Publicó La historia de los vertebrados. La escritora catalana fue elegida diputada de Comunes, un partido de izquierda que integra Podemos, el 20 de diciembre de 2015, el mismo día en que se convirtió en madre de mellizos y “enloqueció”. En su primer libro, de una belleza anómala, da cuenta de la vida que se abre paso, del miedo como una fuerza feroz y de la “locura puerperal”.
Ciudad de México, 14 de octubre (MaremotoM).- “El 20 de diciembre de 2015 me convertí en madre y enloquecí”, afirma Mar García Puig en la primera línea de La historia de los vertebrados (Random House), un libro de una belleza anómala cuya vibración perdura mucho tiempo después de la lectura. Como un eco que vuelve a anunciar, más allá del espanto, la vida que se abre paso, el miedo como una fuerza feroz en el espejo de la mortalidad y la “locura puerperal” a la manera de una sombra que se proyecta en el horizonte de la fragilidad humana. “Al anochecer, cuando yo contaba contracciones en la sala de dilataciones, el país contaba escaños. Y ambas cuentas confluyeron en una nueva vida para mí, porque uno de esos escaños iba a ser mío. El mismo día del nacimiento de mis hijos, me convertí en diputada del Congreso”, agrega la escritora catalana con una honestidad brutal, que va directo al grano de un complicado doble ingreso a la maternidad y a la arena política.
Locura, maternidad (madre de dos mellizos, Sara y David) y política le permiten a García Puig explorar las heridas personales y también indagar en las locas del pasado desde la “precursora” Emma Riches, que ingresó por primera vez al manicomio de Bedlam (Londres) en 1857 pocos meses después de haber dado a luz a su segundo bebé. Emma tuvo tres hijos más y en todos los casos repitió el mismo patrón: paría y al cabo de pocas semanas era ingresada en el manicomio, permanecía nueve o diez meses y luego regresaba a su casa. La escritora catalana, que nació en Barcelona en 1977, necesita unir el cordón umbilical de su “locura puerperal” con las locas pretéritas parar articular una familia conectada por las crisis nerviosas, la congoja y el llanto. En una de las fotos que se conserva de Emma aparece una tercera mano. “Sigo preguntándome de quién es la tercera mano. El lector racional dirá que es de una enfermera, que trataba de impedir que se golpeara o que tocara la cámara. Yo prefiero pensar que es la mano de otra loca, de su madre, de su tía, de su abuela, de las locas de la historia. Veo la mano de Emma sobre mi mano en mi regazo, cuando estoy en el escaño, cuando me toman la foto, en el tren que me lleva de vuelta a casa, y las dos manos juntas son memoria”, plantea en uno de los capítulos de La historia de los vertebrados.
El título de su primer libro viene de “Su primera semana”, un poema de la poeta estadounidense Sharon Olds. “En ese poema, está hablando de la primera vez que baña a su hija y como tiene miedo de que se le escurra, de que se caiga; tiene incluso un poco de humor porque dice que de repente ‘oigo crack y pienso ya está’, y entonces siente como si tuviera la historia de los vertebrados en sus manos. Eso me gustaba porque me permitía combinar esa épica de cuidar a un ser desvalido y que depende completamente de ti, pero a la vez también tenía un giro un poco irónico, ‘la historia de los vertebrados’ como una cosa un poco grandilocuente, y me gustaba esa ambivalencia”, reconoce la escritora.

La fragilidad humana
-El título del libro parece incluir también la idea de la fragilidad humana, que está tan presente cuando pensamos en la maternidad y la locura, ¿no?
-Sí, totalmente. Yo creo que es uno de los ejes del libro: cómo nos relacionamos con esa fragilidad. Muchas veces la maternidad se ha considerado como un tema que interesa solo a las mujeres y a las madres. Y yo quería reivindicar, como han hecho muchas otras autoras, que la maternidad te pone en contacto, seas madre o no, con cosas que son muy universales como la fragilidad humana. La maternidad es un tema universal, aunque muchas veces se nos haya hecho creer que es un tema menor. En uno de los capítulos del libro recuerdo la anécdota de Sharon Olds cuando envía sus poemas a una revista de literatura y le dicen que son para una revista femenina porque hablan precisamente de la fragilidad.
-Como si en las revistas de literatura sólo se admitieran temas “masculinos” y de varones.
-El problema es esta idea de que lo universal es lo masculino. Todas hemos leído sobre guerras sin haber ido a ellas. Me pasa una cosa curiosa con este libro y es que ha salido en un muy buen momento para trascender un poco y que no lo lean solo madres que han tenido algún tipo de problema relacionado. La literatura nos permite leer sobre cosas muy ajenas a nosotras mismas y entenderlas. A veces en las firmas vienen mujeres y me dicen: “yo no he sido madre, pero tu libro me ha gustado mucho”. Me parece curioso porque nunca me he acercado a escritores que han escrito sobre la Guerra civil a decirles: “yo no he estado en la guerra civil, no la he vivido, pero tu libro me ha gustado”. La maternidad no ha sido un gran tema literario ni fue considerada un tema universal.
Madre monstruosa
-¿Por qué persiste el paradigma, tan internalizado por las mujeres, de la madre monstruosa?
-La maternidad tiene algo de monstruoso; está la idea, siempre subyacente, de que ha pasado algo que se escapa a la racionalidad; que no había un ser y de repente está. Esa idea de que no vas a dar a luz a una persona, sino que das a luz un nuevo mundo y ya no es el mismo porque hay otra persona, y tú también sufres una serie de metamorfosis. La relación de las mujeres con el cuerpo siempre ha tenido mucho que ver con lo monstruoso. Después hay una serie de estigmas sobre la mujer y parece que nunca puedes ser una buena madre, que es un objetivo inalcanzable, porque si estás demasiado presente eres la madre castradora. Si no, eres la madre ausente y entonces tienes un nombre, que es la madre congelador. Incluso el propio psicoanálisis le puso todo tipo de epítetos: ‘la madre cocodrilo’, ‘la madre congelador’, que tienen algo de monstruoso; la madre que es capaz de helar; la madre que es capaz de comerse a sus hijos. En el imaginario colectivo, ves la figura de la Virgen María, de la madre sacrificada, de la madre pura, con la que es muy difícil relacionarte. Yo creo que acabamos casi todas en la madre monstruosa porque el ideal de la Virgen es inasumible (risas). La universalidad de la maternidad reside no solo en que es un momento que te pone en contacto con esa fragilidad, sino que también todos nos hemos relacionado con la maternidad, porque tenemos una madre ausente o presente.
-En la investigación que hiciste para escribir La historia de los vertebrados, ¿te sorprendió algún aspecto o cuestión del vínculo entre maternidad y locura?
-Me sorprendió mucho encontrar que en épocas muy definitorias a nivel económico, a nivel de cambios sociales, como en la época victoriana, se produjera esta explosión de locura puerperal. Una de las formas que ha habido de domar y castigar a la mujer ha sido a través de su papel de madre, porque la maternidad es algo que cruza a las mujeres, quieras o no quieras ser madre, lo seas o no. En muchos discursos políticos actuales se está volviendo a revalorizar la figura de la madre para hacer política. La mujer que opta por la no maternidad, o no puede serlo por cualquier circunstancia, también sufre un peso sobre hasta qué punto está legitimada socialmente.
-En un momento del libro recuerdas que tuviste problemas con algunos varones de la coalición de Podemos en los que se explicitaba claramente el machismo. Ahora que hay cada vez más mujeres en la política en España, ¿te parece que ese machismo está cediendo y que hubo cambios?
-En el momento en que asumí como diputada fue el Congreso español con más mujeres de la historia. Ya hace un año y medio que no soy más diputada. Yo no he visto ese cambio, puedo decir que somos más mujeres; pero la política es un entorno tan hostil, que aunque quieras cambiar una serie de dinámicas, te acaba absorbiendo completamente, y esto es transversal a los partidos. La maquinaria política muchas veces no permite hacer esa pausa tan necesaria; por eso era importante hablar de esto en el libro porque la literatura es una forma de poner la pausa para ver en retrospectiva. El otro día comentaba la cantidad de mujeres que abandonan la política muchas veces decepcionadas. Desde el feminismo tenemos la manía de contar cuántas mujeres hay; es necesario poner luz sobre esas cifras, pero hay una cosa que se llama “tasa de supervivencia”, que es el tiempo que permanecen las personas en política. Nosotras podemos haber alcanzado casi la paridad, pero ellos aguantan muchísimo más en política; hay que plantearse por qué sucede esto en todos los partidos. Pusimos el foco en cambiar las leyes y en hacer que hubiera obligatoriedad en la presencia de mujeres; pero ahora falta bajar al detalle en cómo se trata a las mujeres que están en política y cuánto pueden permanecer.
-En La historia de los vertebrados señalas que sos prisionera de la esperanza, tanto en el Congreso como en el hospital, donde los mellizos estaban internados. ¿Qué implicancia tiene la esperanza para la diputada que fuiste, para la madre que sos?
-La esperanza es un arma política y vital de supervivencia, al menos es la única que he encontrado. La esperanza es el motor en un mundo inestable, donde somos frágiles, donde vivimos en medio de la incertidumbre constante. Mucha gente me pregunta si salí muy decepcionada de la política y siempre respondo que la esperanza no la he perdido porque perder la esperanza sería devastador. Yo no venía del mundo de la política y entré con mucho idealismo y pensando que podíamos conseguir muchas cosas; es verdad que te das de bruces con una realidad donde no todo se puede hacer y hay unas fuerzas económicas que ponen muchos límites. La esperanza es lo que permite seguir haciendo política desde muy diferentes sitios. Yo tenía muy claro que no quería salir de la política descreída, con esos discursos de la antipolítica en los que se dice que la política no sirve para nada o que todos los políticos son iguales. Sigo manteniendo la esperanza que a través de la política se pueden cambiar vidas. Estaba en Comunes, un partido aliado de Podemos, una fuerza muy explosiva que creció mucho y rápido y eso nos abrumó y no supimos tampoco cómo articularlo. Pero tiene que evolucionar y creo que sigue siendo posible articular cosas desde ese espacio.
-En el libro revelas que tu padre te inició en la política. ¿En qué sentido fue una figura central para tu politización?
-Aunque nací en Barcelona, mi padre era de un pueblo de Castilla que se llama Soria, que estuvo muy castigado después de la Guerra. Mi abuela materna era maestra durante el período de la República. El franquismo castigó mucho a los maestros de la República porque se habían formado con una serie de valores que no querían que transmitieran a los nuevos alumnos. Mi abuela y su familia tuvieron que emigrar y estuvieron siempre muy vinculados al contrafranquismo, a la lucha en la clandestinidad desde el Partido Comunista. Mi padre además era abogado laboralista y muy sindicalista; pero también tengo un poco de rebeldía contra determinadas formas del sindicalismo y del partido comunista, muy masculinas y verticalistas. Mi padre es quien me politizó y quien me dio, junto a mi madre, esa capacidad crítica para poder ver también el mundo como feminista y poder impugnar determinadas cuestiones de esa tradición familiar.
El discurso de odio de la ultraderecha
-¿Por qué han crecido tanto los discursos de la antipolítica?
-Tenemos esta tendencia de pensar que vamos avanzando de forma lineal, pero a veces retrocedemos. Este retroceso lo he visto en España con el tema del feminismo; retrocedemos cuando hemos avanzado tanto porque hay una reacción. A veces lo pienso también en el tema de la literatura, cuando determinados discursos críticos dicen que ahora solo se publica a mujeres, que para que te publiquen “tienes que ser una mujer hablando de temas de mujeres”; es también una reacción a que por fin se publican muchas mujeres. En España ha habido una evolución en los derechos de las mujeres y ahí la ultraderecha se ha rearmado y ha creado un discurso de odio contra lo que llaman la “ideología de género”, el feminismo, y quieren devolver a la mujer a su rol exclusivo de madre y juzgarla por qué tipo de madre es. En Italia, Giorgia Meloni se ha definido siempre como madre y eso es lo que le ha legitimado. La perversión que tiene esto es que ya no es un señor fascista alzando el brazo; es una mujer madre que te habla de tú a tú, pero que tiene una concepción de la maternidad que atrasa un siglo.
-“El miedo materno es una fuerza feroz que ha dado forma a nuestro mundo”, planteás. ¿Escribir “La historia de los vertebrados” es tu forma de rebelarte contra ese miedo?
-Sí, recuerdo que cuando estaba realizando la investigación, tenía tal cantidad de material sobre el disciplinamiento y el miedo, que de repente empecé a pensar que no iba a tener espacio. Y entonces me imaginé las bibliotecas que se pueden llenar con informes médicos, con discursos, con todo tipo de documentación histórica de cómo se ha disciplinado a las mujeres a través de ese miedo: qué le va a pasar a tus hijos; qué te va a pasar a ti si no puedes cuidar a tus hijos, si te sales del carril establecido. ¿Qué le puede pasar a nuestros hijos si no somos esa madre abnegada? Esto es algo con lo que vivimos y nos somos conscientes porque esos discursos están tan interiorizados que no los impugnamos. El miedo y el sufrimiento materno nos atraviesa.
-Al reconstruir las historias de locura puerperal, ¿qué te ha revelado de vos misma?
-La maternidad como una monstruosidad muchas veces la vives con culpa. Yo recuerdo que había pensamientos que no me atrevía a revelar: ¿cómo puedo pensar eso sobre mis hijos? Yo había luchado mucho por ser madre, porque no podía, y de pronto miraba a mis hijos a la cara y sentía terror. Emma Riches no quería estar con su hijo. Cuando de repente leí eso, que existe este rechazo al bebé, da igual que esté tipificado en un libro de medicina, la culpa no te la quitas de encima. Pero al ver esas otras monstruosidades, a esas otras locas, me comprendí a mí misma. Me gustaría poder decirles a todas las mujeres que no son malas madres, que no se torturen.
El acompañamiento
“En Barcelona, en mi ciudad, posteriormente a lo que me pasó a mí, se abrió una unidad de psiquiatría en uno de los hospitales públicos más importantes donde van las madres con los niños, de forma que no separas a madre y niño. La atención es conjunta; son centros de día donde hay una supervisión y un acompañamiento a esa maternidad que empezó complicada”, explica Mar García Puig un cambio que implica una gran avance. “Luego está la violencia contra las madres, las retiradas de custodia y los laberintos burocráticos. Cuando hay una retirada de custodia, que en un principio puede ser de tres meses, entras en un laberinto que se eterniza, en un sistema que penaliza especialmente a las madres en situación de precariedad, a las madres migrantes, a las madres racializadas. Estos son datos; no es debatible: las retiradas de custodia en España se realizan sobre todo a las madres en situaciones más vulnerables”, advierte la escritora.

Adelanto de La historia de los vertebrados, de Mar García Puig, con autorización de Random House
El 20 de diciembre de 2015 me convertí en madre y enloquecí. Cerca de la medianoche, en una sala blanca del hospital barcelonés de Vall d’Hebron, una cabeza asomaba fuera de mi cuerpo como un fuego en medio de una zarza. Mientras empujaba, me pareció ver en las molduras del techo un dragón que, cuando el bebé estalló en un sonoro llanto ya en brazos ajenos, huía por la ventana y con su cola arrastraba las estrellas de esa noche clara para dejarlas caer con un golpe seco sobre el suelo. Sin darme apenas cuenta, distraída pensando en quién iba a limpiar ese desastre de astros, tenía a mi hija contra mi pecho, gelatina y milagro. «Solo un segundo», me dijeron, y al arrebatármela apretaron fuerte mi barriga. Aún no estábamos. Seguí alumbrando ese fuego y vi entre mis piernas una segunda cabeza. Me sorprendió otro llanto que, fundiéndose con el primero, se filtró con el estruendo de mil cataratas por las grietas del paritorio. Desde lo alto, me dieron a mis hijos, uno a cada lado. Y quise contarles los dedos, los de arriba, los de abajo. Cuando llegué a los veinte, les besé el meñique de esos ínfimos pies de metal acrisolado.
Parpadeé y de repente ya no los tenía. Miré de lado a lado. ¿Habrían vuelto a la barriga? ¿Habrían sentido desagrado por el mundo que les había tocado? Pero bajo mis pechos todo era vacío. Un médico al que no había visto jamás se me acercó. Los mellizos iban rumbo a la incubadora, donde las máquinas terminarían la labor que mi vientre había dejado inconclusa. «Los dedos están todos», le avisé.
Cuando el cortejo de médicos desapareció, se me reveló una realidad en la que no había pensado: yo había dado a luz a un nuevo mundo, porque aquel en el que mis hijos no existían había desaparecido, y hoy empezaba todo. El parto había abierto la puerta que conecta el ser y el no ser, la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, y yo ya no la podría cerrar nunca.
En 1942, la poeta Silvia Mistral escribió después de parir a su hija: «He vuelto de la muerte y no he rezado a Dios». Yo tampoco recé a Dios, pero de la muerte volví solo a medias.
Los griegos creían que nuestras vidas estaban en manos de tres hermanas, temidas y detestadas por igual, las Moiras, a cuya voluntad el mismísimo Zeus estaba sometido. Hijas de la Noche y de la Oscuridad infernal, estas tres ajadas damas explican, desde el eco de la historia, que nuestras vidas pendan de un hilo. La más joven, Cloto, teje el hilo de la vida; Lachesis hace girar el huso, donde añade al dorado hilo estambre blanco para los días felices y negro para los infelices, y, por último, Átropos, la más terrible, corta el ovillo con sus brillantes tijeras y decide el momento de la muerte. En el día de su boda, las novias griegas intentaban aplacarlas con mechones de sus fértiles cabelleras. Hoy en día las tres hermanas dan nombre a tres asteroides que orbitan entre Marte y Júpiter. No las vemos, pero desde el negro universo siguen hilando.
Durante mi vida, la mayor parte del tiempo conseguí olvidarme de las Moiras. Imprudente, conservé todos mis mechones. Pero, en medio de la desmesura del parto, las tres viejas prorrumpieron a gritos en la sala sin que nadie excepto la nueva madre las viera.
Los hombres expresan asombro por el dolor que soportamos las mujeres al dar a luz. Pero poco o nada se habla de ese camino que emprendemos y en cuyo final vemos la tierra sin retorno en la que nosotras y a lo que hemos dado vida seremos polvo. Porque, al engendrar la próxima generación, las madres confirmamos nuestra propia mortalidad, pero sobre todo asumimos un riesgo de pérdida del que jamás podremos desprendernos. En el momento en que el doctor puso por primera vez a mis hijos contra mi pecho, cuando lo que no era se tornó hueso, carne y sangre, lo supe: un día las tijeras de Átropos cortarían el hilo y la separación de mis hijos sería inapelable. Y eso yo no era capaz de aceptarlo.
«¡Que no me vuelva loco, loco no, dulces cielos!», vociferaba el rey Lear, golpeado por la tormenta, la traición y la culpa en su camino inexorable a la locura. Como el mar enfurecido, coronado de malas hierbas y ortigas, cantando y deambulando desorientado, todo un padre se convirtió en niño. Igual que él, empujada en una camilla hacia mi habitación, hecha madre, sentí desfallecer el juicio. ¡Conservad mi razón! ¡Yo no quiero estar loca!, grité en silencio, pero ese cielo sin estrellas no estaba dispuesto a escucharme.
Mientras la euforia del nacimiento se desataba entre el padre, familiares y amigos, otra euforia invadía el país. Ese mismo día, España votaba en las primeras elecciones en las que participaba un nuevo partido, uno que quería representar a la gente común, y la esperanza del cambio planeaba sobre la jornada. Al anochecer, cuando yo contaba contracciones en la sala de dilataciones, el país contaba escaños. Y ambas cuentas confluyeron en una nueva vida para mí, porque uno de esos escaños iba a ser mío. El mismo día del nacimiento de mis hijos, me convertí en diputada del Congreso.
Dos años antes había recibido un diagnóstico de infertilidad fruto de una endometriosis demasiado tiempo infravalorada. Los colmillos que desde la adolescencia me mordían los ovarios cada veintiocho días no formaban parte del dolor normal de la menstruación, como afirmaban los médicos, sino de una de tantas enfermedades femeninas ignoradas por el cúmulo de batas de corte masculino de la historia. Una tarde de otoño especialmente árida, en su infinita cotidianidad, un médico llamado Bonaventura emitía un veredicto mucho menos halagüeño que su nombre: mis trompas de Falopio eran vías muertas que había que extirpar. No quedaba opción al embarazo natural y solo cabía la reproducción asistida. Mientras el futuro padre, Tomás, y yo nos tomábamos de la mano, nos mostró un dibujo plastificado del aparato reproductor femenino con unas trompas partidas en dos por unas líneas que a mí me parecieron estacas. El estado del dibujo, manoseado y desteñido, apuntaba a la vulgaridad del diagnóstico. Pero eso no impidió que brotara mi llanto. Tiempo después, investigando sobre mi infertilidad, supe que fue Gabrielle Falopio, el mismo hombre al que debemos el nombre de esas trompas ya inútiles para mí, quien describió por primera vez el camino que realizan nuestras lágrimas desde la glándula lacrimal hasta su exposición al mundo. Ante ellas, el doctor me dijo que no temiera. «No hay nada imposible para la ciencia. Concebirás».
Al salir de la consulta, el crujido de las hojas bajo mis pies sonó especialmente hueco. Las calles vestían repentinamente de luto. La ceniza que cubría el suelo se me pegó en los talones y manchó ligeramente la tapicería del taxi que me llevaba a una de las asambleas políticas que ocupaban mi rutina esos meses. El gran partido del cambio, ese con el que queríamos transformar la forma de hacer política, había empezado su construcción recientemente, y desde el primer día supe que quería ser ladrillo. Durante meses simultaneé toda clase de pruebas que sopesaban mis opciones de ser madre con la laboriosa batalla para conseguir que las mujeres tuviéramos voz en esas largas sesiones en las que debatíamos hasta la consunción. Pasé por una operación quirúrgica que impugnó la improductividad de mi cuerpo, y a la vez impugné junto a tantas hermanas una deriva política que demasiado a menudo amagaba con retornarnos al silencio de la historia.
En el tiempo libre que me dejaban el trabajo y las consultas médicas, recorrí en tren no pocos pueblos: reuniones, encuentros, charlas, presentaciones. Y mientras lo hacía, resonaban en mí las palabras con las que Job advirtió a aquellos que se desviasen de la rectitud de la norma de Dios: morirán sin hijos, su recuerdo desaparecerá de la Tierra y no les quedará nombre en la comarca. Arqueada en mi asiento, mirando por la ventana las ramas rotas y las briznas de paja que revoloteaban por los campos baldíos, intentaba pensar en esas mujeres que habían pisado antes esos caminos. Igual que las infértiles, su recuerdo se había desvanecido, porque no tuvieron voz pública, golpeadas por el también bíblico azote de la desigualdad.
Los primeros médicos modernos elaboraron una teoría médica para seguirlas azotando. El cuerpo se regía por una ley fisiológica básica, decían, «la conservación de energía», según la cual los humanos tendríamos una cantidad limitada de energía por la que competirían los diferentes órganos. La educación o cualquier actividad intelectual podrían ser físicamente peligrosas para las mujeres, pues consumirían demasiada energía y atrofiarían el útero. El intelecto y la vida pública serían enemigos de la procreación. Lo escribió el matemático alemán August Möbius a finales del siglo XIX: «Si deseamos que la mujer cumpla plenamente la tarea de la maternidad, no puede poseer un cerebro masculino. Si las habilidades femeninas se desarrollaran en el mismo grado que las del hombre, sus órganos materiales sufrirían y tendríamos ante nosotros un híbrido repulsivo e inútil». Y aunque pocos recuerden hoy a Möbius por estas palabras, aunque medien siglos y algunas zancadas, las conclusiones a las que apuntan siguen construyendo tapias.
Ese híbrido imperfecto en sus dos ambiciones en el que temí haberme convertido puso toda su fe en la palabra del doctor Bonaventura, que compaginaba las buenas nuevas con las malas. Podía ser madre mediante fecundación in vitro, pero mis ovarios eran árboles de escasos frutos y la tarea sería ardua. Empecé entonces un proceso de hormonación: cada noche me pellizcaba la barriga y con coraje pinchaba y dejaba que entrara el líquido vigorizante en mi cuerpo. Apenas fui capaz de proporcionar dos míseros ovocitos al proceso, por lo que las posibilidades de embarazo se redujeron drásticamente. Pero el doctor Bonaventura me aseguró que todo iría bien. «Alégrate, mujer». Lejos quedaban los remedios mágicos de las mujeres medievales, que se deshacían en ofrendas a las hadas de las fuentes o tocaban disimuladamente las piedras erectas de apariencia fálica para agasajar su vientre. A mí me cubrió la ciencia, y casi cien años después de que fertilizara el primer óvulo de conejo, el milagro de la probeta agarró en mi útero.
Un lunes por la mañana recibí en una llamada telefónica el veredicto del tratamiento que mi sangre había revelado: «Guárdate de beber vino. Estás embarazada».
Desde que supe que mi vientre era un vergel, me invadió una sensación de euforia aparejada con el pánico. Sabía que lo que había dentro de mí iba a crecer gracias a cada uno de los nutrientes que le diera mi cuerpo, pero me daba miedo que mis fantasmas lo alimentaran también, los cardos y las espinas que durante mucho tiempo temí que poblaran mi útero.
En la primera ecografía no era capaz de mirar a la pantalla. ¿Y si todo no era más que un espejismo? ¿Y si las palmeras y el agua que habían encontrado apenas cuatro semanas atrás se habían vuelto de nuevo desierto? El padre en cambio la miraba fijamente, y yo a él. Y de repente un latido. El de un corazón de carne que había demolido la piedra. «Aquí está el primero», dijo el médico. Y prácticamente lo dijimos al unísono: «¿El primero?». «Sí, estás embarazada de mellizos». Los dos únicos ovocitos que fui capaz de crear, esa escasez, era ahora abundancia. Entonces escuchamos el segundo, un tictac que me pareció que sonaba con un tono ligeramente distinto y a cuyo canto me habría unido si no fuera por la vergüenza. Pero la alegría duró poco. «El tuyo será un embarazo de riesgo», advirtió el doctor.
Y, sin embargo, en esa nueva espera cobré una fuerza inaudita: levanté las alas como águila, no había caminata capaz de fatigarme. Anticipándome al nacimiento, junté toda la ropa y enseres necesarios como quien junta arena del mar. Para saber el sexo del feto, decía Hipócrates, hay que mirar el cutis de la embarazada; si está en buen estado, será un niño; si, por lo contrario, está macilento y estropeado, nacerá una niña. No contaba el médico griego en casos como el mío: supe pronto que esperaba un niño y una niña, y la piel en mi cara resplandecía de una forma extraña. Ya en el siglo XVI, el anatomista francés Jacobus Sylvus seguiría la tradición hipocrática al anunciar que la matriz, pequeño mundo en sí misma, es doble y es en su parte derecha, donde la sangre tiene mejor temperatura, donde crece el más noble de los sexos, el masculino; el femenino se tiene que conformar con el izquierdo, más pobre y triste. Pero mi cuerpo decidió que lo haría al revés. La niña, a la que íbamos a llamar Sara, se encontraba situada verticalmente a la derecha, y su hermano, de nombre David, estaba echado en la parte izquierda. Según Sylvus y sus colegas, eso entrañaba un riesgo: esas mujeres viriles y autoritarias, esas que tenían la desfachatez de ocupar el espacio reservado a los hombres, habían sido concebidas por error en el lado derecho del útero. Y de eso se derivaba también que muy probablemente mi hijo iba a ser un macho afeminado, delicado y quebradizo como la madre que lo pariría.
Ya entrado el verano, que me dejó bañada en sudores, recibí una propuesta inesperada: me querían de candidata a las próximas elecciones al Congreso de los Diputados. Advertí de mi situación, les dije que no esperaba uno, sino dos bebés, que muy probablemente el inicio de la legislatura coincidiría con el fin de mi embarazo, pero mantuvieron en pie su oferta: te queremos ahí. Y el híbrido dijo sí a través de mis labios. Unas primarias acabaron de validar mi deseo, y me convertí oficialmente en candidata por Barcelona.
Aumenté mi actividad política y paseé mi torpe gravedad por parajes que jamás había pisado. Mientras participaba por primera vez en la redacción de un programa político, mis dedos fabricaban dos cuerpos, y la concreción de lo primero chocaba con el misterio de lo segundo. A menudo me preguntaba a qué estaría dando forma yo misma ese día. Los filósofos griegos entablaron una agria discusión sobre qué parte del cuerpo se crea primero: los estoicos sostenían que se forma todo al mismo tiempo; Aristóteles que, igual que la quilla de un barco, es la zona lumbar la que primero se instala; otros le otorgaban prioridad al corazón o la cabeza; pero la teoría que a mí más me convencía era la que aseguraba que todo empezaba por el dedo gordo del pie. Por ahí iba a comenzar yo mi edificio. Y lo quería redondo, rollizo, sano.
La campaña electoral empezó cuando yo ya llevaba siete meses de un embarazo difícil, con hemorragias que me habían conducido al hospital en diversas ocasiones, pero que a esas alturas habían calmado su fiereza. Para entonces ya había perdido la cuenta de los kilos que había ganado, aunque mi doctor me lo recordaba insistentemente. Me dolía cada milímetro de mí. «Es normal –me decía–, el cuerpo no está diseñado para esto». La barriga era descomunal, de una grandilocuencia inaudita. Según una leyenda de un pueblo chino de las montañas de Yunnan, los pumi, en tiempos ancestrales eran los hombres los que parían, pero se embarazaban en la pantorrilla. El problema era que allí el feto no tenía espacio para crecer, y daban a luz a seres muy pequeños, una especie de sapos que jamás superaban el tamaño de un conejo. Tuvo que trasladarse la función al vientre de las mujeres, que, como yo misma pude comprobar, tenía una capacidad insólita para ensancharse, lo que hacía que nacieran humanos fuertes, dispuestos a ganar cualquier guerra.
El acto de presentación de la campaña empezaba de noche y se extendía más allá de las doce de la madrugada, con la tradicional pegada de carteles. Yo iba a ser una de las oradoras, y para eso me había preparado un breve discurso que versaba sobre qué futuro quería para mis hijos, tal como me habían sugerido. El recinto estaba atestado de cámaras, porque las encuestas nos auguraban ya un gran resultado, y yo no había hablado nunca ante tanta gente. Cuando llegó mi turno, me ayudaron a subir al escenario. Tenía miedo a caerme, a hundir esa tarima de madera y provocar un espectáculo de vísceras y desgracia. Pero di el discurso sin casi atisbo de vacilación, con una contundencia cercana a la de mi barriga. Esa noche soñé que daba a luz. Paría a un niño, a dos, y, cuando ya me iba a levantar y poner el abrigo para marcharme, me gritaban desde dentro: «¡Aguarda!». Y entonces empezaban a salir, uno detrás de otro, un ejército de bebés al que solo puso fin el grito con el que desperté.
El humanista renacentista Giovanni Pico della Mirandola dejó testimonio de una mujer llamada Dorotea que parió en dos veces a veinte hijos. Un libro de anatomía recogió el singular caso y retrató a una Dorotea embarazada de once fetos, con un vientre tan descomunal que, para evitar arrastrarlo por los suelos, sostenía con una gran cinta prendida del cuello. Esos días de campaña yo me convertí en una Dorotea moderna, una diosa de terracota de pechos turgentes, cuerpo de hipopótamo y cola de cocodrilo. Ante mi visión, la bestialidad de la vida no se podía esconder con el viaje de una cigüeña ni el nacimiento bajo la col. Ni siquiera yo tenía poder sobre lo que pasaba en mi cuerpo, cómo iban a tenerlo los otros.
Grabado de Dorotea, en Ambroise Paré, Des monstres et prodiges, París, 1573, © Alamy
Esos barrigazos con los que me abría paso causaban desmayos de admiración, sobre todo entre las mujeres mayores, que me decían escandalizadas: «Oh, y cómo lo vas a hacer cuando tengas que ir a Madrid». Ellas sabían bien formular esa pregunta, al fin y al cabo, se la han hecho un poco todas las madres a lo largo de la historia. Cómo lo voy a hacer, se han dicho millones a sí mismas, igual que me decía yo en silencio, mientras aparentaba tenerlo todo bajo control. Y, tan poco controlado lo tenía, que pocos días antes de acabar la campaña mi columna vertebral dijo que no había cinta capaz de cargar tanto peso, la espalda sucumbió y el cuello del útero empezó a dilatar de forma apresurada. Pese al reposo que mantuve amarrada a la cama, el mismo día de las elecciones, a las seis de la mañana, rompí aguas. Aunque los médicos trataron de evitar con pócimas varias un parto prematuro durante toda la jornada, David y Sara habían tomado una decisión y nadie iba a hacerles cambiar de idea. Casi a medianoche, cuando los comentaristas políticos se preparaban ya para regresar a casa, alumbré a mis mellizos.
En el siglo XIX, un legislador de Massachusetts proclamó: «Conceded el sufragio a las mujeres y tendréis que construir manicomios en todos los países y establecer un tribunal de divorcios en cada ciudad. Las mujeres son demasiado nerviosas e histéricas para entrar en política». Cuánto le hubiera gustado a ese hombre conocerme justo después del parto, cómo habría disfrutado de la visión de una mujer, diputada y madre, en la cúspide de su reconocimiento y madurez, venirse abajo. Ese señor distinguido, vestido en un impoluto traje de lana, me mira burlón desde un rincón de la habitación en la que despierto al amanecer. Han pasado pocas horas desde que di a luz y, al levantar los párpados, me sorprende el fuego boreal que entra por la ventana.
Justo en ese momento me aplasta la certeza de que algo no va bien. Cualquier cosa que pase en los siguientes segundos va a servir para demostrarlo. Me levanto y la habitación me parece mucho más lóbrega que ayer. Es austera y una cortina me separa de la cama de otra mujer a la que adivino durmiendo plácidamente. Me dirijo al baño. Al sentarme pesadamente en el retrete noto que un líquido frío me recorre la espalda. Miro arriba y el falso techo está completamente seco. Rezo para que sea sudor. Pero al tocarme constato que un manantial fluye en la parte trasera de mi cuerpo. Llevo un camisón blanco de mi abuela, con elaborados bordados que están ahora empapados. Me abalanzo sobre el interruptor. Una luz sulfúrea inunda la estancia. Me miro con terror al espejo desgastado, retorciéndome para ver la espalda entera. Parece agua, líquido transparente, pero si me acerco intuyo un color escarlata que cada vez se revela más evidente. Con el pulso acelerado y el camisón pegado al cuerpo, regreso a mi parte de la habitación, que el sol ha inundado con rayos rojizos que descubren paredes cubiertas de papel hecho jirones. Caigo a plomo en la cama y todo tiene manchas carmesíes: la ropa de cama antes blanca, las bóvedas encaladas. No tengo duda de que mi cuerpo se desangra por la punción de la epidural y lo inunda todo. Temblando, acierto a pulsar el botón para llamar a la enfermera. Mientras la espero, descubro mi cuerpo bajo las sábanas. Lo que antes eran vulgares pecas son ahora máculas inmundas que auguran un futuro sombrío.
Una niebla espesa emborrona el recuerdo de las horas siguientes. Con el tiempo, y gracias a mi historial médico, he podido reconstruirlas. «Paciente por posparto inmediato avisa por sensación de humedad alrededor del punto de la punción de la epidural. Apósito totalmente mojado, al retirarlo observo salida de líquido transparente constante. Aviso a ginecología y anestesia», anotó la enfermera que respondió a mi llamada.
La primera doctora que acude a la habitación, ginecóloga, me realiza un examen que muestra ausencia de patología relacionada con la punción. «Respondo a las preguntas de la paciente y familia intentando desangustiarlas». Nos explica que muy probablemente se trate de un incidente banal, pero que procede a llamar a anestesiología para asegurarnos y que nos quedemos tranquilos. Afirma con convencimiento que no presento la sintomatología de ninguna de las complicaciones vinculadas a la epidural y el líquido ya ha dejado de fluir, pero yo no estoy en disposición de creerla.
En un lapso en el que no acierto a moverme más allá de los temblores, aparece una anestesista. «Se retira apósito de punción epidural, apósito limpio, mínimamente humedecido, se le enseña a la paciente». Constata que no hay síntomas clínicos preocupantes, por lo que no recomienda ningún tratamiento. Pero sus notas se centran en mi estado de ánimo: «Manifiesta miedo y angustia incoercible a tener complicaciones y secuelas. Le explico la situación, el plan terapéutico y las posibilidades de pedir ayuda en cualquier momento, sin que ello haga disminuir el miedo que muestra verbalmente y llorando desconsoladamente. Se solicita interconsulta con psiquiatría».
Pasan unas horas en las que me niego a despegarme de ese lecho de tristeza en el que he convertido la cama. Tomás, mi madre y mi suegra intentan convencerme de que todo va bien. Yo solo acierto a negar con la cabeza. Me piden que vaya a ver a mis hijos, cuatro plantas más abajo, pero estoy pegada a ese colchón teñido de un bermellón que nadie ve. Cada cierto tiempo entra una enfermera, me retira el apósito y me lo muestra, «apósito seco», anotan repetidamente en el historial, seguido de alguna observación psicológica: «acongojada», «pregunta obsesivamente por posibles complicaciones», «ansiosa». Mientras lo hacen, yo les señalo insistentemente a la pared, a una grieta que sube en zigzag desde el zócalo hasta el cielo. Apenas era visible cuando he despertado, pero ahora su profundidad me grita desde el trémulo destello que la ilumina. Me repiten que lleva ahí mil años y que no pasa nada. Pero yo temo que su fuerza hunda el tejado de este edificio repleto de madres y recién nacidos.
Poco después de rechazar la comida que me traen al mediodía, llega la psiquiatra. Desde el marco de la puerta, les pide a Tomás y a mi madre que salgan de la habitación. Mientras avanza hacia mí su bata se mueve con un viento inexistente. Se sienta al pie de la cama y antes de que pueda dirigirme la palabra, me rompo en un cavernoso llanto y le digo que voy a morir, y no puedo morir, tengo dos hijos. «Ya no puedo morir –le grito–. Soy madre».
A mediados del siglo XIX, un abrumador número de mujeres de muy diferente posición y bagaje empezaron a llegar alteradas y descompuestas a los manicomios británicos. Hacía poco que habían dado a luz y sufrían una serie de trastornos nerviosos, desde violentos delirios hasta profunda melancolía, para los que los médicos no tenían respuestas ni precedentes. Algo desconocido, una locura inédita hasta la fecha, se desataba como una legión de demonios dispuestos a despedazar la santidad del hogar victoriano.
En 1864, una mujer que respondía a las iniciales B. C. fue conducida por sus familiares hasta el Royal Edinburgh Asylum, el mayor manicomio de Escocia. Esta dama casada, naturalmente amable y alegre, madre de cinco hijos, había sido víctima de una hemorragia considerable el séptimo día de posparto. En cuanto se tumbó en la cama, la hemorragia cesó, pero empezaron los síntomas maniacos. Según el historial médico, al ingresar estaba tan débil que se la consideró casi moribunda. A la vez mostraba una terrible excitación, lo que causó gran asombro por la magnitud del escándalo que podía armar alguien tan frágil. El rostro estaba pálido; los ojos, salvajes y fijos. «Su manía era de la descripción más bestial, deliraba incoherentemente y decía que había dado a luz a perros en lugar de a niños, reconocía a viejos amigos en los extraños que ahora la rodeaban, gritaba que su comida estaba envenenada y señalaba objetos imaginarios». A las puertas del manicomio, grabadas en piedra, podían leerse las famosas palabras de Juvenal: «Orandum est ut sit mens sana in corpore sano». No sabemos si la oración o la psiquiatría pudieron hacer algo por ella, porque su rastro se perdió en los archivos de la historia.
Sí sabemos qué fue de Eliza Gripps, que, al otro lado del país, al sur de Inglaterra, ingresó en el lujoso y exclusivo manicomio de Ticehurst, cuatro años antes. Llegó de la mano de su tía después de un complicado primer parto y de que asustara a toda la familia con una actitud tozuda y unos hábitos sorprendentemente sucios: «Vaciaba la orina por la casa y manchaba la ropa de cama con heces». Las notas de su ingreso son una retahíla de terribles delirios: «Piensa que todavía existe la misma conexión entre ella y el bebé que cuando estaba en el útero, que su estado de salud afecta al bebé, también lo que come, piensa que le afecta incluso la acción de sus propias funciones corporales. Por ejemplo, si el niño está lejos de ella, comerá sin moderación, para que él pueda alimentarse a través de ella durante su ausencia. También cree que cuando obedece a la llamada de la naturaleza, está poniendo en peligro la vida del bebé, y en consecuencia restringe la acción de las entrañas. Afirma que sus sirvientes tienen el poder de enloquecerla, que pueden producirle dolor interno a placer y que son la causa de que se le caiga el cabello, de la debilidad de la espalda y de la deformidad de los dedos de los pies».
Unos meses después, el estado de ánimo de Eliza se estabilizó, era más dócil y charlaba con las otras damas, se dedicaba a la costura y al ajedrez, pero seguía profundamente angustiada por la separación de su hijo y guardaba a escondidas comida para él. Con el tiempo, esos estados de ánimo se fueron alternando con episodios de manía, en los que se ponía violenta, rechazaba la comida e intentaba retener las heces. Mostró siempre un afecto desgarrador por su hijo, hablaba constantemente de él y expresaba el deseo de volver al hogar para cuidarlo. Una noche de fin de año se negó a irse a la cama, convencida de que «su carruaje iría a recogerla para llevarla a casa con su hijo». Pasó la noche en vela pero, desde su ingreso hasta su muerte nueve años después en el mismo manicomio, nunca volvió a verlo.
No todas las historias tuvieron un final trágico. La de Margaret Steele es un halo de esperanza. Fue conducida al manicomio de Edimburgo en 1855 en un estado lamentable doce semanas después de su tercer parto. Vociferaba que el diablo se había llevado a sus hijos y que su alma estaba perdida. Caminaba de un lado al otro del pasillo retorciendo las manos y llorando. Se negaba a comer. «Es víctima de los delirios más infelices. Imagina que la carne que come está compuesta por los cuerpos de sus hijos asesinados». Fue tratada con morfina y alimentada a la fuerza con caldo de ternera. Poco a poco fue mejorando y un año después decidieron llevarle a sus hijos de visita. Ante la atónita mirada de los trabajadores del hospital y su marido, al verlos Margaret negó que fueran ellos, mientras aseguraba entre lamentos que habían sido asesinados. «Han matado a mis pequeños», gritaba. Tardó un año en ser capaz de verlos «sin efectos adversos» y poder irse felizmente a casa con ellos.
La mujer más importante de Inglaterra, la madre de la patria, la mismísima reina Victoria, sucumbió a los trastornos nerviosos asociados al parto. De ello se hicieron eco los médicos victorianos, preocupados por cómo podía afectar a otras mujeres ese ejemplo. Después del nacimiento de su segundo hijo, sufrió un episodio de angustia y desaliento del que el secretario personal del príncipe Alberto dio cuenta por escrito: la reina estaba extremadamente decaída, «debo decir que Su Majestad se interesa cada vez menos por la política». Sus malestares emocionales nunca fueron extremos, amortiguados sin duda por su riqueza y rango. Pero la gobernante del mayor imperio de la historia, reverenciada, temida y adorada en todo el mundo, nunca olvidaría el sufrimiento y el estado de sumisión en el que la puso la maternidad. En una carta a su hija, la princesa real, en referencia al parto de su nieto, escribió: «Espero que tu marido esté debidamente conmocionado por tus sufrimientos, porque esos hombres tan egoístas no aguantarían ni por un minuto lo que nosotras, pobres esclavas, tenemos que soportar».
«Locura puerperal», «manía láctea», «melancolía de embarazo» o «locura de lactancia». Muchos fueron los términos con los que se trató de poner veda a este nuevo fenómeno: un trastorno escandaloso, al que los emergentes campos de la obstetricia y la psiquiatría destinaron titánicos esfuerzos. Robert Gooch, médico obstetra británico, fue el primero en escribir sobre él en 1820 en su influyente tratado Observations on Puerperal Insanity: «Cuando se produce la locura puerperal, la paciente blasfema, grita, recita poesía, suelta obscenidades y monta tal alboroto, que parece que el diablo se ha instalado en casa».
La locura puerperal desafió la hegemonía de la ideología doméstica. Las mujeres abandonaban sus tareas, retaban a sus maridos, rompían la vajilla y rasgaban las ropas; violentas y sucias, deambulaban por las calles y se mostraban sexualmente descaradas. Sufrían explosiones de ira, pero también eran capaces de quedarse ensimismadas, como estatuas petrificadas por sus propias culpas. Entonces ningún objeto, por bello que fuera, despertaba sus sentidos, ninguna música era capaz de avivarlas. Fue la ferocidad de la manía lo que más sorprendió y protagonizó la mayoría de los estudios; sin embargo, los médicos observaron que la melancolía era más difícil de curar, serpenteante y traicionera.
Las nuevas madres eran un fracaso viviente del modelo de mujer victoriana, un espectro distorsionado de sí mismas. Se les extraía la leche de los pechos, se las alimentaba como a bebés con cucharas y sondas, y en los historiales se hacía referencia a ellas como si estuvieran en un estado de permanente obstinación infantil. Ya no conservaban nada de ese don innato de hacer de la casa un remanso de paz y moralidad que toda madre debía poseer.
Esa misma Inglaterra que vio crecer fábricas descomunales y ciudades rebosantes de modernidad, la misma que diseñó los grandes transatlánticos y los ferrocarriles que habían de ser el epítome del progreso, puso coto a las mujeres con la construcción de la cultura de las dos esferas, que encerraba a la mujer en casa mientras el hombre ocupaba el espacio público a sus anchas. Los tiránicos tópicos de la maternidad, escondidos bajo el ideal del «ángel del hogar», ese ser bueno, puro y abnegado, fueron el cemento necesario. La cuna del capitalismo moderno lo fue también del prototipo de la buena madre, cuya siniestra sombra se proyecta aún hoy sobre los paritorios de todo Occidente.
Desde finales del siglo XVIII se había estado fraguando un cambio en la forma de controlar a las mujeres: de una lógica religiosa se pasó a una biomédica, en la que las vetustas sotanas se cambiaron por estetoscopios. Como Yahvé a Eva, la nueva élite médica le dijo a la mujer que su deber era parir con dolor, y que en su biología estaba la apetencia hacia el marido y la sumisión. Pero no se le permitió olvidar que había nacido de una costilla, un hueso curvo, retorcido e imperfecto, y que todo en ella era debilidad. Y los anatomistas ofrecieron pruebas de ello. Según estos, todo el cuerpo femenino estaría pensado para la maternidad, y todo en él sería fragilidad. Los huesos serían más pequeños y blandos que los del hombre, y la caja torácica, más estrecha. La pelvis, ancha y curvada para contener al feto, provocaría una oblicuidad en los fémures que dificultaría la marcha, porque las rodillas chocarían. Las caderas se balancearían para encontrar el centro de gravedad, el paso sería vacilante e incierto. Los tejidos, esponjosos y húmedos, y los músculos, flácidos y finos, se expandirían para envolver al bebé. El cerebro sería pequeño. La piel, fina y frágil, albergaría grandes ramificaciones de vasos sanguíneos y nervios, lo que le conferiría una sensibilidad exquisita. Aplastada bajo la obligación de la perpetuidad de la especie y martilleada con pruebas empíricas de que en su naturaleza estaba el desorden y el fracaso, la esposa victoriana afrontaba la maternidad con una incertidumbre atroz.
Los alienistas que trataron la locura puerperal hicieron frente a un reto descomunal: no se trataba solo de curar a una mujer, sino de curar a la familia, que la trastornada volviera a ser madre y esposa. En sus manos estaban los fundamentos de una forma de organizar el mundo. Las aguas mansas de la sociedad victoriana amenazaban con desbordarse agitadas por la locura, y ellos eran los encargados de mantenerlas en su cauce. Pero quién puede encerrar el océano en un paño.
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El alienista británico George Man Burrows describió en 1828 lo que sucede el día después de mi parto en la cuarta planta de un edificio de maternidad barcelonés en pleno siglo XXI: «Anticipando con cariño la alegría, quizás de su primer hijo, la amada esposa se resigna pacientemente a todas las molestias y limitaciones del embarazo, por fastidiosas que sean, y a los dolores y peligros del alumbramiento, por grandes que sean. El afectuoso esposo y los parientes esperan con profunda y ansiosa expectativa el acontecimiento; y, finalmente, cuando llega el alegre momento y la felicidad de todos se completa con un parto seguro, de qué manera más espantosa se invierte la escena, cuando la madre feliz muestra repentinamente síntomas de delirio».
El diablo campa a sus anchas por mi habitación y, según el historial, ninguna autoridad médica es capaz de echarlo. De nada sirve que me enseñen cada poco el apósito sin atisbo de humedad. «La paciente se muestra vigil, consciente y orientada, pero con pensamiento obsesivo hipocondriaco. Ansiedad elevada». La psiquiatría victoriana pensaba que este tipo de estados estaban influenciados por una fuerte acumulación de sangre en la cabeza, y afeitaban el pelo de las mujeres o les aplicaban frío en el cráneo para que disminuyera el calor y el flujo sanguíneo corriera libre a otras partes de su cuerpo. Pero fue también la Inglaterra decimonónica la que asentó la llamada terapia moral, promovida por el mercader de té cuáquero William Tuke en el asilo York. En ese idílico edificio de ladrillo y tejados de pizarra, rodeado de pastos y jardines bucólicos, se eliminaron las cadenas y se prohibió cualquier forma de violencia. Porque la locura ya no era una pérdida de la razón de tintes fantásticos, sino una experiencia brutalmente humana, una desviación del comportamiento socialmente aceptado, y la misión del manicomio no era aprisionar al lunático sino domesticarlo. Por ello, todo el empeño se puso en reeducar sus hábitos sucios y obscenos, su improductividad y vagancia, su falta de autocontrol y modestia. Los manicomios se parecían más a escuelas infantiles que a oscuras mazmorras, y se organizaban siguiendo el modelo de una respetable familia: el alienista superintendente y su esposa desempeñaban los papeles de padre y madre, las enfermeras de hermanas mayores y los pacientes eran los niños a los que educar. El bordado, la cocina o los trabajos en la lavandería fueron piedras angulares en la restitución de la mujer al justo decoro y piedad.
Para mí no hay tiempo para el punto de cruz, y la ciencia hoy perjura que más que acumulaciones de sangre lo que mueve el ánimo en nuestros cerebros son neurotransmisores de nombres hipnóticos. En mi caso, además, la brutal caída de las llamadas hormonas placentarias después del parto puede estar detrás también de mi malestar. «Se recomienda tratamiento con paroxetina», anota la psiquiatra en el historial con firmeza.
La paroxetina es un antidepresivo de segunda generación, descendiente directo del primer antidepresivo, la isoniazida, un medicamento usado inicialmente para tratar la tuberculosis cuyos efectos contra la depresión fueron descubiertos casualmente. En 1952, en el Sea View Hospital de Nueva York, varios pacientes tuberculosos tratados con este fármaco empezaron a mostrar una inusitada vitalidad y euforia, ante el asombro del personal médico y los periodistas que se agolparon para dejar fe del suceso. Una fotografía de periódico muestra un año después estos efectos. En ella se ve a varios residentes en lo que parece una fiesta llena de optimismo. El pie de foto reza: «Hace unos meses, aquí solo se oía el sonido de las víctimas de la tuberculosis, escupiendo su vida con la tos». Otro medio informó de que «los pacientes, a pesar de tener agujeros en los pulmones, bailan por los pasillos».
El filósofo Michel Foucault afirmó que el tratamiento psiquiátrico victoriano fue una forma de «prisión moral gigantesca». No sé si el fármaco que me van a administrar va a ser celda o alas, pero lo que está claro es que las drogas psiquiátricas han revolucionado nuestro mundo. El consumo de antidepresivos es hoy tan exagerado que se cree que puede llegar incluso a afectar a los ecosistemas. Porque las cantidades que excretamos quienes los tomamos están empezando a filtrarse al medio ambiente. Según un estudio reciente, los cangrejos de río expuestos al agua contaminada con antidepresivos son más temerarios: emergen más rápido de sus guaridas, pasean sus pinzas sin miedo a los depredadores y pierden la noción del tiempo que pasan buscando comida. Serán presas más fáciles pero morirán saciados, imagino, aunque el estudio no dice nada sobre eso.
En mi caso, la temeridad que se espera que realice con este nuevo impulso es olvidar que la guadaña pende sobre mí, bajar a neonatos y mirar a mis hijos obviando la obsesiva voz que me repite que un día ya no podré verlos. En definitiva, que baile mientras toso la vida con los pulmones taladrados. Pero para mi angustia, el hierro es paja y el bronce, madera podrida.
Fuente de la entrevista: Página 12 / Original aquí.











