La contradicción es brutal: Londres se presenta como capital de la democracia, pero persigue y borra murales que señalan la hipocresía del poder político y económico. ¿Libertad de expresión? Sí, pero solo para quienes no cuestionan los cimientos de un sistema que sigue beneficiando a unos pocos.
Ciudad de México, 12 de (MaremotoM).- Banksy ha sido desde sus inicios un artista incómodo, un grafitero anónimo que convirtió las calles en lienzo para incomodar al poder, ironizar sobre la sociedad de consumo y denunciar injusticias. Y justamente por eso, Inglaterra —el país que lo vio nacer y que suele proclamarse paladín de la libertad de expresión— ha recurrido a la censura contra su obra.
La contradicción es brutal: Londres se presenta como capital de la democracia, pero persigue y borra murales que señalan la hipocresía del poder político y económico. ¿Libertad de expresión? Sí, pero solo para quienes no cuestionan los cimientos de un sistema que sigue beneficiando a unos pocos.

Arte bajo sospecha
No es casual que mientras el Reino Unido ha sido tibio frente al genocidio en Gaza —al punto de declarar terrorista a una organización que defiende a Palestina—, las piezas de Banksy que solidarizan con los pueblos oprimidos sean vigiladas, borradas o retiradas de los muros. El país que exporta “valores democráticos” no duda en controlar los mensajes de un artista que incomoda con su sencillez: una rata, un niño, una enfermera convertida en superheroína.

El contraste es aún más fuerte cuando se recuerda que Banksy nunca ha hecho del mercado ni de la fama su bandera. Ha rehuido de subastas millonarias y del star system artístico. Su objetivo siempre fue otro: poner un espejo frente al poder, ya sea al ejército, a la monarquía o a la indiferencia occidental frente al dolor de los otros.
Algunas de sus piezas más polémicas y censuradas en el Reino Unido incluyen:
“Bomb Hugger” (2003): una niña abrazando una bomba, metáfora de la naturalización de la guerra.
“Napalm” (2004): la icónica foto de la niña vietnamita bañada en napalm, flanqueada esta vez por Mickey Mouse y Ronald McDonald.
“Slave Labour” (2012): un niño cosiendo banderas británicas del jubileo, mural que fue arrancado de un muro en Londres y enviado a subasta en Miami.
“Game Changer” (2020): la enfermera superheroína en tiempos de pandemia, celebrada en hospitales pero posteriormente enmarcada y retirada del espacio público, quitándole fuerza a su mensaje original.
Cada borrado, cada cobertura de láminas de plástico transparente, cada intento de arrancar sus murales de las calles confirma lo mismo: su obra es peligrosa porque interpela a la sociedad británica y desnuda sus contradicciones.
La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿libertad en dónde, para quién, para quiénes? Inglaterra censura a Banksy mientras protege el anonimato de banqueros, respalda guerras en Medio Oriente y criminaliza a quienes alzan la voz en defensa de Palestina. La censura, en este caso, no es un accidente, sino un síntoma.
Banksy, con su anonimato y su ironía corrosiva, sigue demostrando que el arte, cuando es verdadero, no se domestica. Y que la censura, más que silenciarlo, lo confirma como una de las conciencias más agudas de nuestra época.











