Truman Capote

Hay ciertos textos de Truman Capote en los que todavía la imagen pesa mucho sobre la lectura: Alejandro Espinosa

Fue verlo desde el sur. El sur yo lo entendía como una coordenada, no tanto como un afán de defender una región, sino como dije un poco, véanlo como su origen, sur como sinónimo de origen. Yo estoy aquí en la Ciudad de México, soy del sur de la Ciudad de México, digamos, más abajo de Tasqueña o de Coyoacán, entonces siempre he tenido esta referencia de una literatura que se maquilla a veces para entrar en el circuito cultural, una imaginación que se transforma para adaptarse y eso me funciona muy bien con Truman Capote, que es un chico nacido por azares del destino, en Nueva Orleans, pero en verdad toda su familia es de Alabama, que migra, con unos padres que no lo quieren; a los 10 años ya la madre se casa con Joe Capote y dice vámonos a Nueva York, vamos a lograrlo en la Gran Manzana y se transforma en un niño norteño.

Ciudad de México, 22 de octubre (MaremotoM).- La Casa 100 años de Soledad a través de la Fundación Letras Mexicanas, organizó del jueves 12 al 26 de setiembre, un homenaje al escritor estadounidense Truman Capote.

Participaron Olivia Teroba, Emiliano Ruiz Parra y Alejandro Espinosa, a quien le hacemos una entrevista en homenaje al autor de A sangre fría.

El narrador y poeta Alejandro Espinosa Fuentes ofreció la ponencia “Breakfast at Coapa: Un diálogo con la obra temprana de Capote de sur a sur”, en que estudia los textos reunidos en el tomo Los primeros cuentos, así como las obras Otras voces, otros ámbitos, El arpa de hierba y Desayuno en Tiffany’s. En este recorrido por la obra temprana de Capote, se observará la evolución de su peculiar estilo de escritura: irónico, artesanal, siempre en busca del escándalo para evidenciar, ya sea las intrigas de un pueblo chico o la frivolidad de las élites culturales.

­–¿Quién fue Truman Capote?

–Truman Capote fue muchos prototipos de autores. Fue un autor peculiar en su juventud, como un niño promesa, un niño genio, yo digo la mezcla entre un Arthur Rimbaud y un Mi pobre angelito, que llegó como para dominarlo todo. Y luego está este otro prototipo de escritor sumamente peligroso a mi gusto, que es alguien que todo ya lo convirtió en un modelo lucrativo y en una promesa falsa de negocio y en utilizar la literatura como un pasaporte de tener amistades, digamos, de las clases altas y sobre todo de los grupos de la élite cultural. Truman Capote es muy difícil de decirlo, de comprenderlo, pero puedes agarrar a uno y ver cómo se modificó, cómo se transformó.

–Voy a conocer a varios de esos Truman Capote, porque después de todo queda el autor que revolucionó la literatura del momento

–Sí, claro, el texto queda. Hay ciertos textos que todavía la imagen pesa mucho sobre la lectura. Por ejemplo, algo que yo me doy cuenta, casi prácticamente el 90% de los libros de Truman Capote que se editan con Editorial Anagrama o con otra, tienen su rostro en la portada. ¿Qué otro autor, me pregunto, tiene su rostro en la portada de todos sus libros? Ese es un ángulo editorial que acaso no lo favorece, que quizá deberíamos empezar a transformar un poco ese recordatorio permanente de su persona, de su personaje, que fue público en los años 60, 70 y 80, para poder leerlo nuevamente sin ese estorbo publicitario, para darnos cuenta de que es buenísimo. Es un autor que escribió, no mucho, en verdad no escribió muchísimo, pero todas sus obras, desde los primeros cuentos, su primera novela, hasta lo poquito que dejó de las Plegarias atendidas, es una prosa rigurosa, artesanal, que cada párrafo te deslumbra. Es un escritor, como dice Juan Villoro, de frases que van deslumbrando.

Alejandro Espinosa
La brújula con la que yo leo a Capote, es un poco el sur, para interpretar mi propio sur y el sur de la escritura. Foto: Cortesía Facebook

–Emmanuel Carrere, por ejemplo, cuando recibió el premio la FIL en Lenguas Romances, habló de A sangre fría, de cómo influyó en él, y por otro lado, cada vez que hacemos un reportaje sobre alguna persona célebre, pensamos en Capote.

–Claro, A sangre fría es un referente. Creo que es casi hasta un manual de herramientas. Lo leo con alumnos jovencitos, de 14, 15 años, y les encanta el libro. Empiezan a aprender muchos rasgos de escritura para otros aspectos, no precisamente escritura literaria, sino aprender a reconocer la realidad, detallarla, ver otro ángulo de ella, de su propia realidad  y lo mejor es identificarse con ciertos modelos o personajes. Mis alumnos siempre se identifican con los asesinos, que es lo que me parece más curioso, que te están repitiendo estos dos personajes que cometieron un crimen horrible, pero son personajes que a la par te puedes identificar con ellos porque se parecen a ti, son personas quizá de una clase no tan alta o imperfectos, con familias un poco más disfuncionales, mientras que la familia asesinada te lo pinta como una familia perfecta y funcional y eso te aleja de ella.

–En ese entonces tampoco funcionaba la corrección política y entonces los asesinos eran asesinos y las víctimas eran víctimas, ahora los asesinos parecen ser personas abusadas por las víctimas y un montón de cosas.

–Exacto, ahora se invierte un poco y se cuenta al revés, pero sí, A sangre fría, debo decir que para mí, en mi escritura, no es un libro fundamental, porque es un libro que tiene muchísima explicación y prefiero un estilo de escritura un poco más compacto o más sugerente. A sangre fría me parece demasiado totalizador, aunque es un trabajo impresionante, deja un poquito el estilo de escritura que tenía en otros cuentos anteriores, o en el mismo Breakfast at Tiffany’s o en El arpa de hierba, que iba por otra línea. Ese es un Capote que a mí me gusta un poquito más.

–Ahora podemos spoilear, porque ya participaste en este homenaje a Capote, entonces dime cuál fue tu punto de vista

–Fue verlo desde el sur. El sur yo lo entendía como una coordenada, no tanto como un afán de defender una región, sino como dije un poco, véanlo como su origen, sur como sinónimo de origen. Yo estoy aquí en la Ciudad de México, soy del sur de la Ciudad de México, digamos, más abajo de Tasqueña o de Coyoacán, entonces siempre he tenido esta referencia de una literatura que se maquilla a veces para entrar en el circuito cultural, una imaginación que se transforma para adaptarse y eso me funciona muy bien con Truman Capote, que es un chico nacido por azares del destino, en Nueva Orleans, pero en verdad toda su familia es de Alabama, que migra, con unos padres que no lo quieren; a los 10 años ya la madre se casa con Joe Capote y dice vámonos a Nueva York, vamos a lograrlo en la Gran Manzana y se transforma en un niño norteño. Y todo el tiempo Capote, con una memoria prodigiosa, todo el tiempo va a estar teniendo traumas, recuerdos, estragos, de ese sur desgarrado, de ese sur faulkneriano y para mí la brújula con la que yo leo a Capote, es un poco el sur, para interpretar mi propio sur y el sur de la escritura.

–¿Describiste entonces en ese sentido a un impostor?

–Creo que sí, me parece que sí, un impostor, sin afán de acusarlo a él, sino con el sentido de que todos somos, todos los escritores somos un poco impostores, pero hay algunos casos más severos. Hay algunos casos más que conservan o han engañado mejor para que no los descubramos. Truman Capote es un escritor que cambia de piel una y otra vez, pero no cambia en esencia, como que siempre lo reconoces desde su primer cuentito hasta A sangre fría y hasta Plegarias atendidas; tiene un rasgo irónico y un modo de observar la realidad que es capoteano, no puede haberlo escrito otra persona. Encontré ciertos rasgos que veo que se repiten, elementos, símbolos. Aprendo a reconocer a Capote a lo largo de 40 años de escritura que tuvo, un poquito más y sin embargo veo cómo se transformó y se metamorfoseó con las décadas.

–Ahora, yo también veo una gran falta de amor en su vida, no sé si eso es posible dimensionarlo para la literatura, no lo sé, pero sí que me parece una persona sumamente solitaria

–Sí, sin duda tuvo una falta de amor familiar y también se granjeó muchos enemigos a posta, quizá por hablar mal de ellos a sus espaldas, por chismorrear; pienso en el caso de otra escritora sureña que migra, que sería Carson McCullers, se muda a Nueva York, se lleva a toda su familia y tiene una casa sureña donde se hacen pollo frito y guisos del sur. Sin embargo, Capote cuando se va con su madre, pues muy pronto se va a vivir solo porque tiene una relación muy violenta con ella, que es alcohólica, que todo el tiempo está rechazando su homosexualidad, como acusándolo de no ser perfecto o lo que ella quería. Capote se va a ir y siempre va a estar acompañado por muchos personajes de la farándula, también va a tener al gran amor de su vida, Jack Dunphy, una relación inestable, pero que va y viene hasta el final de su vida. La última carta Capote se la dedica a él. El resto del tiempo, tienes razón, está muy solo, como en un abandono. Capote se enajenó con coleccionar cosas bellas y únicas, creo que este vicio se lo enseñó Colette, en una entrevista a la gran escritora, ella le regala un pisapapeles de vidrio muy preciado, de 1820, le dice Capote, pero cómo me vas a regalar algo que aprecias tanto y Colette le dice, para qué regalaría algo que no aprecio tanto. Es muy bonito eso y a partir de ahí él confiesa que se volvió un coleccionista de pisapapeles caros. Luego parece que hay un enajenado Capote coleccionista de mujeres que son estos cisnes, de mujeres ricas, de la élite con las que se junta y tiene un amor, pero yo creo que es al revés, se enajenó con esa idea. En verdad, ellas lo estaban coleccionando a él, él era el objeto de colección y se empezó a creer el coleccionista. Creo que ahí es donde confundió un poco estas amistades frívolas con un amor que evidentemente no fue duradero y lo llevó a una muerte solitaria y ya.

–¿Qué encontraste en los jóvenes a los que les diste la conferencia? Teniendo en cuenta que para mí, hablar de Truman Capote es hablar de un escritor moderno, me parece, es un escritor que todavía tiene mucho para dar a las nuevas generaciones

–Sí, inmediatamente se distingue al leer a Capote, lo leas en su lengua original o en traducciones incluso malas que hay por ahí de algunos libros. Me pasa con ciertos autores, me pasa mucho con Chejov, con Henry James, los lees y sientes una modernidad, sientes que están vivos. La forma de expresarse, pero también la moral de sus personajes, todo el tiempo reta a las convenciones ideológicas incluso en nuestros tiempos, por más avanzados, evolucionados, que creemos estar. Con Capote pasa lo mismo. Abro una novela suya y encuentro unos personajes de una rebeldía, de un reto a la autoridad, de un cinismo, de un descaro, que dicen frases que hasta yo digo. Yo soy un amante de las prosas cínicas y de los escritores sumamente pesimistas, Capote a veces digo que puede excederse y puede llegar a un nihilismo brutal, pero este nihilismo lo compagina o lo combina con una búsqueda de ternura también. A veces es demasiado perfecto, pero considero que Capote debería estar, por ejemplo, integrado entre los cursos de cuento. Nunca veo algún cuento de Capote en los cursos y tiene cinco o seis que para mí deberían estar en toda antología del relato universal, son buenísimos.

–Hemingway me está pareciendo cada vez más viejo y nada que ver con Truman Capote. ¿Qué piensas de la cantidad de series, películas que se han hecho en torno a él?

–Me tienen un poco harto. Ahora se hizo The Swans, me encantaron las interpretaciones, está muy bien recreado el momento, pero luego me pareció un poco pesada, un poco extendida, demasiado melodrama extendido para algo que podía ser corto y bastante bello. Capote es una figura que atrae mucho al cine hollywoodense, también creo que es un poco peligroso meterte mucho a su obra porque el mismo Philip Seymour Hoffman que ganó el Oscar, después de interpretarlo, pues también se quedó un poco loco con esa misma interpretación. Ya me sobran un poco tantas adaptaciones.

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