Hoy, con Minimosca —publicada en noviembre de 2024— y con la resonancia aún viva de Vivir abajo, Faverón es candidato a la Bienal Mario Vargas Llosa, un espacio que reconoce lo más ambicioso de la narrativa en español.
Ciudad de México, 3 de octubre (MaremotoM).- En el universo literario latinoamericano hay nombres que se construyen con paciencia, como una corriente subterránea que va ganando fuerza hasta salir a la superficie.
Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) es uno de esos escritores. Sus novelas, largas, densas, de aliento total, lo han situado en una tradición donde conviven César Vallejo, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa.
Hoy, con Minimosca —publicada en noviembre de 2024— y con la resonancia aún viva de Vivir abajo, Faverón es candidato a la Bienal Mario Vargas Llosa, un espacio que reconoce lo más ambicioso de la narrativa en español.
“Yo nunca le presto mucha atención al sistema literario”, asegura el escritor. Prefiere mantenerse en editoriales independientes, con un contacto directo con sus editores. Y sin embargo, admite que el reconocimiento llega incluso desde fuera: “Es satisfactorio ver cómo libros publicados en sellos pequeños pueden tener cierta resonancia, aunque el proceso sea más lento”.

La herencia melancólica
Comparado con Roberto Bolaño, Faverón reconoce una cercanía más profunda con César Vallejo: esa mirada que incluso sobre el futuro se tiñe de tristeza. “Vallejo era un marxista convencido, esperanzado en la revolución, pero al mismo tiempo miraba todo con melancolía. Eso me interesa mucho”, explica. En Bolaño, agrega, hay lo mismo: un impulso rebelde, contestatario, acompañado por la sensación de que América Latina contempla sus ruinas antes de tiempo.
Le decimos precisamente que a los dos los une la derrota anticipada. En esa genealogía incluye también a José María Arguedas, otro escritor que, dice, “se entristecía por las derrotas del pasado, pero seguía luchando”.
Aunque Vargas Llosa está en la otra orilla ideológica, Faverón no duda en reconocerle la ambición estética: “Lo que más me influye de él es la idea de la novela total, la posibilidad de reconstruir un mundo entero a través de la ficción. Yo no renuncio a esa aspiración, aunque sea menos optimista sobre lo que se puede lograr”.

El presente apocalíptico
El mundo actual, confiesa, lo percibe cada vez más apocalíptico. “Muchas cosas que creíamos superadas siguen existiendo con otras formas. Ahí la novela conserva un rol histórico: ayuda a entender que el pasado nunca desapareció del todo, solo se transforma”.
En Minimosca retoma obsesiones de Vivir abajo, pero desde una perspectiva más íntima. Lo que comenzó como una serie de relatos terminó siendo un libro conectado, donde la fragilidad de la familia ocupa un lugar central. “Mi idea de la familia es que puede destruirse en cualquier momento, pero al mismo tiempo es tan poderosa que nos marca para siempre”.
Contra la inteligencia artificial, el inconsciente
En un mundo donde la inteligencia artificial amenaza con invadir todos los terrenos creativos, Faverón no se muestra militante ni en contra ni a favor, pero sí advierte algo: “Una novela extensa se sostiene en el subconsciente del autor. Lo que aparece en contra de tu voluntad es lo que le da inmunidad. Mientras la inteligencia artificial no tenga subconsciente, no podrá escribir ciertas novelas”.
Curiosamente, Faverón suele partir de cuentos. Así nació Vivir abajo: de dos relatos que parecían inconexos —un extranjero que llega a Lima para cometer un crimen y un militar retirado con un pasado sangriento en América Latina— y que, unidos casi al azar, dieron origen a una narración monumental. “La novela fue el proceso de unir esas dos historias. Lo que parecía arbitrario terminó revelando la relación política más elemental: la relación entre Estados Unidos y América Latina”.
Faverón dejó Lima en el 2000, tras años de dictadura fujimorista y violencia política. Llegó a Estados Unidos y, al año siguiente, fue testigo del atentado de las Torres Gemelas. “Ahora, 25 años después, siento que vivo un nuevo Fujimori, pero en el centro del mundo. Trump es una dictadura que se reproduce, pero con consecuencias globales”.
El escritor se muestra cercano a la literatura mexicana. Admira a Julián Herbert, Álvaro Enrigue, Valeria Luiselli y, especialmente, a Eduardo Ruiz Sosa, compañero de editorial en Candaya: “Su Anatomía de la memoria me parece una novela excelente, muy ambiciosa”.

Aunque ha recibido propuestas de Planeta y Penguin Random House, Faverón insiste en mantenerse fiel a su proyecto actual: “Son diez novelas cortas que después se unirán en una sola. Quizá las grandes editoriales no aceptarían un experimento así, por su riesgo. Por eso me interesa seguir en independientes”.
La Bienal Vargas Llosa es un espacio familiar para él: ya fue finalista en 2019 y ha asistido a casi todas las ediciones. Esta vez, sin embargo, hay un matiz de tristeza. “Será la primera sin Mario, cuya presencia siempre fue un aliciente. Me dará pena, pero al mismo tiempo me ilusiona estar allí de nuevo”.











