Lina Martínez

LINA MARTÍNEZ: LA SUPREMACÍA DE LA FELICIDAD (Y LO QUE PERDIMOS EN EL CAMINO)

En 2020, frente a estudiantes paralizados por la ansiedad —trabajo, ingresos, futuro—, Martínez introdujo una palabra vieja: ataraxia. Mirar las cosas en su verdadera dimensión. Un ejercicio simple: ¿qué preocupación de hoy importará en tres meses? ¿en un año? La mayoría se evapora en una semana. No es optimismo barato; es higiene mental.

Ciudad de México, 12 de noviembre (MaremotoM).- Descreo de la felicidad, le digo. Quizá sea la edad o la experiencia, pero a esta altura busco algo más modesto: paz. Lina Martínez, doctora en Políticas Públicas, escucha sin prisa. No rebate con consignas motivacionales. Abre su libro —un ensayo que nació como notas de clase en plena pandemia— y pone las cosas en el sitio exacto: no todas las felicidades suenan igual ni se sienten a la misma intensidad.

Hay emociones de alta activación —la euforia del enamoramiento, ese cóctel que enciende el cuerpo— y emociones de baja intensidad, como la calma. “Los japoneses reportan más felicidad en estados serenos; Occidente la ubica en el pico”, explica. De a poco, se instala la tesis: hemos pasado de la “buena vida” aristotélica a la vida donde todo debe producir satisfacción. Comer, comprar, vestir, postear. Si no me hace feliz, lo omito. Si no me hace feliz, lo cambio.

Ese giro cultural tiene consecuencias. La primera, dice Martínez, es que convertimos la felicidad en un criterio total para decidirlo todo: la pareja, el trabajo, los vínculos. La segunda, más grave, es que comenzamos a huir de las emociones negativas: frustración, ambigüedad, duelo, enfermedad. “Vivir implica fricción —dice—. El problema es que educamos para evitarla.” Padres que desean “solo que mi hijo sea feliz” y, en ese deseo, construyen biografías sin callos.

En 2020, frente a estudiantes paralizados por la ansiedad —trabajo, ingresos, futuro—, Martínez introdujo una palabra vieja: ataraxia. Mirar las cosas en su verdadera dimensión. Un ejercicio simple: ¿qué preocupación de hoy importará en tres meses? ¿en un año? La mayoría se evapora en una semana. No es optimismo barato; es higiene mental. Porque, lo subraya, la salud mental es el piso de cualquier felicidad posible y ese piso se construye con educación emocional: nombrar lo que sentimos, soportar la espera, tolerar la incertidumbre.

Lina Martínez
Un camino de ciencia para la felicidad. Foto: Cortesía

Pone un ejemplo doméstico y feroz: WhatsApp. Le escribes al enamorado a las 9:05, no responde a las 9:06 y entras en espiral. “La tecnología volvió insoportable la fricción del tiempo. Queremos la validación ya.” El libro discute justamente esa supremacía de la inmediatez amplificada por redes sociales: cajas de resonancia que imponen imágenes, moldes, vidas que se presumen plenas y que compramos en cuotas —literal y simbólicamente.

Lina Martínez
Editó Debate. Foto: Cortesía

No es un sermón anticonsumo. “Yo también me premio comprando zapatos”, admite. Es un mapa para entender cómo llegamos aquí: del ideal clásico de una vida buena al mandato contemporáneo de sentirnos bien todo el tiempo. Y propone un desplazamiento: abandonar la liturgia de la hiperproductividad de los manuales de hábitos (“levántate a las 5, respira en frío, conquista el día”) y ensayar rutinas de introspección que nos vuelvan más habitables por dentro: gratitud, meditación, reflexión honesta sobre la narrativa que nos contamos.

Habla del matrimonio como territorio de calma, no de euforia; de cómo las culturas valoran distintos timbres de la felicidad; de que no se trata de consejos sino de preguntas que desarman automatismos. ¿Qué decisiones tomamos porque “toca ser feliz”? ¿Qué dolor estamos dejando de atravesar por miedo a sentir?

Martínez trabajó en organismos internacionales como el Banco Mundial y en universidades; sabe de estadísticas y de casos comparados. Pero el corazón del libro no está en los gráficos, sino en una escena mínima: levantarse cada día y encontrar un momento —uno— de bienestar prosaico. Un árbol, una luz en la ventana, un café tibio. No como eslogan de taza, sino como política íntima contra la tiranía de la euforia.

Al despedirnos, vuelvo a mi escepticismo inicial. Ella sonríe. No intenta convertirlo. Solo añade una precisión que ordena el debate: “Tal vez no necesitamos más felicidad, sino mejor relación con lo que sentimos. La calma también cuenta”. Ahí, entre la sospecha y la razón, encuentro un acuerdo posible: llamar felicidad a la paz de todos los días. O, al menos, dejar de perseguir una versión que nos persigue a nosotros.

Lina Martínez es colombiana. Es profesora asociada en el Departamento de Gestión Organizacional de la Universidad Icesi (Cali, Colombia) y directora del observatorio POLIS (Políticas y Bienestar) en esa universidad. Ha sido consultora para organismos internacionales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo —en investigación y políticas educativas en América Latina— así como para gobiernos nacionales y locales en diseño y evaluación de políticas públicas. Su investigación reciente se centra en temas como: la ciudad informal, vendedores ambulantes, calidad de vida, salud mental durante la pandemia y espacios urbanos verdes en contextos del Sur global.

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