Nosotros dos en la tormenta (Alfaguara) transcurre en 1975, un año antes de que en Argentina se diera un Golpe de Estado y comenzara a manifestarse la cruel Dictadura, encabezada por el asesino Jorge Rafael Videla.
Ciudad de México, 29 de agosto (MaremotoM).- El nuevo libro (la séptima novela), del autor argentino Eduardo Sacheri, tiene la historia que parece recién resuelta o al menos contenida en nuestra mente y hay sobre todo muchos prejuicios, muchos silencios y muchas posturas políticas.
Nosotros dos en la tormenta (Alfaguara) transcurre en 1975, un año antes de que en Argentina se diera un Golpe de Estado y comenzara a manifestarse la cruel Dictadura, encabezada por el asesino Jorge Rafael Videla.
Lo que Sacheri cuenta el día a día de dos militantes, de dos células, de sus acciones violentas y de aquellos que se ven afectados por estas: las víctimas y sus familias, pero también los seres queridos de los propios guerrilleros. Es la historia del entusiasmo y las dudas, del arrojo y la rivalidad, del encandilamiento que provoca fijar la vista sin descanso en un sol brillante e imperioso, de la dinámica enloquecida de una época turbulenta, donde el tiempo jugará en contra de todos y le abrirá camino al poder de la muerte.
Sacheri tiene siempre ese modo de relatar científico y poco dado a opiniones extremas. Pareciera ser que su modo de adentrarse en la historia es como la de un investigador que no tiene ninguna teoría al respecto. Probablemente algo muy bueno para la historia, aunque un poco escaso para la literatura.
En Nosotros dos en la tormenta, la reciente historia argentina cobra un cierto carácter de manga, como si los protagonistas fueran dos personajes animados y lleva al lector a encarar lo pasado como si lo leyera en un Billiken.
No sé qué pasará con los nuevos lectores. Para quienes hemos vivido esa historia, con la vocación equivocada pero heroica de Los Montoneros y del PRT/ERP, la anécdota se queda chica, esbozada en el romance y en cierta derrota anticipada.
Lo que es verdadero, es el modo en que se relacionan los guerrilleros, la ignorancia que tenían de lo que pasaba “afuera” y, por supuesto, la carnicería que pasó después, nuestro Holocausto, del que aún no nos curamos.
–Te has metido con la historia argentina reciente. Hace ya 40 años de la dictadura argentina
–Sí, casi 50.
–La falta de contacto con el pueblo, alejó a los guerrilleros de la victoria
–Yo creo que muy al principio, en realidad son unos pocos años, es una historia vertiginosa, tanto lo de los montoneros como los del erp. En el 70, la dictadura de Onganía, esos chicos eran vistos con mucha más simpatía. Se los veía como un elemento que podía acelerar el regreso de la democracia, el regreso de Perón, una democracia sin prescripciones, etcétera. En su programa político eran mucho más ambiciosos, pero desde afuera de las organizaciones no se detectaba eso. Eso se pone mucho más de manifiesto en el sistema democrático, a Montoneros le cuesta mucho resolver su dilema con Perón. El ERP siguió con su plan de siempre. El divorcio entre las mayorías y las organizaciones guerrilleras ya estaba planteado antes de que iniciara la dictadura. Cuando detectan esa falta de comunicación, ellos piensan somos la vanguardia, ya nos van a entender. Lo que nunca le faltó fue su voluntad extraordinaria. Cuando miras sus documentos, sus memorias, estaban convencidos de que era ese el camino.
–También hay un quiebre personal en esos payasos que iban a entretener a la gente pobre y cómo se manejaba la guerrilla, que era por cierto de clase media
–Son clase media educada, el colegio secundario y la universidad son sus lugares de reclutamiento y está la paradoja generacional también, porque sus padres son profundamente antiperonistas.

–¿Hay muchas cosas que no se pueden hablar antes del Golpe?
–En Argentina es un tema incómodo. ¿Por qué? Entiendo que la Dictadura Militar haya sido a partir de la atrocidad de su despliegue, haya sido un imán para atraer el interés de la historia, de la literatura, de la documentación, al mismo tiempo esa especie de succión por buscar una imagen temática despobló la imagen anterior y la imagen posterior. Del gobierno Cámpora / Isabel Perón López Rega, como el del gobierno de Alfonsín. Se trabajó mucho menos sobre esos hechos. En la conversación cotidiana, en el afuera, eso no pasó. El año pasado salió Argentina 1985, que aunque trata los crímenes de la Dictadura, transcurre en el gobierno de Alfonsín. Y fue una excepción.
–Bueno, a mí no me gustó para nada Argentina 1985…
–Yo no puedo hablar porque los que la hicieron son todos amigos míos.
–No me parece que tu libro proclame la teoría de los dos demonios, pero me parece que hay una crisis y que la señalas, que es el peronismo en la política argentina
–Esta es mi novela más política. Estos personajes son políticos. Sus acciones tienen que ver con la esfera del poder y de lo público. Me interesaba mucho escribirlo, pero no quería bajar línea. No quiero que el que lea esta novela sienta que le estoy indicando que aquellos fueron buenos o malos. Creo un escenario por donde entres por donde quieras y salgas por donde quieras. La novela tiene un montón de puntos de vista. Es muy coral, tiene más de 10 personajes. Me parece que nos debemos hablar de estos temas con profundidad y respeto. Cuando hablas con tu gente, no se pone en juego lo del respeto. Parte del entripado que tenemos en la Argentina, es que cada uno va al pasado para sacar de ahí un par de herramientas, para pegarnos mazazos en el presente.
–Tu novela sale en tiempos de elecciones, estamos a punto de que gane Patricia Bullrich, una persona para mí nefasta
–Eso corre por tu cuenta. Yo en una entrevista no voy a discutir de política. El peronismo y antiperonismo es una cuestión abierta en la Argentina.

–Una de las cosas que me llama la atención de la novela es la relación que existe entre la guerrilla, una relación militar, muy violenta
–Me pasé muchos años estudiando documentos, hablando con guerrilleros, es una combinación entre trabajo documental con trabajo de entrevistas. Cuando presento la novela, no los juzgo, los describo. Desde la perspectiva de ellos es que la única manera de atacar al capitalismo es con violencia. Era la visión en la que ellos se plantaban. Las acciones del ERP eran destinadas a copar cuarteles. Se sentían interpelados a desafiar a las Fuerzas Armadas del Estado. Para el ERP, Perón siempre fue una figura conservadora, de derechas, que iba a traicionarlos tarde o temprano, mientras que Montoneros decía que si el pueblo está con Perón, nosotros también.
–¿Qué leíste para esta novela?
–Un montón de trabajos académicos sobre la historia argentina. Habitualmente no leo ficción cuando estoy investigando.
–¿Cuál fue la motivación?
–Es la Argentina en la que yo me crié, en el año 75, cuando yo tenía 8 años. En mi casa se conversaba mucho de política, se satisfacía la curiosidad de nosotros, en el barrio mis amigos y yo vivíamos en un mundo donde esto era una realidad palpable. Me parece que es interesante los distintos momentos de la Argentina reciente. La Guerra de Malvinas, por ejemplo, se ha hablado poco. Vale la pena intentar contar desde la ficción tratando de borrar esa cautela, esa previsión.











