¿Concluye en algún momento la experiencia de transitar de un género a otro? Es una de las tantas reflexiones que se plantea Ariel Florencia Richards en Inacabada, mientras relata el viaje que la protagonista hace con su madre para intentar detener la soledad que la habita y la tristeza de una identidad no dicha.
Ciudad de México, 11 de noviembre (MaremotoM).- Suena un poquito raro todavía analizar y leer novelas dedicadas a las personas de las minorías. Entre ellas las personas trans, porque hace menos de 10 años, eran pocos los libros literarios que masivamente se interesaban por estos temas. Sin embargo, desde Las Malas, de Camila Sosa Villada (Premio Sor Juana), hasta nuestra Frida Cartas en Transporte a la infancia, ya son varios los libros valiosos que exponen estos temas para la reflexión y para el conocimiento.
Ahora leemos la premiada novela Inacabada (Alfaguara), de Ariel Florencia Richards, que ha sido recientemente ganadora al Premio a la Mejor Novela otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile en 2024.
Una hija anhela poner fin al silencio que se ha instalado entre ella y su madre a propósito de su tránsito de género. Necesita nombrar, expulsar de sí misma, esas dos palabras soy mujer que definen un renacer y también un duelo por quien ha sido durante treinta y siete años. “Quizá la experiencia trans sea inseparable de los rituales de cuidados a los muertos. Velar el cuerpo quebrado, abrazarlo y cuidarlo en su tránsito”, piensa la protagonista de esta delicada novela.
¿Concluye en algún momento la experiencia de transitar de un género a otro? Es una de las tantas reflexiones que se plantea Ariel Florencia Richards mientras relata el viaje que la protagonista hace con su madre para intentar detener la soledad que la habita y la tristeza de una identidad no dicha.
ENTREVISTA EN VIDEO A ARIEL FLORENCIA RICHARDS (VE ESCUCHA)
–Mientras te esperaba estaba leyendo un poema que decía que “toda mujer viene a sufrir” y por supuesto me relacioné mucho con tu libro, que una cosa es querer ser mujer y otra cosa es saber lo que significa ser mujer
–Me gusta ese verso que dices del poema, a veces el sufrimiento y el dolor es el pasaporte a la transformación y se piensa en Chimamanda Ngozi Adichie, que también ella dice que no sabía que era negra hasta que llegó a los Estados Unidos. ¿Qué es el concepto de ser mujer? ¿Y qué creemos que es ser mujer? ¿Y cómo se experimenta el ser mujer? Entonces me parece una pregunta maravillosa sin una sola respuesta. Lo que me parece hermoso de ser mujer es también la posibilidad de pensarlo, más que acercarse a una certeza que sea cerrada, porque las certezas cerradas tienden a ser excluyentes y si ser mujer es una sola cosa, quizás no todas podemos serlo. Si es que ser mujer es venir a sufrir, como en el poema, a lo mejor a veces es como una puerta a la transformación.
–Durante muchos años una mujer estuvo siempre muy pendiente de la vista de los demás y el gran cambio se produce cuando deja de estar pendiente de esa vista, ¿verdad?
–Ahí está toda la teoría de la mirada masculina, de cómo ha construido la femenina, el ser mujer, la maternidad y cómo la propia mirada femenina recién empieza a emerger en nuestra época contemporánea, en los 60, con una mirada crítica con respecto a cómo ha sido construida. Eso nos devuelve la pregunta de hacia dónde se dirige la mirada y en mi caso es dirigirla hacia el interior, saber que puede validar un proceso como para afirmar, claro, ser mujer, con un respaldo de certeza interna. Porque eso no estaba fuera y no dependía de que alguien lo viera, no de que alguien lo confirmara externamente a través de la visibilidad, sino que tenía que haber una confirmación interna, cuyo transporte más concreto era la palabra, soy mujer, pero antes de la palabra, en mi caso, tuvo que venir esa certeza que era absolutamente interna y que no tenía forma, ni visibilidad, ni nada, era una verdad interna.

–Peleándose con las hormonas, tú cuentas exactamente cómo es esa transformación que para mí fue absolutamente sorpresiva.
–Mi gran descubrimiento también es que somos una bolsa de hormonas, o sea, las hormonas muchas veces dictaminan qué es lo que quieren y eso hace que nos movamos hacia cierto lugar o hacia otro. Por mi cuerpo pasaron hormonas masculinas y femeninas, te puedo decir que existe una gran diferencia de lo que quieren esas hormonas.
–Tengo una edad en que ya las hormonas han dejado de producir y también está bueno eso, porque uno empieza a tener más tranquilidad
–Exacto. Cuando empecé a consumir hormonas femeninas, fue una especie de conexión emocional que las hormonas masculinas prohíben. Las hormonas masculinas son productivas, son concretas, hacen que uno se enoje y las hormonas femeninas, en cambio, permiten una expresión de emociones que me había estado privada químicamente por 37 años. Las hormonas son determinantes de nuestra manera de estar en el mundo. Con respecto a lo de la madre, la protagonista de la novela necesita la validación de ella para iniciar su proceso, ese es el pacto de la novela, que la hija necesita que su madre la vea como hija para poder, aunque ella ya tiene clara su certeza y va a empezar su tratamiento de reemplazo hormonal, ella necesita la visa de la madre para ser vista como mujer. En parte porque esa madre la trajo al mundo, en parte porque esa madre es la mujer más importante de su vida, y en parte porque hay una confirmación que viene desde afuera, después de la confirmación interna, Juana ya sabe que es mujer, no tiene claro, va a empezar ese tránsito, necesita luego una confirmación desde afuera que le digan sí, es como el permiso para el vuelo, cuando te dicen ya, ahora puede volar.

–Una confirmación de la madre, no de cualquiera
–De la única persona que a Juana necesita la confirmación es de su madre. Juana pasó por el cuerpo de su madre y cuando nació la tomó y dijo, esto es un niño y le puso un nombre. Ahora Juana está pidiendo revertir eso y no necesita la confirmación de nadie más.
–Inacabada es un poco lo del Kintsugi, hay como una especie, no sé si de resignación, pero sí como una especie de aceptación de quien es uno.
–No quiero ser la vedette más importante del planeta, sino que quiero ser yo misma, que es algo muy diferente. Una cosa es quién es una y eso como el proceso interno de asumirlo, de abordarlo, de aceptarlo y el otro es el deseo, porque también lo que somos está sujeto a transformación. Cuando a una chica le dicen ay, eres muy mala para escribir y resulta que a lo mejor tu forma de escritura es un poco distinta a la de tu compatriota, ese dictamen se transforma en verdad. A lo mejor esa niñita tiene deseos de ser una escritora. El deseo y la identidad de quiénes somos, también me parecen que son modificables. Más que el kintsugi, me gusta mucho la remodelación arquitectónica, los espacios pueden ser remodelados. La identidad que creemos que es más cierta puede estar sujeta a transformación, a remodelación, a restauración, a lo que le queramos poner.
–Hablas mucho del deseo, del deseo también de los demás hacia uno y esa cosa que dices, el deseo de ser yo misma, es un deseo que tarda en aparecer…
–Puedo hablar de mi experiencia, no sabría decirte en general. No es que mi vida sea más particular que otra vida. No es que sea más especial que alguien más, todas las personas somos seres humanos y tenemos vidas en las que nos acercamos y nos alejamos de nuestros deseos. El deseo de ser una misma supongo que no es propio ni de la identidad de género, ni de las mujeres de 40 años.
–Cuando escribiste Inacabada, que acaba de obtener un premio muy importante y que te ha lanzado, digamos, internacionalmente, ¿tú pensabas todo esto o no?
–No. La novela fue escrita en pandemia, en confinamiento en Santiago de Chile. Fue un trabajo muy íntimo y jamás pensé que la iban a publicar fuera de Chile, jamás pensé que iba a tener un premio.
–¿Sientes que hay como un nuevo género que trata el tema de las mujeres trans?
–Esa pregunta más bien está siendo colectiva en el mundo, pero las narraciones trans han existido desde siempre. Vivimos en un mundo capitalista, entonces lo que leemos está coaptado por el mercado. El mercado actualmente sí está haciendo circular muchas novelas transgénero, pero no quiere decir que esto sea nuevo. Y no quiere decir que nosotras seamos las primeras y que antes de nosotras no estaba nadie, porque no es así.
–¿Qué viene ahora?
–Estoy haciendo un doctorado en artes visuales. Voy a publicar un libro sobre uno de los capítulos de mi tesis. Yo estudio artistas que rompen cosas y publicaré un ensayo largo sobre un artista que abre edificios, que los rompía en los 70. Después de eso, espero publicar una segunda novela.
Prólogo de Ariel Florencia Richards, con autorización de Alfaguara
Si bien la ciencia y la poesía han intentado describir la experiencia del tránsito de género con distintas analogías y metáforas, mi imagen favorita para explicar qué es transitar sigue siendo la que dio una niña trans chilena de doce años en una entrevista televisiva. Cuando le preguntaron cómo fue contarle a su mamá que ella era mujer, dijo: Entró un aire. Fue hermoso. Respiré, me saqué, yo, me saqué hacia fuera. Fue como el viento. En el video, que todavía se puede encontrar en YouTube, la chica aparece en una plaza santiaguina, un día soleado, sentada en un columpio, con el pelo tomado en una cola y una polera que dice imagine everything.
Cuando se le pone fin a un período de larga reclusión y mutismo voluntarios, las palabras no solo traen consigo un viento que se siente en el cuerpo, sino que resuenan inaugurales, como si nadie las hubiera pronunciado antes. Y es que esa novedad —que primero nos decimos a nosotras mismas y luego a los demás— es algo complejo y, a la vez, tremendamente simple. En mi caso, fue una frase de dos palabras que me demoré treinta y siete años en pronunciar.
A finales del 2018, el mismo año que se realizaron en Chile las marchas feministas más multitudinarias de su historia, me senté delante de mi terapeuta y después de un largo silencio, lo dije. Soy mujer. Y luego: Eso es lo que me pasa. Así comenzó un proceso de desmontaje de lo que yo entendía por identidad masculina, una coraza con la que circulaba por el mundo mientras no me atrevía a mostrarme. Si bien esa armadura estaba definida por acciones, también estaba sostenida en palabras. Quiero decir: quién era pasaba, principalmente, por nombrarme.
Judith Butler cree que el género no es estable, sino que se construye en el tiempo, como una repetición de actos performativos que generan la idea de un yo permanente. Y lo cierto es que el lenguaje y el cuerpo son posiblemente las herramientas performativas más poderosas que tenemos para desplegarnos pero también para remover o inquietar eso que no nos define y que nos incomoda. Las palabras que pronunciamos —que performamos y escribimos—, nos permiten comunicar quiénes somos. En ese sentido, el lenguaje nos da la posibilidad de cambiar.
Tengo un amigo sicólogo que está dedicado a acompañar a adolescentes y adultos durante su tránsito. A lo largo de su carrera, ha detectado una necesidad entre las personas trans de explorar con la escritura. Es que transitar también tiene que ver con enfrentarnos a las palabras que elegimos para reconstituirnos. En su tesis doctoral él sugiere que hay algo que nos falta en la transformación de nuestros cuerpos de un género a otro, que puede completarse a través de la narrativa. Y, vistas así, las palabras son también una tecnología que nos permiten encarnarnos en nuestros cuerpos de otra manera de la que se espera.
Antes de llamarse Inacabada, este texto tuvo varias formas y títulos provisorios. Primero se llamó Un proyecto fantasma y contó la historia de un joven ilustrador botánico que viajaba a la región de Aysén, donde descubría un bosque encantado en que las personas a las que les habían roto el corazón podían reencontrarse con sus antiguos amantes. Es decir, con sus fantasmas. Supongo que escribir esa historia (que ahora me parece algo melancólica y cursi) fue un cierre con mi vida afectiva masculina. Después de descartar ese texto, se convirtió —a partir de sus restos— en un diario de tránsito.
Tras esa versión, vino otra sin título en la que el amor y el tránsito se me presentaron como dos tácticas afectivas similares, ambas capaces de acercar distancias. Incluso la distancia de un sujeto con su centro. Y, si bien el ejercicio de narrar la propia biografía y sentirme autora de mi vida amorosa fue necesario, no era lo que quería publicar. Antes de encontrar su nombre definitivo y ya cerca de esta versión final, la novela tomó la forma de una carta de despedida que se tituló Roma. Ese texto reflexionaba principalmente sobre mi papá y la muerte. Su muerte, mi propia muerte en vida o bien lo que he ido dejando atrás.
Jamás guardé las distintas versiones de esos textos sino que las fui trabajando sobre el mismo documento. Editaba sobre lo que ya estaba escrito, sin control de cambios. Borraba capítulos y párrafos enteros como si estos hubieran cumplido su propósito, aunque nadie los hubiera leído. Sobre esos, escribí nuevos. Cambié frases de lugar y a pesar de todas esas acciones y comandos, de todos esos manuscritos superpuestos, reconocía dónde había puesto las palabras primero. Como si este procesador de textos en el que trabajo permitiera que quedaran huellas.
Ahora entiendo que todas sus versiones anteriores también son esta novela. Con mi pasado, mi forma de experimentar la masculinidad y su muerte. Creo que Un proyecto fantasma es Roma y que ambas son Inacabada. Este proyecto, o el texto en este estado, recoge las huellas de esos manuscritos pasados, del mismo modo que a veces reconozco en mí las ruinas de la persona que fui antes de transitar. Sin nombre, ya. Pero de una manera inmaterial, presente en lo que continúa.











