Debo decirlo: me encanta como Javier Munguía desmonta la poca seriedad, la torpeza, la nula sensibilidad y la falta de ética periodística de quienes han tomado el caso de Diego Santoy, empezando por los pedestres de José Antonio Badía y demás conspiranoicos como Saskia Niño de Rivera, sin dejar de lado a otros Youtubers que se han querido meter al tema.
Ciudad de México, 14 de noviembre (MaremotoM).- En 1957, Rodolfo Walsh, escritor argentino, publicó Operación masacre, novela que expondría una serie de asesinatos ocurridos el 9 de junio de 1956, conocidos como “los fusilamientos de José León Suárez”, bajo la dictadura cívico-militar autodenominada Revolución Libertadora. El libro se componía de una serie de entrevistas e investigaciones periodísticas que eran pero no eran un reportaje. Eran algo más.
Operación masacre fue la primera novela de No Ficción en escribirse. El libro fue recibido con algún entusiasmo en Argentina, pero fuera de sus fronteras poco o nada. Eran los años en que la literatura latinoamericana no había sido tomada en cuenta. De haberse escrito unos años después, habría pertenecido a la generación del Boom y quizá su suerte habría sido distinta, pero en 1957 la literatura estadounidense gozaba de una salud y de un prestigio internacional. No hacía mucho se le había otorgado el Premio Nobel de Literatura a Ernest Hemingway y el Pulitzer a William Faulkner. Ese era el escenario que un libro como el de Rodolfo Walsh necesitaba.
A nueve años después de publicado Operación masacre, en 1966, el escritor estadounidense Truman Capote publicó A sangre fría, el relato estremecedor del cuádruple homicidio en la familia Clutter. El caso fue leído por toda la nación americana en todos los periódicos que hicieron eco de la nota, pero fue Capote quien viajó hasta allá para documentar de primera mano los hechos ocurridos la noche del 14 de noviembre en Kansas. A sangre fría se convirtó muy pronto en un fenómeno de ventas mundial y hasta la fecha sigue siendo, junto con Helter Skelter de Vincent Bugliosi, los dos libros de True Crime más vendidos de la historia.
Rodolfo Walsh y Truman Capote son pues los responsables de haber creado uno de los géneros literarios que más interés han despertado en los lectores de todo el mundo. Escritores de toda talla han intentado meterse a resolver crímenes y han tomado una de las dos rutas que marcaron el escritor argentino y el estadounidense: el del periodista que está presente en la narración y hace preguntas y duda o el del narrador omnisciente que por momentos parece saberlo todo. Carrère, Cercas, Jablonka, Rivera Garza, de Vigan, de Gregorio, Grann, son algunos de los nombres de los y la autoras que han escrito sobre crímenes reales y que nos han estremecido.
En México no somos ajenos a este tipo de forma de hacer literatura. En 2018 el libro Una novela criminal de Jorge Volpi, fue merecedora del XXI Premio de Novela Alfaguara. En este libro Volpi reconstruye todo lo concerniente al caso de Florence Cassez e Israel Vallarta, acusados de secuestro y crimen organizado. De una forma descarnada, se nos presentan los alcances y la profundidad de la corrupción del sistema de justicia mexicano.

A esta tradición se suma El caso Cumbres, de Javier Munguía.
Publicado por Aguilar, El caso Cumbres viene a sumar y a vertir un poco de luz y de calma sobre los hechos ocurridos en Monterrey el 2 de marzo de 2006, hace 18 años. Hechos ensombrecidos por el tiempo, por la desinformación y por la malicia. Javier Munguía, escritor sonorense nacido en 1983, avanza y retrocede sobre los testimonios, sobre la evidencia, sobre las versiones y digresiones. Es cuidadoso. Sabe que camina sobre suelo resbaladizo y que es fácil tropezar: repetir lo ya tantas veces dicho, caer en la tentación de lo fácil, de lo inmediato, de lo vulgar.
Como Emmanuel Carrère, asume su participación dentro del libro y nos cuenta cómo se fue conformando, primero la idea y luego las dificultades para reconstruir un relato envuelto en el ruido. La evidencia, mucha inaccesible y otra poco fiable ¿alcanzaba para verdaderamente saber qué había pasado esa madrugada?
Dividido en cuatro partes, El caso cumbres reconstruye momento a momento cada una de las etapas que conformaron la historia. En la primera parte (Al descubierto) entramos en un relato coral, donde escuchamos cada uno de los testimonios de todas las personas involucradas desde la llamada de ayuda a la policía, hasta la detención de Diego Santoy.

En la segunda parte (Tanta oscuridad) entramos en el laberinto de las versiones, de la niebla y la duda: la verdad enfrentada a la ficción. En esto, como en todo, la mejor narrativa domina y la idea de un asesino solitario movido por el egoísmo y los celos, se rinde ante la idea del thriller, la conspiración que implica la sexualidad expuesta.
En la tercera (El juicio) recorremos un camino espinoso que se bifurca: el juicio penal en contra de Diego Santoy y el juicio mediático en contra de Erika Peña Coss. Al final (Ni otra tierra ni otro mar) nos quedamos con el ruido y la furia.
Debo decirlo: me encanta como Javier Munguía desmonta la poca seriedad, la torpeza, la nula sensibilidad y la falta de ética periodística de quienes han tomado el caso de Diego Santoy, empezando por los pedestres de José Antonio Badía y demás conspiranoicos como Saskia Niño de Rivera, sin dejar de lado a otros Youtubers que se han querido meter al tema.
Y es que esto se volvió una cinta de Moebius: ninguno de ellos busca fuera de las fronteras de la plataforma, luego lo único que han hecho es jugar todos al teléfono descompuesto con la misma información. Aquí es donde El caso Cumbres destaca: jamás se aleja de la información verificable y, sobre todo, acusa una virtud que nadie ha mostrado: escuchar a las víctimas.
Munguía, al igual que lo hace Cristina Rivera Garza en El invencible verano de Liliana e Iván Jablonka en Laëtitia o el fin de los hombres, se esfuerza por devolverle la voz a las víctimas: empatiza con ellas: cuenta su historia: las deja contar su historia.
Escrito con un ritmo frenético y al filo del vértigo, El caso Cumbres es un libro poderoso que mantiene al lector alerta y lo hace cuestionarse todo lo que sabe, lo hace cuestionarse qué debe pasar en una sociedad, para mostrar empatía siempre con los asesinos y nunca con las víctimas, da ejemplos cabales de esto. Pero, paradójicamente, si el libro se desliza sobre una pista de alta velocidad en su prosa, el efecto que provoca es el de la calma. No sólo da seriedad al tema y lo deja de tratar como si fuera un podcast en busca de audiencia. Si algo le interesa a Munguía es encontrar la verdad, encontrar el hilo que une cada uno de los puntos, encontrar lo que queda de cierto en ese mar picado.











