La furia es lo que ha llevado al pianista a matar a una mujer vecina. El ruido de la aspiradora lo vuelve loco, como esa canción que entonan a las 7 de la mañana, desde un camión que busca colchones y fierros viejos. La capacidad que tiene el sonido para enfurecernos es una de las torturas más explícitas. Lo hacían en Guantánamo, con todos los presos.
Ciudad de México, 30 de enero (MaremotoM).- La situación se parece mucho a lo que vivimos en la realidad. De pronto alguien comete un crimen aquí, pero ayudado por su clase se esconde en Israel, hasta que las redes sociales lo ubican y una denuncia viral, una furia social, se enardecen.
La furia es lo que ha llevado al pianista a matar a una mujer vecina. El ruido de la aspiradora lo vuelve loco, como esa canción que entonan a las 7 de la mañana, desde un camión que busca colchones y fierros viejos.
La capacidad que tiene el sonido para enfurecernos es una de las torturas más explícitas. Lo hacían en Guantánamo, con todos los presos. El silencio es el índice de la libertad.
Iván Cherem ha hecho una novela exquisita, no sólo por lo bien escrita que está, sino también por lo que denuncia con sus hechos y reflexiones.
Siento la furia bostezar (Reservoir Books) es una novela que piensa con descarnada lucidez en torno a los salvajes privilegios de las clases altas, a la malvada banalidad de las redes sociales, a veces disfrazada de justicia social y a las posibilidades de nuestro libre albedrío.
Iván Cherem nació en la Ciudad de México en 1993. Estudió Filosofía y Ciencias de la Computación en la Universidad de Tufts y ha trabajado como ingeniero de software en varias empresas de tecnología en San Francisco. Hoy se dedica a escribir cuentos, ensayos y novelas.

–¿La furia nace de la impaciencia o de la intolerancia?
–La furia puede nacer de la impaciencia, de la intolerancia, pero creo que nace del individuo. Y en el individuo nace de lo que sea que se encuentre como ingrediente presente en él. El enojo incluso puede ser algo extremadamente necesario y positivo y puede ser una fuerza indispensable de movimiento social. Algunos están enojados por la injusticia intolerable en el mundo. Algunos están enojados de que nos tocan el claxon cuando el semáforo se pone en verde. Creo que entonces la furia acaba siendo un reflejo de quiénes somos y de cómo respondemos al mundo.
–Soy una persona furibunda y he aprendido a relegar ese sentimiento. Y cada vez que lo relego, cada vez que lo supero, me siento mucho más fuerte
–He batallado con la furia desde que recuerdo. Muchos de mis primeros recuerdos de la infancia son de una furia. Y ahora, qué interesante que empezaste preguntando si la furia viene de la impaciencia, porque definitivamente creo que en mi caso la furia infantil sí venía de una impaciencia. La furia berrinchuda, quizás. Y he encontrado vertientes filosóficas y políticas y maneras de expresarse en mi vida que quizás hasta han resultado en esfuerzos literarios, pero creo que a fin de cuentas sí viene de un lugar berrinchudo, infantil. Al menos en mi propio caso. Y estoy de acuerdo. Lograr domar la furia es una gran victoria personal. Porque es lo que me tocó trabajar. Mientras he logrado respirar, aprender a meditar un poco, aprender a controlarlo, ha mejorado mi vida de formas muy tangibles. Porque cada vez que actúo enojado, incluso en momentos en los que después reflexiono y me doy cuenta que tenía razón para estar enojado, acabo arrepintiéndome de lo que sea que hice o dije
–La furia también puede venir de una obsesión y a partir de ahí el deseo de venganza, que van como los dos muy unidos
–Sí, creo que el narrador de mi libro es una versión de mí que siente la misma furia y no tiene cómo expresarla. La furia fue uno de los primeros sentimientos que me llevó a escribir. Por eso creo que fue un libro muy obvio. No sé tú cómo lo has vivido.
–Bueno, yo una de las cosas de las que he vivido es que al principio pensé que era un libro de autoayuda y lo que me sorprendió muchísimo es la maravilla con la que está escrito.
–Esta cosa de creer que la furia ya ha sido superada por mí. No sé si puede superarse y no sé si debe de superarse. Tal vez la tenemos que dejar prender sus fueguitos en nuestro interior, porque aunque no sea saludable y aunque venga con mucha violencia y mucha destrucción, creo que a veces a través de la furia llego a partes de mí mismo que nunca hubiera logrado admitir. Incluso partes que no me gustaría admitir. De pronto tengo pensamientos cuando estoy enojado que después quiero pretender que no fueron míos o que no fui yo el que los pensé. Incluso pensamientos muy poco generosos con la gente que más quiero. Porque a veces a través de la furia sucede algo muy terrible que la desplazamos hacia los que están a nuestro alrededor. Te enojas con alguien o alguien te hace algo verdaderamente injusto o incorrecto y cuando no tienes cómo regresarlo, cuando no tienes cómo responder, acaba saliendo como válvula de escape con mi esposa, con mis amigos, con la gente que no se lo merece. Y eso es lo más terrible de la furia, que encuentras salidas.

–Este personaje muchas veces se olvida de sí mismo, no tiene esa constancia firme en teoría, de la posibilidad de saber quiénes somos finalmente
–Sí, creo que en sus momentos más lúcidos, él reconoce lo que le está sucediendo y logra darle un giro a su furia que puede llegar a comentarios y a observaciones bastante lúcidas sobre el contexto en el que están haciendo. Y lo trágico de eso es que mientras se va desarrollando su personaje, cualquier destello de redención que podría llegar a conseguir, queda completamente opacado por el hecho de que está a punto de morirse en la cárcel y ya desperdició su existencia.
–¿Para quién es el libro?
–Pues no lo escribí para nadie, en realidad. Nunca tuve un público en mente. Incluso lo escribí en una época en la que acababa de ser rechazada mi primera novela. Era una novela mucho más convencional, con un elenco bastante amplio de personajes en la tercera persona. Una novela más digerible y más publicable. Más oficial.Cuando fracasó esa novela, que llevaba trabajando tres años, tuve un momento de decir a la chingada con esto. Si no me van a publicar, pues escribo lo que yo quiero. Lo irónico es que así es como salió esta novela, que sí valía la pena ser publicada. Hoy, cuando pienso en mi primera novela, me doy cuenta que de hecho esta idea de tener un público en mente, de tratar de colocarme en el mundo de la literatura como un nicho en el mercado, eso era precisamente lo que me estaba deteniendo de escribir lo obvio. Y lo obvio es algo positivo en la literatura, porque lo obvio para mí es un mundo completamente irreconocible para el 99% de la población.
–¿El tema de la furia a veces no tiene circunstancias externas? Yo me levanto y desde la guerra en Gaza, la guerra en Ucrania, todos los noticieros que aparecen por todos lados, frente a los cuales me niego a no verlo.
–Los noticieros y en especial las redes sociales, a través de las cuales la mayor parte de la gente está recibiendo sus noticias y su información, no es una coincidencia que nos hagan enojar. Ellos lo están haciendo a propósito. Lo están aprovechando porque saben que el enojo es adictivo y que una vez que lo empiezas a consumir regresas a esa fuente. Eso en sí mismo quizás no sería tan siniestro si no fuera por el hecho de que el enojo de hoy pasa de moda en dos semanas, lo reemplaza el nuevo enojo. ¿Y en dónde está la acción en este ciclo vicioso? Esa es la pregunta. Si el enojo lleva a la acción, entonces fue la chispa correcta que detonó, pero si solo está llevando a este sentimiento, es un enojo solipsista en el que estamos atrapados, que no encuentra nada más que expresión pasajera. La apatía que le sigue al enojo es la parte verdaderamente peligrosa.
–A la novela también la imaginé como una obra de teatro, como un monólogo
–Sí, totalmente. Ya lo había pensado, definitivamente, en especial en el escenario. No me lo imagino tanto como película, quizás, ni serie, pero como un monólogo en el escenario sería muy hermoso verlo en escena.
Siento la furia bostezar, fragmento, con autorización de Penguin Random House
1.
Deberíamos estar corriendo en círculos y gritando. Todos deberíamos estar corriendo en círculos y gritando. Quisiera que la extrañeza tuviera nombre o sentido, pero todo es normal. Veo el orden de las cosas y no puedo aceptarlo, pero no hay nada que negar. Son normales los coches y los peatones y sus perros. Es normal escribir esto con tinta que va a desaparecer, sobre papel que va a desaparecer y que toda la música que existe sea el preludio del polvo. Son normales los cláxones. Todo es normal y no puedo aceptarlo, pero no me pide permiso. Sólo sigue y sigue. No se necesita estar al borde de la muerte para reconocerlo. Es rara la normalidad y a través del orden algo urge en silencio.
Crucé la calle. Caminaba sin ver, pero vi figuras humanas acostadas en las bancas del parque, cubiertas con cobijas sucias. No quería ser el primero en correr y gritar, entonces avancé por el tranquilo pánico. Seguí caminando, rodeado del mundo; a cada paso una emboscada. Era normal que hubiera casas agrietadas y edificios sobre la huella de casas demolidas. Todo era normal y siniestro. Algunas cosas no eran normales, pero igual eran siniestras. Un hombre de sotana blanca sumergía una flor también blanca en un cuenco con agua y rociaba la puerta de un estacionamiento mientras rezaba. Dos mujeres lo acompañaban. Eran su público y lo sagrado es algo que rocías en la puerta de metal de un estacionamiento.
En el zaguán de mi edificio la normalidad seguía siendo brutal, pero descansaba fresca y ensordecida. Entré a mi departamento y lo encontré lleno del ruido de la aspiradora de mi vecina. Lloré de odio. Supe que mi vida se había ido al carajo. Hubiera aceptado felizmente nunca haber existido. Busqué ayuda psiquiátrica. Encontré a la doctora Sandra y nos odiamos enseguida. He olvidado muchos eventos inolvidables, pero recuerdo a la perfección el instante de su epifanía.
2.
Sucedió después de meses difíciles sin ningún avance. Yo quería pastillas y Sandra quería que meditara, que hiciera ejercicio, que escribiera todos los días en un cuadernito y que reconociera que todos mis problemas eran mi culpa. Esto último no lo decía, pero era obvio. Oírme admitirlo le hubiera causado un placer casi erótico. En cuanto me acercaba al reconocimiento de que mi vida no era una mierda a causa del ruido de la aspiradora ni del chirrido que hace el semáforo para ciegos de la esquina ni de los gritos absurdos del camión de fierros viejos ni de la estupidez de mi familia ni de lo vacío y superficial de la era desechable en la que me tocó nacer, en cuanto empezaba a merodear alrededor de la posibilidad de que mi vida estaba bien y que yo era el problema, Sandra salivaba como perro pavloviano.
—Tal vez mis vecinos sólo son gente normal —dije ese día para darle un poco de esperanza.
Trató de mantenerse estoica, pero su respiración se cortó en un instante de regocijo reprimido. Yo lo noté. Tengo muy buen oído. Me detuve. No planeaba darle el gusto. Levanté cuidadosamente un poco de pelusa del horrible sillón de felpa verde y esperé en silencio.
—A ver —dijo, que es como empezaba cuando trataba de no emocionarse, eso o “por ejemplo”—. A ver, dime más.
—¿De qué, doctora?
—De tus vecinos, de que tal vez son gente normal.
—Ah, sí, claro. Son gente normal. Son como todos los demás: mierda. Todos son así. Yo también, por supuesto, pero eso no mejora la situación. Vivo en un departamento ruidoso, en una ciudad que apesta a orines, en un mundo que se tambalea al borde del apocalipsis y nada va a arreglarse, porque el problema es la humanidad entera. Siento unas ganas terribles de escaparme, pero para no verlos ni oírlos ni olerlos tendría que largarme al bosque a vivir en un supuesto estado natural y tampoco soy idiota. No voy a desperdiciar mi privilegio para vivir como salvaje, ¿verdad? Por cierto, ¿tú has leído a Rousseau, doctora? —pregunté, fingiendo inocente curiosidad.
Sandra se decepcionó y trató de no suspirar. Llevaba varios meses creyendo que estaba cerca de admitir que yo mismo, poco a poco, había arruinado mi vida y que los ruidos que hacían mis vecinos sólo eran ruidos de vida, ruidos de ciudad de los que nadie más que los desesperados se desesperan.
—Claro, lo leí en la universidad —dijo—, pero por qué no regresamos a algo que creo que es importante. Dices que no quieres desaprovechar tu privilegio, pero no pareces estarlo disfrutando. Me interesa el tema de la aspiradora, por ejemplo. Decías que…
—¿Qué has leído de él? —interrumpí.
Odio que la gente mienta sobre lo que ha leído. Es muy común. La doctora ya conocía la cara de lástima y asco que yo le ponía cuando admitía no haber leído a algún autor imprescindible y entonces mentía. La gente cree que puede decir que ha leído cualquier cosa de la que ha oído hablar y no es cierto.
—¿De Rousseau? —preguntó.
—Sí.
Desplegué una sonrisa mentirosa, como el que acaba de descubrir un gusto compartido.
—Bueno, el Emile, claro, en la universidad, es un texto fundamental de la filosofía de la educación.
—Hermoso. ¿No es una joya de libro?
—Sí, es un trabajo visionario, muy avanzado para su tiempo, pero a ver, por ejemplo… —trató de escabullirse.
La interrumpí.
—Me encantaría oír lo que opina, usted que es una experta, sobre la sección de Sophie. Creo que son muy interesantes los consejos que da sobre cómo criar a una niña, ¿no?
—Bueno, son muy avanzados para su tiempo —repitió estúpidamente. Se notaba que había oído esa frasecita en algún lado, que Rousseau era muy avanzado para su tiempo, y creía que con eso bastaba, pero no.
—¿Avanzados? —pregunté en un tono neutral.
—Sí, Rousseau siempre iba en contra de la corriente filosófica.
—Eso es cierto, doctora, en muchos temas es avanzado, pero básicamente recomienda criar a las mujeres como sirvientas y esclavas sexuales. Setecientas páginas dedicadas a la educación de Emile y cuarenta a la de Sophie. ¿Eso te parece avanzado?
—Bueno… —trató de decir, pero yo ya ni siquiera era yo mismo, era furia pura, era un calor blanco y liviano que se acumulaba entre el cerebro y el cráneo.
Por eso busqué ayuda. Quería encontrar las causas de la furia y del odio y de la desesperación ante la normalidad y quería pastillas. Hubiera sido fácil conseguirlas. Yo mismo sabía que la mayor parte de los psiquiatras me hubiera recetado ansiolíticos tras una breve llamada telefónica, pero quería que fuera Sandra.
Se hizo un silencio. Sandra me veía con paciencia y compasión. Era terrible. Creo que lo hacía para torturarme. Ella me veía y esperaba, y yo sentía la furia subir por la garganta y acumularse atrás de los ojos. Hubiera sido fácil llorar.
Debo admitir que este episodio fue especial. Generalmente, cuando empezaba el calor en el cráneo, hacía un esfuerzo por controlarme, pero esta vez me dejé ir. Le estaba dando una probadita del problema. Si no, ¿cómo lo iba a diagnosticar? El primer psiquiatra que tuve, muchos años atrás, no lo entendió. En nuestra última cita dijo que no me podía ayudar y que tendríamos que suspender mi tratamiento. Trató de decirlo en tono profesional, pero se notaba que estaba ofendido. Yo no entendí eso de que no me podía ayudar. Se supone que ir al psiquiatra es como ir al doctor, ¿no? Así te lo cobran. Y cuando vas al doctor le enseñas dónde te duele, le enseñas el problema.
—Si no lo has leído no tienes que mentir —dije.
—Claro que lo leí —afirmó.
Yo sonreí, porque me gustaba cuando usaba su voz normal, aunque rápidamente se recuperó y, otra vez con tonito de doctora, agregó:
—Regresemos a lo de la…
La interrumpí.
—No lo leíste, Sandra. No tiene nada de malo, pero está raro mentirles a tus pacientes y esperar de ellos completa honestidad.
Sólo le decía Sandra en vez de doctora cuando usaba su voz normal. No era un insulto. Es su nombre. En nuestra primera cita ella misma insistió en que le dijera Sandra.
—Lo que está raro es que desperdicies tanto de tu tiempo conmigo discutiendo cosas que no importan. Y sí lo leí. Como dijo Emerson, no me acuerdo de todos los libros que he leído ni de todas las comidas que he comido, pero ambos me formaron —dijo y yo solté una risita burlona.
—Qué interesante. No sé qué es más patético, mentir sobre haberlo leído o decir que es un trabajo visionario, avanzado, fundamental y después admitir que ni siquiera te acuerdas de lo que dice. Pero me gusta esa frasecita de Emerson, ¿aparece en su libro de citas? —pregunté, apuntando al librero. No sé por qué a veces le hablaba de usted.
Una vez, a media consulta, me había levantado para deslizarme al librero y revisar si los libros estaban leídos o no. Me pidió que regresara a mi asiento, así que debió sentirse incómoda. La mayor parte de sus libros sí parecían haber sido leídos, aunque se notaba que compraba en librerías de viejo. No importa. El punto es que los libros de citas son lo más bajo de lo bajo, la máquina dispensadora de chatarra del mundo literario.
—Pero bueno, hablábamos de la aspiradora —dije, y con un solo gesto dejé establecido que no me sorprendía que hubiera mentido sobre haber leído el Emile. Es lo obvio, lo natural, lo que espero del ser humano—. Es cierto que la aspiradora es una de mis grandes angustias. Sé que suena banal, pero en realidad es terrible. Se ha vuelto una especie de símbolo. Despertar diario, diario, con el pinche ruido de la aspiradora. Y lo peor de todo, doctora, es que aun en los días en los que no me despierta, vivo la mañana con miedo a que vaya a empezar. Como sabe, para mí las mañanas son sagradas. Es cuando practico el piano.
—Lo entiendo, pero, por ejemplo —dijo, ahora a la ofensiva—, ¿hoy a qué hora empezó a aspirar tu vecina?
—A las once —contesté.
—Pero a ver, ¿no te parece una hora lógica para aspirar?
—Pero a ver, por ejemplo —la arremedé—, ¿tú aspiras diario? No. Es ilógico. Lo hace por chingar. Sabe que me molesta. Sabe que estoy dormido o que estoy tocando el piano y se pone a aspirar, aunque no haya ni rastro de polvo.
—Ése no es el punto.
—¿Cuál es el punto? Tienes que tener problemas en el cerebro para aspirar diario. Es completamente innecesario. No existe suficiente polvo en el mundo. Pero claro que también es ilógico enfurecerme con una aspiradora. No lo niego. Incluso en el momento de enfurecerme lo sé. Lo sé mientras aprieto la mandíbula hasta que me duele la cabeza. Creo que el problema es que Hegel era un iluso. No existe la síntesis. La tesis y la antítesis coexisten en contradicción perpetua, sin resolución ni negociación. Puedes saber que algo es lo correcto en el momento en que haces lo opuesto. Sé que es absurdo enojarme con la aspiradora y con Hegel y contigo, pero igual me enojo, como si el enojo fuera un módulo independiente en mi cerebro que no responde a la razón —dije, y en ese instante su cara se iluminó con el resplandor de una epifanía.
Fue como cuando Doctor House al fin descubre lo que está sucediendo y deja a Wilson a medio enunciado para correr a comprobar su descubrimiento genial, un momento que funciona de maravilla en la tele, pero que, desde la perspectiva del paciente con el tumor en el cerebro, no es para nada catártico.
—Quiero que hables con un colega mío para que te haga unos exámenes básicos —dijo.
Sentí que había ganado. Estaba seguro de que los exámenes eran una excusa para mandarme con otro doctor y deshacerse de mí.
—Claro que sí, doctora.
Y, sí, resulta que tengo un tumor en el cerebro. Un glioblastoma tipo IV apretado contra la amígdala. Tipo IV es el peor tipo. Según el doctor, me va a matar en un plazo de doce a catorce meses.











