El responsable de la composición y supervisión musical de la película de Scorsese fue su viejo cómplice Robbie Robertson, quien murió el 9 de agosto de 2023 a sus ochenta años recién cumplidos, por lo que no pudo ver la cinta terminada.
Ciudad de México, 16 de enero (MaremotoM).- Admiré a Canned Heat: estuvieron en Woodstock, eran de la California hippie y tenían de baterista a Fito de la Parra, mexicano que junto con Carlos Santana era nuestro más grande orgullo rockero en gringolandia.
Las revistas musicales mexicanas de la época -escritas por jóvenes muy jóvenes, en general entusiastas pero de dudosa calidad- afirmaban que Fito era “el mejor baterista del mundo” y los chavos lectores de la década de los 70 repetíamos la frase. Tocaban algo derivado del blues que ellos denominaban booguie, hacían improvisaciones larguísimas e hipnóticas, grabaron un album doble con John Lee Hooker y, además de Fito, contaban con un par de personajes peculiares: uno gordo y gigantesco a quien nombraban el oso, de barba y cabello muy largos, que muchas veces actuaba sin camisa y dejaba ver las sinuosidades de su físico, tenía una voz imponente y en ocasiones tocaba la armónica. Se llamaba Bob Hite y se murió a los treintayocho años de un infarto. Se dice que el corazón se le detuvo por accidente luego de que se metió por la nariz heroína pura creyéndola coca.
El otro era lo contrario: frágil, de anteojos y con una voz meliflua que sin embargo cautivaba. De hecho un par de los éxitos más conocidos del grupo eran entonados con esa voz: On the Road Again y Going Up the Country (por cierto ambas recreaciones de viejos temas de blues). Le llamaban blind owl y era multiinstrumentista: armónica, guitarra, canto y creo que hasta piano. Murió muy joven, a los veintisiete, pero no es frecuente que lo incluyan en el clubdelosveintisiete junto a aquellos jóvenes músicos que murieron trágicamente a esa edad. Hasta se podría decir que Alan Wilson -ese era su nombre- inauguró ese club pues murió dos semanas antes que Jimi Hendrix. Hay misterios alrededor de su muerte: que pudo haber sido suicidio pues ingirió barbitúricos en cantidad considerable, que padecía depresión. Quienes lo conocieron o trabajaron con él afirmaban que era un genio hipersensible.
En el grupo alternaron un par de buenos guitarristas bluseros, Henry Vestine y Harvey Mandel y un bajista contundente que años más tarde tocó y grabó largamente con Tom Waits, Larry Taylor, apodado en aquellos años the mole.
Me acordé de ellos luego de ver Killers of the Flower Moon, la película de Martin Scorsese. En algún momento de la cinta suena una canción que, luego me enteré, se llama “Bull Doze Blues“ interpretada por su creador, el viejo bluesman Henry Thomas y que es parecidísima a Going Up The Country. Pues sí, Alan Wilson la tomó, le puso otra letra y la cantó a su modo, una práctica usual en aquellos finales de los años sesenta -recordemos a Led Zeppelin tomando piezas de Willie Dixon o Howling Wolf, situación que terminó hasta en tribunales-.
El responsable de la composición y supervisión musical de la película de Scorsese fue su viejo cómplice Robbie Robertson, quien murió el 9 de agosto de 2023 a sus ochenta años recién cumplidos, por lo que no pudo ver la cinta terminada. En este caso está más que justificada la elección de Robbie en los créditos: la película, con sus casi tres horas y media de duración, trata de una comunidad de la etnia Osage, en la Oklahoma de entreguerras, que se ha convertido en la más rica de Estados Unidos por el petróleo que mana de sus tierras, lo cual despierta la ambición de un hombre blanco (personificado por Robert De Niro) que, en complicidad con un pusilánime sobrino (Leonardo Di Caprio), quiere apoderarse del dinero y la herencia de las familias del pueblo a través de actos ilícitos y truculentos, así como de brutales asesinatos. Es un retrato realista y crítico, con trasfondo político, de una época de la norteamérica racista y codiciosa que parece no haberse ido. La música de Robertson -y las canciones que eligió para complementar la cinta- está impregnada de country, blues rural y de un aire étnico y misterioso relacionado con la cultura de los nativos americanos, una especie de sello en algunos discos del compositor, y que proviene de sus antecedentes:
La madre de Robbie Robertson, de ascendencia mohawk, creció en una reserva india, la Six Nations Reserve. El pequeño Robbie visitaba con frecuencia la reserva y ahí aprendió a tocar la guitarra. Robbie había nacido en 1943, en Toronto, Canadá, pero desarrolló su carrera musical en Estados Unidos pues a los dieciséis años, inquieto como era, emprendió camino al sur, llegó hasta el delta del Mississippi donde se integró como guitarrista a la banda de rockabilly del loco Ronnie Hawkins y ahí conoció al joven baterista Levon Helm quien habría de ser su hermano musical. Se toparon con Bob Dylan que emprendía su propia ruptura: de ser un trovador folk se convertía en rockero eléctrico. Los shows con Dylan solían ser una pesadilla: fans puritanos que pagaban el boleto solamente para abuchear a Bob, lanzarle objetos al escenario e impedir que terminara sus canciones. Estaban furiosos de que su ídolo se hubiera electrificado y convertido al rock. Pero algo bueno salió de aquello: surgió The Band, el grupo que habría de ser el gran proyecto de Robbie Robertson y cuyo nombre lo decía todo: una banda, sin liderazgos notables. Claro, el compositor principal era Robbie y acaso quien impulsó al grupo a ser lo que fue, pero en plena época hippie aquello parecía más una comuna: vivían juntos en una casa de campo en Woodstock -¡en Woodstock!- donde ensayaban, componían, comían, se drogaban y dormían. Todo en comunidad.
The Band no se conformaba con tener un buen cantante sino tres: las voces excepcionales del baterista Levon Helm, el bajista Rick Danko y el pianista Richard Manuel. Todos, además, formidables multiinstrumentistas que, junto a otro tecladista -Garth Hudson quien también tocaba el sax- y a la guitarra de Robertson, conformaron una de las agrupaciones más entrañables de eso que se podría llamar country rock aunque el membrete no le haga justicia a la peculiar mezcla musical que lograban juntos. Aquello era sin duda muy vital y tenía una honestidad que aún desarma.
Robbie Robertson se mudó al sol de California, a Malibú, por sugerencia del productor David Geffen. Ahí se reunió de nuevo con The Band, ahí volvieron a colaborar con Dylan, hicieron giras y grabaron algunos discos memorables. Pero la magia del grupo pareció menguar, lo que llevó a Robertson a proponer un cierre digno: The Last Waltz, el mítico concierto realizado en el Winterland Ballroom el día de acción de gracias de 1976, con montones de invitados (Dylan, Muddy Waters, Van Morrison, Neil Diamond, Dr. John, Mavis Staples, Ringo Starr, Joni Mitchell y Neil Young, entre otros) y que terminó siendo una gloriosa película filmada por un jovencísimo Martin Scorsese. Luego la relación con el director se convirtió en complicidad cinematográfica.
Robbie participó como músico en célebres películas como Ragging Bull, The King of Comedy, The Colour of Money y siguió colaborando con Martin y otros directores como supervisor musical y productor en varios importantes proyectos que ya forman parte de lo mejor de la historia del cine norteamericano: Casino, Gangs of New York, Shutter Island, The Wolf of Wall Street, Silence, The Irishman y la ya mencionada cuyo estreno fue en octubre de 2023, Killers of the Flower Moon.
El trabajo personal de Robbie Robertson como compositor quedó plasmado en discos que lo muestran en una faceta muy distinta a la desarrollada en The Band, explorando su propia voz profunda que antes no aparecía en The Band y arropado por recursos en el estudio de grabación, atmósferas, guitarras efectistas, un sonido más denso y menos crudo que el de sus proyectos anteriores. Sus discos como solista, muy apreciables, acaso no hayan sido tan influyentes como sus grabaciones con Dylan o con The Band, pero son testimonio de sus búsquedas particulares: Robbie Robertson (1987), Storyville (1991), How to Become Clairvoyant (2011) y Sinematic (2019), además de un par de grabaciones que exploran el mundo musical de los nativos americanos y canadienses: Music for the Native Americans (1994) y Contact from The Underworld or Red Boy (1998).
Robbie Robertson recibió en vida numerosos reconocimientos por su trabajo e influencia. Un artista notable que, muy jovencito, emprendió el camino sin retorno hacia el sur sin saber lo que le esperaba, con ganas de aprender y el estuche de su guitarra como único equipaje.
Y claro, fue él quien eligió Bull Doze Blues y muchas otras canciones que conforman el soundtrack de Killers of the Flower Moon (con intérpretes como el propio Henry Thomas, The Carter Family, Mamie Smiths & Her Jazz Hounds, Emmett Miller & His Georgia Crackers, Long “Cleve” Reed, Vince Giordano and Nighthawks, Blind Willie Johnson y varios más).
Aquí hay una playlist donde se puede escuchar:











