Geney Beltrán

GENEY BELTRÁN: EL VÉRTIGO DEL CAOS Y LA POTENCIA DEL ENSAYO

También reaccionaba al panorama político internacional. Aceptar ese pulso amorfo fue un reto: sé que muchos lectores esperan un libro “redondo”, perfectamente estructurado, pero entendí que el ensayo podía ser otra cosa: un espacio de encuentro, no de cierre.

Ciudad de México, 20 de septiembre (MaremotoM).- El escritor y ensayista mexicano Geney Beltrán (Culiacán, 1976) regresa al centro de la conversación literaria con El vértigo del caos (Almuzara, 2025), un libro que desafía las categorías tradicionales y que se ubica en el territorio de la reflexión híbrida: ensayo, microensayo, aforismo, crítica y vivencia personal. Se trata de un mapa íntimo e intelectual en el que Beltrán explora los vínculos entre literatura, política, poder, paternidad y memoria, siempre con la certeza de que “los gigantes imaginarios son reales”.

El libro marca también un momento especial para Almuzara, editorial española que, bajo nueva dirección, ha ampliado su catálogo hacia títulos que combinan rigor académico con potencia ensayística y que apuestan por voces capaces de pensar nuestro tiempo desde la literatura.

En esta conversación, Beltrán habla de la concepción del libro, de su vocación ensayística, de su relación con Sinaloa y de la certeza de que cada etapa de escritura es, en realidad, un corte de caja vital.

También se refiere al pensamiento que nace dentro de la literatura y tiene alcances políticos y sociales. Reniega de la corriente antiintelectual que ha venido primando en los últimos años.

— Has dicho que todos los gigantes imaginarios son reales. Esa sensación de que la ficción y la realidad se mezclan aparece todo el tiempo en El vértigo del caos. ¿Cómo nació este libro?

—Pues, originalmente yo pensaba que eran dos libros los que se iban armando. Uno era un libro de ensayos más de reflexión literaria. Había dos temas que me interesaban mucho: la representación de la paternidad en varias obras de ficción en Occidente y el tema del poder en relación con la rebeldía, la imaginación, la escritura. Sentía que estaban en cierta forma cercanos, aunque no lo tenía claro, pero mi tendencia es a la dispersión, a la curiosidad saltarina. Lo que me fue quedando claro es que yo no tengo un temple para escribir libros unitarios: tiendo a fragmentar.

—El libro está hecho de notas, fragmentos, incluso aforismos. ¿Cómo fue ese proceso?

—Yo iba escribiendo sin pensar realmente en cómo iban a terminar de acomodarse, siguiendo el impulso de la escritura. Algunas reflexiones parecían residuos de la experiencia, frases mínimas que quedan después de pasar por una situación perpleja o inquietante. También reaccionaba al panorama político internacional. Aceptar ese pulso amorfo fue un reto: sé que muchos lectores esperan un libro “redondo”, perfectamente estructurado, pero entendí que el ensayo podía ser otra cosa: un espacio de encuentro, no de cierre.

Geney Beltrán
Editó Almuzara. Foto: Cortesía

—¿De qué manera influyó tu paternidad en el escrito de este libro?

—Quizá el hecho de ser papá, de convivir a diario con mis hijos, fue para mí un laboratorio emocional muy importante. Eso se tradujo en la escritura. El ensayista suele querer ser muy racional, pero también es alguien que vive emociones y sentimientos, y eso debe estar en el ensayo.

—En el libro hay reflexiones sobre García Márquez, pero también sobre Los Simpson 

—Sí, porque me interesa colocar a la literatura como un mirador de la reflexión. Hay una deriva antiintelectual muy fuerte en el mundo: la literatura reducida a entretenimiento, los lectores vistos como clientes. Yo quiero insistir en que los lectores son interlocutores. Y para eso sirve el ensayo: para recordar que las obras —antiguas o recientes— pueden dialogar con nuestro tiempo.

Juan García Ponce
Geney Beltrán y su nuevo libro. Foto: Cortesía

—También asoma tu relación con Sinaloa, tu lugar de origen. ¿Cómo influye en tu lectura y escritura?

—Muchísimo. Yo viví mi adolescencia en Sinaloa, tuve a Elmer Mendoza como maestro, y a los 16 o 17 años estaba convencido de que si quería ser escritor debía dejar mi estado. Con el tiempo he entendido que la literatura puede escribirse en cualquier parte, pero esa tensión me marcó. Mi relación con Sinaloa es compleja: siempre está ahí, incluso cuando no la nombro.

—¿Qué significa este libro para ti?

—Es un corte de caja. Cierro una etapa de diez años de trabajo ensayístico y abro otra. Tengo otros proyectos en marcha, de ensayo y de ficción, y cada libro es como una mutación personal. El vértigo del caos es, para mí, la ratificación de que el ensayo no tiene la última palabra: apenas abre diálogos posibles.

—Hace años publicaste Adiós, Tomasa, que ha tenido y tiene muchos elogios. ¿Cómo ves hoy esa novela?

—No suelo releerme. Esa novela la siento un poco lejana, como escrita por otro Geney, pero claro que agradezco mucho cuando alguien la recuerda y la recomienda. Supongo que todos mis libros son registros de distintas mutaciones mías, de distintas versiones de mí mismo en el tiempo.

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