Queda la afirmación que sostiene el libro entero: dar todo. Escribir hasta la extenuación lúcida, retirarse cuando la mente no está al nivel, volver al día siguiente. La novela no compite con el true crime ni con la efusión del morbo; se adentra en el territorio de las decisiones íntimas, el azar de un encuentro, el peso de la ciudad como memoria y escenario. El 12 de agosto de 2016 en Central Park es fecha y es símbolo. Un crimen sin testigos no es una coartada para el misterio fácil, sino la puerta a una pregunta que la novela persigue con paciencia: qué hacemos con aquello que solo nosotros vemos.
Ciudad de México, 6 de noviembre (MaremotoM).— A veces una novela nace de un ejercicio pedagógico y termina por poner a prueba todo lo aprendido. Eso le ocurrió al investigador de letras inglesas que, tras años de trabajo académico —un libro intelectual sobre Edgar Allan Poe publicado en español en 2015 y traducido en 2017 por una editorial de Oxford— se sentó frente a su grupo de licenciatura y propuso un reto: traducir un corto de Alfred Hitchcock al lenguaje literario, apenas unas páginas que fijaran atmósfera, punto de vista y ritmo. La semana siguiente nadie llevó tarea, salvo él. En su carpeta había ya treinta y cinco cuartillas. Ahí estaba, sin proponérselo, el germen de Muerte sin testigo (Tusquets).

El salto del ensayo a la ficción no vino con fuegos artificiales. Fue, en sus palabras, un traslado mental arduo: desalojar al ensayista y darle la voz al narrador. Esa mudanza implicó desaprender automatismos, reeducar la frase para que avanzara por imágenes y acciones, no por argumentos. “Me descubrí escribiendo pasajes narrativos como ensayista. Tuve que decirme: esto no; aquí habla un narrador”, recuerda Óscar Xavier Altamirano. La disciplina del investigador quedó, sin embargo, como ética de trabajo: escribir todos los días hasta sentir que ya no se le puede hacer nada más al texto. Paul Auster lo dijo y él lo asumió: llegar a ese punto en que una jornada es suficiente porque se entregó todo.
El lector reconocerá Manhattan, con Central Park como escenario inicial. No es complacencia ni postal turística. El autor sabía que Manhattan es referencia inmediata, casi un lugar común del thriller; justo por eso quiso entrar desde otro ángulo. Nueva York como “Roma moderna” ofrece el teatro de operaciones perfecto si no se mira desde la rutina del género. El domingo 12 de agosto —la fecha está en la primera página— sitúa, al estudiar el calendario, la trama en 2016: el cannabis aún no está legalizado, la gentrificación avanza, la ciudad vibra con contradicciones y, sin embargo, algo del “viejo Nueva York” se filtra en cada escena.
Ese tono lo explica mejor una palabra que él acepta con interés: melancolía. Vivió una temporada en la ciudad antes de Giuliani, cuando el Upper West Side exigía caminar con una navaja suiza y un spray “Paralyzer” en el bolsillo. La calle olía a ambulantaje, a trucos de cartas que desaparecían con la primera sirena, a bufandas sobre cajas de cartón. La última vez que volvió encontró otra cosa: un Manhattan elegantísimo, “sumamente gentrificado”. La novela respira esa doble memoria: la violencia latente y el eco de una ciudad que ya no es, pero que persiste.
La historia comienza donde tantas historias cotidianos comienzan: un domingo de verano en Central Park. Frankie Armstrong y su esposa, Maddie Wells, aparecen desde la primera línea entre el ruido de los corredores y el destello del Reservoir Jackie Kennedy. La escena pudo ocurrir en Hyde Park o en cualquier parque del mundo, “pintar la aldea para pintar el mundo”, pero nació orgánicamente de ese lugar, sin deliberación. No hubo cálculo de mapa ni de guiños; hubo intuición. Hubo también precisión topográfica: el autor se hospedó en una casa del Upper West Side que reaparece, con otro nombre, en la novela. Un amigo que vivió allí le escribió sorprendido por la puntualidad de la geografía emocional: “no hay duda de que estás en el Upper West Side”.
Más que un “true crime” de consumo —esa saturación de vecinas homicidas y morbo en serie que nos atosiga a diario—, Muerte sin testigo avanza por la relación entre dos personajes que se encuentran y quedan definitivamente marcados: la modelo Lauren McKellen y el principal sospechoso. Es una relación nacida en una ciudad diversa, de mentes abiertas y vida cultural vibrante, pero también atravesada por una soledad contemporánea que vuelve raros los encuentros decisivos. “Nueva York es el escenario idóneo, sí, aunque lo esencial es lo que ocurre entre ellos”, dice. La elección de Manhattan, entonces, funciona como marco y contraste: vitalidad y desolación, exposición y resguardo.

Contra el estereotipo del “americano de pantalla”
El autor no escribe desde el exotismo. Creció entre México y California, se formó leyendo en inglés y pasó años estudiando literatura estadounidense y británica. Ese contacto lo vacunó contra el cliché del personaje “americano” petulante, autosuficiente, de sangre pesada que domina series y películas. Prefirió la humanidad: estadounidenses inseguros, ingeniosos, dedicados a su oficio; personas, no caricaturas. “Quise construir personajes más reales”, afirma. Ahí también asoma la lección Highsmith que algunos lectores han invocado al hablar del libro: minucia, percepción, limpieza estructural y tensión psicológica. La alusión lo honra, aunque haya llegado de afuera; su empeño fue el mismo que admiró en ella: trabajar hasta el filo de lo posible.
Publicar en México supone enfrentar un ecosistema donde, como él mismo reconoce, el universo real de lectores es reducido. Pesan la desigualdad, las jornadas exhaustas, la ausencia de hábitos de lectura. Las estadísticas que hablan de un libro al año por persona dibujan un horizonte exigente. La apuesta natural mira hacia España, mercado de mayor volumen y con un fenómeno reciente —según los estudios que ha leído—: un crecimiento de lectores jóvenes que encuentran en el terror, la ciencia ficción, el policial y la ficción especulativa un remanso lejos del estruendo digital. El sello de Planeta opera con autonomía por territorios y la ruta es clara: que la novela funcione en México para que Planeta España decida llevarla, abrir Europa y, desde allí, otras lenguas.
Ya existe, además, una traducción al inglés preparada junto con un historiador anglomexicano Paul Gillingham, autor de Mexico: A 500-Year History.—formado en Oxford, recientemente en carrera por un gran premio estadounidense, según le comunicaron—. La versión tiene un objetivo práctico: aliviar a potenciales editores el costo inicial de traducir una obra de ficción, inversión que muchas veces desalienta compras. Hay consciencia, por supuesto, de los prejuicios del mercado anglosajón ante un autor mexicano que escribe personajes neoyorquinos. La expectativa se mantiene: sorprender por verosimilitud y pulso narrativo, no por pasaporte.
La conversación con la tradición
La última curva de nuestra charla se aleja del caso y mira el estado de la literatura en lengua inglesa. La respuesta llega con una salvedad: su zona de lectura intensiva es el siglo XIX, victoriano y anterior a la Guerra Civil estadounidense. Aun así, su diagnóstico del presente es nítido. La británica le parece más viva que la estadounidense, con autores como Ian Rankin que renuevan el policial desde ángulos vibrantes y una representación más verídica de las corrupciones institucionales. La estadounidense, en general, le resulta empobrecida y atrapada por la lógica del bestseller de ingeniería industrial. James Patterson simboliza esa maquinaria; Stephen King, con todos sus excesos, le parece un escritor de otra densidad. El entusiasmo mayor, sin embargo, va hacia un rescate tardío: Stoner, de John Williams, su novela contemporánea favorita escrita en inglés, una obra maestra ignorada durante décadas en su país y hoy, por fortuna, de culto. Las listas de “los cien mejores” le provocan más por sus ausencias que por sus inclusiones.

Queda la afirmación que sostiene el libro entero: dar todo. Escribir hasta la extenuación lúcida, retirarse cuando la mente no está al nivel, volver al día siguiente. La novela no compite con el true crime ni con la efusión del morbo; se adentra en el territorio de las decisiones íntimas, el azar de un encuentro, el peso de la ciudad como memoria y escenario. El 12 de agosto de 2016 en Central Park es fecha y es símbolo. Un crimen sin testigos no es una coartada para el misterio fácil, sino la puerta a una pregunta que la novela persigue con paciencia: qué hacemos con aquello que solo nosotros vemos.
Muerte sin testigo apuesta por la percepción fina, la síntesis de una vida doble —investigación y ficción— y una ciudad que gentrifica sus bordes sin poder borrar del todo su pasado. La vieja Nueva York sigue allí, al fondo, como un contracanto. El lector decide si lo escucha.











