Paul Medrano

PAUL MEDRANO | UNA TIERRA DONDE LAS PALABRAS TAMBIÉN SON TRINCHERAS

Paul Medrano no escribe para hacer reír. Pero uno se ríe. Y luego se pregunta por qué. ¿Es por el lenguaje? ¿Por las imágenes? ¿Por las situaciones tan absurdamente humanas que retrata en Mala Resina (UANL) ? Él no lo tiene del todo claro, pero lo cierto es que en sus cuentos, la risa es una puerta que lleva a algo mucho más profundo: una manera de hablar que se ha vuelto marginal, una tierra desbordada por el olvido y un país donde las palabras también son trincheras.

Ciudad de México, 17 de julio (MaremotoM).- Habla despacio, con precisión de periodista —profesión que ejerció durante dos décadas— y con la escucha activa de quien ha aprendido que el lenguaje de un pueblo no se inventa, se recoge. “Decía Goethe que el escritor tiene que hablar poco y escuchar mucho”, recuerda. Y eso hizo: escuchar. En el mercado, en la tortillería, en la calle. Así fue armando un glosario vivo de expresiones costeñas que hoy se convierten en materia literaria.

“Yo no nací en Guerrero”, confiesa. “Pero tengo 35 años viviendo aquí. Mi esposa es costeña. Mis hijos nacieron acá. Este lenguaje es parte de mi vida”.

Paul Medrano
Editó la UANL. Foto: Cortesía

Un idioma que no se escribe

“Se verán machincuerpos con la cachucha volteada” es una de las primeras frases del libro. Paul la lanza como ejemplo de ese habla que, aunque circula en las calles de Guerrero, rara vez encuentra lugar en la literatura. No porque no exista, sino porque ha sido sistemáticamente relegada. “Vivimos agobiados por la vorágine del norte de México”, dice y se refiere tanto a la narcocultura como al español “oficial” que domina los medios, las series y las editoriales.

En Guerrero —y en su libro— hay otro idioma. Más sucio, más visceral, más musical. “En Guerrero tenemos una música tradicional que se llama Banda de Chile Frito, que es una variación de la banda sinaloense con un sonido más áspero, más primitivo. Ya casi no se escucha. Todas quieren tocar como las bandas del norte”. La misma lucha ocurre en la lengua.

Por eso, Mala Resina es, también, una defensa: del habla local, de las costumbres, de la risa, del cuento como territorio. “Yo lo que hice fue tomar esta habla costeña de Guerrero —mezclando incluso formas de la Costa Grande y la Costa Chica— y convertirla en literatura. Porque nadie lo había hecho a conciencia”.

“Guerrero es un paraíso con un precio muy alto”

Desde hace unos años, la narrativa mexicana se ha llenado de sangre. La narcoviolencia se ha vuelto un género. Paul decidió tomar otro camino. Mala Resina no tiene pistolas, ni capos, ni decapitaciones. “Estamos hasta la madre del narco”, dice con firmeza. “Ya tiene demasiado foco, demasiados libros, demasiadas series. Yo no quise hacer algo que abonara a eso”.

En lugar de eso, eligió escribir sobre la vida antes del horror. Instantáneas de lo cotidiano, de la costumbre, de un tiempo que parece estar desvaneciéndose. “Guerrero era un estado primitivo, si tú quieres, pero muy bello. Lo sigue siendo, aunque la violencia ha manchado esa belleza”.

Esa belleza, dice, también es una forma de resistencia.

Mala Resina: humor, justicia y semilla

Aunque asegura que nunca escribe con humor, el efecto cómico en sus cuentos es innegable. Pero también lo es la justicia. “Yo no concibo historias donde el villano se salga con la suya”, dice, con esa ética que viene del periodismo y de vivir en un estado donde las injusticias son el pan de cada día. “Tiene que haber algo, aunque sea un poco, de justicia divina. Una especie de suerte”.

El título del libro tiene que ver con eso. Mala Resina —explica— es una forma de nombrar la “mala leche”, en ambos sentidos. “La mala suerte, sí, pero también la mala semilla. Esa resina podrida que genera otras cosas podridas”.

Lenguaje como territorio

Uno de los grandes hallazgos del libro es el uso de un lenguaje local que no es solo decorativo: es narrativo. No es folclore. No es ornamento. Es el cimiento de los cuentos. “Fui haciendo un diccionario en mi celular durante años”, cuenta. “Cada vez que escuchaba una palabra que no entendía, preguntaba. A veces la gente se ofendía, pensaban que me estaba burlando, pero yo quería documentarlo”.

Ese glosario fue la base de los cuentos. Un cruce entre observación, memoria y apuesta estética. “Al principio lo hice tímidamente. Luego un amigo me dijo: ‘Haz que el lenguaje explote’. Y así lo hice”.

Paul Medrano
Ese glosario fue la base de los cuentos. Foto: Cortesía

El resultado fue un libro que ganó el concurso de la UANL, fue publicado y aplaudido por autores como Juan José Rodríguez. Y que hoy circula como una rareza luminosa: una literatura de lo invisible.

Guerrero: belleza, olvido y resistencia

“Guerrero es una especie de Palestina”, le dije con las diferencias obvias y esperadas durante la entrevista, pensando en lo que significa vivir en una tierra hermosa, herida, saqueada y olvidada. Él no se sorprendió. Lo ha vivido. Lo ha escrito. “Aquí hay gente feliz, a pesar de todo. Hay agua. Hay naturaleza. Hay belleza. También hay olvido, violencia, caciques, políticos podridos y ahora hasta el clima nos está golpeando con fuerza”.

¿Y la esperanza? “Pues la veo en la gente que sigue escribiendo, que sigue publicando sin dinero, sin apoyo, sin prensa. Hicimos un registro de autores guerrerenses en plena pandemia y llevamos 66 con obra publicada. Y faltan más”.

El escritor seco que hace reír

Paul Medrano dice que no busca hacer reír. Que no es gracioso. Que es seco. Sus cuentos tienen esa gracia involuntaria de quien observa con honestidad. De quien narra sin adornos lo absurdo y lo tierno. De quien escribe desde la orilla de un país, en una lengua que no fue inventada, sino escuchada.

“Nunca escribo yo para hacer reír a la gente, pero si ocurre, qué bueno”, dice. Y uno, mientras lo escucha, ya está sonriendo.

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