Hace muchos años, en Insurgentes, me encontré con una botarga del caballito de mar de las tortas Hipocampo. Era viernes en la tarde, la gente le aventaba cosas y se burlaba. Afuera era una caricatura simpática, pero adentro había un chico muerto de calor, ganando 50 pesos. Esa dualidad me impresionó mucho.
Ciudad de México, 11 de septiembre (MaremotoM).- 1999 fue un año bisagra. Mientras el mundo miraba al 2000 con una mezcla de vértigo y esperanza, se publicaban libros y discos que hoy se consideran legendarios: Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, Californication, de Red Hot Chili Peppers, Supernatural de Carlos Santana.
La sensación de que todo podía cambiar —y de que había que vivir intensamente el presente— atravesó la cultura.
En ese año, con apenas 21 años, Eduardo Rabasa, escritor y editor de Sexto Piso, situó la trama de su nueva novela El hotel de los corazones rotos (Galaxia Gutenberg), una obra que mezcla iniciación y desmoronamiento, vecindad y soledad, comunidad y desencanto. En esta conversación, Rabasa reflexiona sobre la Ciudad de México de entonces, los submundos urbanos, el peso de la botarga y la disciplina de la escritura.
—Eduardo, El hotel de los corazones rotos se ubica en 1999. ¿Qué significó para ti ese año?
—Tenía justamente 21 años, como el protagonista de la novela. Por eso decidí situarla ahí, porque era la edad con la que yo veía el mundo. Fue un año muy especial: estaba la huelga de la UNAM, que me tocó vivir y había esa sensación de que todo estaba por cambiar. Si uno quisiera ambientar la misma historia en 2025 sería muy distinto: hoy todo pasa por WhatsApp, por el iPhone, por las redes. En 1999 había todavía un aire de inocencia, un idealismo que se ha perdido.

—Hablando de inocencia: tus personajes parecen niños o al menos no del todo maduros. ¿Lo pensaste así?
—Sí, sin duda, sobre todo el protagonista. Algunos me han dicho que es una novela de iniciación y creo que sí, pero al revés. Normalmente una novela de iniciación lleva de la oscuridad a la luz, aquí sucede lo contrario: mientras más descubre el personaje, más se hunde en sí mismo, en su lado oscuro.
—La botarga de Elvis es un símbolo fuerte en la historia. ¿De dónde viene esa imagen?
—Hace muchos años, en Insurgentes, me encontré con una botarga del caballito de mar de las tortas Hipocampo. Era viernes en la tarde, la gente le aventaba cosas y se burlaba. Afuera era una caricatura simpática, pero adentro había un chico muerto de calor, ganando 50 pesos. Esa dualidad me impresionó mucho. En México las botargas son parte del folclore: el Dr. Simi, los chinelos, las máscaras. Esa mezcla de disfraz, carnaval, humor y brutalidad cotidiana fue lo que me llevó a poner una botarga en el centro de la novela.
—También aparece la lucha libre, aunque tú mismo dices que no eras muy aficionado. ¿Por qué incorporarla?
—De niño sí era muy fan, iba a las funciones y vivía las máscaras contra cabelleras. Luego lo dejé, pero me quedó esa idea de la simulación. Sabemos que es mentira, pero la vivimos como verdad. Ese simulacro está muy presente en la novela: el protagonista encuentra en la botarga y en la lucha una especie de llamado, aunque no sea glamoroso como tocar con los Rolling Stones.
—Tus personajes analizan mucho sus actos, a veces con humor y a veces con terror. ¿Fue algo buscado?
—Sí, el protagonista duda de todo. Si actúa, se arrepiente; si no actúa, también. Ese monólogo interno era más importante que la acción. Al principio tenía capítulos en tercera persona, pero Fabio Morábito me dijo que no funcionaba. Reescribí 150 páginas a primera persona y ahí la voz agarró fuerza.
—La Ciudad de México es casi un personaje más. ¿Qué buscaste al retratarla?
—Quise ser lo más preciso posible. Hablo de los bochos verdes, del bar Pedro Infante no ha muerto, de calles y lugares que existían en 1999. En mi primera novela, La suma de los héroes, me cuidé de no poner referencias reales; aquí hice lo contrario. Quería que la ciudad, con toda su crudeza, estuviera presente.
—Decías que 1999 fue un año de explosión artística. ¿Cómo lo vives ahora?
—Con nostalgia y con sorpresa. En ese momento parecía que el mundo iba hacia algo mejor. Hoy, 25 años después, nos damos cuenta de que el mundo es más terrible. Si uno quisiera escribir la misma novela hoy, sería muy difícil mantener ese idealismo.

—¿Cómo es tu disciplina de escritura?
—Escribo muy temprano en la mañana. En la noche no puedo, ya traigo la cabeza llena de pendientes. En la mañana no hay correos ni distracciones. Es mi pacto con el inconsciente, como decía Norman Mailer: si uno se sienta todos los días a escribir, el inconsciente te espera ahí. Para mí la escritura es disciplina, más que inspiración.
—¿Qué lugar ocupa Bolaño en tu escritura? Algunos ven ecos de Los detectives salvajes en tu novela.
—No lo pensé conscientemente, pero me halaga mucho la comparación. Bolaño retrató muy bien los submundos del DF, tomando en serio a personajes que desde fuera parecían delirantes. En eso sí hay un punto de contacto: mi protagonista vive en un entorno delirante, pero con su lógica interna.
—Eres también editor en Sexto Piso. ¿Cómo conviven esas dos facetas?
—Trato de separarlas. No me publico en Sexto Piso, jamás lo haría. No quiero que mis libros salgan por amiguismo o influencias, sino porque se valoren por lo que son. Sí recibimos muchos manuscritos muy buenos, pero tenemos que seleccionar.
—Finalmente: ¿piensas en televisión o cine cuando escribes?
—No, la verdad no. Escribo novelas porque me importan los libros, sus tiempos y sus exigencias. Si algún día alguien quisiera adaptarlas, lo escucharía, pero no es mi objetivo. Quizás porque no vivo de la escritura puedo darme ese lujo: no pienso en lo comercial, pienso en el libro mismo.











