Sus cuentos me recuerdan a los cuentos de Saer, cuando la empleada de una mueblería dejaba su diario íntimo en un viejo sillón de segunda mano. O las historias de Cheever donde un nadador hacía un mapa real que podría llevar a la imaginación: el periplo de las piscinas nos dice algo de una ciudad sin paradero.
Guadalajara, Jal 8 de diciembre (MaremotoM).- Yo soñaba con esto. Hacía garabatos en el techo para imaginarme una mesa como esta, donde estaría presentando un libro de Fabio Morábito.
Los sueños que se convierten en materia les tira la ciña, andan de acá para allá con los zapatos de tacón torcidos, son fantasmas que sólo acceden a la pasión narcisista de una persona, digamos que los sueños -realizados- desacostumbran al poco aplauso, no tienen ningún brillo.
Pero hete aquí -mientras pienso que aconsejo a los alumnos jamás empezar una oración con pero- que soñar con eso y que eso se produzca, a veces tiene la sangre helada de un hecho estampado en una fotografía.
Soy la protagonista de esa imagen, mientras Fabio Morábito está a mi lado. Me han convocado para hablar de Jardín de noche -un libro fantástico, me comenta mi colega Carlos Olivares- y empiezo a pensar que antes pasó que hubo un libro de Fabio Morábito, que yo no presentaba, que había salido poco antes de la Feria del Libro y que era delicioso.
Creo que sus libros son como los de Julio Cortázar: me recuerdan a unos estantes de biblioteca, hay dos hermanas, una le da a otra un bombón envenenado y la sangre no llega al río porque alguien giró el rostro para la derecha y una pluma se posó sobre el hombro de un hombre con saco azul.
O me recuerdan a los cuentos de Saer, cuando la empleada de una mueblería dejaba su diario íntimo en un viejo sillón de segunda mano. O las historias de Cheever donde un nadador hacía un mapa real que podría llevar a la imaginación: el periplo de las piscinas nos dice algo de una ciudad sin paradero.

Era un sueño presentar a Fabio Morábito y algunos de sus libros que salen siempre a fin de año, que se agotan antes de las fiestas y que con poca promoción y mucha avidez contenida, allí van sus lectores a compensar la falta de esas historias siniestras, pero que nunca traspasan el abismo; un poco miserables, aunque con el color de la gris formalidad.
Lo que no era un sueño era establecer aquí, al lado de Fabio Morábito, que él es sin duda uno de los mejores escritores mexicanos contemporáneos. Que es egipcio. Que vivió su niñez en Italia. Que su lengua madre es el italiano. Que escribió precisamente hace unos pocos años El idioma materno, donde entre otras cosas dejó asentada su traición a un idioma que no lo identifica y la opción por el español, su lengua adoptada más legítima, más dolorosa. A lo mejor no es eso, pero pienso mucho en Rodolfo Wilcock, que se fue como yo a la treintena de su país de origen y él abandonó la lengua materna y comenzó a escribir unos poemas amorosos, sublimes, en italiano.
“La lengua en la que escribes es la verdadera patria”, dijo hace unas semanas al hablar de Jardín de noche. Hay que decirlo: Fabio escribe también poemas. No en italiano. Sí en español.
Escribió uno sobre los dientes, que me recuerda a Nabokov, a Martin Amis, a Roberto Bolaño:
¿Qué importa más: un diente o un poema?
¿Es peor perder un buen poema o perder un diente?
¿Aceptarías perder un diente
por cada buen poema que escribes?
¿Llevarías tan lejos tu amor por los poemas?
Imagina el estado de tu boca,
engullendo sin sabor, casi sin masticar,
la comida,
y no poder besar ni reír.
Pero es más deprimente que escribas
como un desdentado,
con versos que no muerden.
Como los dientes, que trabajan en común
pero duelen solos,
que no haya una palabra de tus versos
que no sepa a lo que escribas,
ni un verso que, escogido a ciegas,
no venga apalabrado.
Escribió también El lector a domicilio y alguna vez me quedé atolondrada después de leer A cada cual su cielo (“escribo prosa mientras junto valor para los versos”, todavía lo recuerdo). Tradujo a Eugenio Montale, uno de mis poetas favoritos. Fue uno de los primeros en ser entrevistado para maremotom.com, una mañana en que terminamos hablando de tenis, en donde le expresé mi amor visceral por Novak Djokovic.
Yo tomo Gin Tonic, pero no tengo un jardín. Soy una mujer sola y a veces sueño con presentar un libro de Fabio Morábito, pero antes lloro. Leo esos cuentos perfectos que empiezan todo con la misma frase y entonces caigo en la cuenta de que su lenguaje, el propio de él, es literario. No entiendo el idioma que usa si antes no me quito las máscaras, los gestos altisonantes, las muecas absurdas. ¿Podré presentar Jardín de noche, editado por Sexto Piso, que dice que su autor es un long seller, que digo yo que una vez el fallecido Luis Alberto Spinetta le hizo un juicio a Sony donde le pedía 100 mil dólares (qué suma pobre, diríamos ahora) porque él vendía todos los días un disco?
La vida es rápida. La velocidad nos vuelve indiferentes. Hay un agujero oscuro en el jardín de noche donde ando escondida, preguntándome qué tendría que decir yo de un libro de Fabio Morábito.
Por lo pronto, coincido con Olivares: es un libro fantástico. La otra, desde que llegué a México soy un poco una acosadora de Fabio Morábito. Leo cada uno de sus libros con una voluntad precisa: me va a gustar, me va a hacer pensar algo en un tema inédito, voy a relacionar este libro con otros suyos, voy a caer en la cuenta de que es uno de los escritores que más me interesa. En el medio de tanto ruido, de tantas sirenas narrando una historia sin mieles, escucharé y leeré siempre a Fabio Morábito. No es mal plan.











