en donde los Oliverios o los Arturos de turno, después de caer unos cuantos escalones cuesta abajo en su rodada, se ponen melancólicos y, mientras recuerdan con nostalgia las bondades del barrio de Flores en Buenos Aires, escriben frases cursis tales como: “Pretendía recordar un tiempo dorado que no había sido tal, porque no sucedía más que en el recuerdo. En la memoria adulterada donde transcurrían incorruptos aquellos días de escritura compulsiva y amores fugaces con sus noches de reviente y tertulias de micrófono abierto.”

Abusando de la paciencia de los oyentes o lectores, vamos con la cuarta posibilidad y definamos Una fábula sencilla como una novela de juventud o más bien, una novela donde se narra el final definitivo de la juventud, de todas las juventudes, porque la moraleja inexacta a que se nos aboca, pone en tela de juicio el sentido mismo de la tan cacareada y sobrevalorada juventud, pretendiendo, desde un presente en llamas, quemar también de manera retrospectiva toda huella, toda esquirla, todo testimonio que hubiese sobrevivido al naufragio absoluto de nuestras juventudes marchitas.

Ahora, en cada una de estas maneras de leer esta novela -que cada cual escoja la que prefiera- se transita inexorablemente a un desenlace, a una moraleja que, según nos dicen en la contraportada del libro, se parece a una vaca “preñada de sufrimiento y desamparo.” Y pienso yo, aquí, -sin venir a cuento, por supuesto- en el bueno de Joris-Karl Huysmans quien, por mucho menos de lo que viven los animales-personajes de esta fábula, se nos convirtió al catolicismo practicante y se nos retiró a una abadía.

En cualquier caso, hay que estar muy seguro, muy decidido o muy desesperado, como para transitar por estos parajes desolados, para jugar a estos juegos de doble filo y no dañarse en el intento. A todos los niños que nos miran desde sus casas, les advertimos: No lo hagan. El aire frío del abismo nos puede petrificar hasta el alma, hasta lo más recóndito de la consciencia. Repetimos: No todos sobreviven para contarla.

En el caso del autor de estas páginas, Matías Néspolo, nacido en Buenos Aires y vecino del barrio de Flores, como mi estimados amigos Jorge y José Garralda, hay que decir que llegó a Barcelona el año 2001, igual que yo. Allá nos conocimos, recitando poesía en al fragor de las borrascosas

Conjunciones Poéticas del bar Muy Buenas, bar modernista situado en la calle del Carmen del Raval, en donde también conocimos  a amigos inolvidables como Albert Compte, el rapsoda Esteban de Aguilera, Mario Farías Bustos y a compañeros que todavía hoy están a nuestro lado en la trinchera literaria, como Rodrigo Díaz Cortez. Imposible, entonces, no sentirse identificado con las peripecias de la jauría de jóvenes poetas- perros que,  cada noche, salen a la búsqueda desesperada del pájaro de fuego, el ave maravillosa de la inspiración que ha de coronar sus esfuerzos con los laureles dorados de unos versos perdurables, de unas páginas memorables, de una obra digna de ser publicada, leída y, ¿por qué no?, comentada y premiada.

El triunfo se aparece tan deslumbrante en la imaginación de la manada, que los perros-poetas se lanzan a los caminos noctámbulos de una Barcelona que les ve pasar con indiferencia, pues como dice el refrán, Barcelona és bona si la bossa sona. Sin ni uno en los bolsillos, los perros-poetas hicieron mal sus cálculos y arriesgaron todo, la salud y la poca cordura que les queda, en pos de un caballo cojo, de una empresa que, al cabo de los años, se revela para Gabriel, apodado el Metafísico, uno de los principales protagonistas de la fábula, como una auténtica impostura. Nos confiesa que era “Una farsa la disciplina y el orden fingido de un trabajo estable. Un engaño mi fe ciega en la escritura. Una fábula idiota las proezas de aquella pandilla de desgraciados que ladraban al micrófono sus poemas.” Pero eso no es todo, porque se autoflagela con una crítica aún más demoledora: “Quizá la legendaria jauría de poetas había sido más bien una manada de hienas cebadas en la carroña de su propio deseo, en la saciedad del goce. Y en los despojos nunca hubo poesía.”

¿Nunca hubo poesía? Yo creo que, aquí, Gabriel se equivoca, se deja llevar por la tristeza y por la depresión. Algo debe quedar en las manos o en los archivos de los ordenadores de los viejos cazadores del pájaro de fuego.

Como mínimo, gracias a Matías Néspolo, hoy podemos decir que, más allá de los centenares de páginas inéditas escritas por los perros románticos que, quizás, nunca sean publicadas, también tenemos, para contradecir el pesimismo y para espantar con la mano las moscas devoradoras de los sueños y las utopías, esta gran novela, Una fábula sencilla.

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