La melancolía, al igual que la nostalgia, antes de Freud, era concebida como enfermedad mental. Aristóteles señaló que la melancolía y la nostalgia son fluidos que libera nuestro cuerpo, una bilis negra segregada en determinadas ocasiones, sobre todo cuando el presente nos resulta incomprensible.
Ciudad de México, 26 de abril (MaremotoM).- Café Trotsky (MamboRock, 2023), escrito por Joel García (Hermosillo, 1978), costa de cinco relatos que funcionan como cápsulas de tiempo que viajan, en sus distintas intenciones narrativas, hacia finales de los ’80 y que se instalan, con toda soberanía, en los ’90 del siglo pasado. Esos tiempos donde nuestros héroes se encontraban humedecidos, en la mayoría de los casos, por el mundo anglosajón.
Hermosos guitarristas que se volaban la cabeza a escopetazos o directores de cine que hacían gala de la hiperviolencia, muchas veces mencionada en el texto (Danny Boyle, Tarantino, Larry Clark), con la intensión de destrabar los resabios de una generación anterior, la de nuestros padres, cuyo fracaso ideológico nos llevaba de corbata.
Miembros de la llamada generación X, que consumía obras totales del boom latinoamericano sintiendo que aquello olía a rancio o que, en todo caso, ese tropicalismo fantástico estaba muy alejado de los suburbios norteños, de las patinetas y los parques polvorientos de Hermosillo.
Imaginarios que distaban del punk y del deseo punzante en la entrepierna. Una generación que, de no ser por la música, no tendría interlocutor o que, en todo caso, encontró maestros tardíos en el neorrealismo seco, arbitrario, que descubrimos cuando pudimos comprar sus libros: Carver, Bukowski, Ray Lóriga, Kiko Amat, Roberto Bolaño, Irvine Welsh.
Una generación que pasó del beta al vhs, del atari al sega, del cassete al cd, de los teléfonos fijos a los celulares, de las máquinas de escribir a las computadoras, del existencialismo más basura y maldito de los últimos años del siglo XX, a la burbuja ideológica, mezclada con el consumismo más rapaz, de inicios de siglo.
De pronto, aquellos bautizados por Coupland, predecesores de los baby boomers e hijos de la generación silenciosa, nos vimos envueltos en todo este maremágnum sin entender mucho. Nos quedamos callados, como se quedaron nuestros hermanos mayores cuando vieron caer el muro de Berlín, ante los saltos cuánticos tecnológicos que contrastaban con los retrocesos de la cancelación política e ideológica.

De pronto y, como dice Joel, era oficial, habíamos envejecido. No éramos parte de la vieja guardia obrera que todavía pensaba en el comunismo cuando se manifestaba contra su líder sindical. Éramos el pastiche de una incubación tardía que tenía anclado un pie en un siglo que los ignoró olímpicamente y otro donde nos convertimos en aquello que despreciamos algún día mientras nos drogábamos tranquilos escuchando música deprimente y estruendosa en algún sillón desvencijado. Un sillón que, por lo demás, también fue testigo de nuestros primeros escarceos eróticos.
Resonancias, texturas de los tiempos donde MTV era un tótem sagrado. Eso hay en Café Trotsky. Resonancias, postales móviles, efectivas, de un tiempo que ahora se afinca en la nostalgia. El acierto de García es su tono: acá hay humor, desvergüenza, incorrección, todos estos aditivos que, en la literatura actual, además de valientes, resultan profundamente refrescantes.
La melancolía, al igual que la nostalgia, antes de Freud, era concebida como enfermedad mental. Aristóteles señaló que la melancolía y la nostalgia son fluidos que libera nuestro cuerpo, una bilis negra segregada en determinadas ocasiones, sobre todo cuando el presente nos resulta incomprensible.

Para Ficino, la melancolía, más que un padecimiento, es una predisposición, riesgosa pero necesaria, en toda actividad humana e intelectual. Esta predisposición sería un don de los dioses que, si bien debe ser controlada, con ejercicios físicos y mentales para huir del desequilibrio, no deja de ser peligrosa porque bordea, peligrosamente, el abismo. El lugar donde se aloja la melancolía es la mente, ese territorio donde la imaginación y la reflexión se conjugan en un acto: la escritura.
Los cinco relatos que conformen esta ópera prima de Joel García son, efectivamente, territorios donde la memoria, la imaginación y la reflexión sacan a flote un tiempo que ahora, a la distancia, se nos revela, apelando a la nostalgia más pura, como un lapso de nuestras vidas en los que fuimos tremendamente felices. Salvajemente libres y afortunados por habitar el último de los mundos analógicos.











