El autor argentino presenta El cielo que nos queda, su nueva novela publicada por Nitro/Press y reflexiona sobre su trabajo, las colaboraciones literarias y la tensión entre la realidad y la escritura. “La violencia tiene que estar ligada a la emoción. Si no conmueve, solo anestesia.”, dice.
Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- En el universo del noir latinoamericano, Nicolás Ferraro ha logrado construir una voz singular: brutal y sensible, social y profundamente íntima.
Su nueva novela, El cielo que nos queda (Nitro/Press), confirma esa madurez narrativa que ya se insinuaba en Cruz y Ámbar, pero que ahora se despliega en una historia coral sobre la violencia, el dinero y la degradación moral. Una trama que, como escribió Dolores Reyes, “es en realidad una novela de infiernos en torno a esos dioses contemporáneos que son la guita y la merca”.

Ferraro, que divide su tiempo entre la escritura, la edición y la lectura de sus colegas, confiesa que la génesis de la novela fue una imagen fugaz: una noticia en televisión, un avión, un tiroteo y una lluvia de cocaína cayendo sobre un pueblo del norte argentino. “A partir de ahí imaginé todo: los que encuentran la droga y quieren hacer negocio, los que saben que van a venir a buscarla, los narcos que deben recuperarla. Es una historia sobre cómo la ambición y el miedo pueden incendiar un lugar entero”, explica.
El cielo que nos queda es, además, su primera novela coral, escrita en tercera persona y con cuatro protagonistas. “Fue un desafío. Estaba acostumbrado a narrar desde un solo personaje, en primera. Esta vez tuve que trabajar cada frase para que cargara con el peso de cuatro vidas distintas. Cuando terminé la primera versión tenía cuarenta mil palabras; la dinamité, me quedé con veinte mil y volví a escribir cuarenta mil más. La novela creció desde esa reescritura”, dice.
Traducida ya al italiano y al francés, la obra consolida su prestigio internacional y su lugar dentro de una generación que ha revitalizado el género negro desde una mirada política y emocional. “No me interesa la sangre por la sangre —advierte—. Me interesa lo que viene después del disparo, las consecuencias. La violencia tiene que estar ligada a la emoción, a un impacto que no sea solo catártico”.

Herencias, homenajes y rescates
Ferraro ha dedicado buena parte de los últimos años a rescatar autores olvidados. Su proyecto más reciente, la reedición de Noches sin lunas ni soles, de Rubén Tizziani, cumplió medio siglo y dio origen a una secuela escrita a cuatro manos con Kike Ferrari, Cuando pierda del todo. “Partió como homenaje y se transformó en una obra con vida propia. Era una novela que amábamos, queríamos rendirle tributo y, al mismo tiempo, probar cómo se mezclaban nuestras voces. Nos ayudó que el lenguaje original tenía jerga carcelaria y delictiva de los setenta, eso camuflaba nuestros estilos. Fue un trabajo a seis manos, con la sombra de Tizziani como tercera voz”, cuenta.
Esa voluntad de rescate también lo llevó a coordinar antologías dedicadas a Rubem Fonseca, el gran autor brasileño del noir. “Me interesaba reunir gente que realmente lo amara, no que lo citara por moda. Fue una carta de amor, con autores de México, Uruguay, Chile, España y Brasil. Y, claro, también un modo de que los lectores de Fonseca llegaran a nuestras obras”.
Para Ferraro, los homenajes no responden al mercado: “Son gestos sentimentales. El editor cree porque los textos son buenos, no porque se vayan a vender. Pero rescatar a Fonseca o a Tizziani también es recuperar una tradición que nos formó. Son libros que, si uno no los trae de vuelta, desaparecen”.
La poética de la relectura
Ferraro escribe con una intensidad que no disimula su método obsesivo. “Soy inconsciente cuando empiezo un proyecto. Si me detuviera a pensar que tengo que coordinar una antología con diecisiete autores o escribir sesenta mil palabras, no lo haría. La inconsciencia es saludable. Después viene el trabajo: sentarse, corregir, no repetirse. Me niego a hacer un pastiche de mí mismo.”
También es un lector que relee más de lo que lee. “En la primera lectura siento el libro; en la segunda, lo pienso. Es ahí donde descubro cómo funciona un diálogo o una estructura. Hay autores pegajosos, de los que se te queda el tono: Fonseca, Patricia Melo. Me encantan, pero tengo que cuidarme para no escribir con su voz.”
En tiempos de feminicidios, crímenes y videos virales de tortura, Ferraro se pregunta constantemente qué lugar ocupa el escritor frente a la brutalidad. “La realidad te golpea, te salpica. Hay momentos en que no quiero escribir sobre ciertas cosas porque necesito distancia, pero también creo que el género negro no trabaja con ‘lo real’ literal, sino con su espíritu. Es una forma de mirar el mundo. No me interesa mostrar la sangre; me interesa por qué se derrama.”
De ahí que El cielo que nos queda no sea una novela sobre narcos, sino sobre el sistema de valores que permite su existencia. “Habla del dinero, de la corrupción, de la violencia como herencia. Es un libro sobre los infiernos modernos, aunque en el título figure el cielo”, dice.

Entre la escritura y la edición
Tras cerrar la novela, Ferraro volvió a sumergirse en el trabajo editorial. “Me interesa leer a los demás, curar textos, ayudarlos a que salgan peinados para la foto. En la antología de Fonseca seleccioné los cuentos personalmente, leí tres libros de cada autor. Esa lectura crítica retroalimenta mi escritura y discutir con otros editores, como Emanuel Canella, me obliga a argumentar, a pensar los textos desde afuera”.
Cuando se le pregunta si su carrera ya entró en una etapa de madurez, sonríe: “No sé si más madura, pero sí más consciente. Aprendí a fracasar mejor. Mis fracasos están en los libros publicados, pero también en los inéditos. Cada novela es una forma de aprender a caer distinto”.
Nicolás Ferraro (Buenos Aires, 1986) es escritor, editor y periodista. Autor de Dogo, Cruz, Ámbar y El cielo que nos queda, sus libros se han traducido al italiano y al francés. Ha coordinado antologías dedicadas a Rubem Fonseca y Rubén Tizziani, y es una de las voces más sólidas del noir latinoamericano contemporáneo.











