Diego Rodríguez

Cuatro poemas de Constelar, de Diego Rodríguez

A la diana. La paleta del autor, es decir la amplitud-altitud de miras que dio nacimiento a este libro, léase, las historias de este libro son detalladas y complejas, la voz que significa Rodríguez mismo, se presenta aquí con una densidad de otros vuelos.

Ciudad de México, 12 de abril (MaremotoM).- Ahora, en que todo pareciera ir más de lo que se va que de lo que se queda, en esa rareza de terreno, para el tráfico de las ideas que queda como humanismo, se da el asentamiento de una voz (desde la literatura, la pintura, el cine, la música, el lenguaje que se quiera), no sólo porque se lo haya venido proponiendo una y otra vez como solución en contra de cualquier anti-programa.

Si bien ya el “mero” decir es rara avis en un desierto en eterna expansión (cuántos Bartlebys han “preferido no hacerlo”, cuántos no han dicho salvo lo que otros les han impuesto o dicho justo lo que otros distintos han querido oír), la aparición continua de una voz debería verse, apenas, como un gesto de empecinamiento. Grado cero. Porque de darse un asentamiento de voz, su postura sobresaliente entre “el concierto de voces” (vaya este inicio de reflexión contra esta idea de suma y meritocracia, una de las peores metáforas fósil que se siguen carcomiendo el intelecto y hasta el genio del pueblo), depende de algo o mucho más. Y, de nuevo, porque pareciera mentira pero es deporte preferido de cierta definición de artista: algo que, lejos de dar por sentado que la persistencia es ya un valor a lucir y cobrar, y reclama, al menos de su emisor, concebir que su tal decir no es (quitemos eso de “debiera ser”), por supuesto, medalla que altere, afecte a ninguna concepción de arte dentro de la sala, desde su gestación, y ya no digamos propagación o recepción, no abonará nunca, nada, al peso específico que quiera engrosar a una voz dada. Dejando a un lado la discusión de que el hacerse del triángulo o los timbales entre un escuadrón sea o no una real y digna estrategia para decir a otro algo del antiguo humanismo de marras y no una beca de autoindulgencia, un salvoconducto garante de aplausos de parte de equis audiencia o ye autoridades de orquestas, quedemos en tal asentamiento como una condición de esas que llaman sine qua non para repercutir realmente en algún canto o proponer otro, lo opuesto y hasta contrario a meramente seguirse presentando y así, en esa perversión autoinmune, diluirse y morir:

Auto-expulsarse de la sala y por qué no hasta autocensurarse, en el tenor de que hay dizque voces dadas y voces sí que arrancadas, unas coronadas de luz y otras coronadas de sombra, para poner esto en juego con Rodolfo Usigli, las que importan como consumación del reto real y verdadero, sobre lo asegunes de cualquier convención, y que son, realmente, un Decir Resentimiento: repliegue y ataque de esa voz contra sí misma y de esa voz “contra” el barullo monocorde, el llano amuse no de su juego interno, sino contra lo que encuentre en otras o en ella en de mode o baladí. Se sepa: sobado, vulgar, la voz de un maniquí.

Diego Rodríguez
Constelar, de Mantarraya Ediciones. Foto: Cortesía

Se recibe con ese talante a Constelar, tercera lanzada al ruedo de la poesía del también músico y chef, Diego Rodríguez. No una estilización, puro refinamiento de sus primeras señas, no una afinación sino afilamiento de sus potencias. A saber: ya sin aferrarse a que ponerse a ver y dolerse, luego escribir sobre de ello armado contra las armas que no siempre existen sea pantomima que otorgue medallas, se vuelca al toro desde una ambición mayor. Más alta. Sabedor de que, para irnos al meollo, igual pesa leer que vivir (los qués están dentro de los cómos), Diego Rodríguez va aquí por zurcir de manera invisible estas supuestas alteridades, sin aterirse por lo que deje como huella esta cruzada, las señas finales que den rostro a los versos de esta su, hasta no leerse, tentativa: decir y hacerlo bien. Hacerlo más hacia la diana que hacia la paja. No es una insensatez, pronto eufórico. En todo caso una energía temporal para pasar un trecho más, no ahogarse en el temporal de la misma escritura, y sabedor de que el resultado será el que se tenga y ello le es inherente a este propósito prendado del querer decir y hacerlo como se es, a sabiendas, pues, que cuesta y pesa lo que es, lo que hay aquí es lo que quedó, es decir, lo que el lector aquí leerá. En otras palabras: lo que quedó del plano de natura molido por la mollera de sus ideas: el asentamiento de su estilo. Lo que quedo es su decir.

Antonio Calera Grobet
Se recibe con ese talante a Constelar, tercera lanzada al ruedo de la poesía del también músico y chef, Diego Rodríguez. El prólogo a cargo de Antonio Calera Grobet. Foto: Cortesía

Sabe por ello Rodríguez, se sabe que lo sabe por lo que nos dice a través de esta entrega, que un hecho de dolor cae más duramente sobre nosotros, en muchas ocasiones, que la alegría, pero que la paz de ciertos atisbos, el amor a ciertas maneras de ver el mundo, nos piden un decir por igual. Iguala de sangres. Nadie gana. Se dice todo. Más exactamente: sabe esta obra que las epifanías vienen blancas y negras y para unas hay que poner el pecho y para otras no hay tiempo que perder, que de seguir en ramillete los “armagedones”, la música de la ternura pudiera ser el único parque para seguir en lo que hasta pareciera una vanguardia histórica por su sufijo: humanismo.

A la diana. La paleta del autor, es decir la amplitud-altitud de miras que dio nacimiento a este libro, léase, las historias de este libro son detalladas y complejas, la voz que significa Rodríguez mismo, se presenta aquí con una densidad de otros vuelos. Se apiñan en estos versos un calor, una salamandra, igual un tecolote de miedo, queda ahí un miedo torero pero boxeador, un ragtime que alcanza lo rocker-punketo, pero siempre un parque por la tarde, un café abierto. Es este paseo resulta así, en una extraña pero entrañable y además gozosa manera, de pasar del couch del coolness a la rabia acendrada contra el montón de pancartas-moralina, cobijarse del sol con los abrigos gruesos de odas-lacrimosa.

Hierve a ratos la sangre en estas páginas, pero nos da luego un buche de agua en tantas otras. Asfixia y luego da un respiro, no llega al punto y aparte sin antes pasarnos por un puente de suspensivos en cuanto a lo que pregunta y responde o deja que nos digamos esta obra. Se siente, eso sí, de comienzo a fin (paseo largo y qué bueno esto), un hambre de voltaje. Y genuinidad su labor minera, su rasgueo en las cuerdas, a las cuerdas el lector a lo largo de este Constelar y su embate: el de una guitarra-mente-eléctrica, hay para temas asteroides, temas planeta. Temas para mover las manos, los pies en polvorosa, meter bien la cabeza.

Sin duda que este Constelar, puerto macizo de caramelo y cianuro, se imbricará en los que se abran a sentir lo suyo como de otro y al revés, vaya que incubará sus huevos entre los hermanos, sobre todo cuando pasen por altas y negras mareas. Seguro que se pondrá en medio de los lectores que no pagan boletos para oír algo menos bello que el silencio, aquellos que buscan el centro del ruedo, los espíritus pares que no van por figurar sino re-percutir, tocar las claves de algún canto, hacer la gesta. Si un novillero se la arma así, no se puede de pronto salir con la batea de babas tan filosófica y extenuante del (ya voy, no dependía de mí, me llevan mis demonios, si por mí hubiera sido, qué se leva a hacer, yo que más hubiera querido), de nuevo perdí.

Hacer libros, corrijo, llevar las ideas del otro, corrijo, de los míos, corrijo, de todos, no se nombra como y, entonces, corrijo, para decirlo mejor. Hacer libros es hacer pasar la luz de las ideas de todos, todos nosotros, y eso lo vio el mero Dios que se quiera y dijo era bueno. Hacer libros, corrijo, es pues no una cosa de lástima sino semilla, cosa coral de un cantar. Miren, están, estamos todos felices porque nos ha traído el destino este libro de poemas. Toca a nuestra puerta, de veras. Aquí, un caldo caliente de poesía en nuestra mesa. ¿Algo más?

Cuatro poemas de Constelar, de Diego Rodríguez

Mantarraya Ediciones
Una salida de Mantarraya Ediciones. Foto: Cortesía

POEMA l

DAÑO Y CURA

 

Tiene derecho a soltar el ruido, todo lo que diga,

puede ser usado a su favor.

Intente domesticar sus ideas para mudarse a la vida

que quiere,

porque no existe la lotería espiritual, al menos

no donde estamos.

Aunque borren las orillas del arrecife y lo recorten

hasta que parezca que se esté ahogando,

siga, siga remando.

Usted que se escapó sin permiso del degradado

de consciencia, para no ser carnada del dolor ajeno,

deje que se desvanezca la trampa de las ideas en línea,

pues su mente no es cuadrada.

No trate de ser salvavidas en la isla de otras mentes,

llenas de otros turistas extemporáneos.

Aprenda del gato que no lleva la cuenta de sus vidfas,

por eso cruza su sonrisa de esa manera.

¿Cuánto cuesta un alma Sr. dealer?

¿21 manchas de pez koi?

¿21 aleteos de colibrí?

¿21 lámparas chinas?

¿21 cantos de ballena?

¿21 caballos de carrusel?

¿21 hojas de maple? (Para usted que a veces pierde los papeles)

¿21 gramos de madera de pintor?

Ya sabe que el pintor pinta lo imperfecto,

porque no hay nada más insoportable,

que soportar un mundo perfecto.

Y lo imperfecto está en inventar su finis terrae,

lo imperfecto está en la resistencia de la piedra tallada,

y lo imperfecto es que el mundo no está a sus pies,

sino que a veces lo pisa.

Lo imperfecto es saber que la valentía no es garantía,

lo imperfecto es usted, lo imperfecto somos todos.

Eso es lo valioso.

 

Inmoraleja:

 

El daño está, en lo que todo el tiempo creyó que era la cura.

POEMA ll

FLORES

Las flores me enseñaron sobre la vida y la muerte.

De ellas quisiera aprender a conservar la belleza,

como cuando se secan.

¿Sabes? No somos tan distintos de las flores.

De ellas quisiera aprender sobre ser verdad,

sobre habitar el silencio.

¿Qué has logrado en este tiempo?

Pregunta el viento que ha empezado a soplar.

Hay vientos que nos tiran pero volvemos,

y hay granizadas, como la muerte,

de las que no se vuelve.

En ese mismo ciclo, me pregunto:

¿Cuántas veces moriré para nacer de nuevo?

¿Cuántas luces amarillas, rayos de sol,

entenderán mis raíces y me alzarán hasta respirar?

¿Sabes? No somos tan distintos de las flores.

 

¿Cuándo me arrancarán los pétalos?

Para adivinar amores inciertos.

¿Cuándo caerán las hojas olvidando la gravedad?

Para escribirte una carta, tan solo una hoja,

una hoja en blanco, en garabatos hecha pedazos,

 

Pintar entre los colores una lágrima del néctar,

endulzando tu forma.

Abrirme al mundo despacio, mientras pueda.

Sin espinas tercas, necias, en el tallo de una vida,

que jamás sucedió.

¿Sabes? No somos tan distintos de las flores.

 

POEMA lll

PALABRAS

No hay palabras infalibles, ellas son como la vida,

se hicieron para fallar, el crecimiento está hecho de roturas.

El lobo de la ausencia me caza,

lleva restos de la palabra “futuro” entre los dientes.

 

Me quito la armadura para entregarme a la paz,

aunque no sea mío el triunfo, esa es la verdadera victoria.

Vigilo el vacío por si llega, con esta estúpida manera de olvidar,

que cuando entiendo, sacude el genio cansado, es decir:

TOMAR EL LÁPIZ Y HACERTE POSIBLE

Quiero arrullar mi voluntad donde beben los quetzales,

que las hadas que viven en tu cuerpo ya no se fugen a mi cama.

Esta locura en mi interior está hecha de papel maché, es dura pero

no se rasga, porque tiene una reserva de alegría estudiada.

 

Soy consciente de que si al final todo me da la espalda,

lo recibiré con un lenguaje de jaque mate, con la paciencia barajada,

con el hilo sutil de mi existencia que sólo se lava con promesas.

Promesas que son palabras, palabras que caen desde mi silencio,

silencio a veces plomo amargo, a veces dulce entre mi lengua.

POEMA lV

MEDIODÍA

 

El mediodía es tan indescifrable.

Dicen los aviadores que desde arriba el mundo

se ve ordenado,

así pienso que deberíamos vivir, como si nos

miráramos desde arriba,

a nosotros mismos.

Sobre la colina, una explosión de girasoles, porque

el sol salió a rezar.

¿Cómo te explico que tú también estás en mis oraciones

aunque nunca rezo?

Yo que amo las brújulas sin sur, que amo buscar lo que

no puedo encontrar,

que estanco una gota para que nazcan los peces coloridos

del verano,

pues estoy cansado de con mis manos oscuras, acariciar

dragones dormidos.

 

El vapor del mediodía llega a mí siendo un mensaje

impreciso,

un luciérnaga esperando su propia noche.

Su brillo es excesivo, y mi alma mate.

Subo por escaleras trazadas por un encantador de serpientes,

quizá estando en lo más alto tenga que regresar,

por eso piso con prudencia.

 

Un ángel barre el camino hacia la puerta de mi casa,

se derrama como musa en el altar,

se arrastra sin ganas de volar, pues aún no es su parte del día.

Alzo mis brazos como antena hacia arriba,

intentando captar imágenes que no dejan de cambiar.

 

Mediodía, a veces te desconozco, pero sé que tú me

recuerdas bien,

la esponja de tus nubes pregunta pos mis deseos

irrealizables, deseos animales, vestidos de fuego,

se vuelven remedios.

Cuando me asomo al balcón te agradezco, tu coro de

silencios siempre gana mi guerra contra el desastre

 

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