El libro de Pablito Wilson es, entre otras cosas, una invitación a hacer ese movimiento. A dejar por un rato la nostalgia por el rock de antes, por la pureza perdida y entrar a una discoteca llena de contradicciones, de patriarcado, de negocios sucios, pero también de gestos políticos, de alianzas, de voces nuevas. Una discoteca donde, si nos animamos a mirar con atención, también se están decidiendo pedazos del futuro latinoamericano.
Ciudad de México, 23 de noviembre (MaremotoM).- Cuando abrí el Zoom y vi a Pablito Wilson del otro lado, le dije lo primero que me salía del cuerpo: que el reggaetón, para gente de mi generación, suele ser casi un enemigo. Uno se crió peleando por el rock, por la canción de autor, por la armonía y la melodía, como si eso fuera un territorio moral. Pablito sonrió, no se ofendió en absoluto y, de hecho, aprovechó la palabra para desmontarla de inmediato.
“Es muy fuerte decir enemigo”, me respondió. “Con todo lo que tenemos por delante: gobiernos oportunistas, políticos que viven del dolor de la gente… odiar bandas existiendo tanto banquero, como dicen Los Petit Fellas, es rarísimo.”
En ese contraste comienza su libro Reggaetón. Una revolución latina, un ensayo que se propone pensar el reggaetón con rigor histórico y sociológico, pero también con entusiasmo: desde las raíces jamaicanas y africanas, pasando por Panamá y Puerto Rico, hasta el trap, el pop urbano, Argentina, Colombia y la escena española. Un mapa de la música urbana “por excelencia” que, a fuerza de bailes, escándalos, perreo y negocios, se ha convertido en el nuevo pop del mundo.
Lo que me interesa del libro, y de la conversación con Wilson, es que no se coloca en el lugar clásico del rockero dolido que denuncia “la muerte de la música”, mientras mira de reojo a Bad Bunny o Karol G. Él viene de esa tradición, admira a Fito Páez y a Charly García, sabe que en la Argentina hubo un rock que fue central también para formar conciencia política, pero en vez de atrincherarse, se pregunta qué hay detrás de este fenómeno que hoy domina las plataformas, los charts y los estadios.
Hablamos, inevitablemente, de la sexualidad. Del destape explícito, de las letras, de los videos. Yo le digo que lo siento como un destape machista, no feminista. Él prefiere hablar de destape patriarcal. “El patriarcado toca todo”, dice. “La música de banda mexicana también es patriarcal. Venimos de ahí. Salir de esa estructura es dificilísimo.”

Cuando menciono a las chicas que, siendo feministas, abrazan el reggaetón, Pablito pone el foco en la herramienta: “No sé si el reggaetón es el género ideal para embanderar el empoderamiento, pero es lo que tienen al alcance. Ellas pueden usarlo para sus propios fines. Ese debate le corresponde al feminismo y se viene dando hace años; va a seguir.”
Lo que sí tiene claro es que hay críticas que se le hacen al reggaetón que no son culpa del género en sí, sino de cómo cambió la industria musical. Cuando saco a escena a Fito Páez y su idea del “horror” sonoro, Wilson matiza: la armonía, la melodía, la complejidad no desaparecieron solo porque unos chicos decidieron hacer bases repetitivas. Desaparecieron o se arrinconaron, en un sistema donde las grandes decisiones ya no las toman personas formadas en arte o en cultura, sino inversores que solo hablan “el idioma de los números”.
“Hace años un ejecutivo de Sony me dijo: ‘Estoy orgulloso de muchos artistas que firmamos, pero a Japón solo le puedo hablar en cifras’”, cuenta Pablo. La crisis del mp3, la entrada de actores ajenos al mundo artístico, el reinado del streaming: todo eso aplastó los matices. Claro, ahí el reggaetón se adaptó mejor que nadie.
Tampoco es un detalle menor que el negocio hoy pase por plataformas como Spotify, a las que empiezan a cuestionar cada vez más los propios músicos. Le recuerdo la decisión de 162 grupos vascos de salirse de la plataforma, no solo por la pauperización de los artistas sino por su vínculo con Israel. Pablito asiente, pero vuelve a separar las cosas: una cosa es la estructura empresarial y otra, el género. El problema, dice, no es Karol G ni Peso Pluma: “El problema es que no haya espacio para todo lo demás”.

En este punto aparece una idea que cruza todo el libro: la política no está solo en las letras o en los posicionamientos partidarios, sino en cómo se construyen escenas, se abren puertas, se reparten oportunidades. Wilson reivindica, por ejemplo, la forma en que J Balvin ha tendido la mano a artistas emergentes: “Es incontable la cantidad de músicos que se volvieron mundiales después de una canción con él. Que un tipo con ese lugar elija usarlo para subir a otros es, para mí, un acto político”.
Lo mismo piensa de buena parte de la movida urbana argentina, cuando comenzó a explotar hace unos años: traperos que podían haberse quedado cada uno en su metro cuadrado y, sin embargo, se sentaron a hablar, a calmar rivalidades, a entender que “esto es más grande que nosotros”. Lo político aparece, entonces, en la decisión cotidiana de ayudar o no ayudar, de compartir o no compartir, mucho más que en un tuit sobre tal candidato.
Ahí, por supuesto, aparece Bad Bunny. Durante mucho tiempo lo miré con desconfianza, lo confieso. No era un artista que me entusiasmara, pero la pandemia, sus declaraciones contra Trump, la crítica a la gentrificación de Puerto Rico, el modo en que convirtió una plena en un número uno mundial, cambiaron el panorama. Pablito Wilson lo tiene clarísimo: “Para mí Bad Bunny está a punto de protagonizar el acto musical más importante hoy. No solo por él o por su disco, sino por la coyuntura mundial y por lo protegido que está ahora lo latino. El Super Bowl puede ser un acontecimiento histórico”.

Hablamos de reggaetón y política, sí, pero también de hip hop, de trap, de Estados Unidos. De la diferencia entre un Kendrick Lamar, que piensa la música como arte y desafío y un Drake, más ligado a la fiesta y a la melodía pegajosa. Pablo se entusiasma con la coyuntura actual, en la que la “tiraera” entre ambos se volvió una discusión sobre qué tipo de artista queremos que domine el mainstream. “Kendrick es una estrella fugaz que aparece cada 3.000 años”, dice. “Es la prueba de que todavía pueden existir excepciones luminosas dentro de la industria.”
En paralelo, el libro reconstruye la historia del reggaetón con un cuidado que no suele estar presente en las diatribas de café. Panamá, la diáspora caribeña, Jamaica, África, el underground puertorriqueño, Tego Calderón, la explosión de Daddy Yankee con “Gasolina”, el paso de “música de barrio” a fenómeno global. Cuando le pregunto por el lugar de Puerto Rico en este relato, no duda: “Es esencial. Ahí es donde el género encuentra su forma, donde se arma el movimiento. Hoy podemos hablar de reggaetón colombiano, de estrellas gigantes, pero ningún colombiano va a ir por encima de lo que hicieron los puertorriqueños. Ni artista ni fanático”.
La conversación deriva, inevitablemente, hacia Argentina. Hablamos de cómo el reggaetón llegó de la mano del trap, del RKT y de ese híbrido extraño entre cumbia y urbano que empezó a llenar fiestas. Pablo Londra como pionero de ese cruce, Duki como trapero que visita el reggaetón cuando quiere, la figura inclasificable de Tini, por más que a veces queramos encajarla en una sola casilla. Sobre todo, hablamos de Wos, de Cazzu.

Cazzu, en particular, se vuelve un ejemplo perfecto de cómo los géneros se desdibujan. “Sería injusto llamarla reggaetonera”, dice Pablo. “Es pop urbano y hace lo que se le canta. Me recuerda la trilogía de discos que la consolidó como una de las voces más interesantes de la región: Una niña inútil, en plena pandemia, inspirado en la poesía de Alfonsina Storni; Nena trampa, ya mucho más metido en el reggaetón y Latinaj como uno de los mejores álbumes urbanos de 2025. ¿Cómo la catalogás?”, se pregunta. Lo mismo pasa con Paco Amoroso, con Catriel. A las audiencias jóvenes ya no les importa tanto el género. Siguen a las personas.”
En medio de este panorama de cruces y desbordes, los fundamentos de la perreología funciona como una puerta de entrada. No es una enciclopedia, insiste el autor, ni pretende agotar el tema. Reggaetón es un libro armado a partir de unos ejes —las calles, el sexo, el papel de la mujer, la industria— y de alrededor de setenta entrevistas, más un archivo de declaraciones que los artistas han ido dejando en podcasts, revistas, charlas. J Balvin, Daddy Yankee, Don Omar, María Becerra, Yandel, Farruko, Ozuna, entre muchos otros, van apareciendo en diálogo, a veces citados por Wilson, a veces hablando largo y tendido.

Le pregunto por el público, porque me da la impresión de que el libro sirve tanto para los “chicos de ahora” como para la gente de mi generación que quiere entender de qué va todo esto que llena estadios y playlists. Él prefiere no romantizar: en términos de marketing, dice, hay que aceptar que el video domina la escena, que las nuevas generaciones consumen información de otras maneras. “Yo tengo 40 años, pero mis lectores principales son de entre 20 y 30. Me esfuerzo porque el libro sea amable, porque se sienta cercano en el lenguaje, porque use expresiones que ellos usan. El próximo quiero que sea todavía más directo.”
Los reguetoneros, hasta ahora, han reaccionado con respeto. Muchos agradecidos de verse nombrados, de sentir que alguien se tomó el trabajo de reconstruir su historia. La editora española le hizo llegar el libro a J Balvin. Pablo se lo entregó en mano a Farruko, a Yandel, a María Becerra. “A María le emocionó mucho”, cuenta. “Es fuerte ver que algo que escribiste dialoga con la vida de gente que mueve millones de personas.”
Antes de despedirnos, vuelvo al origen de la charla: ¿cómo se hace para dejar de pensar al reggaetón como enemigo? Pablo recupera a Enrique Bunbury, a quien entrevistó hace poco. Alguna vez, el ex Héroes del Silencio había hablado de enemigos musicales; hoy, dice, entiende diferente el lugar de la prensa, de los géneros, de las mutaciones. El tiempo baja las armas.
Tal vez la respuesta esté ahí: dejar de pelear contra un género como si fuera un gobierno o un banquero y empezar a preguntarse qué dice de nosotros que el perreo haya llegado donde llegó. Escuchar, discutir, leer. Ir hacia esas músicas que, nos gusten o no, están contando algo de este presente.
El libro de Pablito Wilson es, entre otras cosas, una invitación a hacer ese movimiento. A dejar por un rato la nostalgia por el rock de antes, por la pureza perdida y entrar a una discoteca llena de contradicciones, de patriarcado, de negocios sucios, pero también de gestos políticos, de alianzas, de voces nuevas. Una discoteca donde, si nos animamos a mirar con atención, también se están decidiendo pedazos del futuro latinoamericano.











