Carlos Velázquez

Lo peor que puede hacer un editor es desestimar a un cuentista: Carlos Velázquez

“Yo tengo desde hace mucho tiempo un proyecto e involucra publicar una obra dilatada en el género del cuento. Esto surge por mi encuentro con los grandes cuentistas norteamericanos y sus colecciones de relatos completos. Yo, por ejemplo, la primera vez que tuve en mis manos el libro de Cuentos Completos de John Cheever, me di cuenta de la dimensión de lo que significaba todos esos años que él pasó escribiendo cuentos y que finalmente se cristalizan en ese libro”, dice Carlos Velázquez en entrevista.

Ciudad de México, 4 de junio (MaremotoM).- ¿Qué ha pasado con el último boom de la literatura mexicana masculina? ¿Es Carlos Velázquez el dueño de una obra interesante, capaz de ser compendiada en una biblioteca editada por Océano? ¿Hay un talento que permanecerá con los nuevos libros? Carlos Velázquez, nacido en Torreón en 1978 es un escritor amado por los jóvenes, con una actitud un poco vintage que celebra momentos pasados y que sin embargo, a pesar de lo mucho que otros escritores critican (él tampoco va de niño angelito por el ambiente) se mantiene enérgico en una voluntad de escritura que es por lo menos elogiable. Tanto así que sólo escribe cuentos y cuando sus amigos les reclaman una novela, ¿por qué quieres hacerme escribir lo que no siento? En esa coherencia y en ese trabajo que lo pintan como un escritor a tiempo completo, Océano ha editado con nuevas portadas, que muestra una extraordinaria relación entre el autor y Jorge Garnica, el ilustrador y que lo traen como ese verdadero autor entusiasta y dueño de su centro, los libros La Biblia vaquera, La efeba salvaje, La marrana negra de la literatura y casi recién salido, El menonita Zen.

“Esta colección fue gracias a la estupenda mancuerna que hice con este chico diseñador, Jorge Garnica, que es buenísimo en su trabajo y no solo es bueno diseñando, también es muy bueno escuchando. Entonces le transmití la idea que tenía para cada una de estas portadas y él realizó el trabajo de manera estupenda”.

¿Carlos Velázquez se sentirá dueño de una obra?

“Yo tengo desde hace mucho tiempo un proyecto e involucra publicar una obra dilatada en el género del cuento. Esto surge por mi encuentro con los grandes cuentistas norteamericanos y sus colecciones de relatos completos. Yo, por ejemplo, la primera vez que tuve en mis manos el libro de Cuentos Completos de John Cheever, me di cuenta de la dimensión de lo que significaba todos esos años que él pasó escribiendo cuentos y que finalmente se cristalizan en ese libro”, dice Carlos Velázquez en entrevista.

“Empecé escribiendo cuentos, pero a partir de la Biblia vaquera, que fue mi segundo libro, empecé a establecer una relación muy estrecha con el género, al grado de que esta comunión ha hecho que en los años posteriores las historias sigan viniendo”.

–El género del cuento tiene muchas altas y bajas dentro del mercado editorial

–Sí, eso es cierto. Aunque ahora estamos bastante bien dentro del mercado.  Creo que el cuento está otra vez un poquito cayendo en un bache y estuvo experimentando un renacimiento, sobre todo gracias a las editoriales independientes que siempre se han preocupado por darle espacio en sus catálogos, pero los grandes sellos siempre están un poco marginándolo. Entonces creo que ahora el cuento otra vez está bajando un poquito de popularidad, pero la cuestión aquí es seguir trabajando para la obra y no para el mercado ni para el sello gigante. Mucha gente me dice, ya hombre, publica una novela. O sea, en principio tengo muchas ideas en la cabeza para 10 años de libros de cuento. Vienen las ideas, no tengo muchos problemas para escribir, para inventar historias. Y no me imagino a gente diciéndole a Borges, por ejemplo, que no me estoy comparando con él, pero me sirve de ejemplo, ya no escribas cuentos. Lo peor que puede hacer un editor o el panorama en general es desestimar a un cuentista. Estoy muy comprometido con el género. El cuento no está en el mejor momento. No estoy escribiendo sobre las cosas que están de moda. Yo sigo escribiendo sobre los personajes que veo en la calle, sobre las historias que se me inspira el contacto con la realidad, pero es una cuestión que hay que seguir trabajando y seguir trabajando. Y lo más importante es que, excepto mi primer libro, no me avergüenzo de ninguno de ellos.

–Bueno, hablaste de John Cheever, que me parece uno de los cuentistas maravillosos de Estados Unidos. Y él sufría muchas depresiones y sufría, bueno, también estaba atravesado por el alcoholismo. Yo no sé si él fue capaz de darse cuenta de lo mucho que transformó la literatura estadounidense

–Muchos autores de mi generación e incluso de las generaciones anteriores, estamos más cerca de Estados Unidos que de México. Entonces no somos ni autores gringos, pero tampoco somos autores mexicanos en el sentido más tradicional de este concepto. Y yo me sitúo como en una tercera especie, como en un tercer tipo de escritor. Sin embargo, algunas de mis historias están situadas en la Ciudad de México. Entonces pienso que para el escritor es muy importante dejarse contaminar por las ciudades o por las vivencias que tiene él. Yo, por ejemplo, me podría haber dedicado únicamente a escribir sobre el norte toda la vida, pero eso sería un poco como negar o darle la espalda a las transformaciones que nos van ocurriendo como personas todo el tiempo. A ti no te imagino escribiendo siempre sobre Argentina, sino yo creo que lo que uno tiene que hacer es dejarse contaminar. Entonces, entre esa contaminación, los autores del norte, y yo en particular, formamos como una tercera nación, por decirlo de alguna manera.

–¿Qué dirías de los libros que forman tu Biblioteca Carlos Velázquez?

–El primero que se publicó de estos dos en el orden fue la Biblia Vaquera, la apuesta mía por explicar ese otro norte que no estaba en el mapa. Cuando llegué a la literatura con este libro, se escribía mucha narconovela, y la narconarrativa era lo que estaba de moda, pero eso no alcanzaba a representar o me pareció una muy pobre representación de lo que era el norte. Donde yo vivo, en La Laguna, es un laboratorio social, porque también pasa algo muy complejo. Somos una zona metropolitana formada por tres ciudades de dos estados. Torreón, que está al sur de Coahuila y Gómez Palacio y Lerdo, Durango. Los que estamos aquí ni somos duranguenses, ni somos coahuilenses, sino que somos laguneros. Entonces eso, junto con todo lo que ha ocurrido en esta región, que además es una región de paso, desde el centro hacia Estados Unidos, hizo que la guerra contra el narco detonara aquí de una manera bastante extrema. Entonces, eso, más la contaminación, es una ciudad postindustrial, hay mucha industria y es un desierto. Todo eso hizo un caldo de cultivo que funcionó como excelente laboratorio social para poder escribir esta obra, para escribir estos cuentos. Entonces, lo que hice con la Biblia Vaquera fue tratar de demostrar que había otros territorios y había otra literatura en el norte, que no tenía nada que ver con el negocio de la droga. Y posteriormente pasé a La Marrana Negra, precisamente a partir de la lectura obsesiva que hice durante todos esos años de la obra de John Cheever. Después de la Biblia Vaquera ya no había una manera de continuar con ese experimento. Entonces tenía que encontrar de qué manera iba a seguir explotando el género y fue así como llegué a esta idea de cuento gringo que hizo que La Marrana también tuviera un gran número de lectores y que fuera muy bien recibida porque las historias que se cuentan ahí son historias y que incluso pasan con mi libro del Menonita Zen. Son historias y son personajes que no son muy comunes en la literatura mexicana. La literatura mexicana y a muchos autores no les interesan demasiado ciertos tipos de personajes. No les interesa mucho lo que pasa en la calle. Ahorita estamos atravesando por un momento en el que las modas literarias establecen que los autores no son muy proclives a usar la imaginación. Se escribe demasiado desde el yo, se escribe demasiada autoficción y se escribe demasiado sobre el núcleo familiar en sí. Salgo a la calle y veo cada cosa y veo cada personaje porque hay miles de historias ahí que están pugnando o que están gritando por ser escritas, que lo merecen además. Entonces, estos cuentos y mis personajes responden al impulso de la realidad y además nuestra realidad está muy enloquecida. Hay muchas cosas que han alcanzado estos cuentos. Hay veces que algún lector me manda alguna noticia de algún medio diciendo, mira, como uno de tus personajes y realmente sí hay una conexión ahí entre la realidad de estos relatos que son ficcionalizados y lo que está ocurriendo en la calle, en el mundo.

–¿Cómo te sientes en las nuevas generaciones?

–Las tendencias nuevas que se están inaugurando, la ciencia ficción, el terror, antes parecía como no tener un lugar o no estar legitimizados dentro del panorama de lo que era la literatura seria. En mis relatos he procurado hacer ensayos o hacer experimentos para no siempre escribir el mismo tipo de cuento. Y hay muchas cosas que podrían pertenecer a la fantasía, como el caso del Menonita, que es el cuento de este chico que empieza a levitar sobre la ciudad, sobre el desierto, sobre la frontera. Está también en La efeba salvaje un cuento de fantasmas y sobre todo de caballos fantasmas. Me parece que la imaginación debe de jugar un papel muy importante; no debemos dejar de fomentar nuestra capacidad para crear, para inventar. Y esta colección tiene de alguna manera ya un nicho de lectores y el reto es precisamente buscar nuevos lectores y buscar lectores más jóvenes. Siento que sí hay una manera de conectar mucho con la gente, con los lectores más jóvenes, lo he visto en las ferias, aunque  no escribo para una franja de lectores, escribo para todos en general. Claro que hay una vitalidad en estos cuentos que siempre los jóvenes se sienten muy atraídos por esa vitalidad compartida. No sé hasta qué punto vaya todavía a seguir por este camino, no quiero dar el viejazo.

Carlos Velázquez
Después de la Biblia Vaquera ya no había una manera de continuar con ese experimento. Foto: Cortesía

¿Tienes la guía de tu hija, no?

–Mi hija acaba de cumplir 18 años y es muy complicado lidiar con un adolescente, pero incluso ella que es muy distinta a mí, tiende a leer otro tipo de cosas. Algunas veces sí agarra los libros, sí los lee y algo, no sé exactamente bien qué, pero algo le producen.

–¿Qué planeas después precisamente de presentar la Biblioteca Carlos Velázquez?

–Lo que viene inmediatamente, no sé si vaya a ocurrir en agosto o en noviembre, es completar el primer ciclo que, con la reedición del Despachador de pollo frito, quedará en cinco obras la Biblioteca. Ya trabajo en dos libros de relatos, con la esperanza de publicar uno en el 26 y otro en el 27. Tengo un nuevo libro de crónicas de música, que ese va a aparecer a finales de año, pero sale primero en Bolivia porque fue un pedido de un chavo, que me ha editado un par de libros en Bolivia muy bonitos, muy buen trabajo y me pidió que por favor le diera un libro a él.

Comments are closed.