Cohn y Duprat

RESEÑA | Gastón Duprat y su crítica al establishment cultural

Gastón Duprat junto a Mariano Cohn han escrito, producido y dirigido un par de películas y series que satirizan las ideas y los comportamientos de la comunidad artística, académica e intelectual. Nadie se les ha escapado: literatos, arquitectos, directores de cine y actores, periodistas, gestores culturales, artistas y demás han sucumbido ante la mirada crítica de los argentinos. En este texto, me permito reseñar parte de su filmografía que se puede ver en plataformas de streming como Amazon Prime y Disney +.

Ciudad de México, 15 de noviembre (MaremotoM).- El artista (2008) es una película centrada en la relación entre un enfermero y un viejo pintor, el primero le roba su arte al segundo para venderlo en una galería de prestigio. Las pretensiones de la comunidad artística y el público esnobista dan pie a situaciones chistosas en inauguraciones, bohemias y un ambiente falso de intelectualidad. Por ejemplo, cuando un hombre le interpreta una pintura a su acompañante, citando de manera presuntuosa a una serie de artistas y estudiosos del campo.

Los robos y plagios en el mundo del arte son más comunes de lo que se piensa, cuántos escritores, pintores, músicos y similares, habrán pasado por dichas situaciones. El artista en busca de reconocimiento para poder vivir de sus creaciones rara vez lo logra, sin embargo, tiempo después sus libros, pinturas, canciones logran el éxito en manos de otra persona. Es triste que existan personas adelantas a su época.

La película más conocida se llama El ciudadano ilustre (2016), protagonizada por Oscar Martínez (el actor fetiche de este par) en su caracterización como Daniel Mantovani, un escritor argentino galardonado con el Nobel de Literatura que regresa a su pueblo para recibir una medalla. La idea que invade al escritor por saber que ya vivió lo mejor y un bloqueo que le impide redactar su próxima obra, jugarán en contra para prestarse a la voluntad de personas que le echan en cara las similitudes entre historias familiares y su producción literaria.

Europeo por adopción, se siente ajeno a las calles que lo vieron crecer y en donde se encontrará con amistades de la infancia y su primer amor; también con la burocracia que se refugia en un centro cultural, quien ejerce la autoridad en sus decisiones como proclamar al ganador de un concurso de pintura en aras del nepotismo y la solemnidad falsa en discursos. Esta película me recuerda dos refranes: “Nadie es profeta en su tierra” y “Pueblo chico, infierno grande”.

Competencia oficial (2021) es una película que cuenta con la participación de actores reconocidos como Penélope Cruz y Antonio Banderas, precisamente porque juega con el arquetipo de estrella de cine. La historia empieza cuando un empresario se pregunta qué hacer con su fortuna. No quiere algo típico como un edificio o un puente, por lo que decide dar un presupuesto cuantioso para la filmación de un proyecto que le dará inmortalidad.

Oscar Martínez representa al actor veterano forjado en el teatro, mientras que Antonio Banderas representa al influencer con una agenda progresista que gana millones por sus papeles clichés. Por una parte, el viejo arrastra el estudio y la experiencia, que poco importa al espectador hoy en día. Por otra parte, el joven que sube fotografías a Instagram y carece de talento, es premiado con la ovación. La rivalidad entre los dos actores termina en tragedia, no es raro que el ego contribuya o perjudique a la creación artística.

Por último y el trabajo más reciente de la dupla argentina, es una serie titulada Bellas Artes (2024), una crítica monstruosa a todo lo que está mal en el mundo de la cultura. Al avanzar los episodios, conocemos las peripecias de Antonio Dumas (Oscar Martínez), director de un museo de arte contemporáneo en Madrid, ante la ineptitud de funcionarios, la corrupción institucional y la arrogancia de los artistas.

Capítulos que nos permiten ver el performance de una mujer que agrede a los visitantes, la estafa por parte de una fundación que conecta millonarios con instituciones necesitadas, la exposición de bodegones sin técnica pintados por el padrino de la Ministra de Cultura, la discriminación hacia un obrero que camina por el museo, el engaño de un hombre que se hace pasar por mujer para exhibir su obra ante las políticas de igualdad de género, en fin, el acontecer cultural en nuestros días.

En suma, la filmografía de Duprat y Cohn se burla de los actores y la narrativa que predominan en el mundillo cultural. En Latinoamérica (especialmente) solemos ponerlos en un pedestal por el simple hecho de leer o escribir, de actuar o dirigir, de pintar o hacer algo relacionado al arte. En los filmes se les retrata como simples mortales, mostrando sus preocupaciones, vicios y torpezas.

La cultura como bien de consumo en nuestros tiempos, hace que la mayoría de los artistas quieran dinero (no sustento) y fama (no reconocimiento) a través de propuestas y creaciones fáciles de entender que puedan mantenerse en tendencia digital; consecuentemente, caemos en la banalización de las artes como lo argumenta Mario Vargas Llosa en su ensayo La civilización del espectáculo (2012): “La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción”.

El hartazgo que exponen Duprat y Cohn provoca que se exploren alternativas contraculturales y se preste poca atención a instituciones oficiales con sus artistas preocupados por todo, menos por la creación libre en beneficio del ser humano. Entre más pasan los días, podemos observar proyectos comunitarios encargados de promover actividades culturales en espacios públicos, alejados de la burocracia, los intelectuales convertidos en funcionarios y la faramalla.

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