Una de las primeras cosas que le queríamos preguntar al autor de Georg Nicolaus, El espía que puso a Latinoamérica al servicio del Tercer Reich (Debate) si este libro está pensado para las nuevas generaciones, que empiezan a vivir como si el pasado no existiera, que votan a VOX, por ejemplo, porque no saben que existió Francisco Franco.
Ciudad de México, 16 de enero (MaremotoM).- Nuestro país estuvo a dos pasos de aliarse con la Alemania nazi. De hecho, en muchos momentos y con diversas acciones, sí la apoyó y proveyó de recursos y respaldo, tanto a escala local como estatal y federal. ¿Cómo fue posible? Gracias a la figura increíble del espía Georg Nicolaus, quien estuvo cerca de lograr que el vecino sureño de Estados Unidos se alineara con Hitler.
Así lo cuenta el periodista especializado en historia Juan Alberto Cedillo, quien narra que Nicolaus realizó una labor en toda Latinoamérica que pudo cambiar el curso de la historia. En esta obra, el autor de Los nazis en México, el periodista delinea —con el invaluable apoyo de Bernardo Nicolaus, nieto del protagonista— una historia prácticamente desconocida en la que la realidad venció varias veces a la ficción.
“Lo que ha motivado mi contribución a este texto es demostrar lo que significó para una persona con un cargo militar en funciones sobrellevar la carga de su origen judío en silencio, pues para esas épocas el partido y una élite muy cerrada dentro del búnker del representante del pueblo alemán de 1939 a 1945 segregó a personas solo por poseer un apellido u origen no local y encasilló en etnias, en una educación que se basaba en los conceptos de Charles Darwin, en la creencia de especies más evolucionadas que otras, concatenando una coempatía en el ser humano y tratando de asemejar esa diferencia en distintos tipos de etnias”, explica Cedillo en el prólogo.

Una de las primeras cosas que le queríamos preguntar al autor de George Nicolaus, El espía que puso a Latinoamérica al servicio del Tercer Reich (Debate) si este libro está pensado para las nuevas generaciones, que empiezan a vivir como si el pasado no existiera, que votan a VOX, por ejemplo, porque no saben que existió Francisco Franco.
–Es muy importante que la gente entienda que nuestro país formó el México moderno después de la Segunda Guerra Mundial. Ese periodo de la Alemania de Hitler, de los nazis en Alemania, de los socialistas profascistas en varios países y el fascismo Italia, provoca que en México también haya grupos que nacen con fascistas. También en México hubo grupos que proponían la limpieza racial, para tener una nación más fuerte.
–México fue como también un estado de guerra. Acá se asesinó a León Trotsky, por ejemplo
–Sí, es un teatro de guerra y fue el tablero ajedrez de muchas actividades de espionaje, no solamente los rusos, no solamente los alemanes, obviamente los Estados Unidos, que tienen un gran aparato de espionaje en la Embajada de Estados Unidos, los franceses con antropólogos que mandan a México. Los que tienen una gran actividad de espionaje son los británicos, que nunca se escuchan, porque son muy eficientes, pero aquí andaban haciendo muchas cosas.
–Ahora, ¿qué le pareció a usted el nieto de Georg Nicolaus? ¿Cómo se acercó a él? ¿Qué cosas le dijo para este libro?
–Fíjate que él me contacta después de que busca en las redes información. Sobre su abuelo, Georg Nicolaus, que termina su vida en Argentina, en sus últimos años había agarrado a su nieto, que tenía nueve años y se lo había llevado a paseos, largas caminatas, donde le contaba sus actividades de espionaje. El niño las veía como aventuras, el pequeño Bernardo Nicolaus, que ahora tiene casi cincuenta años. Cuando encuentra mis referencias me contacta y empezamos a intercambiar correos, hasta que años después me propone escribir la biografía de su abuelo. Bernardo no tenía la vergüenza de tener un abuelo que apoyó a Adolf Hitler en Alemania, pero su padre sí. Se opone a que Bernardo me dé fotografías, archivos, toda la documentación sobre Georg Nicolaus. El padre de Bernardo vivió el final de la guerra, él anduvo levantando los cuerpos destrozados por los bombardeos y sí tiene vergüenza de haber sido un alemán en los tiempos de Hitler.
–¿Qué pasó después?
–Luego vio lo que escribo y siempre lo he explicado: la gente que estuvo actuando acá en América Latina, para empezar, no estaban afiliados a partidos nazis. No es que esté obsesionado con el partido Nazi para la escritura. Estaba en Washington, D.C., cuando el gobierno de los Estados Unidos empieza a desclasificar documentos secretos sobre la Segunda Guerra Mundial y voy a ver qué había sobre México. Comienzo a involucrarme y me convertí en una especie de seguidor de todo esto, porque es un tema inédito, poco estudiado, poco trabajado, lo que es un beneficio para que los libros tengan cierta trascendencia.
–México siempre tuvo importancia en la historia
–Claro. México tiene el problema de que es muy chauvinista, pero la gente que está en el poder sabe que México es estratégico. Los ciudadanos comunes no tenemos referencia de la importancia estratégica que tiene nuestro país en el plano internacional, porque no tenemos una tradición internacionalista, simplemente tenemos una importancia estratégica por estar al lado sur de los Estados Unidos. México juega un papel fundamental en la guerra del Atlántico, porque ahí el libro cuenta que pusieron bases para que los submarinos alemanes no tuvieran que regresar a Europa a restablecerse de combustibles, sino que México, mejor dicho los espías y militares que colaboraron, les pusieron en islas del Caribe y del Golfo el petróleo que necesitaban, el crudo. Entonces todo eso convierte a México en un papel fundamental en el plano estratégico por su petróleo y la cercanía con los Estados Unidos, pero los mexicanos no somos conscientes de eso, nunca hemos tenido una tradición histórica, somos más bien chauvinistas, nos vemos el ombligo.
–Por el gran plano internacional que ofrecen sus libros
–Sí, sobre todo a partir de que se han abierto y desclasificado muchos documentos, en Europa, en España, en Rusia, en los Estados Unidos. Los mexicanos estamos acostumbrados a ver las historias de nuestro país, no nos abrimos ni siquiera hacia Latinoamérica, no nos abrimos ni siquiera hacia otras naciones cercanas y entonces eso nos provoca que seamos un país con una visión muy pobre como autor de la política en el mundo.
–Usted habla de los cuerpos destrozados por los bombardeos en la Segunda Guerra, ¿qué dice ahora del genocidio judío sobre la Franja de Gaza, el Líbano y todo eso?
–Es tremendo que Benjamin Netanyahu sea un replicador contra el pueblo palestino de lo que hicieron los nazis. Contra los libaneses y contra los sirios y contra cualquiera también. Es una cosa que se tiene que condenar y por eso es muy importante conocer la historia. Todos los pueblos son muy poco versados, hay que ser instruidos y reflexivos.
Juan Alberto Cedillo (Ciudad de México, 1954) Tiene estudios en historia por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es colaborador de la agencia efe y corresponsal de Proceso. Durante los últimos 10 años cubrió la “narcoguerra” en Durango, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz, entre otros. Es autor del libro Los nazis en México (Debate, 2007), ganador del Primer Premio Debate de Libro Reportaje en 2007. También publicó La Cosa Nostra en México, una reveladora investigación histórica que documentó cómo se infiltró la mafia italiana en el gobierno mexicano durante los años cuarenta y en la que History Channel se basó para una exitosa serie de televisión. En 2014 publicó en Debate su tercer libro, Eitingon, las operaciones secretas de Stalin en México, donde narra las operaciones de la inteligencia soviética para asesinar a León Trotsky y para conseguir los secretos sobre la bomba atómica. Su reciente libro, Hilda Kruger (Debate, 2016), es una biografía novelada sobre la espía y actriz que desde la capital mexicana colaboró con el Tercer Reich.
Adelanto de Georg Nicolaus, El espía que puso a Latinoamérica al servicio del Tercer Reich, de Juan Alberto Cedillo, con autorización de Debate
Prólogo
Los motivos del escrito sobre mi opa, o abuelo en castellano.
Lo que ha motivado mi contribución a este texto es demostrar lo que significó para una persona con un cargo militar en funciones sobrellevar la carga de su origen judío en silencio, pues para esas épocas el partido y una élite muy cerrada dentro del búnker del representante del pueblo alemán de 1939 a 1945 segregó a personas solo por poseer un apellido u origen no local y encasilló en etnias, en una educación que se basaba en los conceptos de Charles Darwin, en la creencia de especies más evolucionadas que otras, concatenando una coempatía en el ser humano y tratando de asemejar esa diferencia en distintos tipos de etnias. No usaré más espacio de este libro para no publicitar de manera directa o encubierta por medio de imágenes, ni medios ideológicos extremos, intermedios ni leves, pues de haber sido otro el resultado de las dos guerras mundiales tanto Georg Nicolaus como los que seguimos quizá ni hubiésemos existido, al comprobar que había una conexión genealógica con la etnia judía perseguida por el gobierno de esos tiempos y más específicamente por la élite dentro de la élite más cercana al regente representante de Alemania de esos años.
Georg Nicolaus solo apoyó la idea del progreso de su patria, con la enseñanza de los prusianos, que no buscaban ni venganza, ni mostraban odio, ni había ningún tipo de menoscabo a ningún grupo de personas. Solo creían en Bismarck, líder político y con ideas modernas de progreso económico y personal para la gente que vivía en Alemania por ese entonces.
Las nubes grises y tristes de los hechos abominables ocurridos en Alemania, específicamente de 1933 a 1945, no eran conocidos por casi nadie y solo enmarcan a un grupo específico que los perpetró, pero que por los resultados se englobó a todos los habitantes de Alemania y a todos los militares de ese tiempo, y en forma general se diseminó la idea que todos eran responsables, pero eso es una realidad que no coincide con las pruebas que luego se fueron encontrando, y que vieron la luz muchos años después, demostrando que no estuvieron todos involucrados ni todos fueron responsables. La idea no incluía los más horrendos hechos que sí fueron documentados en extensión y han sido reales, lamentable y espantosamente realizados, y si en ese caso “el grupo específico” que los llevó a cabo fue gente con las facultades mentales alteradas negativamente hacia el desquicio y demás calificativos negativos.
Con este escrito se busca plasmar la parte humana de gente sana, sin odio ni delirio mental. No repararé en dividir artificialmente por temas de divergencia para no generar fastidio y no dividiré a la gente por ninguno de los inventos humanos creados para diferenciar a la gente como puede ser en orden de importancia, el lugar de nacimiento, el apellido, la patria, la religión, las ideas políticas y ningún invento moderno de los que se usan para fragmentar a la población. Todos somos seres humanos, lo otro es solo bajeza para dominar y dirigir a la masa sin considerar a cada persona en su integridad y personalidad propia.
Las historias y los hechos que han ocurrido los abordo de manera muy especial, y si no hay un dato certero no lo mencionaré. Si hay un dato que es vago lo trataré como un dicho y aclararé qué tipo de situación envuelve al hecho para considerarlo verídico o simplemente haré un comentario personal, y si dijo algo al respecto Georg, lo haré saber de forma clara para que no quepa duda de que si él nos lo contó no fue para que se difundiera, si no, no nos lo hubiera relatado. El apego a las fechas me generó muchos contratiempos, pues el estudio pormenorizado lleva muchas horas de lectura e investigación de documentos en los que se usó la escritura Sütterlin, de la que a veces solo puedo captar algunas palabras aisladas, y ni hablar de traducirlos. Me ayudó mi padre, que por suerte entiende esa escritura, y aunque en algunos casos usé el traductor de la computadora personal, él que conoce el idioma le da un contexto más cercano al texto de esos documentos.
Espero que las jugosas historias los deslumbren y los hagan sentir partícipes de la vida de las personas que acompañaron a Georg Nicolaus en sus correrías por el mundo.
BERNARDO NICOLAUS
CAPÍTULO 1 Etiam si omnes, ego non
Orgulloso del nuevo rango que como miembro del Tercer Reich le habían anunciado el día anterior, Georg Nicolaus inició la jornada con su tradicional rutina: poner la filosa hoja de afeitar en la máquina, remojar su brocha y rasurarse meticulosamente, para terminar el arreglo personal colocándose su olorosa colonia favorita. Inmediatamente después se encaminó a “vanagloriarse” de su ascenso en el Casino Militar de Hannover, ciudad donde residía. Disfrutaba de una bebida en su mesa, cuando dos oficiales de menor rango pero que portaban en el cuello de su impecable uniforme negro las temidas ss estilizadas en forma de rayo, se detuvieron frente a él para saludarlo con la marcialidad que los caracterizaba. Levantaron el brazo con la mano extendida y expresaron el nuevo ademán que se había puesto de moda después del 30 de enero de 1933; esperaban que su contraparte respondiera con el mismo saludo, copiado de la época de los césares del Imperio Romano.
Georg Nicolaus había sido condecorado por su heroísmo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial con la medalla Cruz de Hierro y provenía de una familia con gran tradición militar. Se consideraba un buen patriota mas no un fanático del nuevo gobierno. No le impresionaba Hitler; más bien, le parecía un “desquiciado”, pero pensaba que un buen militar disciplinado no se involucra en la política, así que no respondió el saludo de los mandos inferiores. Segundos de tensión se respiran en la escena. Sorprendidos por el rechazo, los soldados de nuevo levantan el brazo y repiten el “Heil (Salve) Hitler” esperando que su contraparte ahora sí responda como el canon establecido ordenaba. No obstante, se quedan con el brazo en alto sin recibir respuesta al saludo.
Para los militares miembros de la organización de élite que está al servicio del Führer, el oficial que tenían frente a ellos había cometido un pecado capital al negarse a desearle larga vida a Hitler, debido a que para ellos era un “César” al que deberían de venerar.
El propio Himmler había ordenado a las hordas de las ss —conocidas en el mundo castrense como las “doble rayo”— que su camaradería y amistad solo debía darse entre los miembros castrenses de su propia sangre y con nadie más. Incluso el juramento de fidelidad de esta organización no era para Alemania como país, sino hacia Hitler como persona, así que ante la manifiesta indiferencia del militar los arrogantes miembros de las ss le reclamaron su insolencia y tras un altercado verbal se retiraron para inmediatamente acudir a reportar a Nicolaus con sus superiores, esperando que recibiera un castigo que ellos consideraban merecido.
Para esa época, los “fundamentalistas” ya habían impuesto el comportamiento social, y todos los adeptos del Partido Nazi lo imitaban. Sin embargo, a los alemanes civiles que no eran incondicionales del Führer les parecía una actitud bastante incómoda el comportamiento de esos extremistas. A pesar de ello estaban obligados por el entorno a imitar los gestos y saludos militares, acudir a marchas o cantar los himnos nazis, copiados de las óperas de Richard Wagner, aunque en su interior no estuviesen cómodos ni mucho menos alegres de expresarse de esa forma, con los típicos ademanes de moda, pero entendían que era lo “políticamente correcto” para llevar una vida lo más tranquila y menos amenazada posible.
Los nazis, o “pandilla de criminales”, como eran calificados en secreto los ciudadanos opositores al nuevo régimen, habían llegado al poder en medio de la más profunda depresión económica, representada por un desempleo que obligaba a millones de ciudadanos a estar en paro laboral irremediable, simultánea a una imparable inflación con precios que aumentaban cada día, lo que provocaba desesperanza, violencia política y caos.
Joseph Goebbels, jefe de propaganda del Tercer Reich, había entendido muy claramente que la desesperanza del pueblo alemán era su mejor aliado para que los nazis arribaran al poder. En 1926 había manifestado: “Lograremos lo que nos proponemos, si sabemos aprovechar el hambre, la desesperación y los sacrificios del pueblo para nuestros fines”.1
Un año antes de las elecciones que llevaron a Adolf Hitler a la Cancillería, la crisis económica llegó a su máximo con el desempleo de 6 millones de alemanes, que lograron sobrevivir con un subsidio menor a 20 marcos por semana, que ante la inflación no alcanzaban ni siquiera para lo básico.
Eran días en los que la violencia política se manifestaba en las calles con batallas campales entre los miembros del Partido Comunista y las Sturmabteilung o sa, las Tropas de Asalto y guardaespaldas de Hitler, que lo cuidaban desde antes de que llegara a la Cancillería. Las sa agreden sin excepción a todos sus enemigos políticos, incluyendo en sus ataques a minorías como los homosexuales, pero principalmente a los “enemigos” que los nazis hacen responsables de la crisis que vive Alemania: los judíos, a los que calificaban de “subhumanos”. El imprescindible enemigo interno que necesita todo régimen dictatorial.
Es el 30 de enero de 1933, y grandes y ruidosas marchas de las sa celebran en las calles el arribo de Hitler a la Cancillería; a partir de ese día, la cotidianidad en la Alemania nazi se rige fundamentada en los largos discursos del Führer, en seguir sus lineamientos, que se convierten en ley no escrita. Tras la llegada al gobierno, eran los fanáticos seguidores, como las sa y las Juventudes Hitlerianas, los que imponían el comportamiento social en todos los estratos de la población. Quien se atrevía a desafiar esas reglas se convertía en enemigo del Estado nazi.
Fue así que “sectores de las élites”, conformadas por gente común, decidieron renunciar en Alemania a sus facultades críticas individuales y se unieron a las masas en favor de una política basada en la fe, la esperanza, el odio. Depositaron su fe en malvados que prometían un gran salto hacia un futuro heroico, proponiendo soluciones violentas a los problemas locales y generales de la sociedad moderna de Alemania.2
Para el 14 de julio de 1933, escasos meses después de tomar el poder, Hitler decretó la desaparición de los partidos políticos en Alemania. La nueva ley señaló: “En Alemania existe como único partido político el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei […] Quien intente sostener la organización de otro partido, o formarlo […] será castigado severamente”.
Con esa medida quedó asegurada la dictadura de los nazis y comenzó la cacería para asesinar, encarcelar o expulsar del país a todos sus enemigos políticos. La perversidad de la nueva “pandilla de criminales” que controlan la nación se comienza a expresar con la quema de sinagogas, la destrucción de negocios propiedad de judíos y agresiones a cualquier miembro del pueblo hebreo.
La noche del 9 de noviembre de 1938, conocida como Kristallnacht o “La noche de los cristales rotos”, de infame memoria en la historia, los líderes nazis ordenaron a los miembros de las ss, las sa y las Juventudes Hitlerianas el ataque a las comunidades judías, sus negocios y la quema de sus sinagogas.
La violencia contra el pueblo hebreo debería parecer a los ojos de los ciudadanos como un estallido espontáneo de ira contra los judíos provocada por el asesinato de Ernst vom Rath, diplomático asignado a la embajada alemana en París, quien murió por disparos de Herschel Grynszpan, un judío polaco-alemán de diecisiete años radicado en la capital de Francia y sumamente molesto porque el régimen nazi había expulsado a sus padres de Alemania a Polonia.
Esa noche y los días siguientes, las hordas de la sa golpearon y asesinaron a decenas de miembros de la comunidad judía. “Incendiaron cientos de sinagogas. Destrozaron miles de negocios de judíos, rompiendo los vidrios de los aparadores. Causaron daños en cementerios y casas de judíos. Los dirigentes nazis le dijeron a la policía y a las brigadas de bomberos que ignoraran los ataques. Se suponía que esta violencia parecería un estallido espontáneo de ira contra los judíos”.3
A la mañana siguiente, el régimen nazi ordenó a la policía que arrestara a unos 30 000 judíos alemanes aunque no hubiesen cometido ningún delito. Fueron arrestados por el simple hecho de ser judíos y enviados a campos de concentración como el de Dachau y el de Buchenwald. La “pandilla de criminales” nazis comenzaba a cumplir las demandas que Hitler había diseñado en su famoso manifiesto titulado Mi lucha.
Para consolidar su dictadura, desde los primeros días del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en el gobierno, Joseph Goebbels, ya como ministro de Propaganda del Tercer Reich, decretó celebrar una conferencia de prensa diaria.
Con esa medida Goebbels asumió el control sobre el contenido de toda la industria de los periódicos, radio y cine con el objetivo de controlar el debate e imponer la narrativa que deseaba Adolf Hitler.
Lo que realmente hicieron en esas conferencias fue aplicar una censura sobre los periodistas que no reprodujeran fielmente los informes oficiales.
Al día siguiente de la conferencia, el Ministerio de Propaganda revisaba todos los diarios y los noticieros de radio para amenazar a los periodistas que no hubieran publicado correctamente su información, criticándola o “tergiversándola”, tomando represalias contra estos reporteros, quienes primero eran amenazados, sufriendo el posterior destierro y finalmente la persecución y el encarcelamiento.
Al mismo tiempo hicieron que la población alemana estuviera aislada de todas las fuentes de información independientes, como periódicos extranjeros y transmisiones de radio.
Para mantener un mayor control sobre lo que se escuchaba, regalaron un aparato de radio, al que llamaron el “Receptor del pueblo”, Volksempfänger, que tenía un alcance limitado, para impedir que la población sintonizara transmisiones extranjeras.
En 1939 ya había más de 12 millones de radios en el Reich alemán. Solo tres años después, 16 millones de hogares, o alrededor del 70% de la población, tenían acceso a la recepción de radio. La estación que sintonizaban los Volksempfänger difundía principalmente propaganda y mentiras contra los judíos.
Sin embargo, la verdadera fórmula mágica que los nazis utilizaron para disfrazar su dictadura ante la sociedad fue la “Beneficencia”, “caridad” y apoyos sociales del Estado hacia los pobres, desempleados y afectados por la crisis. Para distribuir la caridad y sus programas de apoyo social crearon una organización, a la que denominaron “Bienestar del Pueblo Nacionalsocialista”, Nationalsozialistische Volkswohlfahrt (nsv, por sus siglas en alemán), y la calificaron como “la institución social más grande del mundo”.
El programa de Bienestar fue también una idea de Goebbels, ya que en 1931 “descubrió el potencial propagandístico” de una asociación de auxilio que ayudaba a los miembros de las sa. A partir de entonces los programas de caridad y distribución de ayuda gubernamental a diversos sectores marginados se realizaron a través de Bienestar del Pueblo. Gracias a ese programa se explotaba la caridad como el principal factor de la propaganda nazi. Con esa difusión de ayuda a los pobres, Goebbels movía las fibras más sensibles de los alemanes, cuando en la temporada de invierno se organizaban en determinado pueblo los días de “una sola cazuela”, una comida completa a la que acudían los líderes nazis para llevar a cabo ese programa.
“Cada dos domingos, en lo que se ahorraba en abstenerse de comidas más elaboradas, se daba para Ayuda de Invierno. Se fotografiaba a los dirigentes nazis, incluyendo al propio Hitler, disfrutando de un plato de guisos humeantes”.4
“En mayo de 1931 Hitler reconoció a Bienestar del Pueblo como el único organismo de auxilio social del partido en todo el Reich; su patrocinadora pasó a ser Magda Goebbels”.5
Para 1933 el Führer prohibió todas las organizaciones de beneficencia privada en Alemania. Medida que permitió a los nazis la selección de los ciudadanos a quienes podrían destinar la caridad, subsidios y beneficios del gobierno y así utilizar los programas de Bienestar como arma política.
Un año después de su creación, la institución Bienestar del Pueblo se transformó en la segunda organización más grande del Tercer Reich, solo detrás del Frente Alemán de Trabajo, con 17 millones de beneficiarios, aproximadamente el 15% de la población, es decir, la mitad de los hogares. “Daba trabajo directo a unas 80 000 personas, con aproximadamente un millón más de voluntarios no pagados. En 1938 había entre ellos casi 8 000 Hermanas Pardas, es decir, enfermeras comunitarias de Bienestar del Pueblo, cuya tarea consistía en mantener el vigor biológico de la nación, más que practicar una forma de vocación secular o religiosa que se expresase en el cuidado de enfermos”.6
El Ministerio Imperial para la Ilustración Popular y Propaganda destacaba cada año las actividades del programa Ayuda de Invierno, ya que en esa estación del año Bienestar del Pueblo adquiría el 35% de la pesca nacional para repartir pescado fresco, además de carbón, ropa y papas a los “alemanes menos afortunados”. Para financiar la Ayuda de Invierno, las sa y las Juventudes Hitlerianas utilizaron métodos coercitivos y extorsiones contra empresarios, comerciantes y la población de clase media. Amenazaron con exhibirlos y convirtieron la negativa a “donar” en un “delito político” contra el régimen nacionalsocialista. Los denunciados quedaron marcados como “enemigos” de los pobres, fueron agredidos verbalmente y “linchados” moralmente por hordas jacobinas.
Con la consigna de “Hagamos Volksgemeinschaft” (comunidad que se sacrifica por un ideal superior), los empleados de Bienestar y sus voluntarios operaban unas 8 000 guarderías infantiles. Financiaron casas de retiro y de vacaciones para madres; distribuyeron alimentos para familias pobres y numerosas; subsidios para desempleo y apoyo a los adultos mayores, pero seleccionaban únicamente a los más sanos debido a que la política de limpieza racial pretendía eliminar a viejos, enfermos, minusválidos, deformes y enfermos mentales, así como esterilizar alcohólicos, entre otras minorías excluidas por los nazis. Los fondos destinados para los programas de bienestar social se duplicaron en los primeros tres años y pasaron de 640.4 millones a 1 395 millones de Reichsmark. Tan solo Ayuda de Invierno recolectó en cuatro años la fabulosa cantidad de más de 5 000 millones de kilos en alimentos y ayuda para repartir únicamente a los afiliados de las organizaciones de beneficencia nazi que se distinguían, sobre todo, por ser genéticamente puros de raza aria.
Los programas de caridad de Bienestar del Pueblo se habían fusionado con los planes gubernamentales de asistencia social, logrando así el objetivo de Goebbels de convertir a los beneficiarios de la caridad y los apoyados por el Estado en una base social que incluso realizaba actividades políticas que servían al Partido Nacionalsocialista.
Gracias a las campañas propagandísticas de Goebbels utilizando los programas de beneficencia, la “pandilla de criminales” obtuvo el apoyo de millones. No obstante, otros alemanes los rechazaban por sembrar odio hacia los homosexuales, hacia la comunidad judía, contra sus opositores, así como hacia otras diversas minorías que la política de eugenesia y la pureza de la raza aria rechazaba.
Sin embargo, esos millones de alemanes que no simpatizaban con el Partido Nazi ni sus fanáticos de las sa, las ss, las Juventudes Hitlerianas, etcétera, se debían cuidar de expresar sus opiniones en público o ante desconocidos. También debían, a pesar de su rechazo, comportarse de acuerdo con los cánones impuestos en el régimen del Tercer Reich.
Una característica fundamental de un Estado fascista o una dictadura es mentir en todos los ámbitos, convertir derrotas en triunfos, etcétera. Debido a ello los ciudadanos opositores pretendían mantenerse al margen de la hipocresía establecida por decreto por los nazis, ya que en una dictadura como la impuesta en Alemania o en la Unión Soviética de Stalin, la desconfianza para decir lo que se piensa no solo era una obligación, “sino una virtud que se debe practicar en todo momento”. E igualmente importante era no sufrir por el aislamiento social que va unido a una actitud de oposición a las mentiras del régimen fascista.
“El Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometida a la tan extendida costumbre de mentir”, escribió años después Joachim Fest en su texto “Yo no. El rechazo al nazismo como actitud moral”. “Etiam si omnes, ego non” (Incluso si todos los demás, yo no) fue la consigna de Fest y su familia.
En ese contexto se comprende que el rechazo del militar Georg Nicolaus a no responder al saludo de las ss debió ser denunciado para que el infractor fuera encarcelado sin miramiento alguno.
Después de ser denunciado por los arrogantes y temidos militares de las ss, Nicolaus se debe presentar ante sus superiores. En su descargo, Georg Nicolaus argumentó que los otros militares eran de menor rango y el protocolo señala que, como superior, él debe iniciar el saludo, y si no lo hace un soldado inferior no puede obligarlo a saludar.
La argumentación era correcta y eximió a Nicolaus de una sanción, pero los miembros de las ss no quedaron conformes. Entonces advierten al superior que al oficial acusado le faltaba el arma de cargo en su funda, que estaba vacía sin revólver o pistola, una falta grave en tiempos de guerra.
Al final la audiencia termina con una solución “salomónica”: los dos militares ss recibieron un escarmiento por insubordinación de un soldado de menor rango hacia uno de rango superior. A Nicolaus se le castiga por no llevar el arma de cargo. En su defensa argumentó que no portarla había sido un olvido, pero igual es puesto bajo su primer periodo de prisión, en la misma celda junto a uno de los militares “doble rayo” para que recapacitaran sobre lo sucedido. El castigo fue de quince días preso, pero posteriormente la condena fue reducida a siete días por buen comportamiento de ambos. Luego de cumplir la condena, los militares terminaron siendo amigos. Nicolaus quedó satisfecho de que ante su nuevo amigo ya no sería necesario realizar el “saludo antediluviano”, como él calificaba en privado ese tipo de ademanes.
El altercado quedó como anécdota de una situación pasajera. No obstante Georg Nicolaus siguió con la misma costumbre de no portar el arma reglamentaria, pero cuando debía portar el uniforme militar escondía la cartuchera para disimular la falta del arma.
Ya había mencionado antes que Georg Nicolaus era un oficial que había sido condecorado por su valentía y heroísmo en la Primera Guerra Mundial, conflicto en el cual fue herido en una pierna. Como la mayoría, muchos de los soldados que posteriormente lucharon por órdenes de Hitler eran buenos ciudadanos, buenos padres, esposos, etcétera. Sin embargo, en la Alemania nazi ahora estaban bajo el mando de una “pandilla criminal” que se preparaba para vengarse de la dolorosa derrota sufrida en la Gran Guerra, que ilusionaba a la población con la promesa de recuperar los terrenos que pertenecieron a Prusia y con una gran transformación de Alemania, que tendría un nuevo Reich (imperio) que duraría “mil años”.
Georg Nicolaus y la gran mayoría eran “hombres ejemplares” cumpliendo órdenes insanas que iban contra su naturaleza de personas de buena voluntad pero que no conocieron los detalles y consecuencias de sus actos. Hombres “normales” cumpliendo las criminales órdenes de los nazis, actitud que la filósofa de origen judío Hannah Arendt calificó como “la banalidad del mal”.
“Eichmann siempre había sido un ciudadano fiel cumplidor de las leyes, y las órdenes de Hitler, que él cumplió con todo celo, tenían fuerza de ley en el Tercer Reich”.7 En su defensa en el Juicio de Jerusalén, el “monstruo” Eichmann argumentó que en el régimen nazi “cumplir la ley no significa simplemente obedecerla, sino actuar como si uno fuera el autor de las leyes que le toca obedecer”.8 Así que es preciso ir más allá del mero cumplimiento del “deber ser”.
En Europa se vivía una época que fue calificada por los propios jerarcas nazis como un “periodo de crímenes legalizados por el Estado”.
Durante el periodo de entreguerras Georg Nicolaus se había desempeñado como banquero en una nación de Latinoamérica. Como parte de su trabajo había recorrido casi todo el sur del continente. Conocía muy bien la lengua de Cervantes y la cultura de los latinoamericanos. Debido a ese conocimiento sería seleccionado por el Ejército del Tercer Reich para llevar a cabo importantes operaciones en toda América Latina.
Nicolaus fue el jefe de los espías que el Ejército de Alemania mandó a Latinoamérica. Durante su estancia de un par de años llevó a cabo estratégicas misiones: enviar de contrabando toneladas de petróleo para las Wehrmacht, enviar materias primas para la industria bélica, realizar operaciones de sabotaje, espionaje industrial sobre avances en la tecnología militar, vigilar los movimientos de la Armada de Estados Unidos, establecer bases secretas en el golfo de México para que los submarinos alemanes se reabastecieran de combustible sin tener que regresar a Europa y difundir por todo el continente la propaganda a favor de Hitler, entre otras actividades que resultaron estratégicas para el Ejército alemán.
Las actividades encabezadas por el oficial de la Abwehr en México, Brasil, Argentina y diversas naciones del cono sur resultan fundamentales para entender y revalorar el papel que jugaron los países latinoamericanos durante la Segunda Guerra Mundial.
Además, realizó el primer ataque a un buque inglés en el hemisferio occidental, un osado acto que fue reproducido en naciones como Argentina, en cuyo puerto de Buenos Aires se colocaron bombas para hundir a los barcos enemigos.











