La periodista Leila Guerriero aconseja: “No hay que preguntar lo que Google responde. El entrevistado siente si llegaste por la ruta corta”. Eso implica leer el libro reciente, conocer la trayectoria y encontrar puntos de conexión que no estén en la contraportada.
Ciudad de México, 11 de agosto (MaremotoM).- Quino, el gran dibujante de Mafalda, solía recibir a los periodistas con amabilidad, pero con un gesto que advertía: “Otra vez lo mismo”. Decía que en todas las entrevistas le preguntaban igual, y por eso escribió un texto para su página web en el que respondía de una vez por todas a las preguntas sobre sus personajes, la historieta, su infancia y su forma de trabajar. “Así me ahorro repetirlo”, explicó alguna vez.
El cineasta Alejandro González Iñárritu, después de una conferencia de prensa, llamó a una periodista para decirle: “Qué lindas preguntas haces. En general todos los periodistas preguntan lo mismo”. El cumplido tenía un subtexto claro: la repetición mata la curiosidad.

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el escritor italiano Alessandro Baricco confesó que odiaba las entrevistas, justo mientras daba una. La periodista, lejos de fingir que no escuchaba, cortó la charla: “Si las odias, no la hago más”. Un silencio denso quedó flotando en el stand.
Entre la incomodidad y la complicidad
La relación entre escritores y periodistas se mueve entre la colaboración y el fastidio. Algunos autores, como el argentino César Aira, han perfeccionado el arte de la evasión: responde breve, cambia de tema y nunca da lo que el entrevistador espera. Otros, como Elena Poniatowska, han contado la misma anécdota decenas de veces con la paciencia de quien sabe que cada lector la oirá por primera vez.
En contraste, la británica Hilary Mantel —autora de Wolf Hall— decía que solo concedía entrevistas a periodistas que habían leído su obra. “Si no han pasado horas con mis libros, no tienen derecho a pasar minutos conmigo”, afirmaba sin concesiones.

Haruki Murakami, maestro de las huidas mediáticas, responde por escrito y con preguntas preaprobadas. Margaret Atwood, en cambio, convierte la entrevista en un diálogo juguetón: lanza preguntas de vuelta, ironiza y pone a prueba la agilidad del reportero.
El chileno Roberto Bolaño, cuando se enfrentaba a preguntas que le parecían banales, simplemente contestaba con una historia inventada. “Si me van a preguntar lo mismo que a todos, al menos yo voy a divertirme”, dijo en una ocasión.
Julio Cortázar, por su parte, disfrutaba de las entrevistas largas, pero confesaba que lo ponía nervioso que le pidieran explicar Rayuela. “Es como si a un músico le pidieran que explique por qué compuso tal acorde”, comentaba con una sonrisa a medias.

La escritora canadiense Alice Munro, ganadora del Nobel, prefería responder por carta o correo electrónico para no sentirse presionada a improvisar. “Las mejores respuestas necesitan tiempo”, solía decir.
¿Preguntas ordinarias o extraordinarias?
La tentación de impresionar al entrevistado con una pregunta “extraordinaria” puede ser contraproducente. Muchos escritores desconfían de la solemnidad impostada y prefieren preguntas sencillas, siempre que estén bien planteadas. Preguntar “¿Por qué escribe?” puede ser un cliché, pero si se formula desde un ángulo personal —“¿Cuál fue la primera frase que sintió que tenía que escribir?”— abre un terreno nuevo.
La periodista Leila Guerriero aconseja: “No hay que preguntar lo que Google responde. El entrevistado siente si llegaste por la ruta corta”. Eso implica leer el libro reciente, conocer la trayectoria y encontrar puntos de conexión que no estén en la contraportada.
El desafío del reportero
La clave está en equilibrar lo que el público necesita saber y lo que el autor aún no ha dicho. Preguntar por su nuevo libro es inevitable, pero combinarlo con cuestiones que lo inviten a pensar en voz alta, que lo saquen de la “zona de prensa” y lo lleven a la “zona humana”, es lo que puede transformar una entrevista en un momento de complicidad.
Tal vez la fórmula ideal sea la que resumió el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez: “No me pregunten qué significa mi libro. Pregúntenme cómo me cambió escribirlo”.
En ese tránsito entre lo ordinario y lo extraordinario, entre el dato y la revelación, se define el arte de entrevistar: un diálogo que no solo informa, sino que también respeta el tiempo, la inteligencia y la paciencia del entrevistado.












Excelente, Mónica. Gracias.