Me conmovió mucho este trabajo, precisamente porque como en un círculo tenebroso, uno es el verdugo de una forma de vida, de una bandera, de unas costumbres, como también se vuelve extraño a una manera de aprender las cosas que hay que saber sobre la existencia y luego en un acto sin miramientos acepta que la vida de uno es como uno ha querido. ¿Sí? ¿Adiós a la patria, adiós al padre, adiós a todo lo conocido sobre nosotros?
Ciudad de México, 22 de junio (MaremotoM).- Siempre me ha interesado la carrera literaria de Gastón García Marinozzi, porque él, como yo, no viene estrictamente de Argentina, sino que viene de Córdoba, una provincia fundamental en la política y en la historia del país. Yo vengo de Entre Ríos, que es una manera de decir que somos del interior y preguntarnos, tal como se preguntaba Héctor Tizón, “si yo soy del interior, ellos, qué son, son del exterior”.
Una vuelta por la actual literatura argentina nos dice que hay muchas mujeres que escriben lo que es actual, pero claro, es una mirada que contempla sólo los escritos hechos en Capital Federal, con algunas ramificaciones (vía metrobús o tren), pero que esconden la literatura hecha en Córdoba (Martín Cristal), Carolina Sborovsky (Concordia, Entre Ríos), que remiten a los ya clásicos del interior: Héctor Tizón, Juan José Saer, Abelardo Castillo, Rodolfo Walsh.
Ahora bien, estamos hablando de Córdoba que es una tierra muy pujante de escritores, entre ellos Federico Falco, Luciano Lamberti y la genial María Teresa Andruetto, entre muchos otros, que demuestran que no todo lo que se lee corresponde a Buenos Aires.
Nunca hemos hablado mucho sobre el habitante del interior con el del exterior, porque Gastón partió prontamente a Barcelona y luego vino a México, un exilio bastante largo, que le impide por ahí tener una mirada concreta sobre este debate que todavía asuela a la literatura argentina, pero es cierto que en este, su nuevo libro, Instrucciones para matar al padre (Alfaguara), García Marinozzi no sólo intenta matar a su progenitor, sino que también asesina a la patria.
Me conmovió mucho este trabajo, precisamente porque como en un círculo tenebroso, uno es el verdugo de una forma de vida, de una bandera, de unas costumbres, como también se vuelve extraño a una manera de aprender las cosas que hay que saber sobre la existencia y luego en un acto sin miramientos acepta que la vida de uno es como uno ha querido. ¿Sí? ¿Adiós a la patria, adiós al padre, adiós a todo lo conocido sobre nosotros?
Tras recibir un escueto mensaje telefónico, el narrador inicia dos viajes: uno de ida para asistir al velorio de su padre y otro de regreso para continuar con la crianza de sus pequeños hijos. A partir de recibir esa noticia, comienza también un periplo subterráneo y entrañable a través de sus memorias de infancia y juventud, de un diario íntimo que se escalona con relecturas de sus patronos literarios: Plinio, McCarthy, Lowry, Roth, Perec, Auster, Knausgård, Bashevis Singer, Capote, Kundera, Kureishi, Rushdie, Pamuk y Nabokov. En los entrepisos, se asoma el presente de la escritura, ocupado por los juegos y el amor de la vida y las noticias de un mundo cruel con quienes migran y quienes disienten.
Ese es el libro de Gastón García Marinozzi, una novela que establece la literatura como patria y que se alimenta y se aliviana no sólo del padre, sino también de la nacionalidad, para tratar de ser uno.
–Nunca se mata del todo, ¿verdad?
–Se mata para revivirlo de otra manera. Es casi una obligación en algún momento de la vida matar a esos dioses, a esos seres que tenemos así en la vida como puede ser el padre, la madre. Freud dice el padre, pero también sirve para la madre o para cualquier dios que rija nuestra vida, incluso con todo el amor del mundo, pero hay un momento en el que hay que separarse, escindirse de eso. La recomendación justamente es matarlo, sacrificarlo para poder celebrarlo, para poder llorarlo, para poder hacernos de él también y para, como dices tú, poder revivirlo definitivamente.
–Sí, también para reconocernos, porque cuando uno va envejeciendo, cada vez te pareces más a ellos. Incluso las cosas que detestamos…
–Sí, obviamente. El espejo se hace cada vez más constante, el espejo con ellos. Por eso tratar de tenerlos bien muertitos y enterrados en su caso, aunque sigan vivos, pero hay que tenerlos bien colocados en ese sentido, porque si no puede ser un momento de mucho sufrimiento al final. Nos toca a todos, por ley de vida, vivir la vida propia, no la que ellos nos rijan, ni nos han dicho que debía ser o incluso no diciéndonos nada. Entonces lo que es mejor es tener el espejo lo más limpio posible, mirarnos ahí con la mayor paz posible y tener acomodadas esas cosas que nos gustan y no nos gustan de nuestros padres.

–Sobre todo tú que eres padre
–A lo mejor ser padre te puede dar cierto destino, digamos, de más de cuidador, por algún momento, de protector, pero ellos también tendrán que matarnos, para poder vivir su propia vida y eso es lo fantástico de esta rueda.
–No siento yo haber matado al padre…
–Esa imagen de Eneas, de la que hablo en el libro, Eneas escapando de la guerra de Troya, cuando todo arde allí y él tiene que salir corriendo y buscar su nuevo destino, el primer exiliado, el primer migrante de nuestra historia. Eneas, cuando tiene que escapar, lo hace cargando a su padre, a Anquises, lo carga sobre el hombro y a su hijo, el pequeño Ascanio lo lleva de la mano. Así salen de Troya, llegan a otro continente, cruzan el Mediterráneo. Esa es la manera que para mí representa mucho esto, estén o no estén los padres, estén o no estén los hijos. Esa mirada de quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, el pasado y el futuro. Insisto, haya o no haya hijos, haya o no haya padres, pero ahí estamos, cargando y cuidando.
–Dice la editorial que es un ensayo, pero un ensayo novelado, bastante novelado, diría yo
–La verdad es que no sabíamos qué ponerle, porque no era un diario, no era una crónica, no era una novela, pero también era un poco de cada eso. Me interesaba mucho ese cambalache de géneros, no quiero decir híbrido, porque suena más serio, es más bien un cambalache, vos me entendés bien cuando digo eso. Es como una mezcla de muchas cosas, de muchos momentos, de escritura, de lectura y me pareció que eso estaba bien, con los chistes malos mezclados ahí en medio, partes de diario personal, partes de viajes.
–Hay mucha ternura también
–Sí, es un libro tierno
–Me da un poco de risa, porque a casi todos los escritores que entrevisto hacen un “libro híbrido”. Recién acabo de entrevistar a Lucía Calderas, que hizo un trabajo genial para Sexto Piso, pero que no podemos decir qué es…
–Yo diría que este libro en particular, también, pero creo que hay una especie de autodefensa ante el maremoto que viene de parte de la industria audiovisual, que todo te exigen que acabe siendo una serie o una película. Hay una conversación en la hechura del libro, ya profesional, con quien te toca hablar de esto y una de las primeras preguntas que te hacen es, ¿es peliculeable? ¿se puede hacer serie? ¿se puede hacer algo audiovisual? Y no leí el libro de Lucía, pero la hibridez justo va en contra de alguna manera de eso. No digo que esté ni bien ni mal, simplemente me parece una mínima respuesta a esta vorágine de que todo tenga que acabar siendo una película de Netflix. Eso es muy agobiante para el hecho de la escritura, digamos.
–Tú eres muy tierno al decir esa respuesta, pero también es que si no existieran esos libros híbridos no nos podríamos explicar el mundo actual
–Es cierto eso, más en nosotros que tenemos una formación más periodística y literaria, que se nos hace bastante natural poder mezclar esas cosas. Pero también lo que dices para explicar el mundo es necesario la hibridez. Este también es un libro de duelo, que empezó a partir de un duelo. Y a mí me parece que el tono del duelo es sobre todo híbrido, porque el duelo no es llorar todo el día, obviamente. El duelo está hecho de llorar y de reírte y de recordar y de seguir adelante. Cuando perdemos a alguien, el duelo está hecho de todo eso. Y todo eso, como la vida por supuesto. es híbrido, no se puede contar lineal.
–Está muy bien eso que dices, te lo compro 100%, porque para explicar el mundo, para explicar la vida, parece que estos géneros híbridos o estos tonos híbridos son los que mejor lo hacen. Ahora, mi duelo está siempre contaminado con la culpa y el tuyo me parece que no
–No, mi duelo no ha sido escribir este libro, mi duelo ha sido hacer terapia y vivir la vida, muchas otras cosas. Este libro también es parte del duelo, pero no es la única razón del duelo. Yo llego a escribir esto cuando ya se me acomodan muchas cosas del duelo y se me acomodan muchas cosas de lo que había leído, sobre todo a estos autores de los que hablo aquí en el libro. Sí necesité mucho tiempo para escribirlo. El episodio que genera esto, que podríamos decir que es la muerte de mi padre, ocurrió hace más de 16 años. Uno pasa por muchos momentos, pero al momento de sentarme a escribir sentí que ciertas terapias o ciertas cosas que había hecho ya habían hecho su trabajo. Si no, no podría hablar suelto así de matar al padre en estas fechas.
–El tema mío de la culpa tiene que ver con por qué no haber hecho algo para que ellos sean felices
–No creo que eso se pueda medir, la verdad. No vamos a hacer terapia barata acá entre nosotros. Nos vamos a tomar algo y hablamos como amigos, pero no creo que te sirva ni a ti ni a ellos. Si ellos ya no están, la mejor manera que lo puede hacer Mónica Maristain es honrarlo, es viviendo bien, como ellos quisieran verte a ti, viviendo bien.

–Bueno, tuviste un buen terapeuta, me parece
–Sí, unas cuantas.
–¿Qué significa para ti haber escrito este libro en este momento, haberlo publicado?
Me gusta mucho la idea de Paul Auster, en La invención de la soledad, tal vez uno de los libros favoritos sobre el tema de la muerte del padre, que él dice que hasta que no acabó de escribirlo en las libretas, no cerró el libro, no terminó de escribirlo, no le puso ese punto final, no pudo enterrar a su padre. Y yo sentía algo de esto, este libro ya lo había acabado hace un par de años más o menos, pero sentía un poco eso, que a cada rato tenía que ir a trabajar al libro y era una forma de mantenerlo y de no despedirme del todo de él. Entonces para mí, como hijo, fue muy significativo hacer de mi oficio de escritor algo que me sirviera para la relación con mi padre.
– ¿Cambió algo el tema del duelo después de verlo escrito, verlo publicado, ahora conversado con otra gente?
–Ahora es el momento más lindo realmente, que es el conversarlo con quien lo lee, gente como vos o lectores que uno se va cruzando. Es el momento más lindo realmente, porque al final uno escribe para eso. Creo que en la literatura los libros se hacen de a dos, de quien lo escribe y quien lo lee. Eso para mí es vital, entonces encontrar a alguien que lo lea y que tenga un comentario que le resuene en alguna parte de su vida. Todo eso me parece tan maravilloso que no cabe en los sueños de nadie realmente, porque es hermoso lo que ocurre.
–Tu libro Viaje al fin de la memoria, está también dedicado al padre
–Totalmente, bastante. Lo que tiene ese libro en común con éste es que es como un dejo de ir hacia adelante, a pesar de todo. Tanto aquel como éste, en ambos casos hay un caminar hacia adelante por parte de los protagonistas y dejar atrás un padre, un país, una vida. Me gusta mucho lo que alguna vez dijo Eduardo Mendoza, que a él le importaban más que las raíces del árbol, le importaban las ramas del árbol. Yo cuando escuché eso, la verdad que me sentí muy identificado y me sentí muy bien, porque parece que hay todo el tiempo un mandato de respetar las raíces y honrarlas. Que sí, también está bien, pero las ramas son interesantes.
–Ahora, las raíces, en tu caso, tienen que ver mucho con la migración. Viniste de Córdoba, que no es vivir en Argentina, pienso yo. Después viviste en Barcelona, luego ahora vives en México, tus hijos son mexicanos. Entonces es como, está bien las ramas, pero al mismo tiempo las raíces se acomodaron bastante.
–Lo que iba con esa idea es que no estás todo el tiempo vigilando las raíces, porque hay que ver florecer las ramas. Porque la vida va por ahí. Y sí, justo mi experiencia, digamos, migrante, por eso también este libro está atravesado por eso, así como están las instrucciones para matar al padre, están las instrucciones para matar a la patria. Casi todos los escritores han tenido que viajar, que salir, que quitarse el polvo de la patria, como dice Piglia, para poder entender y hablar en otra lengua, así sea el mismo español. Saber decir papa, patatas, refrigerador, heladera, no sé, son un montón de cosas que vas incorporando de alguna manera.
–Después de 25 años entiendo, más o menos entiendo cómo son las vacaciones aquí, porque para mí las vacaciones eran enero-febrero…
–El migrante tiene pocas opciones de lo que puede cargar, tanto a nivel material como a nivel emocional. Lleva una mochila chiquita, una valijita y con eso tiene que atravesar fronteras y hay quien lo puede hacer en avión, en barquitos, caminando. Las opciones son muchas y son muy duras. El migrante debe elegir qué emociones, qué parte de lo emocional de su vida va a seguir llevando en el camino, cruzar fronteras y llegar al nuevo destino. No hay espacio para todo. En eso creo que matar a la patria, de alguna manera, es un buen elemento, para ir más ligero. Que al final matar al padre es eso, andar más ligero en la autodeterminación de la vida, que es lo que nos toca a partir de cierta edad.











