Entre el resplandor y la opacidad, el ensayista y sus diversos yoes nos llevan, con una prosa que se mueve, que se transforma continuamente, por el camino que conduce a lo anhelado, que bien puede ser un enigma, pues uno nunca termina de conocerse por completo.
Si hablo de mí de distinta manera, es porque me veo de distinta manera.
Todas las contradicciones se dan en mí alguna vez y de alguna forma.
Vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; charlatán, taciturno; duro, delicado;
ingenioso, atontado; iracundo, bondadoso; mentiroso, sincero; sabio, ignorante;
y liberal, y avaro y pródigo; todo ello véolo en mí a veces, según qué giro tome.
Y cualquiera que se estudie bien atentamente hallará en sí mismo,
e incluso en su propio entendimiento, igual volubilidad discordancia.
Nada puedo decir de mí, de forma total, entera y sólida,
sin confusión ni mezcla, ni en una palabra.
Michel de Montaigne,
Ensayos “De la inconstancia de nuestros actos”
Ciudad de México, 15 de noviembre (MaremotoM).- En El camino de la mano escrita (Almuzara), Luis Bugarini insiste en la importancia de escribir a mano, aunque duelan los dedos, porque se escribe con todo el cuerpo. El autoconocimiento que produce escribir a mano, sopesa, es una aventura del ser que no puede ser reemplazada por la tecnología. A la manera de un eterno bucle de Escher, la mano escrita ha sido cifrada por la mano que escribe y des-escribe. Entre el resplandor y la opacidad, el ensayista y sus diversos yoes nos llevan, con una prosa que se mueve, que se transforma continuamente, por el camino que conduce a lo anhelado, que bien puede ser un enigma, pues uno nunca termina de conocerse por completo.
El camino tiene momentos luminosos donde se explora el potencial de la poesía y se desmontan los lugares comunes alimentados por los escasos lectores de este género: desde su malditismo hasta su incapacidad de ser comprendida salvo por un puñado de personas ultrasensibles e inteligentes. Lo que importa a este autor es acercar la poesía a todo tipo de personas, convencerlas de su pertinencia en la vida diaria a través de una demostración de sus funciones prácticas: desde dar consuelo, enriquecer la vida o centrarnos en la realidad para después desprendernos de ella. Los contornos de las palabras se fusionan con la médula de las ideas, en un verdadero tour de force el escritor encarna la dimensión poética a través del lenguaje, cito del libro un fragmento con dicho aliento: “Encontré en ella cómo fallecer y volver a nacer, multiplicarme en mil y reflejarme dentro de mí mismo hasta transformarme en un ser microscópico. Por ello, me aterra que un día ya no pueda leerla o escucharla y me preocupa su ausencia en la vida diaria”. Al tenor de una conciencia sobre la precariedad de la poesía, el ensayista propone hacer una lectura viva como antídoto contra la petrificación que ocurre al volverla monumental, o al usarla como una herramienta didáctica o política. La poesía, nos recuerda, puede estar en todos lados, desde el pastelillo al que el panadero decide decorar a último momento con una cereza, hasta en la forma en la que tomamos el vino. La poesía es una forma de habitar la realidad y está en nosotros acercarnos a ella.
Con la misma convicción con la que defiende el potencial de la poesía, y con cierta dosis de humor, entrega el fuego sobre la escritura y sus posibilidades. Cuestionar la aceptación de la realidad como algo inamovible, nos dice, es uno de los principios que conllevan a la práctica escritural, pues es en ella donde podemos imaginar horizontes distintos. Es en la escritura donde surge la posibilidad de asomarse a otras formas de entender el mundo, donde podemos fugarnos de la opresión y ser libres. A estas realidades alternas llama “ensoñaciones imposibles” a las que impone, como lo requiere todo juego, ciertas reglas. Entre otros ejercicios lúdicos, imagina una sociedad en la que hablar equivale a eructar o liberar una flatulencia, con lo que las convenciones de lo educado cambian, y darse a entender con las menores palabras posibles se convierte en lo deseable.
Bugarini confiesa haber escrito este ensayo tras haber sufrido un conato de infarto a sus apenas cuarenta y un años. Bajo la premura del memento mori toma conciencia de lo urgente que son sus palabras, del peso que tienen para la cultura letrada ante el predominio de la industria del entretenimiento, la tecnología, los algoritmos y otros fenómenos que minan nuestros vínculos emocionales con los autores del pasado y los del presente. Conmovido por la frágil condición del autor, el lector se sorprende ante un giro inesperado. El sujeto vulnerable y melancólico pasa a darnos instrucciones precisas para asesinar, con premeditación y goce, a una mosca. Pasa de preocuparse por el futuro de la cultura letrada a meditar sobre el placer de oler gasolina, transita entre convencernos del poder de transformación de la escritura a reflexionar sobre el gusto de comer un taco. Escribir, nos demuestra, es la posibilidad de ser otro, de ser muchos, de asomarnos a distintas vidas y observar con la misma atención cualquier fenómeno: desde las honduras de nuestro ser hasta los actos más mundanos.

Hacia el final del ensayo nos invita a cuestionar el sistema de la literatura, desde la figura del escritor –su sobrevaloración y egocentrismo– las preferencias simplistas de los lectores, el sistema de premios y estímulos institucionales, la coyuntura ideológica, hasta la lógica del mercado editorial. Escribir o renunciar a la literatura, se pregunta este autor y maestro de la ironía, que más que pensar en la escritura como un bien social, la plantea como una enfermedad del espíritu. Por ello sugiere que, así como hay libros para aprender a escribir, debería de haber libros para aprender a des-escribir. El arte de la des-escritura es como una separación amorosa –nos advierte– requiere de un final abrupto, irracional y violento. Des-escribir podría ocurrir por medio de una estrategia similar a la de “Bartleby, el escribiente”, quien resiste pacíficamente por medio de una simple enunciación: “preferiría no hacerlo”. Des-escribir para llevar una vida tranquila, tener salud mental, o reaprender a escribir de manera distinta. La des-escritura como mecanismo para reconocer nuestra propia finitud, pero también como liberación y curiosidad por uno mismo. A manera de puntos de enumeración, el autor provee algunos consejos para no caer en la tentación de escribir, entre ellos: “Anote sus pensamientos con una redacción errática que le impida leerlos después o siquiera intuir lo que decían o intentaban decir. Busque la compañía de tartamudos e imite su modo de hablar”. Como si fuera imposible dejar de escribir en un mundo en el que ya no importa la escritura.
En este camino no queda títere con cabeza y la literatura no es la excepción. El ensayista desmonta sin piedad la noción de los mitos y las historias como conductos para comprender la condición humana, en sus palabras: “Un hombre puede sobrevivir sin la lectura de Joseph Campbell […] Lo que han llamado imaginario colectivo es un vertedero de historias y personajes que poco ayudan a dar sentido y disciplina al trabajo de los hombres”. Quizás desanimado por la precariedad a la que se enfrenta todo escritor se cuestiona si vale la pena esforzarse tanto: “El tiempo de vida es finito y perderlo en la escritura de libros que a nadie le importan es un acto que debe lamentarse”. De inmediato se desdice y afirma: “El escritor, si es que en verdad lo es, siempre querrá escribir”. Dichas contradicciones nos recuerdan a Montaigne hablando sobre sí mismo en “De la inconstancia de nuestros actos”. En la más pura tradición del ensayo moderno el autor nos ha desplegado sus distintos yos recordándonos que un sujeto se crea y se recrea cada vez que escribe o que lee, como si entrara y saliera de la realidad (o de una supuesta realidad) por una banda de Moebius. Nos recuerda que se puede escribir y des-escribir, leer y des-leer pese a ser Luis Bugarini.











