La escritora recurre a “la inteligencia vegetal” para construir un relato sobre la incansable búsqueda de las madres de los desaparecidos, en un país donde el 75% del territorio tiene fosas clandestinas.
Querétaro, Querétaro, 7 de septiembre (MaremotoM).- Nadie le hace caso a la escritora Alma Delia Murillo y la siguen considerando “periodista”, cuando ella a pesar de sus columnas se considera “ solo una opinatrix más”.
“Respeto mucho el oficio, por el rigor que exige, por los riesgos que se cobran en un país como este, pero yo soy escritora. Solo soy una opinatriz más”, dijo a su llegada al Hay Festival, en donde este sábado presentará su novela, una de las más vendidas del año, junto a madres buscadoras de Jalisco.
Ella quería escribir sobre la oscura realidad de nuestro país, que según datos no oficiales “tiene ahora ya 133 mil desaparecidos en algunas de las fosas que hay en el 70 por ciento de su territorio”, pero al mismo tiempo no quería que fuera una novela de escritores.
“La herramienta que yo tenía en la mano era la posibilidad de narrarlo desde este otro lugar, porque vengo a la ficción. De hecho, la novela comienza diciendo esto no es verdadero, pero es verdadero. Quería empezar por ahí a elucubrar, a viajar, a hacer trabajo de campo. Entonces, por eso me acerqué a diferentes colectivos en Veracruz, en Guanajuato, en la Ciudad de México. Por eso acompañé esta jornada de búsqueda de relato del libro”.
Así fue tejiendo este libro, una especie crónica de esas experiencias, acompañando búsquedas con dos aliados fundamentales, que incluso podrían rayar lo fantástico: los árboles y los sueños de las madres.
“Hay toda una inteligencia vegetal, que así se llama en botánica, que considera que los árboles dejan ver su tiempo. No nada más porque al contar los anillos del tronco podemos conocer los años de vida, si hubo o no sequías, sino porque cuando hay un exceso de cuerpos en descomposición en sus cercanías, los árboles reciben más nitrógeno de lo que necesitan y los termina enfermando”.
Según sus investigaciones “cuando una persona muere violentamente la química post-mortem cambia y la necrosis celular no es la misma a quienes mueren en su cama por una enfermedad”, pero fue acompañando a las mamás buscadoras que descubrió que sabían “leer” las zonas agrícolas y los patrones de la vegetación para descubrir que posiblemente allí hay algo y cavar.
Si los árboles hablaran
“Si cambia la coloratura de las hojas de los árboles, saben que allí pasó algo. Y ellas mismas me decían si los árboles hablaban, si eso se pudiera contar”.
Así comenzó esta novela, lamentando la muerte de la palmera de Reforma, donde luego se sembró un ahuehuete que murió y ahora hay Antimonumento a los desparecidos.
“Pues fue un gran acontecimiento, cortaron esa palmera, pusieron un ahuehuete, se rodeó pronto de rostros de personas desaparecidas y el árbol se murió. Entonces yo ya venía pensando en esta forma de hacer el relato y me pareció que el ahuehuete se estaba aliando con los colectivos para mostrar su quehacer”.
Raíz que no desaparece (Alfaguara) es una crónica de este acompañamiento con madres que incluso sueñan a sus hijos que les dan pistas, detalles de la ropa y lugares como calles, zonas, ventanas, portones, escuelas y luego en efecto los encuentran allí.

“Hablarle a una fiscalía de eso que ellas hacen no es posible porque se burlan, por eso no podía hacer un texto periodístico, para tejer estos otros elementos oníricos, pero también para que nos acercáramos a algo más amoroso, más vital, más desde la sangre que nos haría a cualquiera de nosotros buscar a un ser querido no desde la necropolítica o la estadística”.
Pausa para sanar
Con un tema tan crudo Alma Delia confesó que en cierto momento tuvo que hacer una pausa antes de que su investigación de casi dos años se convirtiera en un dolor autodestructivo.
“Pues sí, es delicado porque luego uno puede responder y hacer que se trate de ti, y pues no se trata de ti, se trata de esto mucho más grande cuando se trabaja con los colectivos. También yo terminé la novela en 2024, en noviembre del año pasado, y doy un dato de 124.000 desaparecidos, hoy son 133.000 y solo han pasado meses”.
Ella había visto este documental que se llama Estado de Silencio, donde hablan muchos periodistas de sus procesos acompañando este tipo de búsquedas y cómo se enferman. “Y yo pensé que eso no iba a pasar, porque estás con el dolor que a veces no tienes ni siquiera el lenguaje para nombrarlo, porque estás yendo de corazón a corazón para que las mamás y los colectivos se acerquen. Lo que uno tiene que hacer es llegar asumiendo toda su tropeza y toda su ignorancia, de decir yo no sé cómo pero quiero acompañarte”.
Murillo compartió que la hechura de este libro “le dio una revolcada tremenda”.
Cuando ya estaba por acabar la novela se enfermó de influenza y por las fiebres de 40 se cayó y se rompió un diente, lo que le ocasionó un tumor fósil por el trauma.

“Me empezó a dar miedo apagar la luz en las noches y todo ese dolor te descoloca y sí necesitas poner un poco de distancia, luego todo se va acomodando, porque no sólo es horrible, también es precioso, también es increíblemente conmovedor atestiguar ese amor tan feroz, tan contra lo que sea, que hace resistir a los colectivos, su alegría, es una alegría única, como de sobrevivientes en la guerra, donde cuando hay posibilidad para la alegría, es una alegría total, bien de haber estado en la guerra, entonces, no sólo se sufre, sino que también te deslumbra, y te transforma a testigar esta forma de amor tan tremenda, tan total”.
Fosas en el 75 por ciento de México
Este sábado, la escritora conversó con una integrante del Colectivo de Madres buscadoras de Querétaro, donde hay varios colectivos muy educados en la búsqueda de personas desaparecidas, aunque se piensa que en el estado no pasa nada.
“Igual pasa en la Ciudad de México, donde poco se habla de los desaparecidos en la capital del país, pero hay fosas clandestinas en el 75% del territorio nacional, eso quiere decir prácticamente todo el país”, dijo al recordar que para el libro acompañó a colectivos de Veracruz, Guanajuato y CDMX.
Pidió entender que aunque se hable de colectivos son familias, personas que buscan a sus seres queridos y están en su proceso de aceptación y se agrupan aunque sean de otros estados como Nuevo León, de Sonora, de Chihuahua.
“Creo que un poco lo que ha pasado ahora que la novela recién salió, tiene tres semanas, pues es que me empiezan a contactar de estos otros lugares, de estos otros espacios que todavía no son quizá tan obvios o tan visibles”.
Necropolítica
Durante su charla se le cuestionó sobre la raja que algunos políticos sacan de los colectivos e incluso la competencia que existen entre ellos. A lo que la autora contestó que “hay dos dimensiones, por un lado, renunciar a la concepción hecha de la víctima, a tacharlos de buenas o malas personas. Pero no, lo que pasa es que siguen siendo seres humanos como cualquiera de nosotros y esas otras dimensiones de su vida no se apagan con la búsqueda”.
Y por otro lado, “el Estado mexicano y la estúpida polarización de partidos políticos ni siquiera alcanza una dimensión más compleja. Lo único que se está haciendo es lo que muchos estudiosos, entre ellos Rosana Redillo, le llamamos necropolítica que es básicamente cómo administramos esta tragedia y en favor de quién”.
Para muestra, la autora compartió cómo diversos partidos durante tiempo de elecciones se acercaron a los colectivos para conseguir votos. “Estuve en una búsqueda en abril del año pasado y se acercaba junio periodo electoral que es el peor tiempo del año básicamente y sí, se acercaron los de Morena y los del PAN con las mamás como de un lado y del otro, yo los vi”.
En la novela se cuenta la historia de Ada, una mamá que está buscando a su hijo Marcos y ella sabe que lo tiene que buscar en un árbol porque su hijo se lo dice en sueños. El árbol se murió por el hongo y ella cree que es la palmera de Reforma y ahí empieza todo su proceso de búsqueda. “En el camino hay un aliado que está dentro de una fiscalía, que se llama Juliány lo traigo a cuento porque de lo que también fui testigo y esto se nombra poco, pero sí hay uno o dos funcionarios públicos que genuinamente quieren hacer algo porque también están metidos en este engranaje de locura de corrupción”.
La autora acepta que hay policías que quieren hacer algo pero es complicado. “Entre los familiares se sabe que siempre hay involucrado en el proceso de desaparición de sus familias o una fiscalía o alguien de la Guardia Nacional o policía y por eso en la novela hay un punto donde yo digo a lo mejor el gobierno no investiga las desapariciones porque no se quieren investigar a sí mismos , porque no puede ser que desaparezca una persona cada 45 minutos”.
En la novela hay un pasaje donde se menciona el memorial de las víctimas de los atentados del periodo de Pablo Escobar en Medellín, Colombia y en Argentina, un país que tiene una herida tremenda por las desapariciones del periodo de la dictadura. Murillo se inspiró en la chilena Norma Fernández autora de La dimensión desconocida, así que por ello “es inevitable que se vuelva un fenómeno regional”.
Sobre la frustración de no encontrar justicia en México, Murillo comentó: “intento no engancharme en esta emoción tan cabrona, tan legítima de la frustración y la rabia, por supuesto que están ahí y están mucho a lo largo de toda esta novela, pero es que a mí me transformó estar cerca de los colectivos, porque ellos no están solo ahí, no los sostiene el dolor sino el amor,y es verdad es un amor muy feroz muy vital, muy de esa cosa que no sabemos ni qué es la sangre, ¿no? la sangre de tu sangre y el carne de tu carne entonces, por eso en mi novela yo intento ir más por ahí que por este otro lado”.
Los cinco capítulos del libro están divididos cada uno con fichas reales de personas desaparecidas con nombre, año que desaparecieron y de que ciudad. Al final se incluyen 20 páginas de nombres de personas desaparecidas como una manera de la memoria, porque ya se niega que existan las personas desaparecidas en este país.











