Me parece que cuando leemos algo que nos conmueve de tal manera, es como si nos permitiéramos mirar la herida de nuevo. Entender por qué está ahí y saber que, a pesar de ella, hemos seguido adelante. Por eso la literatura es importante, no sólo para saber de otras vidas, sino para volver a nuestros pasos y recuerdos. Abrazarlos porque en ese momento, nadie nos abrazó.
Ciudad de México, 4 de julio (MaremotoM).- A mí, los contenidos audiovisuales nunca me hacen llorar. Ni en series como cuando en E.R., a la doctora Kerry Weaver le mataron a su esposa y casi le quitaban sus suegros al hijo que tuvo con la sexy bombera.
Tampoco cuando en la película Los puentes de Madison Francesca no pudo bajarse de la camioneta para vivir el amor al lado de su fotógrafo y en cambio tuvo que quedarse para ser ama de casa, esposa y madre. Sí sentí un nudo en la garganta cuando Woody, Buzz, Rex, Cara de Papa, Jesse, Hank y demás amigos por poco son derretidos en la tercera entrega de Toy Story, pero nada de lágrimas.
En cuanto a libros, tampoco me había pasado. Lo más cerca que estuve fue con La señora Dalloway, de Virginia Woolf y ese momento en que la protagonista siente la abrumadora fuerza de la soledad y de la posibilidad de la muerte. Pero hace una semana, esta situación cambió al leer La última noche en el Club del Telégrafo, de Malinda Lo.
La trama de esa novela puede sonar sencilla. Una joven chinoamericana de 17 años se enamora de su compañera de escuela en un Estados Unidos inmerso en los problemas sociales e ideológicos de la posguerra, es decir, la década de los cincuentas del siglo pasado. Sin embargo, esta sencillez permite que Malinda, escritora estadounidense, se permita describir y explorar ambientes y personajes con un ritmo lento pero interesante. A través de Lily, caminamos por el barrio chino de San Francisco. Nos adentramos a los hogares de esas familias y nos sentamos a la mesa para compartir los alimentos típicos y las costumbres que les han permitido camuflajearse como medida de supervivencia, para así evitar la deportación y las sospechas de comunismo.

También, este viaje nos lleva al Club del Telégrafo, ese bar que en una primera mirada es como cualquier otro, pero que una vez que los turistas se van, todas las mujeres ahí congregadas dejan de actuar para mostrarse como son: lesbianas que viven y aman bajo el cobijo de este Club. Todas ellas enamoradas de Tommy, la drag king o bien queriendo ser ella o él.
Pero la escena que en mi caso desacomodó todo aquello que según estaba ya sanado fue cuando Lily, después de confesarle a su madre que ella es como esas mujeres que asisten al Club del Telégrafo, debe regresar a casa y enfrentar la vida una vez que esas palabras salen de nuestras bocas. Porque después de eso, no hay marcha atrás, no hay manera de volver a ser quien eras previo a ese momento. Y es entonces que no sólo tú, sino los demás, deben convivir con el hecho de que eres una mujer lesbiana (en este caso). Sin embargo, lo que Malinda Lo logra con este libro, es transmitir esos silencios que son más duros que las propias palabras. Narra con toda precisión las miradas o, más bien, cómo se evitan las miradas que confirman lo dicho. Quién ha pasado por esa situación, podrá entender a lo que me refiero.
Me parece que cuando leemos algo que nos conmueve de tal manera, es como si nos permitiéramos mirar la herida de nuevo. Entender por qué está ahí y saber que, a pesar de ella, hemos seguido adelante. Por eso la literatura es importante, no sólo para saber de otras vidas, sino para volver a nuestros pasos y recuerdos. Abrazarlos porque en ese momento, nadie nos abrazó.











