En México, colectivos como Cuerpos Sin-Vergüenzas y profesionales como Ana Arizmendi han ganado terreno en la discusión pública. En Argentina, la Ley de Talles y las campañas contra la gordofobia han visibilizado el problema. En Estados Unidos y Europa, la crítica al modelo tradicional de “dieta eterna” ya ocupa espacios en universidades y medios masivos.
Ciudad de México, 2 de septiembre.– Durante décadas, la industria de las dietas se presentó como la única vía para alcanzar la “salud” y la “figura ideal”. Sin embargo, cada vez más profesionales de la nutrición, la psicología y la salud pública levantan la voz para cuestionar ese paradigma que, lejos de generar bienestar, reproduce culpa, frustración y discriminación corporal.
“Las dietas no funcionan para bajar de peso a largo plazo”, sostiene la nutrióloga mexicana Raquel Lobatón, una de las principales referentes en América Latina del movimiento Body Positive y de la alimentación intuitiva. Autora de Tu peso no es el problema.

No está sola. Desde hace años, expertas como Evelyn Tribole y Elyse Resch –creadoras del concepto de Intuitive Eating en Estados Unidos–, así como la canadiense Christy Harrison y la argentina Magalí Cerda, entre muchas otras, han denunciado que la cultura de las dietas se sostiene en un negocio multimillonario más preocupado por perpetuar estándares estéticos que por atender la salud real de las personas.
“A veces el espejo deja de ser un reflejo y se convierte en un juez”, explica Lobatón en sus conferencias y libros. Ese juicio cotidiano se traduce en frases como “lo hice bien” o “lo hice mal”, dependiendo de lo que alguien comió, de si fue al gimnasio o de si la balanza marcó menos gramos que el día anterior. La cultura de la dieta, según esta corriente crítica, condiciona el valor personal al tamaño del cuerpo, desconectando a las personas de sus señales internas de hambre, saciedad y placer.

Frente a este modelo restrictivo, Lobatón y otras especialistas proponen un giro radical: aprender a cuidarse desde el respeto y no desde el castigo. Eso significa dejar de “ganarse” el derecho a descansar, comer o sentirse valioso y empezar a ejercerlo como parte de la dignidad cotidiana.
Una tendencia global
El lema “Al diablo las dietas” no es solo un grito provocador: refleja un cambio cultural. En redes sociales, en consultas clínicas y en programas de formación se multiplican los enfoques que buscan soltar la culpa, reconectar con las señales del cuerpo y desmontar la idea de que la salud depende exclusivamente del peso.
En México, colectivos como Cuerpos Sin-Vergüenzas y profesionales como Ana Arizmendi han ganado terreno en la discusión pública. En Argentina, la Ley de Talles y las campañas contra la gordofobia han visibilizado el problema. En Estados Unidos y Europa, la crítica al modelo tradicional de “dieta eterna” ya ocupa espacios en universidades y medios masivos.
¡Al diablo las dietas! propone herramientas para soltar la culpa, reconectar con el hambre y la saciedad y romper con la lógica punitiva del control del cuerpo. Se trata de un enfoque educativo que busca devolver autonomía a las personas y desmontar la noción de que hay que vivir “a dieta” para merecer respeto o reconocimiento.
“El capitalismo de la dieta necesita que fracasemos para que volvamos a intentarlo una y otra vez”, advierte Christy Harrison en su libro Anti-Diet. De ahí que, más que una moda pasajera, el rechazo a las dietas restrictivas esté convirtiéndose en un movimiento político, de salud y de derechos humanos.











