Hoy cumpliría 65 años. Aunque la muerte intentó clausurar su historia, Maradona sigue siendo un país dentro del país. En sus contradicciones —la gloria y el exceso, el genio y la caída— se resume una Argentina entera.
Ciudad de México, 30 de octubre (MaremotoM).- “Maradona es la casa”, dice la locutora argentina Elizabeth Vernaci. Y tiene razón. Para quienes crecimos con él, todos los recuerdos importantes están marcados por sus gestos: un regate imposible, un insulto contra el poder, una lágrima en la derrota. No hay infancia ni juventud sin Diego.
Hoy cumpliría 65 años. Aunque la muerte intentó clausurar su historia, Maradona sigue siendo un país dentro del país. En sus contradicciones —la gloria y el exceso, el genio y la caída— se resume una Argentina entera.
El mito y la traición
A veces, claro, sus capítulos fueron oscuros. Como aquel Mundial de Estados Unidos en 1994, cuando lo expulsaron tras un control antidoping que todavía muchos recuerdan como una trampa. Detrás del escándalo estaba Humberto Grondona, presidente de la AFA, que había pactado más con el poder que con la camiseta. Maradona, humillado y furioso, entendió ese día que también los dioses pueden ser sacrificados por la política.
Incluso en el exilio, seguía siendo el símbolo de una identidad. Para los argentinos —y para buena parte del mundo— no se trataba solo de fútbol: era una forma de existir.
“No se llama Marandona. El pibe se llama Maradona y hoy debuta”. Foto: Cortesía
El gol del siglo sin su nombre
Hoy el gobierno de Javier Milei, que representa todo lo que Diego detestaba —la soberbia neoliberal, el desprecio por los pobres, la política como espectáculo—, ha decidido acuñar una moneda conmemorativa del “gol del siglo”, ese contra Inglaterra en México 86. En la pieza no figura su nombre. Un gol sin Maradona: una mutilación simbólica, una forma de borrar lo que no se puede borrar.
Es, de alguna manera, la síntesis de este tiempo: celebrar la hazaña y negar al hombre, apropiarse del mito pero vaciarlo de su sentido. Como si el gol lo hubiera hecho otro, como si la historia pudiera reescribirse sin la rebeldía, sin la zurda que humilló a los poderosos.
La moneda conmemorativa en homenaje a él, sin él. Foto: Cortesía
Maradona fue la casa, sí. La casa del pueblo, del barrio, del potrero. En su desmesura caben nuestras alegrías y nuestras miserias. Fue el héroe que nos enseñó que se puede desafiar al destino, aunque después el destino te cobre caro.
Cada año que pasa sin él confirma su inmortalidad. Maradona no es solo un recuerdo: es una forma de mirar el mundo. Aunque los gobiernos cambien, aunque intenten borrar su nombre de las monedas, su sombra sigue ahí, intacta, recordándonos que la dignidad —como el talento— no se compra ni se vende.
Porque Maradona no fue solo un jugador. Fue y es todavía, la casa.