En Expo Guadalajara, las flores ya están aquí. Barcelona ha puesto plaza, libros y música; Guadalajara ha vuelto a abrir sus puertas a las lenguas y a las voces del mundo. Entre la barbarie que Malouf describe y la primavera literaria que promete el lema, la FIL vuelve a ser, por unos días, ese lugar improbable donde la lectura todavía se defiende como la forma más obstinada de esperanza.
Guadalajara, Jalisco, 29 de noviembre (MaremotoM).- Al final del otoño, como lo prometía el lema, vendrán las flores. Antes de las flores llegaron las palabras: largos discursos, nombres propios de medio mundo, un Salón Juan Rulfo lleno hasta el último asiento y esa sensación de que, por nueve días, Guadalajara vuelve a ser una ciudad construida con libros.
La 39 Feria Internacional del Libro quedó inaugurada con Barcelona como invitada de honor y con Amin Malouf como conciencia lúcida del presente. Afuera, en Expo Guadalajara, los 34 mil metros cuadrados ya están tomados por sellos de más de 60 países. Adentro, en el presidium, se cruzan rectores, alcaldes, gobernadores, Nobel de la Paz y de Química, editores, diplomáticos y una directora de feria que recuerda, con un nudo en la voz, a su presidente fundador.

La primera en hablar fue Carla Planter, rectora general de la Universidad de Guadalajara, que recordó que la FIL nació el 28 de noviembre de 1987 y que, casi cuatro décadas después, sigue siendo “un logro de la sociedad jalisciense, una manifestación de su fortaleza cultural y su identidad histórica”. Definió a la feria como “zona de puertas abiertas a la pluralidad”, un lugar donde caben todas las perspectivas y donde el diálogo en libertad todavía se defiende como un valor y no como un lujo.
En un momento en que el mundo parece inclinarse hacia el grito, la rectora reivindicó ese acto silencioso y radical que es leer: “La escritura y la lectura son el acto de civilidad por antonomasia”. Citó a Octavio Paz para decir que la FIL hace contemporáneos “de todos los hombres y de todas las mujeres” a quienes cruzan sus pasillos. Sin nombrarla del todo, dibujó la sombra de la barbarie: la polarización, el odio entre naciones y grupos, la pérdida del juicio moral. Ante eso, dijo, la respuesta sigue siendo la misma: pensar, leer, escribir.

Luego tomó la palabra José Trinidad Padilla, presidente de la FIL y convirtió la ceremonia en una defensa frontal del libro en tiempos de algoritmos. Recordó a Raúl Padilla López, el hombre que imaginó esta feria cuando era apenas un proyecto universitario y jugó con la idea de que algunas ciudades se construyen con piedra y otras con libros. Barcelona, dijo, es de las segundas; Guadalajara, durante estos días, también.
Su discurso giró alrededor de una idea: el libro como trinchera. En un mundo dominado por la inmediatez, donde la consigna sustituye a la reflexión, Padilla sostuvo que la lectura “es la trinchera de lo incómodo”, el espacio donde el pensamiento se atreve a formular preguntas aunque no gusten, aunque incomoden al mercado o a las redes sociales. Advirtió sobre nuevas formas de censura —la autocensura temerosa, el linchamiento digital, la corrección convertida en silenciamiento— y lanzó una frase que resonó en el Salón Juan Rulfo: “La inteligencia artificial puede reproducir formas, pero no puede sentir el temblor de una verdad”.
En un gesto que también mira al futuro, anunció la donación de la biblioteca personal de Juan José Arreola a la Universidad de Guadalajara. No se trata sólo de conservar libros, dijo, sino de preservar “latidos de papel, semillas de eternidad”.

Marisol Schultz, directora general de la FIL, tomó el micrófono y bajó la solemnidad hacia el territorio concreto de la feria: los profesionales del libro, las 3 mil actividades en nueve días, los 18 mil agentes de la cadena editorial que se darán cita en Guadalajara. Recordó la presencia de premios Nobel como Venky Ramakrishnan, habló de FIL Ciencia, FIL Pensamiento, del Salón del Cómic, de Libros al Gusto, de los homenajes a Gonzalo Celorio, Fernanda Trías, Jorge Luján, Yolanda Zamora, Elena Ospina, Benedetta Tagliabue.
El corazón de su discurso estuvo en dos nombres: Barcelona y Raúl Padilla López. De Barcelona dijo que “vino con todo”: escritores, músicos, artistas plásticos, editores, cine, gastronomía, espectáculos. De Padilla afirmó que, aunque murió en 2023, “su espíritu y su presencia siguen con nosotros” y pidió, casi en confidencia, que no se olvide que esta gigantesca maquinaria cultural nació del empeño de un universitario que creyó que una feria podía cambiar la relación de una ciudad con los libros.
Después llegó el turno del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni y la ceremonia se llenó de acentos catalanes. Barcelona, dijo, cumple un sueño al ser invitada de honor de la FIL. Reivindicó a su ciudad como capital editorial —“el 80 por ciento de la producción literaria de España se edita en Barcelona”— y lanzó una declaración que sonó a programa político y cultural: en tiempos de inteligencia artificial y amenaza a los derechos de autor, Barcelona quiere “erigirse en guardiana del mundo de los libros”.
Su discurso fue un puente trazado con nombres: Cervantes viendo en una puerta el cartel “Aquí se imprimen libros”; el boom latinoamericano instalado en Barcelona de la mano de Carlos Barral y Carmen Balcells; García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes; los exiliados catalanes que encontraron en México un refugio para su lengua. “En México salvamos nuestras palabras”, dijo, recordando que fue aquí donde se editaron cientos de títulos en catalán cuando la dictadura franquista intentaba borrar esa lengua del mapa.
En medio de los agradecimientos, dejó caer una imagen sencilla: la visita al mercado de San Juan de Dios, una torta servida tras la barra, una birria caliente, un rap improvisado en honor a Barcelona. En esa escena, confesó, entendió que Guadalajara vive “en un permanente estado de primavera emocional”. Bajo el lema “Vendrán las flores”, Barcelona se presentó como una ciudad que quiere seguir siendo puente entre Europa y América Latina.
El momento más esperado de la ceremonia llegó con la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances a Amin Malouf. Jorge Volpi leyó una larga semblanza que recorrió Samarcanda, León el Africano, Identidades asesinas, El naufragio de las civilizaciones y dibujó al escritor franco-libanés como un narrador del mestizaje y un humanista que lleva décadas advirtiendo sobre los peligros de las identidades estrechas y excluyentes.
Malouf, con su tono suave y firme, habló de fascinación y de miedo. Dijo que vivimos “una época desconcertante, incluso aterradora”, pero también “la más fascinante que la humanidad haya vivido desde los albores de la historia”. Repasó los avances tecnológicos que hubieran parecido magia cuando él era joven —conversar cara a cara con alguien al otro lado del planeta, acceder a todo el conocimiento desde una pantalla— y los contrapuso a una regresión moral: el retorno de la guerra, la fragilidad de la democracia, el retroceso del universalismo, la ley del más fuerte imponiéndose sobre el derecho internacional.
La diferencia, explicó, es brutal: la ciencia avanza por su propia lógica, un descubrimiento lleva a otro, nada de lo inventado será desinventado. Las mentalidades, en cambio, no avanzan solas; pueden estancarse, desviarse, retroceder. Donde antes hablaba de “desfase” entre progreso técnico y progreso moral, ahora ve una brecha que se agranda a ritmo de vértigo.
Por eso situó a la literatura en el centro de su propuesta. En el siglo XXI, dijo, la literatura tiene al menos tres misiones: hacernos conscientes de la complejidad del mundo; recordarnos que nuestro destino es común —“o sobrevivimos juntos o desaparecemos juntos”— y arrojar luz sobre los valores esenciales de la dignidad, la libertad, el respeto mutuo. “La literatura es hoy más indispensable que en ninguna otra época”, afirmó. Reparar el presente e imaginar el futuro: en eso, según Malouf, consiste el trabajo de los libros.
Antes del corte de listón, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, tomó la palabra en representación de la presidenta Claudia Sheinbaum. Hizo algo inusual: entregó el primer certificado oficial a un proceso, no a un producto, reconociendo a la FIL como un motor cultural hecho en México y para el mundo. Volvió sobre Malouf y sobre Las cruzadas vistas por los árabes, ligó aquella mirada a la conquista de México y definió a la feria como “un gran evento cultural de libertad en un mundo donde la barbarie se asoma todos los días”. Su cierre fue casi un brindis político: “Que viva la libertad, que viva la democracia, que viva el futuro de todas y de todos”.
El gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, remató la ceremonia con un discurso que mezcló la FIL, la educación y la política local. Anunció una red estatal de hospitales escuela en colaboración con la Universidad de Guadalajara, reivindicó la necesidad de más música, ciencia, tecnología y menos ideología en las aulas, y pidió un tributo público a Raúl Padilla López. Después, pronunció la fórmula esperada: a las 13:21 horas del 29 de noviembre declaró formalmente inaugurada la 39 Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Al salir del Salón Juan Rulfo, mientras el presidium se acomodaba para el corte del listón, la voz institucional repitió el spot que lleva semanas circulando: “Vendrán las páginas, las palabras, las ideas. Desde lejos vendrán quienes leen y también quienes escriben. Vendrán quienes cruzan el océano con un libro entre sus manos”.
En Expo Guadalajara, las flores ya están aquí. Barcelona ha puesto plaza, libros y música; Guadalajara ha vuelto a abrir sus puertas a las lenguas y a las voces del mundo. Entre la barbarie que Malouf describe y la primavera literaria que promete el lema, la FIL vuelve a ser, por unos días, ese lugar improbable donde la lectura todavía se defiende como la forma más obstinada de esperanza.











