A la sombra de un árbol muerto nace de una ausencia que no se extingue: una genealogía marcada por el aborto, la migración y el trauma que se hereda como una mancha. Con una voz que escribe con escarpelo, Mónica Rojas reivindica la incomodidad como origen y la literatura como resistencia, en una novela familiar donde los muertos nunca terminan de irse.
Guadalajara, Jal 30 de noviembre (MaremotoM).— Hay novelas que nacen desde un territorio de sombra, donde la ausencia pesa más que la presencia, donde la memoria es un pozo que no se llena nunca y donde la mujer —con su cuerpo, con su lengua, con su tierra— debe caminar aun cuando le duelan los pies.
A la sombra de un árbol muerto, la primera saga de Mónica Rojas, pertenece a ese linaje de obras que no buscan consuelo, sino abrir una herida para que respiren las que vinieron antes y las que habrán de venir después.
Es 1873. Santander, humedad del norte español, un matrimonio pobre que lucha contra la infertilidad y un aborto que fractura no sólo una vida posible, sino el alma de una mujer. Magdalena se vuelve presencia oscura, huele a sangre seca y a tizne, carga su historia como un cuerpo tangible del trauma. “Me interesaba mucho darle un cuerpo al trauma”, dice la autora. “Que se pudiera ver, sentir e incluso oler”. La pérdida no desaparece: vibra, se transmite, se hereda como una marca en la piel. Ese inicio —duro, abrupto, casi inapelable— es la semilla de la saga.

Años después, Magdalena y Juan cruzan el océano y llegan a los Altos de Jalisco. Migran no sólo de país, sino de sí mismos. Buscan tierra fértil, otra vida, una posibilidad que tampoco encuentran. “Hay ausencias que están mucho más presentes”, dice Rojas con una convicción que parece venir de generaciones atrás. “La pérdida termina latente a tal grado que Magdalena se vuelve un trauma generacional”.
Desde ahí comienza a moverse la trama: mujeres que migran para sobrevivir, hombres que maternan mejor que muchas madres, jóvenes que dejan el fusil para tomar un violín en plena Revolución. “Eso me parecía profundamente transgresor”, afirma la escritora. La novela observa cómo el mandato biológico —ser madre, no serlo, desearlo o no desearlo— se convierte en condena y también en posibilidad. En ese ir y venir entre España y México, entre el aborto y la raíz, entre el pasado y la intemperie, la historia crece como una rama seca que insiste en volver a dar hoja.
Rojas sostiene que el mundo entero es migración. No hacen falta océanos, basta un camino de terracería o un cambio de apellido. “Mujeres de los Altos de Jalisco terminaron en Puebla o Tlaxcala, pero regresaban por ese antiguo gesto de enterrar el ombligo para volver al origen”. La superstición convive con el análisis histórico, lo indígena con la nota roja, porque Mónica viene del periodismo y lo reconoce con claridad: “Los silencios hablan más. Lo que se dice puede ser propaganda. A mí me gusta explorar lo que no se dice”.

Eso escribe: silencios. Heridas. Ecos. El libro retrata opresión, subalternidad, violencia, pero nunca la romantiza. “Las literaturas fáciles se van fácil”, sentencia. “Las incómodas permanecen”. Ella escribe con escarpelo y admite que duele, pero duele más no hacerlo. “Duele más callar que hablar”. La novela exige ese corte.
Pedro Ángel Palou ha dicho que es una saga de mujeres fuertes. Rojas sonríe. “Pedro me quiere mucho”, pero también acepta: es saga familiar, sí y los hombres importan, aunque no canten tan fuerte. A veces ellos son quienes desafían el rol tradicional, quienes deciden no matar, quienes sostienen la música en vez de la pólvora. La autora los mira sin indulgencia, sin parodia. Los pone a convivir con sombras, con abuelas que nunca murieron del todo, con fantasmas que siguen ahí, exigiendo respuesta.
Hay en el libro un pulso de resistencia. No se escribe para sanar —dice— sino para permanecer. “La escritura es un acto de libertad. La literatura no tiene que ser condescendiente”. Su obra, como ya señaló Chicago Tribune, abre puertas sensibles y cambia visibilidades. Todo escritura es política, insiste. No porque levante pancartas, sino porque desentierra ombligos, devuelve nombres, quiebra silencios.
Rojas no sabe en qué momento su novela dejó de ser homenaje para convertirse en defensa, como afirma Palou. Tal vez porque las lectoras completan el círculo. “Uno escribe desde la obsesión, desde el dolor, desde la herida. El círculo lo cierran los lectores”. Lo que más le duele —lo confiesa— es la continuación. Lo que falta por andar. Lo que aún no se ha escrito. “Duelen los pies”, dice, y se escucha en esa frase el cansancio de varias genealogías, la respiración de los muertos que se niegan al olvido, la urgencia de seguir.
La novela no libera: abre. No concluye: rasga, pero permite mirarse en fragmentos, en pedazos. “El libro es un espejo donde mujeres y hombres se encuentran en partes, no en reflejos completos”, afirma. Ese espejo, roto y vivo, es un territorio donde la lengua, el cuerpo y la tierra son imposiciones a las que se resiste para existir. Ahí, bajo la sombra del árbol muerto, la memoria late como una herida que no se cierra. Una herida que, al doler, nos recuerda que seguimos aquí.
Que los vivos no sepan, dice la autora al final, porque a los muertos no hay manera de engañarlos. Y quizá sea esa la verdadera raíz de esta obra: una conversación con quienes ya no hablan, pero aún exigen ser escuchados.











