Rigoberta Menchú habla desde la memoria y esa memoria hoy enlaza a Coyoacán con México. La feria se convierte en un territorio donde la esperanza se mueve, se comparte, se escribe. Así lo entendió ella. Así lo celebran quienes hacen posible la FILCO. Así parece comenzar una historia que seguirá creciendo.
Ciudad de México, 25 de noviembre (MaremotoM).— La Feria Internacional del Libro de Coyoacán (FILCO) encontró este año una de sus presencias más luminosas en la Dra. Rigoberta Menchú Tum. Su mensaje, enviado como miembro emérita del Consejo Cultura Continua en Movimiento, se convirtió de inmediato en un acto de cercanía y también de dirección: un llamado a creer en las nuevas generaciones que sostienen y renuevan la vida cultural de México.
La Nobel de la Paz habló desde una serenidad que no atenúa la fuerza de sus palabras. “Somos parte de unas huellas tan profundas, podemos involucrar a muchos corazones, a muchos apoyos, para que lo que soñamos desde Coyoacán para México siga brillando”. Esa frase condensó el espíritu que impulsa a la FILCO: una feria pensada desde la comunidad y para la comunidad, sostenida por voluntades jóvenes que trabajan desde la convicción de que la cultura no es un adorno, sino un tejido vivo.

La escritora y defensora de derechos humanos subrayó la importancia de abrir espacio a quienes empiezan. Habló de la juventud que integra la FILCO como un motor capaz de sostener la memoria sin repetirla, capaz de proyectar futuro sin renunciar al origen. Su visión de la continuidad —el pasado que ilumina el presente, el presente que siembra el porvenir— encontró eco inmediato en las dinámicas que la feria ha puesto en marcha desde su primera edición.
La figura de Rigoberta Menchú resulta central en este acompañamiento. Su vida ha estado marcada por la defensa de los pueblos originarios, la justicia social, la dignidad de las mujeres y la construcción de la paz. El Premio Nobel de la Paz que recibió en 1992 convirtió su voz en un referente universal. El Premio Princesa de Asturias la situó también como una intelectual fundamental para comprender las luchas latinoamericanas y su dimensión humana. Esa trayectoria no ha estado desligada de la cultura, sino al contrario: ha encontrado en los libros, en la educación y en la transmisión de la palabra una vía para transformar realidades.
La FILCO escucha y recoge esa enseñanza. Su consejo cultural la reconoce no solo como símbolo, sino como guía ética. “La cultura enlaza el pasado, el presente y el futuro, y en esa continuidad encontramos identidad, fuerza y propósito”, recordó Menchú. El mensaje coincidió con un momento clave para la feria: el fortalecimiento de sus actividades comunitarias, el desarrollo de talleres con públicos jóvenes y la consolidación de espacios donde los barrios de Coyoacán pueden dialogar con escritores nacionales e internacionales.

Una feria del libro nace siempre de una cadena de gestos humanos: una casa que abre la puerta, una escuela que presta su patio, un grupo de jóvenes que coordina lecturas y foros, un barrio que acompaña. El gesto de Rigoberta Menchú se sumó a ese movimiento. Su respaldo confirmó que la FILCO no es solamente un encuentro editorial, sino un proyecto cultural de fondo que busca involucrar a más voces, más manos, más historias.
La estatura internacional de Menchú no le impide ver en las nuevas generaciones un punto de partida, no un relevo. Su mensaje reconoce que la cultura es un camino que se transita juntos. La FILCO y su director, Gerardo Valenzuela, responden a ese llamado desde la práctica cotidiana: crear comunidad, abrir espacios, escuchar, dialogar, sostener la palabra de otros.
Rigoberta Menchú habla desde la memoria y esa memoria hoy enlaza a Coyoacán con México. La feria se convierte en un territorio donde la esperanza se mueve, se comparte, se escribe. Así lo entendió ella. Así lo celebran quienes hacen posible la FILCO. Así parece comenzar una historia que seguirá creciendo.











