Alejandro Paniagua

ALEJANDRO PANIAGUA, UNA CIUDAD HERIDA, UNA VOZ EN PRIMERA LÍNEA

Paniagua escribe con un oído que recoge la calle y una honestidad que no se esconde. En estos poemas la ciudad respira con dificultad y el poeta decide acompañarla sin gesto heroico. Mira, nombra y no aparta la vista. Esa es la apuesta.

Ciudad de México, 30 de septiembre (MaremotoM).- El escritor mexicano presenta También fui la fosa común de mi materia (Dogma Editorial), un libro de poemas escrito a lo largo de seis o siete años que mira la Ciudad de México desde sus horas más oscuras y habla desde los cuerpos que la habitan. “A veces me pongo en la piel de otro y hablo en primera persona para que la experiencia sea más vívida”, dice.

En su novela anterior Nadie duerme en el mundo (Textofilia) el viaje era hacia adentro: enfermedades, obsesiones, el pulso íntimo del dolor. En su nuevo libro Alejandro Paniagua voltea la cámara hacia la calle. El poema sobre los niños que inhalan pegamento es registro y herida. La ciudad aparece con su costra nocturna y una ternura que se permite llamar por su nombre a lo que duele.

“Llevo mucho tiempo entristecido. No hablo de un estado de ánimo, hablo de una enfermedad. Desde los seis o siete años siento esa devastación que me acompaña como sombra”, cuenta. La depresión atraviesa el libro como corriente subterránea, sin patetismo. “Trato de no entregarme al abismo. Celebro la vida y busco cierta paz. La literatura ayuda y lastima. Es fármaco y también veneno”.

El volumen nació sin prisa. Paniagua reunió poemas dispersos hasta que el editor Iván Cruz Osorio le pidió material para dictaminar. “Le gustó mucho y lo publicó. Llegó como un pequeño milagro”, dice. El título fue hallazgo del editor: un verso del propio libro convertido en frontispicio. “Soy malísimo con los títulos. Este me encantó por desafiante”.

Un poeta que mira a los otros

La decisión de narrar en primera persona experiencias ajenas no es capricho. Es una estrategia de cercanía. “Quise que la observación fuera más intensa. Hay voces que piden hablar desde adentro”, explica. De ahí la presencia de niños en riesgo, habitantes de la periferia, figuras que el centro suele ignorar.

El ánimo general es sombrío aunque no rendido. “El libro tiene devastación y también amor por lo vivo. Esa tensión es mía”, reconoce.

Alejandro Paniagua
“No espero una venta abrumadora. Aspiro a la alegría de tener el libro en las manos y compartirlo”. Foto: Cortesía

Oficio y espinas

Paniagua no romantiza la carrera literaria. “Me ha costado trabajo publicar. La he sufrido. También me dio grandes alegrías y algunos éxitos. Las dos cosas conviven”. Por eso mira con sentido práctico la recepción de la poesía. “No espero una venta abrumadora. Aspiro a la alegría de tener el libro en las manos y compartirlo”.

Sobre la polémica por apoyos estatales a creadores propone cambiar el eje. “Esto evidencia la falta de apoyos y la desigualdad. En vez de pelearnos entre nosotros deberíamos organizarnos. Hace falta gremio y unión. La discusión tendría que presionar a las instituciones”.

Aunque la poesía suele arrastrar el mito de lo minoritario, Paniagua reconoce un público que lo entusiasma. “Me dicen que este libro dialoga bien con lectores jóvenes. Me emociona. En presentaciones y charlas se acercan y compran el libro. Ojalá les llegue”.

Alejandro Paniagua
Editó Dogma. Foto: Cortesía

Entre lecturas y presentaciones el autor trabaja en una nueva novela: “Es una versión psicodélica de los trabajos de Hércules. Hércules es una mujer migrante que cruza un territorio hostil y enfrenta monstruos que son criaturas míticas y recuerdos de su propia vida. Puede leerse como delirio o como realidad”.

Paniagua escribe con un oído que recoge la calle y una honestidad que no se esconde. En estos poemas la ciudad respira con dificultad y el poeta decide acompañarla sin gesto heroico. Mira, nombra y no aparta la vista. Esa es la apuesta.

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